Cae la noche

“Entre la idea y la realidad, entre la emoción y el acto, cae la sombra” T.S. Eliot

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El día se consume en África y un grupo de jirafas parece prepararse para llorarlo. La luz de esa luna menguante siluetea sus espigadas figuras. Están de retirada. Anochece en la sábana y los animales buscan un refugio seguro donde dormir. Aquellos más vulnerables, como los herbívoros, se agrupan en grandes manadas que se alejan de los lugares húmedos y despejados, de los ríos y de las zonas desarboladas.

Su visión se reduce considerablemente y muchos quedan a merced de los hambrientos cazadores. La noche africana dicta sus propias leyes y sus habitantes saben escucharlas: Una, sin duda, son los amenazadores ruidos de las bestias ocultas bajo una cúpula celeste decorada con miles de estrellas. La belleza contrasta con la vulnerabilidad. Por lo que se ve y por lo que no se acierta a ver.

Pero el día toca a su fin. Los últimos dedos de luz se despiden de una jornada abrasadora y salvaje. Es entonces cuando las cautelas levantan sus cuarteles, con los ojos abiertos y los oídos bien afinados. Para la vida es ahora cuando comienza la hora bruja de los secretos.

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La montañas de la Luna

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Observad la imagen. Este es el lugar donde un pastor egipcio llevaba a beber a sus cabras. Es el río Nilo y en esta zona no hay cocodrilos. El pastor se llama, o quizá se llamaba, Moussa. Tenía 25 años y anhelaba estudiar veterinaria cuando la vida era visible en su país.

Moussa tenía el pelo negro y revuelto, y era el propietario de unas pupilas que salían de sus ojos como dos cuerdas aferradas a la realidad. Vivía en una humilde cabaña a orillas del Río Nilo, un hogar que él convirtió en un centro de cura para animales y hombres. Hoy me he acordado de él. Desapareció durante la revolución que derrocó al tirano Hosni Mubarak. Nunca más he sabido de él.

Puede que se encuentre en El Cairo. Puede que no. Una vez me contó que su sueño era remontar este cauce milagroso y llegar hasta las Montañas de la Luna para allí descansar. Pero siguió en su mundo, con su sonrisa y sus enormes ojos clavados en estas aguas turbulentas que cuando soplaba el viento convertía las gotas de humedad en un juego de dardos con las caras de los vivos.

El escritor surafricano J.M. Coetzee, escribió en su libro ‘En medio de ninguna parte’ que “el hombre se odia solamente por no atreverse a amar”. Moussa amaba este río. Hablaba con sus peces. Sonreía a las cabras. Acariciaba los árboles. Si esto es así no entiendo porqué nuestros ojos sólo ven tinieblas.

Fatoumata Diawara

Mala conciencia

“La creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria. El hombre por sí mismo es capaz de cualquier maldad”
Joseph Conrad
©James Nachtwey
El hambre. El gran jinete del Apocalipsis continúa paseándose a galope por buena parte del mundo en pleno siglo XXI. En América, en Asia, en África y también en Europa. Resulta difícil poner palabras a una de las mayores infamias de la humanidad de la que todos, de alguna manera, somos un poco culpables. Seré sincero: La elección de esta foto de James Nachtwey pretende herir la sensibilidad del observador.

El motivo del autor para apretar el botón del obturador fue provocar una reacción, un cambio de actitud en aquellas sociedades a las que superabundancia les ha insensibilizado frente a unas temáticas que ni les impone ni las rebela. Un moribundo en África es un moribundo alejado de nuestra casa. Poco más. Un muerto es un simple número dentro de una pantalla de televisión.

Convivimos a diario con ello y nos hemos inmunizado ante el espanto, en gran parte, porque asumimos que representa al lado más perverso de la globalización. Ahora pongamos la secuencia de la ciudad siria de Homs, que podría ser también Alepo o cualquier otra que todos los bandos han destruido durante cinco años de guerra:

¿Qué nos provoca? La primera sacudida, probablemente, es de incredulidad. Como si lo que nos muestra fuera la introducción a un videojuego de guerra. Lo vivimos como un estado natural de la cosas, con la resignación de que nada podemos hacer para evitarlo porque el destino de sus habitantes está en las manos sucias que hoy se disputan el control del planeta.

Así es el mundo. Unos arriba y otros abajo, sazonado todo con unas pequeñas dosis de mala conciencia.

El hombre de la foto es un despojo humano a punto de cruzar el umbral de la muerte. Basta con que echemos un vistazo detallado a su rostro afilado, a esas extremidades finísimas y quebradizas, a los omóplatos salientes como los de un recién nacido, las costillas marcadas que semejan una triste marimba y ese vientre tan hundido que parece que ha empezado a devorar su propio cuerpo. Es la pura imagen del fracaso humano, el reflejo obsceno de lo que puede hacer la humanidad por codicia y egocentrismo.

La ciudad de Homs (o Alepo o cualquier otra población de Siria rodeada por los frentes) es un escenario devastado por las bombas. Inhumano, fantasmagórico y demencial. Un cuadro de la infamia más absoluta cometida por el hombre contra el hombre durante cinco años de guerra. Algo inaceptable en sí mismo pero que por su extremada dureza produce sorpresa.

Pero ambas situaciones representan el ejemplo granado de nuestra humana obra, del horror que producimos y de la vergüenza que ocultamos si dedicamos un sólo segundo a la reflexión. La explícita fotografía de Nachtwey sobre la humillación humana tiene un sentido: fue tomada en Sudán en 1993 para evitar el olvido dos décadas después. La secuencia de Homs podría ser una respuesta a lo que en Europa se conoce como “el problema de los refugiados”. Da igual de donde proceda y cuáles sean sus intenciones. El horror es el horror.

El negocio del hambre

El escritor británico Joseph Conrad, quizá uno de los más grandes retratistas literarios de África, escribió una vez que no hay creencia tan ansiosa y ciega como la codicia ya que, en su medida universal, es la causa principal de la miseria moral y de la indigencia intelectual del mundo. Conrad percibió esta maldición a principios del siglo pasado pero desde entonces poco o nada ha cambiado.

Así lo entiende el jurado del Right Livelihood Award (Premio al Sustento Bien Ganado, en español) que el pasado año concedió uno de sus galardones, los conocidos como premios Nobel alternativos, a la organización GRAIN, un pequeño grupo internacional sin ánimo de lucro que trabaja en apoyo de los pequeños agricultores y  los movimientos sociales que luchan para mantener la biodiversidad de los sistemas alimenticios. 

Desde hace años, GRAIN viene denunciando las compras masivas de tierras cultivables de países pobres por parte de inversores financieros internacionales.

El resultado de este lucrativo negocio privado está siendo devastador en la última década. Seducidos por promesas de desarrollo inconmensurables, muchos gobiernos venden o arriendan sus campos a empresas extranjeras, a menudo grandes firmas multinacionales, para que apliquen un sistema de agricultura industrial a gran escala que en lugar de proporcionar alimentos produce hambre. Es  la huella de una globalización desigual y depredadora.

Según los cálculos de GRAIN, entre 60 y 80 millones de hectáreas han cambiado de manos en el mundo con estas triquiñuelas desalmadas, es decir, el equivalente a la mitad del área cultivable de la Unión Europea.Y al final, nada de lo prometido se cumple. Los alimentos se venden y las mismas empresas que especulan con la comida lo hacen también con las superficies de cultivo. Los campesinos originarios son expulsados y a la población se les arrebata el fruto de sus tierras porque la producción en masa ya no tiene como destino el mercado local sino el internacional.

Así está el mundo, cada vez más descerebrado y aturdido mientras el hombre complica su existencia comportándose como un lobo para el hombre. 

Conrad tenía razón. Hay veces que tengo la sensación de pertenecer a una especie que, como equilibristas ebrios, disfruta caminando al borde de un despeñadero.

El beso

 “De todos los animales, el hombre es el más cruel. Es el único que infringe dolor por el placer de hacerlo” (Mark Twain)
Esta mamá hipopótamo celebra con su bebé el placer matinal de un buen baño. El pequeño parece agradecérselo de la forma más natural que sabe: con un beso “hipohuracanado”. Ambos exudan ternura por todos sus poros y parecen sonreir. Pero todo es figurativo, producto de una mente racional como la nuestra. Lo que hace esta hembra de hipopótamo con su hijo es darle una lección. La primera y más importante es no acercarse a sus embrutecidos congéneres machos porque le aplastarán sin compasión con tal de mantener su privilegiado sitio en el río. 
La segunda, y no menos importante, es desconfiar de un animal bípedo con extrañas vestiduras: el hombre. El bebé deberá aprender muy bien el consejo porque su futuro dependerá de ello y no tendrá muchas oportunidades para comprobar el miedo de su sufrida madre. Cuando aparece, el hombre suele ser infalible. Se coloca a una distancia prudencial, apoya una rodilla en el suelo, se coloca un artilugio en el hombro y comenzará a expiarle a través de una mirilla. Luego escuchará un ruido que estremecerá la sabana, ¡ziang! y su cabezota puede volar por los aires entre los gritos guturales de satisfacción de otras bestias salvajes. Lo mejor es correr.
Desde 2006, el hipopótamo forma parte de la lista de especies en peligro de extinción. Cierto es que no ocupa los primeros lugares pero se ha sumado al grupo con decisión. La caza ilegal persigue su carne y el marfil de sus dientes y la industria maderera su hábitat natural. La ultimas estimaciones sugieren que entre 1994 y 2006, la población de hipopótamos como los de la imagen de hoy ha disminuido 7.20%. Se calcula que a día de hoy subsisten unos 150.000 ejemplares, especialmente en Zambia y Tanzania.
En la República del Congo, el gran paraíso de estos peculiares animales, han desaparecido el 95% durante los últimos 10 años. La turbulenta situación política en ese país ha contribuido a una caza indiscriminada y a la deforestación excesiva de vastas zonas donde el hipopótamo habitaba. Con estos datos en la mano resulta difícil entender cómo a esta madre y a su pequeño hijo aún les quedan ganas de reír y de besarse tan amorosamente.


El viaje del Hombre (I): Los oromos

Teníamos fácil señalar el punto de partida de este viaje alrededor del Hombre siguiendo la ruta del imaginario mapa que hoy desplegamos aquí: África es el origen de nuestra existencia. Allí fue donde hace 3 millones de años, el hombre se irguió sobre dos patas y comenzó la apasionante aventura en la que hoy nos encontramos. Un camino mutante, de transformación, de frustraciones, de superaciones. De adaptación y supervivencia, en definitiva. 
De ser unos pocos diablos a merced del medio nos hemos convertido en una tribu con más de 6.000 millones de individuos capaces de batirnos el cobre contra enemigos hostiles que en circunstancias normales nos hubieran aniquilado. Dominamos el medio, controlamos el tiempo y decidimos el camino en función de complejas variables. Es lo que nos diferencia del resto de habitantes de este planeta azul. 
La foto del día de esta nueva sección arranca en África, en Etiopía, en el lugar exacto que un día habitó el primer hombre y la primera mujer de los que tenemos conocimiento. Se trata de una joven oromo, el grupo étnico más numeroso del país. Una tribu nómada y relativamente hospitalitaria.

Hubo un tiempo que fueron tratados como ganado por el resto de etnias de la región. Les llamaban “Gallas”, un sobrenombre peyorativo que significa algo así como “los negacionistas” por su resistencia numantina a ser cristianizados e islamizados por los pueblos vecinos. Y este podría ser el origen de nuestro pecado original. Ya puestos, ¿por qué no humanizar la leyenda?. Este fue el motivo utilizado para expulsar a los oromos de la tierra de iniciación africana antes de terminar estableciendo una suerte de colonialismo sobre el resto de las etnias. Por las venas del emperador Haile Selassie, un personaje de excepción en la historia de Etiopía, corría sangre oromo. Una luz o una sombra en el amanecer del Hombre, según los ojos con los que se mire.
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África y el negocio de sus tierras

“Lo que para unos es comida, para otros es amargo veneno” (Lucrecio, filósofo romano)

El escritor Joseph Conrad, quizá uno de los más grandes retratistas literarios de África, escribió una vez que no hay creencia tan ansiosa y ciega como la codicia ya que, en su medida universal, es la causa principal de la miseria moral y de la indigencia intelectual del mundo. Conrad percibió esta maldición a principios del siglo pasado pero desde entonces poco o nada ha cambiado.
Así lo ha debido de entender el jurado del Right Livelihood Award (Premio al Sustento Bien Ganado, en español) que la semana pasada concedió uno de sus galardones anuales, los conocidos como premios Nobel alternativos, a la organización GRAIN por denunciar las compras masivas de tierras cultivables de países pobres por parte de inversores financieros internacionales.
El resultado de este lucrativo negocio privado en la última década está siendo devastador. Seducidos por promesas de desarrollo inconmensurables, muchos gobiernos venden o arriendan sus campos a empresas extranjeras, a menudo grandes firmas multinacionales, para que apliquen un sistema de agricultura industrial a gran escala que en lugar de proporcionar alimentos produce hambre. La huella de una globalización depredadora.
Según los cálculos de GRAIN, entre 60 y 80 millones de hectáreas han cambiado de manos en el mundo con estas triquiñuelas desalmadas, es decir, el equivalente a la mitad del área cultivable de la Unión Europea. 

Y al final, nada de lo prometido se cumple. Los alimentos se venden y los mismos que especulan con la comida lo hacen también con las superficies de cultivo. Los campesinos originarios son expulsados y a la población se les arrebata el fruto de sus tierras porque la producción en masa ya no tiene como destino el mercado local, sino el internacional. 
Así está el mundo, cada vez más descerebrado y aturdido mientras el hombre complica su existencia comportándose como un lobo hambriento para el otro hombre. Conrad tenía razón. Hay veces que tengo la sensación de pertenecer a una especie que camina como un equilibrista ebrio al borde de un despeñadero.

El cantante del primer video es Ismael Isaac, músico de Costa de Marfil muy influenciado por el gran grupo marfileño Alpha Blondy. El tema es Magno Manko pertenece a su último CD, Black System. 
La fotografía y este comentario fueron publicados la semana pasada en Más que Ciencia.
El último video corresponde a Geoffrey Oryema, músico ugandés que tuvo que huir de su país tras la llegada al poder del dictador Idi Amin Dada. El tema se titula Land of Anaka