Lluvia, Federico García Lorca

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Llueve en Santiago
mi dulce amor.
Camelia blanca de aire
brilla acariciando al sol.

Llueve en Santiago
en la noche oscura.
Yerbas de plata y de sueño
cubren la nueva luna llena.

Fíjate en la lluvia por la calle
lamento de piedra y cristal
Fíjate en el viento desvanecido
soma* y ceniza de tu mar.

Soma y ceniza de tu mar
Santiago, lejos del sol.
Agua de la mañana antigua
tiembla en mi corazón.

*Soma es una palabra sin traducción al castellano y se refiere a la tierra que deja el arado a sus costados cuando abre surcos.

Federico García Lorca. “Chove en Santiago” es uno de los “Seis poemas galegos” que el autor granadino publicó en 1935. A esta letra, Luar Na Lubre  le puso música en su álbum “Cabo do Mundo”.

 

Roald Amundsen: 105 años del triunfo del rey de los hielos

Hoy se cumplen 105 años de la última gran hazaña del hombre. La que lideró Roald Amundsen en la Antártida en medio de una locura inquietante.

El Polo Sur es un lugar inhóspito. Es un escenario de absoluta desolación. Una extensión plana de hielo barrida por vientos huracanados, cegadoramente blanca bajo el claro verano y envuelta en sombras impenetrables durante la larga noche. Es la zona más gélida del planeta. Y también, la más silenciosa. Sin embargo, el 14 de diciembre de 1911, los gritos de Roald Amundsen y cuatro compañeros noruegos rasgaron el silencio de aquel paisaje desolado. Acababan de conquistar el Polo Sur. Ellos eran los primeros.

Aquella hazaña aun se mantiene en la cumbre de la historia de las exploraciones. Amundsen, un enjuto marino noruego de 39 años, describía así a un periodista el valor de su conquista: “No puedo decir, aunque sé que sonaría mucho mejor, que hubiera alcanzado el objeto de mi vida. Sería novelar descaradamente. Más me vale ser honesto y aceptar con sencillez que no he sabido nunca de un hombre que se encontrara en una posición tan diametralmente opuesta al objeto de sus deseos como yo en aquel momento. El Polo Norte es el que me ha atraído desde la infancia, pero yo estaba en el Polo Sur. ¿Puede imaginarse mayor desatino?”Quienes conocieron al explorador más famoso de todos los tiempos señalaron que en esta explicación se resume su vida, la de un hombre que no veía la vida como una aventura, sino como muchas encadenadas. Según admitió en una ocasión el propio Amundsen, su carrera se había forjado con una meta definida desde que tuvo 15 años. “Todo lo que he realizado ha sido fruto de una planificación, de cuidadosa preparación y de un trabajo concienzudo y duro”. El primer hombre máquina.

Lector obsesivo de expedicionarios polares, Amundsen empezó a dormir con las ventanas abiertas en pleno invierno para imitar las sensaciones extremas de héroes juveniles. Pésimo estudiante, tuvo infinidad de problemas en su escuela de Oslo debido a las continuas ausencias injustificadas. En una de ellas, su madre le siguió a escondidas. La sorpresa fue fabulosa cuando descubrió que el joven Roald se adentraba en solitario en uno de los bosques cercanos a la capital y allí se perdía. Cuestionado por su secreto, respondió decidido: “Voy a aumentar mi habilidad para caminar por el hielo y la nieve y para endurecerme los músculos. Solo pienso en la gran aventura venidera”.

Su desconsolada madre reaccionó arreándole un buen sopapo. Pero el problema mayor para Amundsen llegó al intentar enrolarse en el ejército, una condición casi indispensable para hacer realidad su gran sueño. Era miope, un obstáculo insalvable que intentó compensar con un estado de forma física descomunal. De hecho, fue el primero de su promoción y dejó tan sorprendido al médico que olvidó examinarle los ojos, por lo que recibió instrucción militar.

A los 22 años realizó su primer locura. En compañía de su hermano, intentó cruzar sobre esquís una cadena de montañas al oeste de Oslo. Casi mueren en el intento. Mal equipados y peor aprovisionados, quedaron cercados por la nieve. El terror les paralizó y el hambre hizo el resto. Volvieron a casa de milagro pero Roald Amundsen aprendió la lección. A partir de entonces, cualquier expedición de la que formara parte era escrupulosamente planificada. Controlaba hasta el mínimo detalle, hasta la media de agua al día que puede consumir un grupo de cinco hombres en condiciones extremas de frío.

A los 25 años le llegó su primera oportunidad. A bordo del Bélgica, zarpó hacia la Antártida como primer piloto de una tripulación internacional. El resultado fue un desastre. Inexpertos como exploradores polares, los guías de la expedición permitieron que los sorprendiera el invierno y que el hielo atrapara el barco. Sin víveres ni ropas de abrigo adecuadas, tanto marineros como científicos temieron por sus vidas. Dos hombres enloquecieron y solo tres, entre ellos Amundsen, esquivaron el temible escorbuto.

Cuando el capitán cayó mortalmente enfermo, Amundsen organizó a la tropa. A unos los envió a cazar focas y pingüinos, a otros les puso a coser ropa de abrigo con las pieles. Tras varios meses de aislamiento en aquel oscuro desierto de hielo, los supervivientes lograron abrir un canal que les llevó hasta mar abierto. Sin intención, Amundsen acababa de participar y sobrevivir a la primera invernada que el hombre hacía en el Antártico.

Una vez superado el mal trago, Roald Amundsen puso manos a la obra para su siguiente expedición: la búsqueda del mítico paso del Noroeste, que se había tragado a su héroe infantil, John Franklin. Para esta empresa, Amundsen unió al descubrimiento geográfico un objetivo científico, con el fin de facilitar los apoyos financieros. El anzuelo fue el magnetismo polar. En tres años obtuvo el dinero que necesitaba, compró el Gjoa, un pesquero de 47 toneladas y poco calado, seleccionó a seis expertos marinos y científicos, y zarpó.

Cruzó el Atlántico Norte y se dirigió por la costa occidental de Groenlandia al extremo septentrional de la Tierra de Baffin. Una vez allí, puso proa al oeste por el estrecho de Lancaster y empezó a zigzaguear hacia el sur, entre el laberinto de islas que hay más allá de la tierra firme canadiense. Aguas poco profundas, nieblas y vientos huracanados hicieron penosa la marcha, pero a fines del verano, descubrió un puerto natural de invierno en la isla Rey Guillermo, al noroeste de la bahía de Hudson. Allí pasó dos años prolíficos en materia científica ya que los datos recogidos suministraron a los expertos material para 20 años de evaluación.

Pero aún quedaba lo más duro: llegar a Alaska. La ruta fue extenuante. Día tras día midiendo la profundidad, probando aquí y allá para meter el barco entre témpanos de hielo. Finalmente, el segundo de a bordo gritó: “¡Una vela, una vela!”. Era un ballenero. La victoria era suya.

Completado su paso por el noroeste y sus proyectos acerca del polo magnético, Roald Amundsen empezó a preparar la aventura ártica suprema: conquistar el Polo Norte. Sin embargo, en 1909, el estadounidense Robert Edwin Peary se le había adelantado y todo se vino abajo. “En el mismo instante”, escribió Amundsen, “decidí mi cambio de frente: volverme… al sur”, la única conquista polar que seguía en pie. Por todos era conocido que el inglés Robert Scott preparaba una hazaña similar. Entonces, comenzó la carrera.

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Para empezar, Amundsen no reveló su cambio de plan ni a los que lo respaldaban económicamente, ni a los miembros de la tripulación. Ante la opinión pública (y los servicios secretos) seguía empeñado en llegar al Polo Norte con propósitos científicos. Y con ese secreto partió de Noruega el 9 de agosto de 1910. Llevaba 100 perros groenlandeses a bordo y materiales para construir una morada donde cupieran diez catres y una cocina. Solo cuando el barco cruzó el ecuador, difundió la verdad: el rumbo era la Antártida, no el Ártico.

En enero de 1911, varó la nave en un rincón del filo de la barrera de hielo de Ross, vasta extensión congelada que cubre el mar en una enorme escotadura del continente antártico. Amundsen había elegido este lugar -la bahía de las Ballenas- porque sabía que estaba 90 kilómetros más cerca del Polo que la base que había levantado Scott, en el otro extremo del campo de hielo. Estableció de inmediato el cuartel general de la expedición a unos tres kilómetros hielo adentro, y los hombres empezaron a desembarcar equipo y provisiones.

En febrero, los noruegos fueron visitados por miembros de la expedición de Scott. El encuentro fue muy cordial, pero ambos grupos sabían, como dijo posteriormente el propio Scott, que “el plan de Amundsen es una amenaza muy seria para el nuestro”. Aparte de estar más cerca del Polo, Amundsen, con sus tiros de perros, estaría en condiciones de emprender su jornada antes que Scott, que llevaba caballos de tiro.
Durante febrero y marzo, los hombres de Amundsen dispusieron siete depósitos de provisiones, y señales en la barrera de hielo para su viaje al Polo en la primavera siguiente.La carrera arrancó el 19 de octubre de 1911. Provistos de esquís, Amundsen y cuatro compañeros se lanzaron hacia el sur con cuatro trineos ligeros, tirado cada uno por 13 perros. Escalaron la cordillera de la Reina Maud, sacrificando a dos terceras partes de los animales para alimentar y guardar carne para los hombres y los perros más fuertes. Era parte del plan diseñado por Amundsen.

El 7 de diciembre, el grupo alcanzó los 88′ 23′ S, el máximo sur a que había llegado Ernest Shackleton en 1909. Estaban a156 kilómetros de su meta. Reducidos a 17 perros y tres trineos, aligeraron su carga estableciendo el último depósito de abastecimiento (depósito 10) allí mismo. De pronto, la niebla gélida se disipó y la superficie se volvió lisa, como un desierto de sal sin brisa. Era, pensó Amundsen, como si los elementos hubieran contado con ellos. La meta llegó a las tres de la tarde del 14 de diciembre de 1911. “Entonces se rasgó el velo para siempre, y dejó de existir uno de los mayores secretos de nuestro planeta”, escribió Amundsen.

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Pasaron en el Polo casi cuatro días, alternando celebraciones con observaciones científicas. Alzaron una pequeña tienda con un mástil donde ondeaba la bandera noruega, y dejaron dentro dos notas, una para Scott y otra para el rey de Noruega, que pedían a Scott que recogiera por si acaso ellos no volvían. “Fue un momento solemne cuando nos descubrimos y despedimos. Nos pusimos inmediatamente en camino sobre nuestro propio rastro. Muchas veces nos volvimos para echar una última ojeada… Descendieron los vapores blanquecinos y nuestra banderita no tardó en desaparecer de la vista”

El 25 de enero de 1912 estaban de vuelta en su base. Habían recorrido 3.000 kilómetros en 99 días. Les quedaban once perros y los hombres padecían congelaciones, quemaduras por el viento, ceguera por el resplandor de la nieve y agotamiento. Pero habían triunfado. Y su historia no acabó ahí. El explorador noruego más grande de la historia siguió rellenando capítulos con otras hazañas. Quizá otro día terminemos contándolas. Este hombre fue el rey del hielo.

“Me costó mucho quitarme a Fidel del corazón y ponérmelo en la cabeza”

Naty Revuelta

Natalia Revuelta fue la mujer que quizá mejor conoció a Fidel Castro. Al menos le trató en la intimidad de todas sus facetas humanas. Primero como líder revolucionario, más tarde como estadista mundial y entre medias como el ardiente amante con quien engendró una hija, Alina. Tuve la fortuna de conocerla en 2008, en La Habana, gracias a la ayuda de un gran conocedor del país como es José Manuel Martín Medem, excorresponsal de TVE.

Naty no sólo me abrió las puertas de su preciosa casa en Miramar, sino que también me ofreció un pedazo de su historia, una narración de la compleja convivencia que tuvo con una figura clave del siglo XX. No me dejó grabar el encuentro y me exigió que no publicara ni una palabra de nuestra conversación mientras estuviera viva. “Toma notas y guárdalas, nomás. Algún día podrían servirte”, me dijo.

Ese momento ha llegado. Naty murió en febrero de 2015 y Fidel Castro este sábado. Recuerdo que sentí una cierta perturbación al escucharla hablar de cosas inimaginables sobre un personaje casi literario como Castro. Desde órdenes estratégicas que impartía desde la prisión de Los Pinos a las debilidades típicas de un hombre normal y corriente cuando lo que duele es el corazón. Ella sabía que ninguna confidencia cambiaría la relación construida entre los dos.

“Nos conocemos muy bien y nos respetamos mucho”, añadió. Habló sin parar durante horas y sólo se detenía para beber agua. Luego volvía a la figura de su líder y a las anécdotas de una época repleta de cambios que guardaba en su memoria en perfecto orden y que, en contadas ocasiones, desempolvaba.

Como la que le sucedió en 1992. Llevaba años sin hablar con él pero de pronto escuchó cómo una cohorte de soldados tomaba posiciones alrededor de su casa. Alguien subió las escaleras como un caballo percherón y golpeó la puerta con rudeza. “¿Quién es?, pregunté como jodienda, porque sabía que era él” recordaba esta mujer menuda, con ojos claros de aguamarina y tan seductora a los 82 años que entonces tenía como a los 26, la edad en la que conoció a Fidel durante un acto contra Batista organizado en la universidad.

“Soy yo, contestó muy descortés. Vengo a hablar contigo”, describía Naty imitando el tono solemne que hizo famoso Fidel en sus interminables discursos.

Alina es la hija que tuvieron cuando el líder revolucionario aún estaba encarcelado tras el fallido asalto al cuartel de Moncada. La única reconocida fuera del matrimonio y el único familiar que abandonó el barco de la Revolución.

Ocurrió en 1993. Castro se había enterado de que preparaba la fuga y quería conocer su opinión. “Sólo me preguntó si estaba de acuerdo. Le respondí que era su decisión y como madre sólo podía apoyarla. Se me quedó mirando como un buey y me dijo que si yo aceptaba su marcha a Miami, él no se opondría. Se dio la vuelta y se largó”, rememoraba Naty aquel día sentada en medio de la enorme biblioteca que para ella era más que un tesoro.

“En realidad siempre me impresionó. Pero en el sentido de que Fidel era muy carismático y convincente. Yo ni me planteaba lo que pasó luego. Yo estaba casada y él también, con Mirta (Díaz-Balart), con quien tenía un hijo, Fidelito”, relataba. Educada en la alta burguesía prerrevolucionaria, no había obra de teatro en la ciudad o exposición de arte a la que no acudiera. Muy culta, mantenía amistad con los escritores y artistas, fueran o no castristas, que le apasionaban y por los que era respetada, más incluso que por su mirada clara y tan profunda que ni un ególatra como Fidel Castro logró resistir.

¿Cómo consiguió semejante hazaña? Hay quien asegura que se ganó el respeto de toda la comandancia revolucionaria durante el asalto al Cuartel de Moncada donde jugó un astuto papel como enlace en las comunicaciones guerrilleras. De hecho, fue condecorada hace una década. Otros piensan que su carácter era aún más indomable que el que mostró Fidel con los gringos.

Naty Revuelta ciertamente alimentaba esta leyenda desgranando los detalles más insospechados de su relación con Castro. Tras el encarcelamiento del líder por el fallido asalto a Moncada, comenzaron a intercambiar correspondencia. “Eran cartas, no sé cómo definirlas, ¡de amor! aunque con distancia”, hasta que una de ellas acabó en las manos de Mirta y se armó el caos. Fidel se divorció de Díaz-Balart y decidió cortar todo contacto con Naty hasta que en 1955 decretaron la amnistía y salió de prisión. “Entonces ocurrió. Fue breve el romance, pero intenso”, recordaba.

Fumadora empedernida durante muchos años, Naty comenzaba a sentir en 2008 los primeros estragos de la enfermedad que acabó con su vida siete años después. Pese a todo, era evidente que contar sus secretos con Fidel le agradaba porque le seguía admirando. “Me costó mucho quitármelo del corazón y ponérmelo en la cabeza”.

Cada cierto tiempo repetía que nada de fotos. “Si hubiera sido hace 40 años, entonces sí. Ahora soy vieja”, añadió mientras se colocaba bajo un retrato de su juventud donde se apreciaba con nitidez su belleza pero también un carácter a prueba de bombas.

Tras unos segundos de pausa, continuó despiezando sus recuerdos, unas veces se emocionaba, otras miraba hacia el mar. “Fidel siempre puso el proyecto revolucionario por encima de su vida personal. Así que no engañó a nadie. A mí tampoco, por eso creo que no es cruel ni malo. Que de todo lo han acusado”.

En el momento de aquel encuentro con Revuelta, Raúl Castro ya era presidente de Cuba y comenzaba a poner en marcha algunos cambios para mejorar la maltrecha economía cubana. Naty sentía una gran simpatía por él y, especialmente, por su esposa Vilma Espín, que había fallecido un año antes. Toda la frialdad que le mostró Fidel, era simpatía en su hermano.

“Fidel lideró con las luces largas puestas. Veía los grandes dilemas de la civilización, los analizaba muy bien, pero se mostraba incompetente con los problemas cotidianos de la gente normal. Al revés que Raúl”, aseguraba.

La pregunta de si la revolución había merecido la pena trastocó su tono alegre e inquieto y recuerdo que respondió con un rotundo sí y comparaba Cuba con algunos países de América Latina “donde el destino ha resultado peor”. No se consideraba víctima de la Revolución, pero sí una sacrificada “aunque ya conoces a los cubanos, somos resistentes”, dejó caer con cierta ironía. Pese a todo defendía a muerte la obstinada resistencia de Fidel a pasar por el aro de imperio gringo: “Aguantamos 40 años y podemos aguantar otras 40 más”.

Naty Revuelta se reencontró con Alina en La Habana. Habían pasado más de 22 años del último beso. “No sólo mantengo relación con ella sino que la hemos reforzado a través de las cartas y de internet”, reveló aquel día. Dicen fuentes bien informadas que fue el propio Fidel quien permitió el regreso excepcional de su hija al saber que Naty se iba. Pero él volvió a su laberinto.

Alina dijo de él: “No le odio. El odio es una palabra demasiado fuerte. Le considero una persona con un nivel de crueldad bastante elevado, pero no llegué a odiarle nunca”. Revuelta también criticó en varias ocasiones la relación bipolar de Fidel con su hija. “No fue buen padre. Quizá quería un niño aunque eso jamás me lo dijo”, señalaba en una entrevista a Paris-Match que le provocó un tremendo disgusto.

“Los periodistas europeos sois demasiado impresionables y os gusta el espectáculo”, comentó al despedirse desde el porche de su vivienda. A su lado siempre estaba un jardinero fiel porque para eso Naty Revuelta fue la mujer, quizá la única, que doblegó el poder de una leyenda.

Dario Fo, abre una brecha

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Hoy, el teatro no levantará el telón. La muerte de Darío Fo (Sangiano, 1926) los ha llenado de pena. Con él desaparece una de las armas más formidables que contábamos en esa lucha desigual que libramos contra la injusticia que asedia la conciencia del hombre.

Pero, al menos, nos queda su legado y el manifiesto.que, junto a Costa-Gavras, José Saramago y José Luis Sampedro, redactó en 2003 para validar su compromiso contra el pensamiento único, contra todos los poderes políticos que utilizan la democracia para asentar una plutocracia paralizante. Lo tituló “Abrir una brecha” como podía haber sido “Meter una cuña”, “Pasar a la ofensiva” o “Rebelión”. Cualquiera de ellos serviría.

Porque, a fin de cuentas, se trata de un pronunciamiento que llama a la movilización contra este sistema corrupto, a provocar la sedición contra las mentiras y las falsas palabras de una clase política que vive cómoda bajo la escandalosa situación en la que nos mantienen encerrados y se vanaglorian de ello. Porque en esta guerra de clases que emprendieron de forma silenciosa, ellos están ganando.

No lo digo yo. La frase pertenece a una de las fortunas más grandes del Mundo: Warren Buffett.

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más algido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: “pueda este tribunal prevenir el crimen del silencio”?

¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo?

¿Dónde están los Stephan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?

¿Dónde están los Henri Curiel, que se negó a abandonar Egipto para resistir al Afrikakorps de Rommel? ¿Los Henri Curiel anticolonialistas encarcelados durante dieciocho meses en Fresnes por su apoyo al FLN?

¿Dónde están los Gandhi, que entregó su vida para acelerar la caída del imperio británico de las Indias?

¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha en relación con una situación nueva cuyo sentido y exigencias verdaderas acordaron no reconocer las agrupaciones políticas y los diarios de opinión, sea por inercia o timidez doctrinal, sea por prejuicios nacionalistas o morales?

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses?

¿Dónde están los pensadores de la dimensión de Foucault, que revolucionó radicalmente la manera de ver la locura, la cárcel, la sexualidad?

¿Dónde están los de la talla de un Bourdieu, que regeneró la sociología sin dejar de defender con obstinación el rol social del intelectual crítico?

¿Dónde están hoy Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Antonio Machado o Federico García Lorca?

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus.

La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo -cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.

Algunas mujeres, algunos hombres, continúan sin embargo librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico.

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”

Y ellos están ganando.

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©El Roto

Las Perseidas están aquí

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Si las noches del invierno ártico se iluminan con celestiales franjas de colores, las del verano en España muestran uno de esos espectáculos estelares que provocan  sensaciones de emoción en quien lo contempla. Es la lluvia de Perseidas que los astrónomos anuncian que ya están aquí.

Se trata de un festín de meteoros que año tras año sucede por estas latitudes y siempre en las mismas fechas. El origen es un cometa cuya áspera superficie ha sido literalmente “peinada” por los vientos solares y cuyos restos desprendidos comienzan a orbitar alrededor del Sol. Cuando la Tierra se cruza en el camino de estos enjambres de pequeños meteoros se produce la mágica colisión y el cielo se cubre de estrellas fugaces que la imaginación del hombre convierte en deseos secretos cuando las ve. Hoy puede ser una de esas fantásticas noches de verano que nos hace volver a ser niños y soñar.

Las Perseidas se conocen también como las “Lágrimas de San Lorenzo” debido a que durante la Edad Media y el Renacimiento esta ducha de estrellas fugaces solía coincidir con el 10 de agosto, día en el que supuestamente este santo murió asado como un pollo. Pero es sólo una parte de su leyenda. Lo más aconsejable es dormir estas noches calurosas bajo el prado de las estrellas, mirando la cúpula sin nubes tumbado en la oscuridad, lejos de la luz artificial y preparado para disfrutar de un maravilloso espectáculo. Cuando las vean, no lloren, sueñen.

Mientras estuve con Ana (4 capítulos)

Bajo el puente (II)

Foto de Nicolás

No me resulta fácil contar esta historia, pero temo que de no hacerlo, acabe perdiéndose en los vericuetos de mi cabeza y con ella también mi cordura. Comenzó hace exactamente cinco años bajo el puente de San Marcial, en un pequeño pueblo de la cuenca minera asturiana, y no sé si ha terminado. Allí apareció el coche que un día antes me habían robado. El caso no hubiera tenido mayor trascendencia para la investigación salvo por un detalle: en el maletero encontraron el cuerpo de una mujer.

Estaba desayunando cuando la policía llegó a mi casa dispuesta a arrancarme respuestas. Entre los objetos encontrados había un anillo, un teléfono y el último número registrado era el mío. Por eso vinieron a buscarme. Necesitaban un detalle, cualquier dato que sirviera para identificar el cadáver y orientar una pesquisa que en ese momento era indescifrable. Durante una hora no dejaron de hacerme preguntas sobre las mismas cosas cambiando el orden de las palabras. Y siendo sinceros, aunque ahora lo comprenda todo, en aquel instante no tuve la valentía de reconocer que conocía las respuestas. La víctima se llamaba Ana y aquel anillo que me mostraban una y otra vez era mío.

Procuré colaborar con los agentes en todo lo que pude y revelé los detalles a mi manera, entre el disgusto por el robo y una supina incredulidad por la aparición del cadáver. No sé porqué lo hice. Quizá debí contarlo todo pero no me arrepiento de mi silencio aunque aquello resucitara un grave problema de remordimiento. Hacía más de dos años que no sabía nada de ella y su recuerdo dormitaba ya en el disco duro de mi memoria. Había cambiado de número de teléfono cuatro meses antes pero aun guardaba el antiguo que muchas noches lo encendía con la esperanza de que un día me llamara, algo que jamás ocurrió. Salvo la noche anterior.

Nada de esto dije a los dos policías que vinieron a mi casa. Muy correctos pese al bombardeo de preguntas, se limitaron a verificar mi móvil, a preguntarme por el vehículo y el anillo, una ancha alianza de acero con tres muescas, y a indagar en mi vinculación con Asturias, donde pocas veces he estado. También comentaron que ninguna de las huellas dactilares encontradas en el vehículo servían para la investigación. El cuerpo estaba irreconocible y junto a él había una cámara de fotos y un par de guantes de látex utilizados durante el robo. Ni una pista más. Me mostraron las fotos del atestado por si reconocía algo, quizá el paisaje, aquel puente del fondo en el que tantas palabras dejé, el de San Marcial

No me acusaban de nada, pero el hecho de que el coche fuera mío y la última llamada se realizara a mi viejo número parecía demostrar que existía alguna relación entre nosotros. ¿o no? Sí, claro, por supuesto que sí pero como pueden comprobar hace mucho tiempo que cambié hasta de modo de vida. Además, la víctima pudo haber marcado aquel número al azar en un momento de desesperación. De todas formas, quiero que sepan que cuentan con mi total colaboración. Pueden revisar el apartamento si lo desean, aquí tienen el teléfono para que comprueben todas mis llamadas y tienen a su disposición los nombres de mis amigos por si los necesitan.

Fue entonces cuando los dos policías me explicaron el escenario en el que trabajaban, con las dificultades de un extraño caso en el que un número y un coche era todo lo que tenían para recomponer un puzzle. El forense aun tardaría algunas semanas en identificar el cadáver. Poco después se despidieron sin alterar el desorden de las casas que habito, con el expediente de la visita firmado y el aviso de que cuando tuvieran la identidad de la persona, me lo comunicarían.

Me quedé varias horas aturdido. Sentado en la misma posición hasta que mi cuerpo comenzó a desmoronarse por el impacto del suceso. Hacía dos años que no hablaba con ella, el tiempo que necesité para olvidarla, para asumir que nunca volvería a verla. Porque el último día que nos miramos a los ojos quedó claro que no habría otra vez. Durante los siguientes meses no tuve muchas noticias suyas pero supe que estaba construyéndose una vida que le dirigía a un oscuro e innombrable desastre.

Ana era un singular fotógrafa, atractiva y muy estricta en sus decisiones. Un día cogió sus cámaras y se fue a Afganistán haciendo la cobertura para la agencia de noticias griega. Al principio le pagaban sus reportajes pero luego dejaron de hacerlo aduciendo que carecían de fondos debido a la crisis. De allí saltó a Pakistán, esta vez con un equipo de la televisión japonesa con quien poco después realizó un documental sobre el accidente de la central nuclear de Fukushima y otro sobre el impacto de la radioactividad en la fauna marina. Luego regresó a España, nos vimos en una par de ocasiones y desapareció.

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Mi pareja regresó a casa al atardecer. Había salido a casa de su madre y eso me evitó darle explicaciones por la visita de los policías. Empezaba a entender cuál era mi papel en aquella historia y simplemente quise ahorrarle una preocupación innecesaria. Martina y yo compartimos casi todo pero este caso, con un cadáver en el maletero de mi coche y una investigación hurgando en mi pasado, terminaría derribando su resistencia y con ella, nuestra confianza. No es quisiera engañarla sino que preferí mantenerla al margen hasta descubrir los cabos que se encontraban sueltos con los que construir mi propia explicación. Era inevitable que tarde o temprano terminaría enterándose. Así que decidí que lo mejor era callar mientras fuera posible. En cierto modo, Martina también forma parte de esta extraña ecuación.

Este era el primer invierno que pasábamos en Durango. Cuando llegamos al caserón que un amigo nos había cedido para que nos situáramos, contemplamos con desazón su deterioro pero en lugar de desanimarnos sirvió para afrontar nuestra nueva vida compartida con una decisión casi artesanal. Las paredes estaban desconchadas, no había muebles, las ventanas, viejas y apolilladas, no se cerraban. Las cañerías estaban rotas y el jardín, de cien metros cuadrados, estaba tan abandonado que parecía un bosque salvaje. El lugar era magnífico. La casa tenía dos pisos bien iluminados con un mirador privilegiado al Monte Amboto, una roca de mil metros ideal para la escalada. Otra tentación irresistible era su aislamiento del pueblo, cuyo centro se encontraba a cinco kilómetros a través de un camino endiablado. Martina utilizaba una motocicleta para ir hasta la escuela donde daba clase de inglés a estudiantes de primaria y que doblaba tres tardes a la semana con adultos. Sus ingresos nos aportaban una seguridad económica fundamental en un momento en el que yo escribía de forma eventual para algunas publicaciones.

Este retiro obligado en el que me encontraba también llamó la atención de los dos inspectores que me habían visitado. Querían conocer los motivos que me habían empujado a abandonar mi presencia en la prensa para dedicarme a escribir sobre viajes a lugares lejanos sin ninguna trascendencia. ¿Por qué una persona que no conocía tenía mi viejo número de teléfono?, me interrogaron. Precisamente porque soy periodista y mucha gente guarda tu contacto sin tener ni idea de quién eres. Leen tus artículos y algo de él toca una cuerda del fondo de su alma. A veces sucede que esa persona está loca y entonces te conviertes en una parte de ella, en su referencia con la realidad. Tu firma en un periódico es algo misterioso, respondí. En el momento que un reportaje sale de la imprenta y se coloca en el quiosco, cualquier cosa puede ocurrir y no puedes hacer nada para evitarlo.

Menciono estas cosas porque es así cómo lo recuerdo. Recostado junto al mirador de la casa, observando como las nubes van cubriendo la cima de la montaña y comienza a llover. Durante los años que estuve con Ana hubo días de tormentas como éste, días que nos abrieron el corazón y revelaron algunos oscuros secretos. La primera vez que la vi estaba descalza.

Han transcurrido ya algunos años pero no me cuesta revivirlo siempre que lo deseo. Fue un viernes por la tarde, en septiembre, y los dos estábamos invitados a una charla sobre el declive del periodismo en un cine de Durango. Conocía a Ana a través de fotografías, suyas o en las que salía ella, todas excelentes, de viajes por Japón y reportajes en África, pero la persona que me encontré era totalmente distinta a la que había imaginado. Era una mujer fuerte, más bien baja, con el pelo siempre corto y una mirada intensa, a veces fiera, a la que no se le escapaba ni el más mínimo detalle que pasara ante sus enormes ojos.

Se detuvo en la puerta durante unos instantes examinando el vestíbulo del local, casi vacío aún, y giró la cabeza.
 -Supongo que eres Pablo Amézaga ¿no?
 -Supongo que sí -dije-. Y tú debes de ser Ana Morgado.

 -La misma -respondió-. Se acercó hasta donde yo estaba sentado y me dio un beso. Me alegra saludarte -añadió-. He oído hablar mucho de ti últimamente y tenía ganas de conocerte.

Así fue como empezó nuestra relación, sentados en aquel cine todavía desierto mientras iniciábamos una relación que esa misma noche extendimos por los bares invitándonos alternativamente hasta que me quedé sin dinero. Pero ahora que Ana ya no está, me resulta insoportable pensar en aquella noche de felicidad, de sueños.

Recordar el humor y la inteligencia que irradiamos en aquel encuentro. Por eso me cuesta tanto imaginar que aquella mujer tan generosa con la que compartí más que una jornada inolvidable era la misma persona que la noche anterior habían encontrado dentro del maletero de mi coche. El viaje que separa ambos momentos debió ser tan horrible, tan cargado de sufrimiento, que no puedo pensar en ella sin ponerme a llorar.

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Ana tenía entonces 38 años y la fotografía era para ella lo más parecido a una competición. Una carrera de fondo entre los deseos y su articulación, lo que a veces se convertía en un muro casi infranqueable que arruinaba su estado de ánimo. Tenía un archivo privado que en nada se parecía al que mostraba en público. Un material extraordinario donde las imágenes se emparejaban con historias alucinantes de manera asombrosa. Lo que para mi suponía un esfuerzo agotador, para ella no era ningún problema. Le bastaban unos minutos de observación para atrapar la esencia del relato y rara vez se equivocaba. Cada foto tenía una disposición tan apropiada que daba la sensación de que poseía la llave que abre el túnel secreto que une la cabeza y las manos. Sus inseguridades eran de otro orden, más relacionadas con la inconsciencia de su propio talento y con una insoportable infantilidad emocional que la paralizaba en terribles pesadillas producidas, casi siempre, por su predisposición a confundir pensamientos con hechos.

En una ocasión me echó de su casa por un asunto trivial, carente de importancia, un malentendido doméstico por el que no hubiera merecido la pena discutir ni 30 segundos. Ocurrió un año después de conocernos. Unos amigos nos invitaron a una fiesta en la playa. Llegamos tarde, cuando el jolgorio ya se encontraba en todo su apogeo. Por pura casualidad coincidimos con Berta Manrique, la editora jefe del principal diario local y a la que conocía por una serie de reportajes sobre América Latina que habíamos hecho juntos.

Nos pusimos a hablar de proyectos de forma frenética hasta que notamos que Ana no estaba. Fue cuando Berta, una mujer seductora con mucho alcohol corriendo por sus venas, aprovechó para iniciar un ingenioso juego provocativo que me resultó incómodo. Entre bromas y burlas, me abrazó con la suficiente fuerza para que notara sus pechos restregándose sobre mi espalda mientras que con su mano izquierda estrujaba mi nalga. Fue un momento brevísimo pero lo suficientemente impertinente como para separarme de su lado con brusquedad y buscar a Ana.

Berta se quedó mirándome con una expresión de sorpresa. No pasó nada más. Unas horas después Ana y yo llegamos a casa. Hicimos el amor, dormimos y a la mañana siguiente desayunamos. Más tarde, lo que se presentaba como una soporífera velada de resaca, se tornó en una batalla campal. No recuerdo qué dije pero debí rozar una de las cuerdas que ese día ahogaban su existencia porque desplegó toda la artillería pesada y comenzó a dispararme sin compasión. Llegó a lanzar las zapatillas contra la pared y a apuntarme con su puño cerrado en medio de reproches incoherentes hasta que de repente soltó: “Y también vi cómo disfrutaste del abrazo de Berta. Llámala. Estará deseándolo”.

Ana no se había perdido la noche anterior, como pensé, sino que se camufló deliberadamente entre el gentío para estudiar mis reacciones a las inesperadas envestidas de Berta. Era una de las maneras que tenía de golpearse duro, de soliviantar a su herido ego, de restregarse sin rubor por ese mundo de la humillación que tanto la angustiaba. El incendio ya estaba fuera de control. Me agarró del brazo y me echó de su casa.

Pero también sabía mostrar su rostro sociable de forma impecable. La noche que nos conocimos en el cine de Durango compartimos cervezas con sus amigos, un grupo de lo más variado en el que también estaba Martina, mi actual pareja. Según me confesaron, apenas tenían relación pero parecían haberse tratado desde la infancia. Compartieron risas, copas y alguna que otra confidencia pero, sobre todo, coincidieron en amargarle la velada a un tipo con aspecto de jugador de rugby y un humor inteligente que cautivaba la atención de todos.

Aquel tío se llamaba Tomás Biesteri, trabajaba en una fundición de Bilbao y, según supe poco después, mantuvo relaciones ocasionales con las dos. Hablo en pasado de él porque es probable que ahora tenga otro nombre o, quien sabe, quizá esté muerto. Tomás había salido de la cárcel después de cumplir 11 años de condena por participar en varios atentados de ETA. Su discurso era singular pero se las apañaba para esquivar los temas de política y mostrar una admiración sin pliegues por el trabajo de Ana, con quien mantenía constantes desafíos intelectuales. Para ella se trataba de una fuente de información privilegiada sobre un mundo que se movía en las sombras y que de alguna manera deseaba descubrir. Todos lo sabían y a todos les parecía normal. Menos a mí.

Con Martina su juego era más físico. Aquella noche estaba radiante, vestida con un ceñido vestido negro que dejaba ver su espalda desnuda y unas largas piernas que los zapatos de aguja hacían interminables. Era notorio el deseo de Tomás por la mujer que hoy amo y hasta es probable que aquel día acabaran juntos en la cama. Nunca se lo pregunté y dudo mucho de que algún día me lo cuente. Ya no importa. Es un pasado que enterramos en cuanto descubrimos lo que Tomás escondía bajo aquella máscara de seguridad que se había fabricado.

Comenzamos a intuirlo algunos años después, cuando Ana ya sólo era un hermoso garabato en el libro de mi vida. Solía verme con Martina en Durango donde, poco a poco, fuimos conociéndonos hasta enamorarnos. Un día íbamos de bares, otro al monte con su perro, alguna vez cogíamos el coche y nos fugábamos un fin de semana.

Una mañana fuimos a Ibardin, una colina que separa Navarra de Francia desde donde se puede ver la costa casi con la misma precisión que los Pirineos. Nos pusimos a caminar sin rumbo fijo por un frondoso sendero hasta que el cielo se cubrió de nubarrones y empezó a llover. La niebla echó su enigmático telón hasta el punto de que casi nos perdimos. No veíamos más allá de cinco pasos pero llegamos a un pequeño refugio para montañeros. Y allí, en un recodo protegido del porche, escondido tras un tronco hueco, oímos un lamento. Era el de un hombre que sentado de espaldas sólo alcanzaba a balbucear algunas palabras arrasadas por las lágrimas.

-“Qué jodidamente fea es esta puta vida”, repetía y repetía de manera entrecortada hasta que el sobresalto de vernos cortó su lamento.

Era Tomás Biesteri y el motivo de su pena procedía de un encargo detestable por el bien de su familia que estaba obligado a cumplir. No nos dijo de qué se trataba pero sí que le llevaría algún tiempo, que debía dejar el trabajo en la fundición y que debía partir al extranjero. “Un asunto de importación”, sentenció con cierto desdén. En unos minutos volvió a ser el Tomás que conocimos, alegre, inteligente e irresistiblemente seductor con Martina pese a que conocía de sobra que ya manteníamos una relación. Bajamos de Ibardin a Bera de Bidasoa, le invitamos a un caldo caliente en una cantina con chimenea y tras una larga conversación sobre recuerdos compartidos, le anunciamos que era la hora de regresar a casa. Tomás prefirió quedarse allí. Y bajo el fondo grisáceo de aquel frío atardecer vimos alejarse su silueta, alta, atlética, el cuerpo de un jugador de rugby, conscientes de que también nos desvinculábamos de un terrible misterio.

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Ha pasado ya una semana desde que encontraron el cadáver de una mujer en el maletero de mi coche. Lo único que han averiguado es que fue estrangulada antes de que desfiguraran su cuerpo con el fuego. Un agente me ha llamado esta mañana para decirme que, pese a los avances de la investigación, su identidad continúa siendo un misterio. Mi coche, un Seat Altea negro, ha sido desmontado por la policía científica. Me comenta que es el último recurso para encontrar una huella dactilar. No tengo dudas de que al final la encontrarán.

Vuelve a llover en la montaña. Días como el de hoy abren las mazmorras de esa melancolía que me tiene enredado como una serpiente al tronco de un árbol. Ahora que sé que jamás volveré a ver a Ana me resulta doloroso pensar cómo era, su pragmatismo salvador, la forma de explicar las cosas y esa extraña habilidad que tenía para volver trascendentes asuntos sin importancia. Recordarla me provoca un vacío insoportable pero necesito contar esta historia hasta dónde alcanzo a saber, porque de lo contrario estaría traicionando la memoria de una persona que amé con pasión y también con desgarro.

– Hasta hace dos meses nunca había oído hablar de ti. Primero, encontré un reportaje tuyo que publicó la revista News cuando buscaba documentación sobre las bandas juveniles en Honduras. Me pareció excelente, bien hilado y con mucho curro detrás. Sin embargo, no me convencieron las fotografías. Creo que eran de John Caviedes, un tipo que piensa más en el arte que en la información, aunque claro, está dónde está por algo y sabe moverse en esa jungla. Dos semanas después me llamó Berta, la editora del diario, para proponerme un trabajo sobre ETA, sumergirme en el lado oscuro de un mundo en el que nadie ha estado, todo muy peligroso y sombrío. Me dijo que iba a intentar convencer a un buen tipo para que me acompañara en esta ocurrencia. Un periodista que no está pasando su mejor momento -me añadió- pero con ganas de regresar al periodismo de siempre, el de las buenas historias. Y mira por dónde esa persona eras tú.

– Así que es eso lo que me ha traído hasta Durango, ¿no? -dije un tanto sorprendido por tan exagerado elogio e incapaz de matizar la completa información sobre mi que desplegó casi de memoria. Era cierto que no pasaba por un momento estelar pero aquello era algo que mi estúpida vanidad había encerrado bajo los cerrojos de mi vida. Llevaba meses sin proponer un solo artículo de interés, un tanto perdido, alejado del ruido, planteándome seriamente cambiar de país y de profesión. Quería resetearme por completo, como si fuera un ordenador fastidiado. A unos les fallé yo y otros me dejaron tirado después de cerrar el periódico en el que trabajé. Sin embargo, cuando quieren saber de uno no hay puertas blindadas tras las que esconderse. Ana sabía que aquella propuesta me despertaría del letargo en el que me encontraba.

– Bueno, puede que la conferencia no haya salido como esperábamos. El cine ha estado medio vacío pero mira el lado positivo del tema. Por fin nos conocemos.

– Puede que la ocurrencia de Berta de la que hablas sea sólo eso, una ocurrencia más de las muchas que tiene, pero por si acaso prefiero esperar a que ella me la proponga en persona, más que nada para saber en qué consiste. Por lo menos sabré si puedo contar con agarraderas cuando me flojeen las piernas –añadí intentando camuflar los efectos del subidón aeroespacial que me produjo aquella propuesta.

– Me alegro de que primero quieras considerar los riesgos que conlleva pero te adelanto que serán muchos. Es más, te diría que puede convertirse en un tormento. Tú decides pero piénsalo con tranquilidad.

– Te agradezco tanta franqueza, Ana, pero imagino que también tendrá su lado positivo. Nadie en sus cabales elige para si mismo embarcarse en el sufrimiento extremo, ni siquiera por una causa justa.

– Según lo mires, Pablo Amézaga, pero te confesaré algo. Estuve casi cuatro meses sin salir de Libia durante la guerra que terminó con Gadafi. Viajé por todos los frentes sin cesar. Hoy en Bengasi o Misurata, mañana en Trípoli o Sirte. Un día, cerca de Nalut, me despertó una mujer en plena noche. Estaba muy nerviosa. Hablaba muy bajito, para que nadie se enterara. Me pidió que la acompañara hasta una pequeña presa que acababa de ser bombardeada. No entendía nada de lo que decía. Ella insistía en que entrara en una humilde cabaña que había allí, un hogar que supuse que era el suyo. Al principio no veía nada hasta que, por fin, descubrí en el suelo una pequeña trampilla camuflada entre alfombras hechas a mano. Al abrirla me encontré con cinco cuerpos colocados uno encima de otro en posiciones inverosímiles. Todos sido habían sido torturados hasta la muerte. La escena era tan espantosa que no pude sacar ni una foto que sirviera al menos para denunciar aquello, para que el mundo supiera las atrocidades que se estaban cometiendo. Lloré de dolor, Pablo. Al día siguiente decidí irme de Libia porque entendí que ya no podía continuar trabajando allí. Me había involucrado demasiado. Volví con mi familia, con mis amigos, y me refugié en su cariño para liberarme de un cúmulo de cosas que ya empezaban a pasarme factura. Salí de allí para volver a ser otra vez yo misma. Tuve esa suerte, cariño. Es posible que lo que ahora nos propone Berta no alcance aquellas cotas de crueldad pero si entramos es posible que no se nos presente la oportunidad de renunciar y que tengamos dificultades para encontrar la puerta de salida. ¿Comprendes a lo que me refiero?

– Creo que sí aunque la cuestión podrías haberla planteado en otros términos. Incluso puede que te equivoques al planteármelo así.

– De acuerdo – dijo Ana, dando una palmada en su pierna. Me apetece tomar una cerveza. Estoy empezando a animarme después del fiasco de esta conferencia. ¿Qué quieres tomar?

– Lo mismo que tú –respondí atónito.

Creo que nadie ha logrado desarmarme de la forma que lo hizo Ana aquella noche. Percutió como un martillo contra mis defensas y fue demoliendo una por una las ilusiones que me estaba haciendo. Las dudas que me asaltaban, repentinamente, se hicieron grandes como casas. Aquella era su manera natural de actuar ante este tipo de asuntos. Un comportamiento descarnado, quizá, pero también franco. Te ponía al límite frente al inexorable tribunal de tu propia existencia y una vez logrado su objetivo, se retiraba a esperar paciente tu decisión.

Lenguas de glaciar

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Esta idílica fotografía nos muestra uno de la paraísos terrenales en peligro de desahucio. Se trata de la boca de entrada a uno (o lo que queda de él) de los 16 glaciares del Parque Nacional de Glacier Bay, Alaska.

Hasta hace unos pocos años, 12 de ellos lanzaban icebergs a la bahía como máquinas de cubitos de hielo. Uno tras otro, crick-crack-catacroc, pero su portentoso motor comenzó a griparse. Sin cumplirse aún el primer mes de la primavera, el entorno gélido se ha consumido y las aguas son navegables. En 1985, contemplar este cuadro en abril hubiera sido impensable. Pero no todo es culpa de la precocidad primaveral.

Cada año, el estremecedor bramido que provoca el resquebrajamiento de las grandes lenguas del glaciar son un poco más sordos. El paisaje continúa siendo igual de bello, igual de majestuoso, pero está perdiendo la voz.

El calentamiento global del planeta es el propietario de su mordaza. La temperatura media en la zona ha subido los grados suficientes para que los icebergs que antes caían al mar como ídolos en un apocalipsis colosal, hoy se derriten lastimosamente antes de su botadura. Un síntoma más del fracaso humano y de felicidad para los oportunistas rastreadores de grandes negocios.

Desde que el agua no se hiela en invierno, los cruceros cinco estrellas  que navegan por el Parque se han multiplicado como setas tras la lluvia. Unos van, otros vienen. Cualquier día de estos se formará un atasco y los buques, con los turistas encantados de haberse conocido a bordo, harán tocar sus sirenas para exigir un guardia de tráfico o un semáforo. Glacier Bay no se muere todavía, tranquilidad, pero ha comenzado a empolvarse la nariz. Como hacen las estrellas de cine en retirada.

Sus habitantes habituales se preguntarán consternados para que ha servido vivir en un lugar tan bello. A la vista de los datos, pues para que un puñado de dólares lo vacíe por dentro. Una ruina en ciernes. El problema es que cuando deseen subsanar este atropello puede ser tarde. Es la consecuencia del desinterés por las cosas que provoca el consumismo desbocado. Su primera víctima siempre es la armonía.