La guerra en Libia

¿Está justificada la guerra contra Gadafi? Y si para acabar con él adoptamos sus mismas armas, ¿que nos diferencia del terror? Y si el fin justifica los medios, ¿todo está permitido? ¿Y Yemen? ¿Qué ocurre con Siria, Bahrein, Arabia Saudí, Somalia? ¿Por qué no se bombardeó Israel cuando martilleó Gaza en las navidades de 2009? ¿Acaso hay instancias en las que la violencia puede estar justificada? La contradicción -que acompaña a la existencia humana- suele terminar simplificando las cosas entre buenos y malos. Algo tan incómodo como indescifrable.
El texto que viene a continuación es un fragmento de una interesante entrevista al libanés Gilbert Achcar, profesor en el School of Oriental and African Studies de Londres y autor del ensayo Les Arabes et la Shoah: la guerre israélo-arabe des récits. El tema es Libia. Está publicada íntegramente en Viento Sur. Creo que puede ayudar a mirar con ojos críticos esta nueva cruzada desplegada e intuir cuál puede ser su conclusión.

¿Cómo valoras la resolución nº 1972 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas del pasado 17 de marzo?
La resolución como tal está redactada de manera que hace suya y aparentemente responde a la petición de establecer una zona de exclusión aérea. En efecto, la oposición libia ha solicitado explícitamente esta medida, con la condición de que no se desplieguen tropas extranjeras en territorio libio. Gadafi cuenta con el grueso de las fuerzas armadas de élite, con aviones y tanques, y la exclusión aérea neutralizaría efectivamente su principal ventaja militar. Esta petición de los rebeldes está reflejada en el texto de la resolución, que autoriza a los Estados miembros de la ONU a “tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles y las zonas pobladas por civiles frente a la amenaza de ataque (….)
Ahora bien, en el texto de la resolución no hay suficientes garantías que impidan su uso con fines imperialistas. Aunque el objetivo de toda acción es supuestamente la protección de la población civil, y no un “cambio de régimen”, la determinación de si una acción cumple este objetivo o no queda en manos de las potencias que intervienen y no en las de los insurrectos, ni siquiera en las del Consejo de Seguridad. La resolución es asombrosamente confusa, pero dada la urgencia de impedir la masacre que se habría producido si las fuerzas de Gadafi tomaran Bengasi y ante la ausencia de cualquier medio alternativo para conseguir el objetivo de protección de los civiles, nadie puede oponerse razonablemente a ella. Podemos entender las abstenciones; algunos de los cinco países que se han abstenido en la votación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas querían expresar su desconfianza y/o incomodidad ante la falta de una supervisión adecuada, pero sin asumir la responsabilidad de permitir una masacre inminente.
La respuesta occidental, desde luego, tiene sabor a petróleo. Occidente teme un conflicto prolongado. Si se produjera una masacre importante, tendría que imponer un embargo sobre el petróleo libio, con lo que el precio se mantendría en un nivel alto, y esto, tal como está actualmente la economía mundial, tendría importantes consecuencias adversas. Algunos países, inclusive Estado Unidos, han actuado con desgana. Únicamente Francia se ha mostrado decididamente a favor de una acción contundente, lo que puede tener mucho que ver con el hecho de que este país –a diferencia de Alemania (que se ha abstenido en la votación del Consejo de Seguridad), Gran Bretaña y, sobre todo, Italia– no tiene una participación significativa en el negocio del petróleo libio y sin duda espera conseguir aumentarla en la Libia de después de Gadafi.
Todos sabemos qué hay detrás de los pretextos de las potencias occidentales y del doble rasero que aplica. Por ejemplo, su supuesta preocupación por los civiles bombardeados desde el aire no pareció aplicarse a la población de Gaza en 2008-2009, cuando centenares de no combatientes murieron bajo el fuego de los aviones israelíes. O el hecho de que EE UU permita que el régimen de Bahrein, donde hay una importante base naval norteamericana, reprima violentamente la revuelta local con ayuda de otros vasallos regionales de Washington.
El caso es que si se deja que Gadafi prosiga con su ofensiva militar y tome Bengasi, habrá una importante masacre. Estamos en una situación en que la población corre realmente peligro y no existe ninguna alternativa plausible para protegerla. El ataque de las fuerzas de Gadafi se habría producido en cuestión de horas o a lo sumo de un par de días. Uno no puede oponerse, en nombre de los principios antiimperialistas, a una acción que evitará la masacre de civiles. De modo parecido, aunque conozcamos muy bien la naturaleza y el doble rasero de la policía en el Estado burgués, uno no puede oponerse, en nombre de los principios anticapitalistas, a que alguien la llame cuando está a punto de ser violada y no hay otra alternativa para impedirlo.
Dicho esto, y sin estar en contra de la zona de exclusión aérea, debemos expresar nuestra desconfianza y defender la necesidad de vigilar muy de cerca las acciones de los países que intervengan, a fin de asegurar que no vayan más allá de la protección de los civiles con arreglo al mandato de la resolución del Consejo de Seguridad. Al ver en la televisión a la muchedumbre en Bengasi aplaudiendo la aprobación de la resolución, vi un gran cartel que decía en árabe “No a la intervención extranjera”. Allí la gente distingue entre “intervención extranjera” –entendiendo por ello la presencia de tropas sobre el terreno– y la zona de exclusión aérea con fines de protección. No quiere que vayan tropas extranjeras. Es consciente de los peligros y desconfían sabiamente de las potencias occidentales. 
Así, para resumir, creo que desde una perspectiva antiimperialista uno no puede ni debe oponerse a la zona de exclusión aérea, dado que no existe ninguna alternativa plausible para proteger a la población amenazada. Dicen que los egipcios están suministrando armas a la oposición libia, cosa que está muy bien, pero solamente esta ayuda no podía haber salvado Bengasi a tiempo. No obstante, una vez más, hay que mantener una actitud muy crítica ante lo que puedan hacer las potencias occidentales.
¿Qué ocurrirá ahora?
Es difícil saber qué va a ocurrir ahora. La resolución del Consejo de Seguridad no preconiza un cambio de régimen, sino la protección de los civiles. El futuro del régimen de Gadafi está en la cuerda floja. La clave está en si asistiremos a la reanudación de la revuelta en la parte occidental de Libia, incluida Trípoli, provocando así la desintegración de las fuerzas armadas del régimen. Si esto ocurre, tal vez Gadafi tenga las horas contadas. Pero si el régimen logra mantener el control en la parte occidental, entonces se producirá, de hecho, la división del país, por mucho que la resolución afirme la integridad territorial y la unidad nacional de Libia. (…) Entonces habrá seguramente una prolongada situación de empate. Está claro que la oposición necesitará tiempo para sacar provecho de los suministros de armas que recibe de Egipto y a través de Egipto hasta el punto de ser capaz de derrotar militarmente a las fuerzas de Gadafi. Dada la naturaleza del territorio libio, ésto solo podrá ser una guerra regular, una guerra de movimiento sobre vastas franjas de territorio, más que una guerra popular,. De ahí que sea difícil predecir el resultado. La conclusión, en todo caso, es que deberíamos apoyar la victoria de la revuelta democrática libia. Su derrota a manos de Gadafi supondría un grave revés que afectaría negativamente a la ola revolucionaria que recorre actualmente Oriente Próximo y el norte de África.

Los desastres de Gadafi

Después de 40 años dirigiendo su país como si se tratara de un cortijo, Muamar al Gadafi ha decidido que antes de entregar el poder  a sus humildes súbditos prefiere hacerles la guerra. En Libia se han reestrenado las terribles escenas de la represión armada,  de fugitivos atestando las carreteras, de niños y ancianos completamente desamparados. Y las sinrazones de una razón, como ya advirtiera Goya, que sueña con monstruos. 
Es el odio feroz entre hermanos que ha resurgido como un violento fuego del desierto entre las ruinas del singular sistema que se inventó Gadafi para hacerse imprescindible. Es lo que tienen los dictadores. Trípoli es hoy uno de los nombres de esta geografía libia sangrienta. Pero también Sirte, su ciudad natal, el antiquísmo puerto del Golfo de Sidra en cuyo casco antiguo hoy se libra una batalla. El Ejército de Gadafi le ha tendido un cerco de destrucción.

Libia sangra, el mundo observa

“¿Qué está haciendo Gadafi?” La respuesta que estremece al mundo se encuentra bajo el resplandor catastrófico de las bombas que a estas horas caen sobre Bengasi. Los gritos desgarrados procedentes, imaginamos, de las víctimas deberían ayudarnos a pulir la réplica: los intereses económicos de Europa y EEUU en Libia están retardando la caída definitiva de este dictador sanguinario. 
Pero otros dos intereses se superponen equívocamente aquí. El de aquellos que encuentran argumentos, como los checos, para apuntar que Gadafi es un mal necesario para los prósperos negocios europeos en la región y el de aquellos, como EEUU, que sólo alcanzan a denunciar la psicopatía de un sátrapa bizantino que masacra arteramente a una población indefensa sin hacer ahora absolutamente nada. Ni siquiera en el ámbito diplomático. Y junto a estas dos imposturas, una razón más compartida: la de ver a 6 millones de libios atrapados por una kafkiana situación de miedo atroz, con su aluvión de preguntas a cuestas. “Pero, ¿nadie va a detener a este loco?”. 

La maquina de encauzamiento de la información puesta en marcha por el Gobierno de Libia para intentar disipar cualquier escepticismo internacional sobre la naturaleza del mal no ha germinado. La patética imagen mostrada por Gadafi frente a la cámara asegurando que las revueltas de Bengasi (y Trípoli, aunque lo omitió) son obra de “un pequeño grupo de borrachos y drogadictos armados que buscan romper el país” produce pavor. Rizando el bucle de los silogismos más perversos que he escuchado en los últimos años, Gadafi se atrevió a comparar su sangrienta  decisión con las que otros guerreros tomaron en Tiananmén, Moscú, Irak o Waco. En medio de su delirio televisado, el dictador libio reclamaba a las dueños del mundo una dosis de confianza para aplastar al enemigo. Como ellos hicieron.
Pero al margen de matanzas e hipocresías, lo que de verdad alimenta la angustia del pueblo libio es que el brote agudo de paranoia que ahora devora el cerebro de Gadafi puede durar un tiempo. Una inquietud que se vuelve irresistible a medida que la palabrería se prolonga y la ONU (o lo que sea) no revierte una situación imposible. Por eso también hay quien ve un perverso juego de intereses ocultos en la posibilidad de forzarle al tirano a que detenga la carnicería. El más insistente está siendo Fidel Castro. 
“Lo que para mí es absolutamente evidente es que al Gobierno de Estados Unidos no le preocupa en absoluto la paz en Libia, y no vacilará en dar a la OTAN la orden de invadir ese rico país, tal vez en cuestión de horas o muy breves días”, indicó ayer el líder cubano. Como si el pueblo libio fuera tonto. Dejando al margen la última reflexión de Castro, hay dos preguntas que flotan en el aire como una pesada losa: ¿qué nueva solución final para Libia se está permitiendo? Y tras escuchar (y ver) a Gadafi en televisión, ¿qué otro botón de muestra hace falta para derrocar a este tirano? El futuro libio depende de las respuestas. 

Las revueltas árabes

El escritor Joseph Conrad fue el retratista literario de África y su novela ‘El corazón de las tinieblas’ un artefacto sobrecogedor. Si el siglo XX empezó mal para el continente negro, el XXI parece discurrir por un sendero convulso, especialmente en los países árabes del norte africano y la parte suroccidental de Asia. Cientos de etnias malviviendo dentro de un territorio de más de 7. 800 kilómetros de extensión (desde La Güera en el Sáhara Occidental hasta la punta más oriental de Omán), partido en 22 estados -más el Sáhara y Palestina- trufados de dictadores y sátrapas sanguinarios, y habitado por casi 350 millones de personas. No es un jeroglífico fácil de resolver. 

Tinieblas demasiado espesas que están devorando a una región estigmatizada por los grupos extremistas, el choque de civilizaciones, la desigualdad social y el petróleo. Y las cifras se empeñan en avalar esta condena. En el espacio de 30 años, esta zona del planeta han padecido continuos enfrentamientos armados que han causado millones de muertos y han lanzado a los caminos a millones de refugiados. Un oscuro panorama cuyo corolario es la violencia extrema que, en algunos casos, como en la invasión estadounidense de Irak o en el irresoluto conflicto palestino-israelí llega a cotas de auténtico paroxismo. Una situación colectiva de estrés permanente que algún día tenía que estallar. 

En el mundo árabe (más Irán) se está librando ahora mismo la primera guerra de liberación del siglo XXI y los dueños del mundo (EEUU, Europa y China) no saben qué hacer. Los pueblos de Egipto y Túnez, dos modelos que debían servir de ejemplo para una convivencia y desarrollo pacífico en la región, han terminado sacando los ojos a los sátrapas que les gobernaban y ahora no se resignan a que potencias indefinidas les impongan nuevos dirigentes. 

En Libia, un dictador como Gaddafi, un personaje que encajaría a la perfección en el reparto espeluznante de papeles que dibujó Conrad en su obra, ha preferido provocar un baño de sangre antes de entregar su omnímodo poder. Yemen, Jordania, Yibuti, Gabón, Argelia e incluso Marruecos, sufren ya duras represiones por parte las temerosas autarquías gobernantes. También en el Sáhara Occidental comienza otra vez a escucharse ruido de sables por un referéndum que yace enterrado en las arenas del desierto. Ya no hay manera de sacar de los focos de la rabiosa actualidad o de malinterpretar los objetivos de una rebelión contra el estado de las cosas como la que está ocurriendo en el Magreb y el Máshreq árabe, más Irán (cuyo problema y futuro da para cien capítulos). 
Ni siquiera la rica Bahréin, donde Fernando Alonso ha ganado en tres ocasiones el gran premio de F-1 entre los aplausos acompasados del rey de España y una retahíla de nobles regionales, se libra del terremoto liberador que se ha puesto en marcha. El pequeño experimento político que lidera desde el fin del protectorado británico en 1971 la satrapía familiar Al Khalifah, Hamad ibn Isa en el puesto de monarca y su tío Khalifa bin Salman en el de primer ministro, es hoy un producto descompuesto moral y físicamente.
Ante este intrigante panorama, Barack Obama, el heredero de quienes gestaron este aluvión de revueltas populares contra los dictadores amigos, acaba de proclamar su “preocupación” por la evolución de los acontecimientos y ha exigido “respeto” a los derechos humanos. Poco más puede decir un hombre atrapado entre las dos formas de concebir el mundo que conviven en su sombra: los que defienden el viejo orden y los que desean sumarse al sentir popular para poder mantener la influencia de EEUU en la zona. 
Los portavoces, más o menos autorizados, de estas revueltas ya han advertido que la solución no es “sustituir un dictador por comercio”. Desde el corazón de las tinieblas árabes se hartan de decir que lo indispensable es democratizar su mundo, autonomía plena de organización según sus costumbres y competir en condiciones menos desfavorables con el resto de potencias. Hay ejemplos esperanzadores: En Egipto, el país más poderoso de la región, la sociedad ha respondido al Ejército que no quiere más imposiciones y que no tolerará un sólo nombre heredado del régimen de Mubarak en el gobierno de transición. 
También hay grandes peligros como Libia, donde un excéntrico ególatra como Gaddafi puede morir matando. El mundo observa con ojos sobresaltados el derrumbe del viejo orden. El temor al cambio desconocido. El conservadurismo genético del hombre. Una llama de protesta contra el consenso neoliberal ya ha prendido en el corazón industrial de EEUU. Algo está pasando. ¿Se disiparán las tinieblas o “la teoría del caos destructivo” que diseñó Washington para justificar su poder se extenderá a otras zonas del planeta?

Fotografías: Argelia en cuarto creciente

Hay fotografías que delatan el estado de las cosas. Ejemplos sobrados están llegando durante los últimos días del mundo árabe. Imágenes que arrojan tan cruda luz a nuestros ojos que provocan de todo menos indiferencia. Desde que el 14 enero Zine El Abidine Ben Ali fuera expulsado de Túnez  tras casi 25 años de satrapía consentida, toda la región parece haberse transformado en un gran espejo en el que mirar un presente apático y frustrado. El 11 de febrero caía el tirano egipcio Hosni Mubarak en medio de una revuelta ciudadana ejemplar y perseverante. Estos hechos han reportado una carga tan colosal de confianza en los ciudadanos que malviven en los países de la región que a estas horas todos calibramos probabilidades sobre quién será el siguiente dictador en ceder.

Las imágenes de este post corresponden a las movilizaciones registradas el sábado en Argelia. Podrían ser de Yemen, de Jordania, quizá de Libia, Marruecos, pero es Argelia, el tercer cartucho que prende con virulencia desde que comenzó este 2011 apasionante.

Las fotografías que aquí vemos muestran rostros que revelan historias. En la foto superior puede observarse a dos policías procediendo a la detención de un mujer que exigía la renuncia del dictador Abdelaziz Buteflika. La chica está asustada ante lo que se le viene encima. Probablemente será golpeada en cuanto los protagonistas salgan del cuadro. Al menos, los servicios secretos del anciano presidente son pudorosos: El agente que le agarra de los brazos también es mujer. Quizá pretendan mostrar que su represión se practica con alma sensible. Nada de eso. La policía muestra un gesto de rabia producto de la misma obstrucción cerebral que un ‘homo antecesor’ y su mirada desafía con idéntica ferocidad a la que lo haría un macho alfa.

Hay una segunda foto. Ésta de al lado. Aquí se ve a un hombre agarrado del cuello por un miembro de la mujabarat que sirve a Buteflika. 

Tiene el rostro congestionado en su intento desesperado por desembarazarse del animal indomable que le mantiene estrangulado. Otro gendarme, éste con gorra blanca, le estira del jersey con absoluto desprecio. Dos catetos de paisano impartiendo justicia callejera. Con dos cojones.

Pero aparece un tercer individuo en esta imagen que llama la atención. Está en primer plano. Va pertrechado con un casco antidisturbios y armado con una porra. No arremete físicamente contra nadie pero su máscara facial es la del odio y agarra su garrote como la culata de una escopeta. Incluso su dedo índice parece echar de menos el gatillo de una pistola.

La fotógrafa Inge Morath confesó poco antes de su muerte que jamás disfrutó utilizando sus cámaras como ametralladoras porque lo consideraba un despilfarro. No discutiré a la dueña de una mirada tan admirable pero hay que reconocer el mérito de los autores de estas imágenes. Y menos mal que estaban allí porque sin su presencia sería imposible aguijonear una realidad que grita hastío y clama libertad.

Sus fotos son destellos que aclaran estas cosas aunque a otros también nos refleje la eterna cuestión de si el periodismo tiene más porvenir que la injusticia y la represión. Esta vez parece que lo han logrado. La fotografía como máquina de la verdad.

Carta a la ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez

Ante la condescendencia de la UE con la actitud recalcitrante del dictador egipcio Hosni Mubarak de mantenerse en el poder. Ante el apoyo que ha dispuesto el Gobierno estadounidense al rais que ahora siembra el caos para justificar su decisión. Y, finalmente, ante el silencio desconcertante de la ministra de Asuntos Exteriores de España a la ejemplar protesta del pueblo egipcio, un grupo de personas libres, sin nombres ni adscripción política, ha decidido escribir esta carta y pedir vuestra adhesión:
Carta para enviar por email a la ministra de Asuntos Exteriores en apoyo del pueblo egipcio.

Estamos asistiendo, profundamente conmovidos, a los acontecimientos que se están produciendo en Egipto. Le escribo para pedirle que haga honor a los valores democráticos que nuestro Gobierno y su partido defienden y que exprese públicamente su apoyo incondicional al comportamiento ejemplar de la ciudadanía egipcia que reclama sus legítimos derechos y que exija la dimisión inmediata de Hosni Mubarak y la convocatoria de unas elecciones libres y justas que reflejen la voluntad del pueblo egipcio.
Muchas gracias.
Atentamente,
Nombre:
DNI:
Dirección:
Ciudad:
Distrito postal:
email: trinidad.jimenez@maec.es”

Decidir con libertad.