Las Perseidas están aquí

288291_269588003055684_595488_o

Si las noches del invierno ártico se iluminan con celestiales franjas de colores, las del verano en España muestran uno de esos espectáculos estelares que provocan  sensaciones de emoción en quien lo contempla. Es la lluvia de Perseidas que los astrónomos anuncian que ya están aquí.

Se trata de un festín de meteoros que año tras año sucede por estas latitudes y siempre en las mismas fechas. El origen es un cometa cuya áspera superficie ha sido literalmente “peinada” por los vientos solares y cuyos restos desprendidos comienzan a orbitar alrededor del Sol. Cuando la Tierra se cruza en el camino de estos enjambres de pequeños meteoros se produce la mágica colisión y el cielo se cubre de estrellas fugaces que la imaginación del hombre convierte en deseos secretos cuando las ve. Hoy puede ser una de esas fantásticas noches de verano que nos hace volver a ser niños y soñar.

Las Perseidas se conocen también como las “Lágrimas de San Lorenzo” debido a que durante la Edad Media y el Renacimiento esta ducha de estrellas fugaces solía coincidir con el 10 de agosto, día en el que supuestamente este santo murió asado como un pollo. Pero es sólo una parte de su leyenda. Lo más aconsejable es dormir estas noches calurosas bajo el prado de las estrellas, mirando la cúpula sin nubes tumbado en la oscuridad, lejos de la luz artificial y preparado para disfrutar de un maravilloso espectáculo. Cuando las vean, no lloren, sueñen.

Sí, yo estuve allí. Yo he jugado a rugby

Reconozco que fui admirador de Serge Blanco. Admito que veía los partidos de Francia por él, un zaguero con visión universal del juego, de esos que parecen haber nacido bajo una conjunción cósmica que les hace portentosos. Su equipo, plagado de estrellas como Sella, Lagisquet, Charvet, derrotaba a rivales con la complacencia de quien se bebe una copa de champagne. Blanco era venezolano, negro y jugaba a rugby con Francia.

Hoy que empieza el torneo VI Naciones, el más emocionante del mundo, merece la pena recordarlo. Como también lo que significa este deporte para alguien que lo que ha practicado. Por ejemplo, no sé bien quien escribió la leyenda de que el rugby es un deporte de bestias jugado por caballeros. Es falso. El rugby es un juego de bestias practicado por bestias que dirimen su condición física en un ambiente hostil. Es una batalla descomunal que dura 80 minutos. Una diversión con los valores deportivos sublimados a la propia vida, a la amistad verdadera.

Quien haya estado alguna vez en una melé, en un ruck, en un agrupamiento, quien haya logrado concluir una carrera de 20 metros sin ser placado y haya conseguido un ensayo, conoce el orgullo al que me refiero. “Sí, yo estuve allí. Yo he jugado a rugby”. Si existe un momento para dejar de practicar este deporte es antes de empezar, nunca después. Se lo aseguro.

Y hoy, pasada ya mi hora de esplendor, es un día perfecto para mirarme dentro y exaltar la utopía que me empuja a regodearme en cuánto me gusta todavía. El rugby es una experiencia profunda, una felicidad que no me la ha aportado ningún otro deporte. Basta con eso. Así sentimos. Así vivimos.

 

El ave del paraíso

Les presento a una de las aves más bellas del mundo: El quetzal. Y también a una de las más esquivas, de las más difíciles de observar, de las más misteriosas. Tanto que durante mucho tiempo, el hombre blanco no creyó en su existencia.

Muchos de los conquistadores españoles veían los dibujos que algunos pueblos originarios de América Central y de México elaboraban con minuciosidad y pensaban que eran deidanes apócrifas, inventadas, soñadas. Un icono de la imaginación salvaje y pecadora. Ni siquiera el plumaje que distinguía los ropajes de los líderes comunitarios servía como prueba. Algo tan hermoso no podía existir, no entraba en sus cabezas invasoras.

Una leyenda guatemalteca cuenta que el quetzal solía cantar armoniosamente antes de la conquista española pero que después se quedó mudo. No es del todo exacto. El quetzal canta, no muy bien, pero canta en el bosque cerrado y nebuloso. Y de la niebla salen y a la niebla vuelven cada día. Tímida. Habitante de la selva montañosa y húmeda, en los bosques de la niebla.

En náhuatl, Quetzal significa “ave de plumaje precioso”. Perfecta descripción en una palabra para un animal bello hasta grados superlativos. Mide escasamente 40 centímetros, como una gallina, pero su cola majestuosa, la del macho, llega a alcanzar hasta dos veces el tamaño de su cuerpo. Su vuelo es singular, ondulante, como el de una gran mariposa. Desde una rama suele dejarse caer hacia atrás para no maltratar su preciado ropaje trasero, frágil como el cristal.

El color de su plumaje, siempre brillante, varía de intensidad según la luz del sol. El azul de la mañana se vuelve dorado al atardecer. Una metamorfosis poética bajo el reino de la luna.

Todo es color en el mundo del quetzal. Hasta los huevos, dos por pareja, poseen un tono azulado. El tono de la selva pertrechada en su manto de niebla. Qué listo es el quetzal, el ave que reina en el paraíso.

Fotografía: ©Ricky López

Eiger, la pared de arena

Fotografía: ©Mikey Schaefer
El vértigo jamás viaja con los escaladores. Y menos aún en una cordada alpina como la que aparece en la foto. Es la cara norte del Eiger, una montaña de 3.970 metros situada en el corazón de los Alpes berneses, en Suiza. El protagonista de la imagen es Dean Potter, un estadounidense especializado en ascensiones trepidantes. Tras una década rompiendo récords de velocidad en los picos más complicados del planeta, sometió al Eiger en 2008 pero juró no regresar.
Este pico llegó a ser “la obsesión para los mentalmente trastornados” y su cara norte, “la variante más imbécil desde que empezó el montañismo”. Hoy, continúa siéndolo. La dificultad es extrema y la exigencia, máxima. Hasta diez años separan a las dos primeras ascensiones. En el camino, este coloso devoró a casi un centenar de escaladores.
Nordwand, cara norte del Eiger, vista desde el complejo hotelero de Kleine Scheidegg
El reto consiste en trepar por un muro vertical con más de 1.500 metros de altura. Y no puede hacerse en verano ya que el calor desmorona la roca y la convierte en arena. Un formidable desafío que congela el alma, en medio de súbitos cambio de tiempo y de traicioneras sorpresas. Hasta los años 80 a los escaladores les bastaba con llegar a la cima de esta enorme mole de piedra caliza. Los primeros en lograrlo -Anderl Heckmair, Ludwig Vörg, Heinrich Harrer y Fritz Kasparek- tardaron tres días en doblarle al Eiger su dura mano. Luego vinieron más.
Heckmair por delante de Vörg, Harrer y Kasparek en la primera ascensión norte en 1938
El gran Messner llegó arrastrándose tras 10 horas zigzagueando por osarios de vientos. A partir de entonces, el alpinismo de élite en el Eiger se convirtió una carrera de bólidos por saber quién era el más rápido…. 4 horas y 40 minutos… 3 horas y 54 minutos… La locura al filo del precipicio. El récord se selló en 2 horas, 47 minutos y 33 segundos cuando lo normal es invertir dos días. El honor de tan extraordinaria proeza pertenece al montañero suizo Ueli Steck, un portentoso escalador de 35 años que meses después firmó una memorable ascensión relámpago en el Annapurna para rescatar a Iñaki Ochoa de Olza… pero esto es otra historia.
Ascensión del Eiger realizada por Ueli Steck

Carta de un poeta libertario

URGENTE

Para: Exmo. Sr. Julio María Sanguinetti
Presidente de la República
Uruguay

De: José Saramago
Lanzarote
España
Lanzarote, 20 de octubre de 1999

Señor Presidente de la República Oriental de Uruguay:

Me llamo José Saramago, soy portugués, escritor y actualmente vivo en una isla del archipiélago de las Canarias. Mi mujer es española, tengo amigos en toda la América que se expresa en castellano, y también, no sería necesario decirlo, en Brasil, que habla mi lengua. Nada que cultural y socialmente importe al mundo iberoamericano me es extraño. Pertenezco a ese mundo como pertenezco a la aldea donde nací. Soy Premio Nobel de Literatura, pero no le escribo desde esa condición. Ni siquiera tengo la certeza de que sea por escribir libros por lo que me dirijo al presidente de la República de Uruguay. Querría que esta carta fuese leída sólo porque contiene palabras de un hombre a otro hombre. Es cierto que soy escritor, es cierto que soy Premio Nobel, pero eso viene en segundo y en tercer lugar. Y no lo digo por modestia, lo digo porque únicamente en los seres humanos (por desgracia no en todos) el sentimiento de humanidad puede existir y resistir. Ese sentimiento es el que guía estas palabras.

Juan Gelman, el gran poeta argentino, uno de los mayores que el mundo tiene hoy, busca, desde hace años, a su nieto nacido en 1976, en Montevideo, adonde los esbirros de la dictadura militar, en una operación más del Plan Cóndor, transportaron a la madre embarazada. El padre de ese niño o de esa niña apareció muerto en Argentina, asesinado, con un tiro en la nuca. De la madre nada se sabe, su rastro se pierde en un centro clandestino de detención de Montevideo, capital del país del que el Dr. Julio María Sanguinetti es presidente. Si está vivo, el nieto de Juan Gelman tiene hoy 23 años. ¿Dónde se encuentra? El Presidente de la República Oriental de Uruguay no se llama Juan Gelman, pero podría, para su infelicidad, siendo, como también es, simplemente Julio María Sanguinetti, estar ahora en la situación del Poeta, es decir, buscando con desesperación a su propio nieto. ¿Qué haría? Si Juan Gelman, admitamos ahora esta suposición, fuese el Presidente de Uruguay, ciertamente el Dr. Sanguinetti llamaría a su puerta y le diría: ” Ayúdeme a encontrar a mi nieto”. Y Juan Gelman, de eso tengo certeza, pondría toda su autoridad al servicio de esa justicia.

Es lo que yo, escritor portugués, le ruego al Dr. Julio María Sanguinetti: “Ayude a Juan Gelman, ayude a la justicia, ayude a los muertos, a los torturados y a los secuestrados ayudando a los vivos que los lloran y los buscan, ayúdese a sí mismo, ayude a su conciencia, ayude al nieto desaparecido que no tiene, pero que podría tener”. No tengo nada más que pedirle, señor Presidente, porque le estoy pidiendo todo.
Con el respeto debido.
Atentamente,

José Saramago

En esta carta, Saramago escribe a Sanguinetti (Presidente de Uruguay), apoyando a Juan Gelman, para que investiguen el paradero de su nuera y su nieto/a.