Solsticio de Invierno

9f9a6-373856_143855415716053_100002747870528_152582_1346111790_n

Aunque esta noche haya sido la más larga del año, estos dos oseznos pardos se decidieron a salir de su guarida para dar un paseo por el campo. Bien juntitos, tomados de la zarpa, como cachorros bien educados en el invierno boreal. Probablemente, su madre no ande lejos y así continuará hasta que los dos benditos de la fotografía cumplan un año y medio de vida. Entonces, cada cual se irá por su cuenta, en soledad, a buscarse la vida por los bosques canadienses o las zonas inaccesibles de Suecia y Noruega, su gran paraíso. Pero aun es pronto para pensar a tan largo plazo.

El tiempo de los plantígrados, como el del hombre de hoy, también se mide en horas, en días, en minutos, a veces también en segundos, y no permite albergar esperanzas. Los protagonistas de la imagen nacieron en marzo, en la osera que su preñada madre preparó para hibernar. Ahora se acicalan para encarar con garantías un nuevo invierno, frío y seco, en Sprucedale, Ontario, Canadá, donde un grupo de conservacionistas ha creado un estupendo santuario para la rehabilitación de estos imponentes animales.

Y mientras su sufrida madre se devana los sesos para llenar la despensa corporal que les servirá de escudo invernal, los dos ingenuos ositos siguen como si nada, ajenos a la lucha a brazo partido de su progenitora contra los elementos y la huella del hombre. Ellos dos jugarán y jugarán hasta que caigan rendidos. Sin embargo, hacerlo es para ellos un ejercicio necesario. Así aprenden a cazar, desarrollan los impresionantes músculos de la mandíbula y, lo más importante, agudizan un instinto olfativo implacable para la búsqueda futura de alimento. La vida es sueño, o juego, según se mire. Aunque visto desde otras latitudes, por ejemplo Europa, resulta cada día más difícil mirar con ojos benevolentes el devenir de los tiempos.

La vida se ha tornado mercadería y el invierno, que a partir de hoy camina confiado hacia su fin, nos anima a postrarnos en una profunda hibernación.

Anuncios

Grecia, la consigna ha sido difundida

Empleados-municipales-protesta_54377897955_54028874188_960_639

Acabamos de ver el rostro del famoso abismo entre norte y sur del que tanto nos hablaron. Es la realidad. El mundo se maneja bien en la incomprensión. Quizá es la manera pragmática de relacionarse. La única que tiene el éxito garantizado, el reducto para que nadie te tome por un estúpido. ¿Por qué, sino, Wolfgang Schäuble recibe en privado los peores calificativos pero el único que osó levantarle la mano merece el agravio público? En la UE cada uno va a lo suyo y ya han logrado que los pobres y los ricos acepten formar parte de dos mundos paralelos que no se reconozcan, que no se toquen y que no se comprendan.

Y ahora, ¿qué? Pues que Syriza se deshace, que pronto habrá elecciones en Grecia, España y Portugal -tres miembros fundadores del club de los pobres sin derecho al ocio ni a la democracia-, que al moribundo Gobierno que hace una semana nos hacía soñar sólo le queda liquidarse en comandita con la misma oposición a la que derrotó con la táctica de la ingenuidad manifiesta; y, por último, que la sociedad ha vuelto a salir a la calle pero esta vez abatida porque han amputado su esperanza, a pelo, sin anestesia.  ¿Tanto cambia el poder? Yanis Varoufakis acaba de describir su fiera mirada. Ojos astutos sin la más mínima piedad en una noche de niebla.

Cuesta imaginar qué capacidad de maniobra tiene hoy Podemos, con o sin Ahora en Común, ante semejante panorama. ¿Qué decimos a los movimientos sociales que hoy defienden una Europa ciudadana, sin TTIPs ni maniobras orquestales en la oscuridad de la economía comunitaria? ¿Se puede confiar en esta democracia? ¿Qué la lucha por un mundo más justo que el que están construyendo debe continuar? ¿Cuál será su ánimo? ¿Seguirán pensando, de verdad, que aún es viable torcerle el brazo a unas instituciones que han sometido a una democracia sin el más leve cargo de conciencia?

Reproduzco parte de la declaración que, bajo el título “Abrir una brecha”, redactaron los intelectuales Dario Fo, Costa Gavras, José Luis Sampedro y José Saramago en 2003 para validar su compromiso contra el pensamiento único y contra todos los poderes políticos que utilizan la democracia para asentar una plutocracia paralizante.

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más algido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: “pueda este tribunal prevenir el crimen del silencio”? 



¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo? 

¿Dónde están los Stefan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?



¿Dónde están los Henri Curiel, que se negó a abandonar Egipto para resistir al Afrikakorps de Rommel? ¿Los Henri Curiel anticolonialistas encarcelados durante dieciocho meses en Fresnes por su apoyo al FLN?

¿Dónde están los Gandhi, que entregó su vida para acelerar la caída del imperio británico de las Indias? 



¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha en relación con una situación nueva cuyo sentido y exigencias verdaderas acordaron no reconocer las agrupaciones políticas y los diarios de opinión, sea por inercia o timidez doctrinal, sea por prejuicios nacionalistas o morales?’

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses? 

¿Dónde están los pensadores de la dimensión de Foucault, que revolucionó radicalmente la manera de ver la locura, la cárcel, la sexualidad? ¿Dónde están los de la talla de un Bourdieu, que regeneró la sociología sin dejar de defender con obstinación el rol social del intelectual crítico?
¿Dónde están hoy Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Antonio Machado o Federico García Lorca? 

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus.

La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo -cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.
 Algunas mujeres, algunos hombres, continúan, sin embargo, librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico. 

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”. 

Este es un llamado a la movilización contra un sistema corrupto, a la rebelión contra las mentiras y las falsas palabras de una clase política que vive cómoda bajo comportamientos escandalosos como el de Grecia. Que se vanagloria porque en esta guerra de clases que se libra de forma silenciosa, ellos han vuelto a ganar. No lo digo yo. Su autor es Warren Buffett.

Humpty Dumpty en Grecia

tsipras varoufakis

Difundir embustes se ha convertido en el segundo deporte europeo después del fútbol. El ejemplo más palmario está a la vuelta de la esquina, en el quiosco de prensa, en los titulares de buena parte de las grandes cabeceras mediáticas. Y España está entre las favoritas. Contar la verdad sobre la actuación del Gobierno de Grecia en su negociación con acreedores de una deuda calamitosa heredada de gobiernos liberales y gestiones ilícitas realizadas por los mismos políticos que se alternaron durante 40 años en el poder pero hoy se estiran de los pelos sería muy recomendable para la humanidad. Desde luego, lo sería para Europa entera. Además de salvar el euro, un deseo compartido por la mayoría de sus ciudadanos, podríamos, incluso, reconciliarnos con la especie.

Tsipras presentó una propuesta de ahorro de 8.000 millones de euros, tal y cómo le exigía la Troika. Ni siquiera discutió esta medida. Pero su objetivo era sustituir las medidas de austeridad por una mayor recaudación mediante la reestructuración de la deuda. Para ello presentó una reforma fiscal en la que el 92,4% del ingreso del Estado procediera de nuevas tasas impositivas a las rentas más altas, al turismo y a los artículos de lujo. Europa dijo no, a los míos no los tocas. Algo así como que toda esta batalla, esta vaina que han montado para ejemplarizar que el destino ya está escrito por ellos, no es para estrangular a los suyos -a los armadores que no pagaban impuestos, a los especuladores del petróleo que sacaban crudo a Turquía de espaldas del Estado y un largo etc de desmanes incongruentes- sino para castigar a la clase media y despedazar a quienes ya eran los parias de la Tierra.

En otras palabras, la Troika no puede permitir que Tsipras se salga con la suya ante el peligro de que cunda su ejemplo en otros países acorralados -y dóciles con las políticas de austeridad impuestas- como es España.

Pero el mundo no es tan complejo como creemos. Para la Europa financiera, la que representan el BCE, Merkel, el FMI y la Comisión, la palabra “ayuda” significa exactamente lo que ellos quieren que signifique. Ni más, ni menos. Es entonces cuando la parábola de Humpty Dumpty en “Alicia a través del espejo” se vuelve realidad.

-La cuestión está en saber si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión está en saber- replicó Humpty Dumpty- quién manda aquí. Eso es todo”.

Es la desigualdad, estúpido

MADRID. 31-1-15. MARCHA DE PODEMOS. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

Hay palabras que de tanto usarlas difuminan su valor semántico. Por ejemplo, corrupción. Ahí tienen la cadena de nuevos casos que están apareciendo sin que afecte excesivamente a la intención de voto sondeado. Se ha convertido en una rutina ciudadana. Convivimos con la corrupción como con las alergias primaverales. Cada cierto tiempo se produce un brote agudo que nos alarma pero aceptamos su temporalidad para poder dormir sin sobresaltos. Algo similar sucede con el neoliberalismo. Es una expresión más desgastada que un canto rodado en medio de las cataratas del Iguazú. Cuando se trata de culpar al sistema de todos los males sociales que nos molestan sacamos el término y lo entendemos todo. “Eso se debe a la política neoliberal del Gobierno”. Lo mismo sucede con el populismo, el terrorismo, la seguridad y, si apuran, también con el paro. Nos quedamos en la discusión semántica y olvidamos su intención.

Carlos Pereda, un sociólogo con ética superlativa, establece en una entrevista publicada en el último número de La Marea la definición exacta del neoliberalismo sin alhajas, para que podamos calcular bien la dimensión de sus colmillos. “Es un ciclo de tendencia capitalista que tiende a la desigualdad creciente y que se aprovecha de los periodos de crisis para introducir recortes que en época de bonanza serían injustificables”, dice.

Es decir, lo que está sucediendo en España. La política económica del Gobierno de Mariano Rajoy se mueve en esta lógica de manera aplastante. En la acumulación y la desigualdad. No hay una sola mentira cuando nos anuncian que estamos saliendo de la crisis. Es absolutamente cierto que España crece hoy a un ritmo espectacular y que no nos engañan al asegurarnos que las perspectivas son aún mejores. Pero para el capital y el accionariado, no para el asalariado. En Madrid, el 40% de la renta que producen los madrileños se la quedan como beneficios las grandes empresas pero sus salarios no crecen. Y esto mismo sucede en todas las regiones del país. El 30% de los españoles con trabajo tiene un sueldo muy por debajo del salario interprofesional. Está al nivel de 1992 mientras que el 10% de los ricos han incrementado en un billón de euros su patrimonio. Esa es la realidad de España. El dinero fluye para la mayoría trabajadora porque lo aporta ella misma.

¿Cuál es la consecuencia? Que, en realidad, el paro se reduce debido a que gran parte de la gente emigra. Vayan sino a las estadísticas actualizadas de empadronamiento de Alemania y Reino Unido. Este dato está siendo estratégicamente enmascarado porque quienes ostentan el poder sobre la vida son hábiles con los datos.

Y así están ganando esta guerra de clases que hoy sufrimos. Observen el operativo de salvación del régimen de 1978 que han montado. A mi me parece brillante. Elevan hasta la estratosfera a Podemos y en un momento dado lo dejan caer mientras proyectan una imagen ideal de Ciudadanos, un partido con pinceladas racistas realmente peligrosas. El milagro de esta jugada magistral estriba, en mi opinión, en que han salvado un sistema en descomposición. La ciudadanía exigía una profunda limpieza y se está haciendo sin que los centros del poder real pierdan el control social. Aunque nos joda, nos están arrebatando la esperanza. En parte porque hemos vuelto a caer en el señuelo de la socialdemocracia y el equilibrio de las rentas para mantener su Estado del Bienestar. El resultado electoral que se vislumbra es el peor que muchos podíamos imaginar hace dos meses. El PP y el PSOE casi empatados, muy cerca de ellos Podemos y finalmente, Ciudadanos, cuarto. ¿Que le quedaría a la formación de Pablo Iglesias en este escenario? Casi nada.

Por eso creo que la estrategia de Podemos de no renunciar de una vez a su discurso “transversal”, en palabras de Íñigo Errejón, es un error mayúsculo y puede que definitivo para las aspiraciones de muchos ciudadanos de plantear una sociedad diferente . “Más Gramsci y menos Laclau”, dijo hace unos días Carlos Fernández Liria, que es lo mismo que decir menos pragmatismo electoral y más ideología porque estamos enfrascados en una lucha de clases sin cuartel. Y para no aturdirle con tanta vaina si es que usted, estimado lector, ha tenido el coraje de llegar hasta aquí, le confesaré que Syriza es el ejemplo a seguir.

Ellos están en plena batalla, aguantando todo tipo de ofensivas y amenazas por parte de los amos del sistema -las transnacionales y sus serviles medios de comunicación-, sin renunciar a sus objetivos originales. No admiten medias tintas, ni regalan Juego de Tronos, ni rebajan su programa. Con el sistema no se juguetea. Miren la socialdemocracia.

Arriba la utopía

f9532-utopia

Nos empujan hacia la capitulación. A que renunciemos a la solución de nuestros problemas. A que aceptemos resignados la derrota frente a un selecto grupo de “profesionales” y nos olvidemos del gran debate pendiente, el que debería poner en cuestión cómo se arregla la carestía de la vida, el deterioro de la sanidad pública, el papel del empresariado en la sociedad actual, la función del Estado en el mundo, la participación del individuo en la vida colectiva, el equilibrio entre el medio ambiente y la explotación de los recursos. En fin, lo que es importante para nuestra existencia.

Tengo la extraña sensación de que estos dilemas aburren a los guías del pueblo, más atareados en inocularnos el virus de la indiferencia y que les aplaudan con las orejas, que en combatir el desencanto que hoy martillea a la sociedad civil. La frustración es una palabra hueca para los amos del Universo. Ellos prefieren los circunloquios porque siempre dicen lo mismo. Mensajes que neutralizan la participación ciudadana. Discursos para aniquilar cualquier esperanza de poder cambiar las cosas. ¿No hablábamos hace unos meses de que otro mundo es posible?

Los políticos de hoy siguen presentándose como los propietarios de una razón que no ilustra. No ayudan a entender la confusión reinante ni cuál es el interés colectivo. En los momentos duros de la Historia, la función pública siempre fue contener la crisis y los desequilibrios de un sistema vorazmente codicioso. La privada, arriesgar su capital por un futuro rentable para la mayoría. Hoy, nada de eso tiene vigor. Acabaron con ello como acaban con otras cosas.

Ya ni se ven, ni se oyen ni se sienten. Sólo se escucha llorar de impotencia –algunos ríen como hienas- ante el empobrecimiento general y los nuevos frentes de guerra. En Siria, en Yemen, en Irak, en Kenia. La crisis y el pensamiento económico que tratan de imponer son excelentes compañeros de cama. No tengo dudas. La recesión es el mejor aliado de los políticos que alimentan este mantra para sentirse imprescindibles.

Dario Fo, Costa Gavras, José Luis Sampedro y José Saramago escribieron un día:

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más álgido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra?
¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo? 

¿Dónde están los Stefan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?

¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha’?

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses?

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus. La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.

Algunas mujeres, algunos hombres, continúan sin embargo librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico. 

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”.

Aquí os dejo un tema de Nina Simone cuya letra aporta sensatez. Sea pues.

Grecia y la jauría europea

Solidaridad-contra-4

En la película ‘La jauría humana’, todo el empeño del sheriff Calder, interpretado por Marlon Brando, era interponerse entre una muchedumbre ebria de un pueblo de la América profunda y el presidario solitario que era Bubber. Para que el espectador sintiera en sus propios ojos las punzadas de aquella cacería pavorosa, el director distribuyó concienzudamente todos los papeles hasta montar un equipo dispuesto a ejecutar maniobras de una violencia sobrecogedora: El viejo cotilla, el machote protegido tras la tribu de matones, el pusilánime, los enamorados furtivos y así un largo elenco de personajes hasta llegar al frustrado líder de la trama, un manipulador rebosante de desprecio hacia la compasión humana.

Pero la realidad es siempre mucho peor porque aquí todo es más complejo y no se vislumbra el final. Es lo que hoy sucede en la UE donde se vive una batalla entre la esperanza ciudadana por aflojarse la soga económica que anuda su cuello y el poderoso régimen de intereses que administra el patíbulo.

Este choque está provocando muchas consecuencias aunque una de las más destacadas sea la pérdida de la esperanza por un mundo mejor o, al menos, como dijo el indulgente Marcel Mauss, por un mundo donde las formas humanas de intercambio estén alejadas de las ideologías utilitaristas que nos hacen perder los sueños.

La economía se resiste a cambiar. Lo estamos viendo con Grecia. No importa el análisis que se haga del tema -si Syriza ha sucumbido a una realidad mercantilista implacable o si ha obrado con inteligencia de ajedrecista en su estrategia final-, la cuestión es que Europa está decidida a ejecutar cualquier injerencia de la política en la crisis financiera.

Como en “La jauría humana”, la UE también ha aplicado una justicia transgresora, en este caso destinada a consolidar una especie de derecho corporativo global con reglas imperativas y ejecutivas pero sin obligaciones exigibles, cuyo mensaje nítido es hacernos ver que en el futuro viviremos sumergidos en un régimen de intereses económicos imposibles de modificar. Un darwinismo social que premia el mercado privado y penaliza las utopías sociales.

Todo esto se demuestra por el nulo interés de Europa hacia la tragedia griega y también hacia aquellos análisis que alertan de que detrás no hay rescates de Estados, sino una protección de la gran banca europea. “Me debes dinero y lo necesito. Lo justo es que me lo devuelvas”, viene a decir la lectura facilona del mantra europeo.

Por eso imagino que vivimos inmersos en una batalla en la oscuridad, en una especie de III Guerra Mundial sin bombas ni pistolas, sin matanzas masivas pero tan lentas que se hacen más insoportables. Es la política contra un enemigo volátil y letal destinado a despojar a los individuos de su protagonismo y, por lo tanto, de su libertad.

Quizá nunca seré capaz de demostrar lo que expongo pero es probable que la evolución del pulso que mantienen Grecia y la UE nos indique pronto si las grietas abiertas entre ricos y pobres aumentan o no

El miedo a lo desconocido

La peluquería es un palco excelente para escuchar el murmullo callejero sobre el momento. Y el momento para la gente es opinar de Podemos, prestar más atención a Grecia, abrigarse del frío invernal y continuar como bien pueda su camino por la vida. Sin nombres ni cifras pero con corazón.
En la silla de al lado hay un hombre, pienso que jubilado, con el pelo a medio tintar. Habla con franqueza acerca de la posibilidad de un cambio político en España y de los riesgos que acarrea. Cita al presidente del BBVA, a Alemania y, como no, a Grecia, su referente mental de lo que puede suceder aquí. Para él, Ángela Merkel es “la Rottenmeier esa” y el nombre de Tsipras muta en un explosivo “Kipras”, A Rajoy lo enviaba a reeducación ipso facto y de Pedro Sánchez, en fin, “pobre Pedro Sánchez”, dice.
La peluquera, que ha encajado el envite con profesionalidad, se lanza al contraataque mentándole a la madre “del palurdo del coletas” y a esa masa de “chiquillos con ganas de joder”. Es entonces cuando da comienzo un bello combate. 
Tras un intercambio de golpes lingüísticos más bien sucios, la peluquera saca a relucir su enorme experiencia en este tipo de reyertas haciendo uso de los pronósticos demoledores: “La alemana dice que para gobernar hay que tener experiencia y éstos de Podemos, ¡que nos llevan a la ruina! ¡que lo dicen en la tele, por dios! 
La pelea está ahora en el centro de un imaginario cuadrilátero. El señor embadurnado no se amilana ante el sorprendente argumento de su peluquera,  y le devuelve el golpe con un nítido “¿y esperas creer a los mismos que nos trajeron esto? ¿A los mismos que han robado todo lo que han podido?”. El veredicto es incierto pero no cabe duda de que la peluquera ha sentido el directo lanzado por su cliente y amigo. 
El tono ha subido varios grados pero ninguno olvida el motivo que les tiene encarados dentro de una peluquería. Una sigue tiñendo, el otro recibe el tinte con pasión juvenil. Ya no recuerdan cómo empezó el debate pero parecen decididos a aplastar a su oponente y, por el momento, todavía amigo.
“Hay miedo a lo desconocido, a que ganen y tengamos que esperar cuatro años para volver a cambiarles”, contemporiza la peluquera, cuya ofensiva comienza a dar los primeros síntomas de flaqueza. Quizá es una maniobra inteligente para apagar el incendio. “Pero también hay miedo a quedarse sin nada, a otros cuatro años de tiempo gris”, responde obstinado el hombre que quiere que termine de camuflar sus canas. 
Asoman los primeros indicios de que la escaramuza acabará en un armisticio. Los dos se prometen rezar para que los griegos consigan su propósito. “No me cae bien la Rottenmeier esa”, reconoce el señor que, a estas alturas, ya tiene el pelo tintado de negro aunque todavía húmedo. “A mi, ¿Kipras dices que se llama?”, pregunta la peluquera. El hombre asiente complaciente. “Digo que Kipras no me parece lo serio que se le supone a un presidente. Los presidentes van con corbata”. 
Por primera vez, el señor del tinte le pide que termine, que ya va siendo hora. Tiene el rostro congestionado. “¡¿Que no te parece serio, dices?!. Y Rajoy, ¿qué te parece?”, exclama son síntomas de sofoco. 
El resto no tiene ya mucha historia salvo la despedida. “Mira, reconozco que no entiendo de política pero estoy harto de todo”, dice el hombre de pelo, ahora sí, negrísimo y sequísimo. “Ni yo y te digo que no creo a los políticos. A ninguno. A Rajoy al que menos”, sentencia la peluquera. Luego me mira con una sonrisa enigmática mientras juguetea con las tijeras que tiene en el bolsillo. Es mi turno.