El fin del camino

“Santiago de Compostela es una creación asombrosa. Nació una estrella que indica una tumba y floreció en la tumba. En cualquier caso hablamos de un libro abierto, con las páginas de una cronología en espiral que se solapan como los pétalos de una enigmática rosa”. Manuel Rivas, escritor, periodista y guionista nacido en A Coruña y reasentado fugazmente en cualquier otra parte del mundo, aporta fogonazos de realismo mágico cuando habla de Galicia.
Por eso, para explicar la forma de hacer entender los motivos de esta aventura única que termina tenga que remitirme a las palabras ya escritas, aunque los lectores escaseen y los protagonistas no las lean.
Santiago de Compostela es hoy un apeadero ruidoso muy cerca del fin del mundo, de Fisterra. Se escuchan a voz en grito las voces de medio planeta, hay televisiones de Japón, de Indonesia, de Australia. Hasta el más escéptico baila como un profeta. El olor a marihuana se mezcla con el botafumeiro. La flor de Compostela crece milagrosamente entre las piedras.
No hay un motivo para este viaje. Hay mil. Aunque quizá el más importante y decisivo fuera el hastío de tanta monotonía, de tanta candidez y repeticiones. Ver los mismos rostros, caminar cada día por idénticos caminos. ¿Acaso hay un motivo para iniciar una aventura?
Han sido casi 500 kilómetros pedaleando como un alucinado en busca de algo oculto que alguna esquina, algún pueblito, me fuera a desvelar. Como si a fuerza de indagar en la gente que encontré, en los campos rojos de Castilla o en las montañas verdes de León y Galicia, fuera a aprender algo más de la vida y de mi mismo. La soledad me acompañó todo el camino.
¿Para qué me ha servido, entonces? Quizá para sorprenderme un poco más de todo. Ryszard Kapuscinski explicaba que una de las bujías que activaban su movimiento era la curiosidad. Dejémoslo ahí. Podría ser la mejor justificación pública aunque también exista algo de airear de mi mismo y que ni yo mismo imaginaba. Pero sin más trascendencia que la de cualquier otro que se vaya a una playa del Caribe o al Himalaya. Lo importante -y complejo- ha sido mantener encendida la mirada más ingenua de un niño.
Ya no escribo en ningún periódico y probablemente este serial hubiera sido impublicable. Eso me ha permitido plantearme cada día como una ventana personal donde asomarme a este camino aunque bien podría haber sido otra. No ha habido guías en la niebla del viaje, sólo instinto, fortuna y las fuerzas de mis piernas.
No me quedo con los devotos que peregrinaban descalzos o con una cruz de promesas a cuestas tan grande como una casa. Ni siquiera con el misticismo milenario que este recorrido lleva cosido a la espalda y que alimenta a santones, políticos y algún Papa. Prefiero el olor a pueblo, sus palabras, esas que jamás se han movido de su pequeño universo. Esta gente sabe bien hacia qué dirección gira el mundo. Reconozco que me gusta más la marihuana que el botafumeiro, y prefiero el violín de Milladoiro a las canciones de amor eterno. Me recuerda más a Galicia.
Y como no debo ser muy extenso, hasta aquí he llegado.
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Día 8: El santo veronés

Dia 7: Santiago – Santiago
0 kilómetros
Sol y calor
Pueblos: Santiago

Sábado 24 de julio. Mañana soleada en Compostela. Hoteles llenos, calles saturadas, plazas en ebullición, atasco general. Tras seis días de trayecto en bicicleta, esta es la primera jornada que un sillín no me tortura el culo.

Estrella habla a media voz, aparentemente inaudible para evitar contratiempos supuestamente con la polícia. Alquila habitaciones de forma ilegal. A 30 euros la noche. Tiene 65 años y un cerrado acento gallego complicado por su orfandad dental. Cojea de la pierna derecha y tiene una piel despigmentada a ronchones, como la de un dálmata.

-¿Y sabe usted quién era Santiago, el apostol?
-Un tipo muy raro
-¿Se cree la historia de que está enterrado en algún lugar de Compostela?
– Pues mire usted, que quiere que le diga… no
Rosalía es su hija menor. Dirige esta empresa eventual. Es fría como un contable aunque la apariencia invita a pensar todo lo contrario. Viste lo justo. Chancletas, un pantalón mínimo y una camiseta blanca que deja asomar unos pechos como misiles intercontinentales.
-¿De dónde viene?
-De Madrid
-Dos noches, 60 euros. Pague por adelantado. Estas son las llaves. Son tres. Su habitación es la C. Puede dejar su bicicleta en el balcón.
Corro al habitáculo y me encierro. Ducha compartida. Ahora está ocupada. La sorpresa llega al ver salir a su usuario. Es Mario, un italiano de Verona, que aunque parezca lo contrario ha venido a Compostela por motivos paganos. Es una estatua andante. Su personaje es el apóstol Santiago y de esta guisa sale del baño.
-Pero bueno, y ¿usted?
-Llegué el viernes
-Buena ropa de viaje
-No se crea. tardé tres días más de lo normal porque la gente quería sacerse fotos conmigo. A mi no me importa. Se ríen y a mi me divierte
Mario se sube a una peana a la entrada de la Plaza del Obradoiro y con cada persona que le echa una moneda se saca una foto. Posa como un actor de método. Un Charlton Heston en Moisés pero en versión bufa. La barba rala le envilece la compostura. A los niños les da miedo. Creen que es el Lucifer que esta noche lanzará llamas del infierno contra la fachada principal de la Catedral.
A Mario le gusta Rosalía. Eso creo. Lo deja entrever en las conversaciones tras su jornada de trabajo, aún con todo ese ropaje a cuestas que haría sudar a un muerto. Beber tranquilamente una cerveza con Mario es algo complicado. Todos le ríen, le llaman y hasta le jalean. Entramos en una pulpería. Él vestido de apóstol. Hay un alemán disfrazado de bávaro devorando a unas francesas con la mirada. Canta su borrachera en voz alta. Este Santiago se la trae al pairo.
-¿Por qué te vistes así?
-Por ella
-¿Por quién?
-Por Rosalía. Fue mi mujer.
-¿La de la pensión?
-Sí. Nos conocimos hace 20 años aquí, en Compostela, y nos casamos.
-Y…
-Un año vine de Verona y ya estaba con otro, pero yo ahí sigo y ella me cede la alcoba gratis.
Mario, ojos de niño, el veronés, el hijo adoptivo de Romeo y de Julieta, sigue trayéndole a Rosalía cielos púrpuras para que sepa que él heredó la pasión de su tierra.

Día 6: Las vacas duermen tumbadas

Día 5: Lugo -Arzúa
86 kilómetros
Nublado
Pueblos: Sarria, Peruscallo, Portomarín, Palas del Rei, Casanova, Melide

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Las vacas duermen tumbadas. Y tienen camas, recibidor y servicio. Los caballos, no. Las vacas gallegas son unas privilegiadas. Nada tienen que envidiar a los elefantes en la India o a los monos en Tailandia. Se pasan el día pastando a su aire con cara de no ir la cosa con ellas, y cuando el sol declina, entran en el establo, les exprimen sus monumentales tetas con una aspiradora y a dormir. Son las reinas del mambo en la tierra de Fisterra, en el fin del mundo. Los caballos son los apestados.

Pilar y Luis viven en el pequeño concello de Arzúa, a 50 kilómetros de Santiago de Compostela. Entre los dos se reparten la tarea diaria de cuidar a 40 vacas. La familia. Huele a estiércol. Cuando el sol comienza a retirarse del cielo comienza la dura tarea de aligerarlas, de vaciarles esos contenedores de leche que albergan sus enormes ubres. Hasta 50 litros al día puede llegar a dar un buen ejemplar y si supera esa cifra sus dueños la convierten en una mina.

“Antes se ganaba más dinero. Hoy lo justo para vivir. Demasiado trabajo, poco resultados. Este mundo está en decadencia”, asegura Luis, 48 años y con media familia repartida entre Alemania, Argentina, Euskadi y Suiza. En Galicia sólo queda él. La historia escrita.

Se levanta a las 5 de la mañana, todos los días del año “porque las vacas no tienen descansos ni vacaciones, ¿eh?”, añade. Las saca al pasto y, con Pilar, prepara los tanques de leche a tres grados para la cooperativa láctea a la que abastecen. Una multinacional del sector.

La vaca. La ingenua vaca. El animal más femenino de la tierra. Una máquina de amamantar seres. “Come calcio. Si no lo haría, se rompería en dos”, afirma Pilar.

La vida de esta bestia se contabiliza en partos. “Tres y al matadero”, añade Luis. Cada gestación dura nueve meses y durante este tiempo vive como la reina de Saba. Los mejores pastos y los más exquisitos piensos son para la embarazada. Las demás a verlas venir entre estiércol y olores que revientan los sentidos.

Una vaca no para de comer. Su organismo ha evolucionado para extraer el máximo calcio posible de cada hierba que come. Es el combustible que abastece a su grifo mamario. En el establo tienen ración extra de pienso transgénico, rico en minerales. Si a una vaca la privaran de comer lo necesario para nutrir su surtidor lácteo, su organismo comenzaría a arrebatar su combustible mamario de los huesos, de los tendones, del cerebro. Moriría famélica, con el esqueleto quebrado, pero con las tetas igual de grandes y productivas.

En eso hemos convertido a las ingenuas vacas. En manantiales de leche, en fuentes de minerales. Ellas miran sin rencor, con sus orejas marcadas, cada una con su nombre y fecha de nacimiento. Amamantan al humano para terminar en el matadero. Allá ellas.

El crepúsculo adquiere en Arzúa un carácter indómito. Es la tierra de las vacas, donde el aire no se respira igual porque no huele a cerrado. El ganado sigue a los suyo, rumiando el tiempo bajo la brisa de estiércol. Como si no entendieran su misión en este mundo. Y Luis y Pilar, siguen a lo suyo. Desde las 5.30 de la mañana hasta que la luna reina. Entonces, los pastos son territorio de las alimañas. Y las vacas no ven en la oscuridad como los gatos.

Día 5: El hombre animado

Día 5: Villafranca del Bierzo-Lugo
96 kilómetros
Calorcillo, nubes, algo de lluvia
Pueblos: Trabadelo, Alto de O Cebreiro-Piedrafita, As Nagais, Becerreá, O Corgo

Hermann Hesse hubiera encontrado inspiración en As Nagais, un pueblito lucense con un núcleo urbano compacto pero con decenas de casitas escondidas por los bosques, para escribir una segunda parte de su Lobo estepario en versión gallega. El protagonista se llama Euloxio, tiene 57 años y odia la civilización. Así, como suena. Vive de lo cultiva, come en vasijas que él mismo fabrica, cocina con leña que recolecta y se lava con agua de lluvia que almacena en dos grandes contenedores. No percibe un euro ni de la empresa maderera en la que trabajó 15 años ni tampoco del Estado. Renunció a todo “por no aguantar a los facinerosos que manejan el cotarro”
Su casa está escondida en uno de los santuarios vegetales más sobrecogedores de Galicia, junto a un cristalino riachuelo, gigantescos helechos y árboles de 15 metros de altura que entrelazan sus ramas en la lucha denodada por ver la luz. El calor y el paisaje han provocado un efecto hipnótico en quien escribe. Bajo a bañarme convencido de hacerlo en la más absoluta soledad. Pero, a veces se activa el sexto sentido, ese que te dice que pese a la calma y al silencio, alguien te está observando.
En pleno chapuzón veo a un hombre en la orilla, junto a mi ropa. Como una aparición en el bosque de la Bruja de Blair.
-“Coñoooo. Buenos días. ¿No hago nada ilegal, verdad?
-“No, no, siga. Está fresca, ¿verdad?”
Tengo que reconocer que en ese instante mi memoria rescató del baúl de los recuerdos todo el repertoria de películas de terror que se han proyectado: Desde La Matanza de Texas hasta Los chicos del maiz. Pero Euloxio no es un asesino, sólo un tipo malhumorado y algo brusco pero amable.
Me invitó a conocer su casa, un caserío de dos pisos que él mismo construyó sobre la tierra heredada de sus padres. La mitad de la fachada principal está decorada con cristales de colores. De nuevo la cabeza regresa al cine, a la infancia: La casa  de la bruja de Hansel y Gretel. 
 
-“Perdone, si le asustado, señor. No suele venir nadie aquí y he sentido curiosidad.
Sólo tiene agua, y leche, de sus dos vacas que ordeña, Felisa y Tina. “Mire, a mi no me gusta mucho hablar. Hace tiempo que dejé de hacerlo a no ser lo imprescindible. Porque si hablas más de la cuenta, amigo, esté seguro de que lo malintepretarán”, añade. Euloxio aglutina las dos características que la mitología nacional atribuye a los gallegos: sólo saben quejarse y tocar la gaita.
Los porqués de su negación social y de vivir tan apartado del pueblo, en medio un bosque que parece animado sin luz eléctrica ni agua corriente, se los pasa por la suela del zapato. Simplemente contesta otra cosa. Muy a la gallega. Pero Euloxio no se detiene, es hiperactivo. Recoge un tendal, limpia la huerta de hierbajos, observa los tomates, toquetea los pimientos, va a por agua. No se sienta ni un segundo. Es como un lobo husmeando el rastro de su próxima pieza. Al final, se interrumpe. “Venga, quiero enseñarle algo”, dice.
Damos la vuelta a su casa y descubre su jardín, algo primoroso, uno de los más peculiares que he visto jamás. No tiene sillas sino troncos, y se ha construido unas sombrillas con forma de alas de mariposa revestida de cristales que cuando el viento las hace girar iluminan el entorno hasta agotar el espectro. Como un ciclorama en una discoteca.
-“Lo siento pero no saque fotos. No quiero. Se lo enseño y usted lo guarda en la memoria porque nunca volverá por aquí. Si quiere contarlo, hágalo, me da igual”
Me quedo perplejo y le digo que no pensaba fotografiar nada, que si tenía la cámara en la mano era por descuido. Euloxio tiene prisa. Ya no le quedan palabras. Ni ganas de tener compañía. “Mi vida es mi vida, yo no cuento mi pasado”, concluye. Y como apareció, se desvaneció. Como harían los lobos en un bosque animado como éste. Euloxio, grande y gordo como un globo de feria, camisa de cuadros pese al calor estival, manos ásperas que saben hablar a la tierra, ¿no te despides? Nada. Se ha ido del corazón a sus asuntos. Sin preguntar de dónde vengo. Tipos raros los gallegos.

Día 4: Un faro a la entrada del Bierzo

Día 4: Astorga – Villafranca del Bierzo
86 kilómetros
Calor y viento
Pueblos: Santa Catalina de Somoza, Rabanal del Camino, Alto de la Cruz del Ferro,Manjarín,  El Acebo, Molinaseca, Ponferrada, Cacabelos.

El Bierzo. El maldito bierzo. Su viento. El pérfido viento del Bierzo. Siempre sopla de cara. Para el ciclista es como un palazo entre los ojos. Una corriente constante de aire que diluye cada pedalada en la desesperación. Te sacude como un sonajero hasta volverte del revés. Es como si  al peso que arrastras le hubieran añadido 100 kilos de plomo y una mano invisible te agarrara del sillín para impedirte avanzar. El viento es peor que la lluvia y el frío. El viento es una putada.

Ya lo advirtió Alicia, escondida en la penumbra de la tiendita de vieiras, calabazas y todo tipo de souvenirs santiagueros: “Hoy soplará duro. Vienen nubes y quizá agua”. Alicia es una de las 30 personas que aún viven en el mínimo pueblo de Santa Catalina de Somoza, en la puerta del Bierzo leonés. Por delante de su casa-tienda pasan todos los peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela. Pero pocos se paran a pesar de la elegante bisutería que cuelga del improvisado escaparate.
“Hay de todo. Gente amable, gente peculiar y gente muy extraña”, dice. Una vez un alemán se puso a cantar ópera en la puerta de su casa en media de una tormenta. En otra ocasión pasó un hombre desnudo “ni siquiera llevaba zapatos, sólo el sombrero de peregrino, la vieira y un bastón”. Hoy una joven nórdica se ha detenido y ha comenzado a hablar en sueco con un poste de luz como si tal cosa. Nos ha mirado, ha fruncido el ceño y hasta luego lucas.
Alicia, 64 años marcados uno por uno en los surcos de la cara, es una superviviente del Bierzo. Más bien, es el faro que alumbra el camino hacia las montañas, hacia el cambio radical de paisaje. Su casa, además de ser una sencilla tienda, es el fin de la monótona llanura y el inicio de las cumbres. Le divierte dar buenos consejos. “Llevo toda mi vida aquí”, afirma. “Cuídate del jabalí si duermes en los bosques del Alto del Ferro. Son muy curiosos y muy fieros si se asustan”, avisa. “Y tampoco pases la noche en Manjarín. En ese pueblo sólo vive una persona y no es de fiar”, añade. Todo de seguido. Miro las cumbres y tiemblo.
La mayor de una camada de 17 hermanos, ella se encargó de cuidarlos mientras trabajaba la tierra o hacía el pan. Porque en Santa Catalina son tan pocos que hasta el panadero de Astorga ha olvidado su existencia. Hoy en día Alicia comparte casi todo su tiempo con Noa, un perrita dulce como la miel.
-“¿Cómo se pasa el invierno aquí? Porque además de frío supongo que no verá un alma”
-“Ay pues muy aburrido, con mis cosas, ya sabe… siempre hay algo que hacer
Su marido “anda por ahí, con los amigos” no pasa mucho tiempo en casa. A ella, no le importa. Le aburre. Prefiere a su fiel y cariñosa Noa a la que dice cada vez que pone una pata en la calle: “¡¡Un día te pillará un coche!!” aunque quizá quiso decir “tractor” porque coches hay 10 en todo el pueblo y rara vez pasan por delante de su casa.
Dentro de su tienda tiene un pozo de agua fresca que comparte como una alhaja austrohúngara. “Me envidian en el pueblo porque siempre tengo agua aunque haya sequía”. Lo construyó su padre hace 25 años, justo el día en el que murió uno de sus hermanos en un accidente. Alicia rompe a llorar. “Es que soy muy sensible. Siempre me pasa pero viene bien porque así no olvido”, asegura.
Tiene ganas de conversar, “de contar lo que me pasa por dentro porque aquí ¿con quien te hablas? ¿con el poste, como esa chiquilla alemana?”.  Con languidez,  Alicia se despide con una colección de consejos para lo que resta de ruta. Es como una cometa iluminada, que asciende hasta lo alto de su faro y baja para decirte qué es lo que ha visto en la altas cumbres del Bierzo. Tiemblo ante las brujas.

Día 3: Sombras en el Camino

Día 3: Sahagún-Astorga

110 kilómetros
Mucho calor
Pueblos:El Burgo Ranero, Mansilla de las Mulas, León, La Virgen del Camino, Villadangos del Páramo, Hospital de Órbigo
 
La mina huele a manzana podrida. Es el olor del grisú. Cuando los mineros perciben este olor picante sólo les queda una opción si quieren vivir: salir corriendo como el viento del profundo agujero donde trabajan.
En la comarca hullera leonesa ya no huele a carbón. Los pozos se cuentan con los dedos de una mano. Hubo un tiempo en el que esta comarca tenía evocaciones de lucha. De Palacios de Invierno asediados, de voces enrojecidas por la protesta. León olía a carbón y a hierro pero hoy es una sombra de lo que fue. Entonces era una impresionante metrópoli proletaria. Cientos de manos renegridas por la hulla desfilaban con la cabeza bien alta. Esto representaba el futuro. Pero entre empresarios y políticos dilucidaron el terrible dilema de la modernización. Cerraron muchos pozos y cientos de obreros se vieron empantanados entre dos opciones: la prejubilación o esperar pacientemente a que la tos seca de la silicosis les reventara los pulmones.

En plena solana, a más de 35 grados sobre un asfalto reblandecido, Alejandro exhibe su bonita Cannondale de carretera. Pasa como un obus, envuelto en el traje naranja del Euskaltel.
-“Pero si pareces Samuel Sánchez, ¿eres asturiano?
-“No, soy minero”
Así, sin nacionalidad, sin origen. “Sólo minero”. Todos respiran igual de mal. Alejandro no está haciendo el Camino de Santiago. Más bien lo desharía. No entiende la fiebre santiaguera. Él es un comunista de manual y eso de las peregrinaciones le hacen gracia. “¿Cómo se puede ir a pedir a un santo si no crees en Dios?”, se pregunta mientras aminora su marcha ante la penuria física que observa en quien escribe.
-“Es una aventura. Muchos no van a pedir nada, ni a cumplir una promesa. Hacen esta locura en lugar de irse cómodamente en un crucero”.
Alejandro trabajó en las minas de la empresa Vasco-Leonesa. Vivió 30 de sus 57 años entre polvo de azufre, carbón y un calor volcánico. Cuando un empresario avispado se hizo con los vestigios de estas minas en estado ruinoso, su primera decisión fue despedir, prejubilar y paga a los trabajadores. “Me mandó a casa con 50 años. Dijo que ya no servía para bajar al agujero”, explica. El pozo de San Isidro se convirtió en un Robocop hullero. Toda veta, toda excavación, controlada por ordenador. El flujo del aire, la calidad del oxígeno, la humedad, la temperatura. El fallo humano fue eliminado de golpe. O mejor dicho, eliminaron de golpe a casi todos los humanos.
“Eramos muy guerreros, mucho más que los asturianos”, recuerda. A pedradas con la policía, a picotazos con el patrón pero al final les doblaron la cerviz. “Nos engañaron todos: políticos, sindicatos, empresarios. Pactaron nuestra salida”, añade. Cientos de trabajadores a la puta calle, unos en tratamiento de cáncer de pulmón, otros con las uñas rotas de escarbar la tierra. Todos con el rostro negro de carbón. Alejandro tuvo suerte con la silicosis del demonio aunque todos los años se somete a un exhaustivo control de sus pulmones. “El médico me recetó deporte aeróbico, correr, pero yo prefiero hacerme 50 kilómetros de bici todos los días”, afirma.
Sale de su casa en línea recta hacia el Este, por la N-120, recorre con Cannondale y su camiseta naranja 25 kilómetros exactos y da media vuelta. Advierte que le faltan cinco para llegar a su meta. “¿Que por qué me hice minero? Porque la opción que me quedaba era ver pasar a los burros, la desesperanza y la emigración”, explica. Las sombras de la comarca camino a Santiago .Él optó por romper una tradición familiar y sumergirse en las tripas de la Tierra, a 200 y 300 metros de profundidad. Entraba blanco y salía negro.
Algo le quedó de aquello: el olfato, que lo mantiene en forma. Es el recuerdo del miedo al grisú. De afinar los sentidos. “Bajábamos con la vela encendida pero todos confiábamos más en nuestra nariz. El olor inodoro -curiosa descripción- del grisú. El aroma del adiós muy buenas.
El minero tiene el pelo blanco y se niega a abandonar a la gente a su maldita suerte. LO hizo con dos compañeros, ya fallecidos antes cumplir los 55 años. Ahora, lo hace en la carretera, dando pedales. “No insistas. Me lo estoy pasando bien. Estoy como el abuelo cebolleta que contaba historias sin parar. Hacía tiempo que no recordaba la mina y mira por donde, lo hago en la bici”, afirma entre risas que uno tampoco puede seguir.
Alejandro guarda un secreto. Jamás ha viajado. No conoce Galicia, ni Asturias, ni Madrid, ni siquiera ha tenido curiosidad por seguir la senda de aquel tren que él  cargaba en León para saciar el apetito voraz de los Altos Hornos de Bilbao, el tren de La Robla, que aún existe. “Es demasiado lento y aburrido” . Los Grandes Hornos que calentaron España durante la época ominosa del franquismo. “Yo era comunista, como mis compañeros del pozo y no lo escondíamos. La cuenca minera leonesa tiene historia y nadie nos tosía, en todo caso les tosíamos nosotros ¡pero medio pulmón agujereado!, comenta entre risas.
La marcha con Alejandro hace olvidar el hastío de la planicie, la monotonía del paisaje, el rugido de dragón de los camiones que se deslizan por estas rectas interminables. Pero al final, justo antes de doblar la esquina y comenzar el camino de regreso a su casa, el espeleólogo leonés lanza la última pregunta: “Y tú, ¿por qué haces el Camino de Santiago? No me lo has dicho”. La historia de la vida de un proletario resumida en 25 kilómetros. Como un periódico hace en 54 páginas con las noticias de todo un mundo.
Hasta la vista, minero.