Shackleton, el superhombre de los hielos

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La aventura antártica de Ernest Shackleton nunca levantó las ardientes pasiones que propagó el fracaso de Robert Scott. Y no deja de tener gracia, porque aunque ninguno de los dos aportó al Imperio Británico de principios del siglo XX la gloria de la conquista, al menos Shackleton sobrevivió a una experiencia inhumana, casi sobrenatural. Su hazaña duró veinte meses.

La pesadilla de este irlandés corpulento y obstinado comenzó el 20 de enero de 1915, cuando el Endurance, un rompehielos de tres mástiles y 356 toneladas de peso, quedó cercado irreversiblemente por el helado mar de Weddel, muy cerca de la Península Antártica, en el extremo occidental del continente. A partir de ese momento, los 28 hombres que componían la tripulación —entre marineros, oficiales y siete científicos preparados para estudiar las estrellas, la fauna y el influjo magnético— comenzaron una denodada lucha por la vida bajo las peores condiciones climatológicas imaginables. Temperaturas que superaron los 50 grados bajo cero, furiosas ventiscas de hielo que congelaban los pulmones y la oscuridad absoluta de dos inviernos sin vida. Cuando fueron rescatados el 30 de agosto de 1916, el mito de Shackleton cobró una nueva dimensión: tras más de 600 días perdidos en el abismo, ni uno solo de los hombres que el 8 de agosto de 1914 habían zarpado de Inglaterra había muerto. ¿Cómo fue posible semejante prodigio? ¿Qué sucedió en aquel escenario espeluznante?

Un historiador del Polo definía a Shackleton en una entrevista concedida a The New Yorker como una persona atormentada por una obsesión feroz pero muy flexible. “Si la batalla por la conquista de la Antártida hubiese sido entre Amundsen y él, en lugar de Scott, no me cabe la menor duda de que el encuentro entre ambos no habría acabado en una mala digestión como le sucedió al inglés, sino en una borrachera de equipos de rugby tras un partido de calvario”.

Pero en tierra conquistada, el objetivo de Shackleton era explorar la tierra al oeste del cabo Adare, en el mar de Ross. Una zona inexpugnable, inhóspita, inclemente y cruel. En su ajado mapa trazó la travesía. Sus planes consistían en atravesar la Antártida desde la Bahía Vahsel, alcanzar el Polo Sur y continuar hasta la Isla de Ross, en el extremo opuesto del continente. Más de 3.000 kilómetros que los 28 tripulantes del Endurance recorrerían a pie y en trineos arrastrados por una jauría de 69 perros que compraron en Buenos Aires.

Una gigantesca locura que requirió de toda su apasionada persuasión de aventurero para equilibrar el presupuesto fijado y partir el mismo día que Inglaterra declaró la guerra a Alemania. Era su tercer intento por explorar los confines del sur de la Tierra. Los dos anteriores, el primero de ellos a la sombra de Scott, concluyeron en sonoros fracasos de conquista pero sirvieron para que Shackleton engrandeciera su perfil público de líder razonable, optimista y tenaz. En 1909 se quedó a menos de 160 kilómetros de llegar al Polo por guiar a sus exhaustos hombres en el largo camino de regreso a casa.

Pero la epopeya vivida por el Endurance superó los límites de la imaginación. Entre el 18 de enero de 1915, la fecha en la que el barco quedó definitivamente cercado por los hielos, y el 21 de noviembre de 1915, el día en el que el buque se hundió, la tripulación desarrolló una suerte de organización comunal que sirvió para que no se mataran a dentelladas. El pegamento de aquel experimento social fue Shackleton.

Para mitigar la enorme tensión psicológica que provoca permanecer inmóvil en una situación extrema, estableció una rígida rutina sin distinción de cargos ni funciones. Repartió entre los tripulantes la ropa de invierno destinada a los grupos de tierra y reorganizó la distribución del barco con el fin de construir un cuartel de invierno cálido. Este habitáculo fue bautizado con el pomposo nombre de El Ritz. Ahí comían, bebían y dormían de dos en dos en los pequeños camarotes de dos metros cuadrados construidos por un artesano llamado Chippy McNish en tiempo récord, reutilizando materiales inservibles de las distintas cubiertas. Todos se trasladaron al Ritz excepto Shackleton, que continuó pernoctando en la fría cabina del capitán.

Lo peor fue bregar para no caer en las llamas del aburrimiento. Se organizaron partidos de rugby, de fútbol, carreras de perros, partidas de cartas, concursos de canto y hasta de adivinanzas. Un reto solventado con relativo éxito hasta que el hielo redujo el barco a astillas y no les quedó otra opción que comenzar la travesía definitiva. A vida o muerte.

El viaje épico comenzó en trineo a través del helado mar de Weddell. Esta primera etapa duró cinco largos meses. Desde noviembre a abril. Un vez superado el hielo, construyeron varios botes para alcanzar el archipiélago de las Islas Shetland del Sur, o Islas Piloto Pardo para los chilenos. Desembarcaron en la isla Elefante, maltrechos, hambrientos, semicongelados. Allí sacrificaron a los perros supervivientes y prepararon la segunda etapa, la decisiva.

Shackleton decidió que sólo zarparían seis personas dentro de un pequeño barco de 6,7 metros de eslora y sin protección contra el frío. El objetivo era la isla San Pedro, en las Georgias del Sur, a través del Paso Drake. Una ruta de infarto sin parangón en la historia de la navegación. Tras 16 días de travesía, tocaron tierra en la costa sur de la isla. Pero ahí no concluyó el penoso viaje. La salvación se encontraba en una estación ballenera situada en la costa opuesta al lugar del desembarco. Entre ambos puntos, una cordillera que aún no había sido cartografiada. Lo lograron en 36 rocambolescas horas. Volvían al mundo de los vivos. Así concluyó una de las odiseas más increíbles a las que el hombre se ha enfrentado jamás. Fueron 28 hombres los que embarcaron en Londres. Todos sobrevivieron.

Por cierto, Ernest Shackleton volvió a estos parajes inhóspitos seis después. Pero esta vez, el destino le aguardaba en el hoy casi deshabitado pueblo de Grytviken, en la costa norte de la isla Georgia del Sur. Mientras aguardaba la mejoría del tiempo para enfilar hacia la Antártida, un infartó le mató. Su cuerpo está enterrado bajo una lápida con aspecto de petroglifo milenario cerca del puerto. “Aquí yace Ernest Henry Shackleton, el explorador”. Fue el 5 de enero de 1922. Tenía 47 años.

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Cae la noche

“Entre la idea y la realidad, entre la emoción y el acto, cae la sombra” T.S. Eliot

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El día se consume en África y un grupo de jirafas parece prepararse para llorarlo. La luz de esa luna menguante siluetea sus espigadas figuras. Están de retirada. Anochece en la sábana y los animales buscan un refugio seguro donde dormir. Aquellos más vulnerables, como los herbívoros, se agrupan en grandes manadas que se alejan de los lugares húmedos y despejados, de los ríos y de las zonas desarboladas.

Su visión se reduce considerablemente y muchos quedan a merced de los hambrientos cazadores. La noche africana dicta sus propias leyes y sus habitantes saben escucharlas: Una, sin duda, son los amenazadores ruidos de las bestias ocultas bajo una cúpula celeste decorada con miles de estrellas. La belleza contrasta con la vulnerabilidad. Por lo que se ve y por lo que no se acierta a ver.

Pero el día toca a su fin. Los últimos dedos de luz se despiden de una jornada abrasadora y salvaje. Es entonces cuando las cautelas levantan sus cuarteles, con los ojos abiertos y los oídos bien afinados. Para la vida es ahora cuando comienza la hora bruja de los secretos.

Mientras estuve con Ana (Capítulo II)

Bajo el puente (II)

Foto de Nicolás

Mi compañera regresó a casa al atardecer. En ese momento, me alegré de que no estuviera presente cuando llegaron los policías. A esas horas, comenzaba a esbozar cuál era mi papel en aquella historia y pensé que se había ahorrado una preocupación innecesaria. Martina y yo compartimos casi todo pero este asunto, con un cadáver en el maletero de mi coche y una investigación que terminaría hurgando en mi pasado, podía arruinar nuestra confianza de manera fatal. No es que quisiera engañarla sino que preferí mantenerla al margen hasta descubrir los cabos que se encontraban sueltos para construirme una explicación razonable. Era inevitable que, tarde o temprano, acabaría enterándose de todo pero aún así decidí callar mientras fuera posible. En cierto modo, Martina también forma parte de esta extraña ecuación.

Este era el primer invierno que pasábamos juntos. Habíamos alquilado un caserío en la montaña y todavía nos encontrábamos esclavizados por las múltiples reformas que necesitaba. Cuando llegamos contemplamos con desazón el deterioro de la casa pero, en lugar de desanimarnos, sirvió de acicate para afrontar los arreglos de una forma casi artesanal. Las paredes estaban desconchadas, no había muebles, las ventanas, viejas y apolilladas, no se cerraban. Las cañerías estaban rotas y el jardín, de unos cien metros cuadrados, estaba tan abandonado que parecía un bosque salvaje. El lugar era magnífico. Tenía dos pisos bien iluminados con un mirador privilegiado a una montaña escarpada, una roca de mil metros ideal para la escalada. Otro gran atractivo era que el pueblo se encontraba a cinco kilómetros por un camino endiablado. Martina utilizaba una motocicleta para ir hasta la escuela donde daba clase de inglés. Su trabajo nos reportaba una seguridad económica fundamental para los tiempos difíciles que vivía, un periodista olvidado que sólo escribía de forma eventual para publicaciones nostálgicas de un pasado glorioso.

Este retiro casi forzado también llamó la atención de los dos inspectores de policía. Querían conocer los motivos que me habían empujado a abandonar mi trabajo para dedicarme a escribir sobre cosas extrañas y algún reportaje aislado sobre viajes a lugares lejanos. ¿Por qué una persona que no conocía tenía mi viejo número de teléfono?, me preguntaron. Precisamente porque soy periodista y mucha gente guarda tu contacto sin tener ni idea de quién eres. Leen tus artículos y algo toca una cuerda del fondo de su alma. A veces sucede que esa persona está loca y entonces te conviertes en una parte de ella, en su referencia con la realidad. Tu firma en un periódico es algo misterioso, añadí. En el momento que sale de la imprenta y se coloca en el quiosco, cualquier cosa puede ocurrir y no puedes hacer nada para evitarlo.

Menciono estas cosas porque es así cómo lo recuerdo. Recostado junto al mirador de la casa, observando como las nubes van cubriendo la cima de la montaña y comienza a llover. Durante los años que estuve con Ana hubo días de tormentas como el de hoy, días que te abren el corazón y revelan oscuros secretos. La primera vez que vi a Ana estaba descalza.

Pese a que han transcurrido algunos años de aquello, no me cuesta revivirlo siempre que lo deseo. Era un viernes otoñal y los dos estábamos invitados a impartir una charla sobre el desierto de credibilidad por el que empezaba a transitar la prensa. Yo conocía a Ana a través de fotografías, de sus viajes por Japón y sus reportajes en África, pero la persona que me encontré era totalmente distinta a la que había imaginado. Se trataba de una mujer fuerte, más bien baja, con el pelo corto y una mirada intensa, a veces fiera, a la que no se le escapaba el más mínimo detalle que pasara ante sus enormes ojos.

Se detuvo en la puerta durante unos instantes examinando el vestíbulo, casi vacío, y giró la cabeza.
 -Supongo que eres Pablo, ¿no?
 -Supongo que sí -dije-. Y tú debes de ser Ana.

 -La misma -respondió-. Se acercó hasta donde estaba y me dio un beso. Me alegra saludarte -añadió-. Últimamente, he oído hablar mucho de ti y tenía ganas de conocerte.

Así fue como empezó nuestra relación, sentados en una sala todavía desierta. Ahora que Ana ya no está, me resulta insoportable pensar en aquella noche de felicidad, de sueños. Recordar el humor y la inteligencia que irradiábamos en aquel primer encuentro. Por eso me cuesta tanto imaginar que aquella mujer tan generosa con la que compartí más que una jornada inolvidable era la misma persona que la noche anterior habían encontrado en el maletero de mi coche. El viaje que emprendió hasta llegar a aquel lugar debió ser tan horrible, tan cargado de sufrimiento, que no puedo pensar en ella sin ponerme a llorar.

Soprano: Elzbieta Towarnicka
 
 
 

 

Mientras estuve con Ana

No me resulta fácil contar esta historia pero temo que, de no hacerlo, acabe perdiéndose en los vericuetos de mi cabeza y con ella también mi cordura. Comenzó hace exactamente cinco años bajo el puente de San Marcial, en un pequeño pueblo de la cuenca minera asturiana y todavía no sé si ha terminado. Allí apareció el coche que un día antes me habían robado. El caso no hubiera tenido mayor trascendencia salvo por un pequeño detalle: en el maletero encontraron el cadáver de una mujer.

Estaba desayunando cuando la policía llegó a mi casa dispuesta a arrancarme respuestas. Entre los objetos encontrados, al menos entre los pocos que se salvaron del desastre, había un anillo y un teléfono desde el que se hizo una última llamada: A mi. Por eso vinieron a verme. Necesitaban un detalle, cualquier dato que les sirviera para identificar aquel cuerpo y orientar una pesquisa que en aquel momento era indescifrable. Durante dos largas horas no dejaron de hacerme preguntas. Y siendo sinceros, aunque ahora lo comprenda todo, en aquel instante no tuve la valentía de reconocer que conocía las respuestas.

La víctima se llamaba Ana y aquel anillo que me mostraban una y otra vez era mío. Procuré colaborar con los agentes en todo lo que pude. Revelé los detalles a mi manera, entre el disgusto por el robo y la incredulidad por el cúmulo de coincidencias que me asociaban a aquel espantoso caso. No sé porqué lo hice. Quizá debí contarlo todo pero no me arrepiento de mi silencio aunque aquello resucitara en mi un grave problema de remordimiento y culpa. Hacía más de dos años que no sabía nada de ella y su recuerdo dormitaba ya en el disco duro de mi memoria. Había cambiado de teléfono cuatro meses antes pero aun guardaba el antiguo con la esperanza de que un día me llamara, algo que jamás ocurrió. Salvo la noche anterior.

Nada de esto dije a los dos policías, muy correctos pese al incesante bombardeo de preguntas al que sometieron. Se limitaron a verificar mi móvil, a preguntarme por el vehículo y el anillo, una gruesa alianza con tres muescas que yo regalé a Ana una frenética noche estival. También comentaron que ninguna de las huellas encontradas en el vehículo servían para la investigación. El cuerpo estaba irreconocible y, junto a él, una cámara de fotos carbonizada y lo que parecía ser un par de guantes de látex fundidos por el fuego. Ni una pista más. Me mostraron las fotos del atestado por si reconocía algo, quizá el paisaje, quizá aquel puente del fondo en el que tantas palabras dejé, el de San Marcial. No me acusaban de nada pero el hecho de que el coche fuera mío y la última llamada se realizara a mi viejo número me convertían en su único hilo para la resolución de un caso sombrío.

¿O no? Oh sí, claro agentes, por supuesto que sí pero hace mucho tiempo que cambié hasta de modo de vida. Pueden comprobarlo, si lo desean. Además, que hubiera llamado a mi viejo teléfono pudo ser una cuestión del azar y la desesperación. De todas formas, quiero que sepan que cuentan con mi total colaboración. No tengo ningún inconveniente en que revisen mi apartamento ahora mismo. Aquí tienen mi móvil para que comprueben todas las llamadas y aquí la agenda con los nombres de mis amigos, por si también lo necesitan.

Fue entonces cuando los dos policías me explicaron el escenario en el que trabajaban, las dificultades de un caso en el que un número de teléfono y un coche, a mi nombre, era todo lo que tenían para empezar a recomponer un puzzle siniestro. El forense aun tardaría varias semanas en identificar el cadáver y no contaban con la garantía de que lo lograra, dado el penoso estado en el que encontraron el cuerpo.

Finalmente, los dos policías se despidieron sin alterar el desorden que me rodea habitualmente en casa, con el expediente de su visita firmado y el aviso de que cuando tuvieran nuevos detalles de la investigación, me lo comunicarían. Me quedé varias horas aturdido, sentado en una silla con la mente en blanco, hasta que pasado el mediodía comencé a desmoronarme sin remisión, como un muro de piedra tras el impacto de un cañonazo. Hacía dos años que no hablaba con ella, el tiempo que necesité para olvidarla, para asumir que nunca volvería a verla. Porque el último día que nos miramos a los ojos quedó claro que no habría otra vez. Durante los siguientes meses no tuve muchas noticias suyas aunque supe que estaba construyéndose una vida que le dirigía hacia un inevitable desastre.

Ana era un singular fotógrafa, atractiva y muy estricta en sus decisiones. Un día cogió sus cámaras y se alejó de un mundo que nunca terminó de comprender. Comenzó publicando grandes reportajes en revistas internacionales de tiradas millonarias pero algo malo tuvo que sucederle para que rompiera aquel alegre matrimonio que había forjado con la sociedad del espectáculo que tanto contribuyó a inflamar. Vivió en Pakistán, más tarde en Japón donde trabajó con un equipo de ambientalistas que estudiaban el retroceso de los cascotes polares por los efectos del cambio climático. Luego regresó a España, nos vimos en un par de ocasiones y desapareció.

 

Amanecer roto

Conocí a Galo en Plentzia, cuando los dos éramos osados adolescentes. Él más frágil y tierno, yo bastante más presuntuoso y arrogante. Le tenía aprecio y admiración, pero nunca tuvimos la oportunidad de intimar del todo hasta que nos encontramos hace menos de un año y hablamos del duro tiempo que nos había tocado vivir. Me comentó que, en ocasiones, leía lo que escribía en este blog porque le aportaba alguna efímera luz sobre este mundo de tinieblas que empezaba a resquebrajarse a su alrededor. Con Galo era fácil entablar lazos de corazón. Con su desparpajo característico, lograba sacar partido de la amistad incluso en los momentos en los que arrancar una sonrisa se convierte en un reto casi imposible. Siempre rápido de inteligencia y con una ternura contagiosa.

Este verano me contó Natxo, otro amigo perpetuo, que no estaba bien y que tenía la sensación de que le sería difícil salir victorioso de la batalla crucial que estaba librando. Ayer debería haber sido un día tranquilo para él, era su cumpleaños, pero ahí fue a buscarle la muerte, ésa a la que yo temo tanto porque no se aún cómo hay que enfrentarla.

Porque ayer, Galo, tenías que haber estado aquí, contemplando el frío y húmedo amanecer del 30 de noviembre. Fue el día en el que se sublevaron todas las gaviotas del puerto en señal de protesta, aunque ahora que lo pienso tal vez sucedió por ti. Porque la vida es un enigma incomprensible. Esta vida que nos ha tocado vivir y en la que buscamos respuestas a preguntas sin respuestas como es la propia muerte, lo que no tiene remedio, y que ayer te agarró del brazo para llevarte al otro lado del espejo.

Espero que te guste la canción que he colocado en tu equipaje.

Todos te vamos a echar de menos.