Grecia, la consigna ha sido difundida

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Acabamos de ver el rostro del famoso abismo entre norte y sur del que tanto nos hablaron. Es la realidad. El mundo se maneja bien en la incomprensión. Quizá es la manera pragmática de relacionarse. La única que tiene el éxito garantizado, el reducto para que nadie te tome por un estúpido. ¿Por qué, sino, Wolfgang Schäuble recibe en privado los peores calificativos pero el único que osó levantarle la mano merece el agravio público? En la UE cada uno va a lo suyo y ya han logrado que los pobres y los ricos acepten formar parte de dos mundos paralelos que no se reconozcan, que no se toquen y que no se comprendan.

Y ahora, ¿qué? Pues que Syriza se deshace, que pronto habrá elecciones en Grecia, España y Portugal -tres miembros fundadores del club de los pobres sin derecho al ocio ni a la democracia-, que al moribundo Gobierno que hace una semana nos hacía soñar sólo le queda liquidarse en comandita con la misma oposición a la que derrotó con la táctica de la ingenuidad manifiesta; y, por último, que la sociedad ha vuelto a salir a la calle pero esta vez abatida porque han amputado su esperanza, a pelo, sin anestesia.  ¿Tanto cambia el poder? Yanis Varoufakis acaba de describir su fiera mirada. Ojos astutos sin la más mínima piedad en una noche de niebla.

Cuesta imaginar qué capacidad de maniobra tiene hoy Podemos, con o sin Ahora en Común, ante semejante panorama. ¿Qué decimos a los movimientos sociales que hoy defienden una Europa ciudadana, sin TTIPs ni maniobras orquestales en la oscuridad de la economía comunitaria? ¿Se puede confiar en esta democracia? ¿Qué la lucha por un mundo más justo que el que están construyendo debe continuar? ¿Cuál será su ánimo? ¿Seguirán pensando, de verdad, que aún es viable torcerle el brazo a unas instituciones que han sometido a una democracia sin el más leve cargo de conciencia?

Reproduzco parte de la declaración que, bajo el título “Abrir una brecha”, redactaron los intelectuales Dario Fo, Costa Gavras, José Luis Sampedro y José Saramago en 2003 para validar su compromiso contra el pensamiento único y contra todos los poderes políticos que utilizan la democracia para asentar una plutocracia paralizante.

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más algido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: “pueda este tribunal prevenir el crimen del silencio”? 



¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo? 

¿Dónde están los Stefan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?



¿Dónde están los Henri Curiel, que se negó a abandonar Egipto para resistir al Afrikakorps de Rommel? ¿Los Henri Curiel anticolonialistas encarcelados durante dieciocho meses en Fresnes por su apoyo al FLN?

¿Dónde están los Gandhi, que entregó su vida para acelerar la caída del imperio británico de las Indias? 



¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha en relación con una situación nueva cuyo sentido y exigencias verdaderas acordaron no reconocer las agrupaciones políticas y los diarios de opinión, sea por inercia o timidez doctrinal, sea por prejuicios nacionalistas o morales?’

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses? 

¿Dónde están los pensadores de la dimensión de Foucault, que revolucionó radicalmente la manera de ver la locura, la cárcel, la sexualidad? ¿Dónde están los de la talla de un Bourdieu, que regeneró la sociología sin dejar de defender con obstinación el rol social del intelectual crítico?
¿Dónde están hoy Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Antonio Machado o Federico García Lorca? 

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus.

La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo -cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.
 Algunas mujeres, algunos hombres, continúan, sin embargo, librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico. 

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”. 

Este es un llamado a la movilización contra un sistema corrupto, a la rebelión contra las mentiras y las falsas palabras de una clase política que vive cómoda bajo comportamientos escandalosos como el de Grecia. Que se vanagloria porque en esta guerra de clases que se libra de forma silenciosa, ellos han vuelto a ganar. No lo digo yo. Su autor es Warren Buffett.

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Kafka se instala en Moncloa

En la novela ‘El proceso’, Franz Kafka se inventa un individuo llamado Josef K. que es acusado de un delito que desconoce, que luego es procesado sin llegar a entender las normas que rigen su juicio y que finalmente es ejecutado sin haber sabido en ningún momento por qué. En esta inquietante historia, Kafka escribe con toda crudeza las mentiras que fabrica el poder para justificar la necesidad de un ‘orden’ inmune a interrogantes tan humanos como la culpabilidad o la inocencia. Quizá sin proponérselo, sin ni quisiera imaginárselo, la gloriosa reforma penal adelantada hoy por el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz le convierten a ojos del millón y medio largo de indignados en ese inquisidor supremo que al final de ‘El proceso’ clava el cuchillo en el corazón de Josef K. “haciéndolo girar allí dos veces”.
Al margen de la legalidad o no de la medida, de lo coercitiva o intolerante que es, el anuncio del ministro es un nuevo capítulo escrito con el lenguaje del miedo que tan buenos réditos políticos proporciona a los partidos de derecha clásica en momentos de zozobra general como el actual. Primero apeló a la imperiosa necesidad de defender al pueblo español de “un problema de seguridad grave” para, a continuación, airear una de esas frases que alguien pronunció en mala hora: “Nos parece fundamental para hacer frente a estos movimientos que actúan concertadamente previamente y con técnicas de guerrilla urbana incluir como delito de integración en organización criminal las acciones cuya finalidad sea alterar gravemente el orden público y aquellas que, con tal fin, se concierten por cualquier medio de comunicación”. 
¿De qué riesgo nos habla el ministro cuando 5 millones de españoles estamos hoy en el paro? Temo que si leemos en sus labios descubriremos un peligro en ciernes que desprecia el orden democrático que nos nutre de pan y felicidad y al que hay que ponerle freno de manera inmediata puesto que de no hacerlo terminará diluyendo la esencia nacional, el referente supremo del buen patriota, el orden patriotero. Es la coartada fundamental que utilizan los conservadores para expandir el poder del ejecutivo, el que controlan, el único capacitado para garantizar a los ciudadanos un triunfo inapelable frente a la insidiosa ‘amenaza’ que nos acecha. 
Y para ello, han rediseñado una implacable normativa que reserva a los funcionarios de policía la capacidad de decidir qué ciudadanos pueden ser privados de su libertad y quiénes tildados de terroristas. Y para justificarlo apelan a la bondad, al bien último que justifica los medios, para promulgar una ley al margen del Parlamento y de los tribunales que deberían dictar sentencias y sobre todo establecer quién es delincuente y quién no. Es la armadura legal que nos protegerá de esa peste que traen los parásitos acampados en muchas plazas país. Por eso debemos reservar privilegios al poder ejecutivo que no le competen como el de decidir quiénes son guerrilleros y en qué condiciones pueden ser sometidos a la norma ya que lo que está en juego es la seguridad nacional, el sacrosanto y arbitrario ‘imperio democrático’. Y finalmente llegan las condenas inapelables. El poder, como escribió Kafka hace casi 100 años, es brutal por definición.
Otra de las preciosas joyas que nos ha regalado el ministro del Interior es un silencio atronador sobre las medidas que eviten el comportamiento abusivo de la policía. Ocurrió en Barcelona, en Madrid, en Bilbao. La revolución neocon comienza a instalarse en nuestra avejentada e irreconocible Europa a golpe de ley y orden en medio de un aturdimiento general ante el cercenamiento de derechos casi a diario. Ni siquiera percibir que cada jornada que pasa, cada ley modificada, significa una vuelta de tuerca más en la inexorable estigmatización que personajes como este ministro azuzan desde los atriles con total indiferencia sin percatarse que conectando “resistencia pasiva” con “atentado contra la autoridad” está situando a casi dos millones de ciudadanos en la sospecha social y en el punto de mira de hooligans sin cerebro. Quizá Jorge Fernández Díaz piense que después de todo, Cristo también tuvo sus días malos y hoy en día sigue siendo recordado.
Ante este oscuro panorama, esta reforma penal en ciernes presenta todos los ingredientes de delirio legal que un Kafka redivivo necesitaría para urdir otro final en su estremecedora novela. Quizá el escritor checo concluiría ahora ‘El proceso’ diciendo que los reos eran condenados a que la sentencia les fuera escrita con aguja y en su propia espalda. Y puestos a imaginar, podríamos concluir que la letra con sangre entra y con la tinta, el fin. Kafka se estará partiendo de risa en el más allá. 

Fosas comunes

Un equipo de Antropología Forense de Argentina acaba de hallar una fosa común en el Arsenal Miguel de Azcuénaga de la provincia de Tucumán, al norte del país, con los restos mortales de 15 personas asesinadas durante la dictadura militar. El cuadro descubierto es estremecedor: cuerpos completos en diferentes posiciones junto a proyectiles, algunos de ellos atados en las extremidades superiores enrollados en neumáticos y rastros de combustión. Es decir, los inocentes ejecutados entre 1976 y 1983 por viles verdugos con rostro y apellidos fueron quemados vivos antes de recibir un tiro de gracia. Así estamos. Desenterrando la ominosa herencia de la Escuela de las Américas con pinceles y buriles para reescribir la oscura historia del hombre y descansar.
En Argentina, en Chile, en Colombia, en Camboya, en Guatemala, en Bosnia, en muchos países de África y también en España. Aunque aquí sigue habiendo reticencias, ocultaciones, miradas hacia otro lado. Es lo que ocurre cuando se levantan los cuarteles y alguien se niega a pagar lo que se le exige. Es lo que dejó pendiente nuestra “ejemplar” transición. 
Desde aquí quiero felicitar a todas las organizaciones que trabajan para recuperar la Memoria Histórica, y en especial a la Sociedad Aranzadi, un grupo de antropólogos que trataron de evitar que aquello cayera en el más repugnante olvido. Todavía hoy, miles de personas siguen intentando rescatar el honor y la dignidad de miles de hombres y mujeres que el franquismo asesinó. No sé si al final habrá justicia pero al menos esperan escuchar la verdad: La que les dirá que sus antepasados desaparecieron por defender la libertad. Pero ojo porque en la guerra, desenmascarar el ojo tuerto de la mentira acarrea perder la vida. O contribuyes a la causa o al paredón. Y aquel vía crucis aun no ha terminado.

Elecciones: Vencedores y derrotados

Los pájaros cantan tras la tormenta ¿por qué no va a poder la gente deleitarse con la poca luz que les quede?” (Rose Kennedy)

Nada como el día siguiente de unas elecciones para calzarse el casco de la victoria (o de la derrota, da igual) para guiarnos en la gran Misión: salvarnos a todos del desplome del sistema en el que habitamos. Nada de actos de contrición sobre los excesos del capitalismo deshumanizado que nos llevado al desfiladero, de esa mayoría absolutista que representan PP y PSOE (el bipartidismo pactado) que tanto apabulla, contamina y descalifica a esas versiones soñadoras de la vida que tanta gracia les hace. Ha cambiado el color del país pero no el objetivo.

Todos buscan a estas horas por el bosque de las palabras aquellas expresiones que les permitan presentarse como los dueños de la razón práctica. La consigna ha sido difundida: El pueblo ha hablado y fuera del camino marcado, el que a muchos nos parece cleptómano y falsificador, no hay vida.

Los guías de la mercadotecnia dicen que la crisis económica es la que ha contribuido inmejorablemente a ese cambio de color peninsular. Pero hete aquí que viene Karl Popper, el gran liberal de ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, y les recuerda a quienes ayer ganaron y perdieron que no hay seguridad sin libertad. ¿Y qué significa eso en medio de este escenario político de ganadores y perdidos? Pues una impertinente reflexión que debería insuflar en el disco duro de la sociedad el veneno de la memoria activa frente a la suspensión de las conciencias, frente al virus de la indiferencia. 
Para desaliento de los que esperaban una sacudida del ánimo por el voto de castigo al partido que mal gobierna España, las primeras perspectivas no confirman sus soporíferas previsiones. Me temo que esta vez el éxito no será dejar que las cosas sigan su rumbo, es decir, permitir que el linchamiento del enemigo (es decir, de Zapatero y su descentrada visión del mundo) se convierta en la fiesta popular mientras los políticos a sueldo de los intereses de los especuladores continúan golpeando a una sociedad a la que tienen agarrada del cuello.
¿Qué hacer? Los perdedores llorar ante semejante fracaso y, si lo creen conveniente, preparar una catarsis colectiva que sirva para emborronar la cara a quienes sólo ven la causa de su derrota en “la difícil coyuntura que nos ha tocado vivir”. Pienso en Samuel Johnson y observo la clarivendencia de esta frase en la conducta del Gobierno: “Casi todo el absurdo de nuestra conducta es el resultado de imitar a aquellos a los que no podemos parecernos”.

Los ganadores están encantados de haberse conocido. Felicidades, pues. Toca escuchar sus carcajadas, sus deseos, su triunfo inapelable. Volverán a intentar anular cualquier esperanza de cambio real porque ya han comenzado la reconquista de aquella mayoría que les fue robada. No escuches eso, no pienses aquello, no pidas nada. No.

Nada hay más efectivo en este bonito cuento que apelar a la responsabilidad económica para justificar la prohibición de preguntas. Y, claro, ante el dilema de la bolsa o la vida que nos presentan como única forma de salvación general, las personas responsables eligen la bolsa. Todo sea por el bien de su esperanza.

Democracia, pero ¿cuál?

“Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos”. (Francois de la Rochefoucault)

Nunca tantas personas han creído menos en la política. El mundo ha cambiado y algunos soñamos con un regreso a la Ilustración, a una inventiva que convierta en arena las pedradas del pensamiento único imperante, un ideario cada vez más confuso, extravagante y peligroso.

Ayer se organizaron manifestaciones en muchas ciudades españolas para mostrar la disconformidad con la democracia en vigor, un sistema de libertades que despoja a los ciudadanos del placer de sentirse protagonistas, de participar en la gestión directa de los recursos. Fue una protesta contra la consigna del poder, esa que nos recomienda que es mejor ceder la capacidad de decisión a los astutos políticos de hoy en día y sumergirnos en lo efímero, en lo mío, en la indiferencia.

Decía Ryszard Kapuscinski refiriéndose al periodismo, que el cinismo es una actitud antihumana porque aleja este oficio de la gente corriente. Esta reflexión también podríamos aplicarla a la política. 

La idea más extendida es que vivimos sumergidos en un régimen de intereses económicos imposibles de modificar. Un darwinismo social que premia la practicidad y penaliza las utopías para crear un mundo de cobardía.

El problema es que en esta historia la izquierda da la impresión de no saber ni por donde sopla el aire. Su aceptación, casi entusiasta, del mercado con su moral del éxito y, sobre todo, su convicción de que la jugada maestra no es romper con el capitalismo sino gestionarlo, les deja en una disyuntiva paralizante ante la posibilidad de armar una alternativa transformadora. “Hay que aceptarlo, la izquierda no tiene hoy ni un proyecto atractivo ni un discurso potente”, escribió un día José Vidal-Beneyto. No le faltaba razón al fallecido sociólogo valenciano.

En esta campaña electoral anodina y calumniosa en la que nos encontramos es paradójico observar como los políticos escabullen o manipulan respuestas sobre la reducción del dinero invertido en sanidad, en educación, en servicios públicos. Lo enmascaran todo con hipérboles sobre el progreso. Pero hay evidencias que deberían servir para sacarles los colores a pocas horas de unas votaciones que, como siempre, son presentadas como la oportunidad de volver al paraíso terrenal. 
Nos aturden con cifras y promesas, con discursos trenzados sobre un pensamiento económico obsesionado con el déficit presupuestario en lugar de con el déficit social, cada vez más amplio e incorregible. Parecería razonable que al menos la izquierda política centrara su crítica en esta cuestión. Pero nada. El miedo les ha devorado. Tienen pánico a considerar fundamentales los asuntos sociales. Viven paralizados por el riesgo de ser estigmatizados por los timoneles del poder, por los expertos del FMI y los sesudos analistas del mercado como irresponsables y botarates. Qué finura de representación.
Pero ya lo advirtió Marcel Mauss: “Las formas humanas de intercambio no son reductibles a la ideología utilitarista”. Por lo tanto, siempre habrá quien se niegue a perder los sueños.