Refugiados, el gran fracaso europeo

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OZAN KOSE/AFP

Aunque las señales del fracaso aparecieron el mismo día de la votación, nadie pensó que de los 160.000 refugiados que la UE se comprometió a reubicar entre 2015 y 2017 sólo alcanzaría a 28.242, el 18% del número de personas inicialmente acordado. Ayer concluyó el plazo del acuerdo vinculante firmado por todos los estados europeos, excepto República Checa, Hungría, Eslovaquia y Rumanía, y sólo Malta, cuya cuota era de 137 personas, ha cumplido su palabra. Finlandia se ha quedado cerca, con un 92% de las personas reubicadas respecto a la cuota establecida. Estas cifras evidencian el rotundo fracaso del compromiso adoptado por la UE para atenuar el drama que cada día golpea a miles de refugiados que esperan agolpados en campos improvisados de Grecia e Italia. En el otro extremo se encuentran, además del bloque de países centroeuropeos, España, Francia y Austria que no alcanzan ninguno de ellos ni el 20% de las cuotas de reubicación que tenían asignadas. Llama la atención el caso español que de los 17.337 refugiados que se comprometió a acoger en 2015 sólo ha recibido a 1,910 personas, el 14% de su cuota.

Desde hace algunos meses, el decepcionante desenlace era esperado por organizaciones que trabajan sobre el terreno como el Comité español de ayuda al refugiado (CEAR), Médicos sin Fronteras (MSF), Intermón Oxfam o Acnur. “Claramente es una vergüenza que pone de manifiesto la falta de voluntad de los Estados para asumir un compromiso de colaboración para aliviar la situación en Grecia e Italia y un drama humanitario”, censuró ayer la responsable de CEAR, Estrella Galán.

El compromiso de acoger a 160.000 refugiados confinados en campos de reclusión de Grecia e Italia se tomó en el Consejo Europeo pocas semanas después de la espeluznante imagen del niño sirio Aylan Kurdi, ahogado ante los ojos atónitos del mundo en la orilla de una playa turca. La crudeza de la fotografía tuvo un efecto punzante sobre la conciencia de las autoridades europeas que decidieron sacar adelante la iniciativa pese al voto en contra de países como Hungría y Polonia. A golpe de tragedia y de emergencia humanitaria, se creó un complejo mecanismo de reubicación de refugiados que trataba de redistribuir a las miles de personas que en 2015 seguían llegando, como Aylan, a través del Mar Egeo entre Turquía a Grecia, y por el Mar Mediterráneo desde Libia a Italia. Se impuso que cada uno de los 28 estados aceptara la acogida de una cifra específica de refugiados en función del peso de su PIB en el conjunto de la UE. A España, por ejemplo, le correspondieron 16.231 personas; a Alemania, algo más de 31.000; y a Francia, 24.000.

De forma paralela, los países confirmaron el compromiso no vinculante de reasentar a más de 20.000 personas refugiadas en campos de Jordania, Líbano y Turquía donde hoy habitan casi dos millones de seres humanos huidos de las guerras. El Gobierno de España aprobó traer a 1.449 personas pero, de momento, sólo han llegado 631.
El principal argumento difundido en el seno de la UE para justificar el fracaso de esta política ha sido la baja cifra de personas preparadas para ser reubicadas. Sin embargo, organizaciones como Acnur han criticado los “férreos requisitos” que los Estados receptores están imponiendo a los solicitantes de refugio para que puedan beneficiarse del programa. Además, según CEAR, también se ha bloqueado la reubicación a personas de nacionalidades que superaban una tasa de reconocimiento de protección internacional. Este criterio ha favorecido a las personas originarias de Siria, Eritrea o Yemen pero se ha convertido en un obstáculo insalvable para otros en similares situaciones procedentes de Afganistán, Irak, Sudán o Nigeria. Por este motivo, hay unos 10.000 procedimientos de asilo paralizados sobre la mesa de las autoridades de migración europea.

En un comunicado urgente difundido ayer, la Comisión Europea recordó a los países que se comprometieron en septiembre de 2015 a reubicar a 160.000 refugiados que “es apremiante que los Estados miembros sigan con el proceso incluso después del 26 de septiembre”. Desde las organizaciones humanitarias son más críticos. CEAR considera que “los países de la UE parecen haber dejado de lado el derecho de asilo. Y no sólo aquellos gobiernos con un discurso claramente xenófobo sino casi todos. Hay una falta de voluntad política para cumplir con ese compromiso”.

Publicado en El Telégrafo
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Refugiados

“Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, no alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correctos, ni impide que los hombres hagan las cosas que siempre han hecho. Si una historia parece moral, no la creáis (…)”

Tim O’Brian: (Worthington, Minnesota, 1946) “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”

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Quiero denunciar la decisión tomada ayer por la Unión Europea sobre los miles de refugiados, de perseguidos, que aguardan una oportunidad para la vida en Turquía, Grecia, en cualquiera de los países del grupo de Visegrado y en el resto del continente. No me siento representado por ustedes, políticos corrompidos. Me rebelo contra su decisión de ahogar en dinero el grito de desesperación, desobedezco sus irresponsables órdenes, denuncio su hipocresía manifiesta, confronto la decadencia a la que nos quieren arrastrar, doy la espalda a sus deseos y a sus principios, menosprecio su ideología ultra, combato su codicia e incumplo su peligroso comportamiento, que sólo alienta la desesperación. Desde mi función.

Davenports and kettle drums
and swallow tail coats
table cloths and patent leather shoes
bathing suits and bowling balls
and clarinets and rings
and all this radio really
needs is a fuse
a tinker, a tailor
a soldier’s things
his rifle, his boots full of rocks
and this one is for bravery
and this one is for me
and everything’s a dollar
in this box
Cuff links and hub caps
trophies and paperbacks
it’s good transportation
but the brakes aren’t so hot
neck tie and boxing gloves
this jackknife is rusted
you can pound that dent out
on the hood
a tinker, a tailor
a soldier’s things
his rifle, his boots full of rocks
oh and this one is for bravery
and this one is for me
and everything’s a dollar
in this box

Mala conciencia

“La creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria. El hombre por sí mismo es capaz de cualquier maldad”
Joseph Conrad
©James Nachtwey
El hambre. El gran jinete del Apocalipsis continúa paseándose a galope por buena parte del mundo en pleno siglo XXI. En América, en Asia, en África y también en Europa. Resulta difícil poner palabras a una de las mayores infamias de la humanidad de la que todos, de alguna manera, somos un poco culpables. Seré sincero: La elección de esta foto de James Nachtwey pretende herir la sensibilidad del observador.

El motivo del autor para apretar el botón del obturador fue provocar una reacción, un cambio de actitud en aquellas sociedades a las que superabundancia les ha insensibilizado frente a unas temáticas que ni les impone ni las rebela. Un moribundo en África es un moribundo alejado de nuestra casa. Poco más. Un muerto es un simple número dentro de una pantalla de televisión.

Convivimos a diario con ello y nos hemos inmunizado ante el espanto, en gran parte, porque asumimos que representa al lado más perverso de la globalización. Ahora pongamos la secuencia de la ciudad siria de Homs, que podría ser también Alepo o cualquier otra que todos los bandos han destruido durante cinco años de guerra:

¿Qué nos provoca? La primera sacudida, probablemente, es de incredulidad. Como si lo que nos muestra fuera la introducción a un videojuego de guerra. Lo vivimos como un estado natural de la cosas, con la resignación de que nada podemos hacer para evitarlo porque el destino de sus habitantes está en las manos sucias que hoy se disputan el control del planeta.

Así es el mundo. Unos arriba y otros abajo, sazonado todo con unas pequeñas dosis de mala conciencia.

El hombre de la foto es un despojo humano a punto de cruzar el umbral de la muerte. Basta con que echemos un vistazo detallado a su rostro afilado, a esas extremidades finísimas y quebradizas, a los omóplatos salientes como los de un recién nacido, las costillas marcadas que semejan una triste marimba y ese vientre tan hundido que parece que ha empezado a devorar su propio cuerpo. Es la pura imagen del fracaso humano, el reflejo obsceno de lo que puede hacer la humanidad por codicia y egocentrismo.

La ciudad de Homs (o Alepo o cualquier otra población de Siria rodeada por los frentes) es un escenario devastado por las bombas. Inhumano, fantasmagórico y demencial. Un cuadro de la infamia más absoluta cometida por el hombre contra el hombre durante cinco años de guerra. Algo inaceptable en sí mismo pero que por su extremada dureza produce sorpresa.

Pero ambas situaciones representan el ejemplo granado de nuestra humana obra, del horror que producimos y de la vergüenza que ocultamos si dedicamos un sólo segundo a la reflexión. La explícita fotografía de Nachtwey sobre la humillación humana tiene un sentido: fue tomada en Sudán en 1993 para evitar el olvido dos décadas después. La secuencia de Homs podría ser una respuesta a lo que en Europa se conoce como “el problema de los refugiados”. Da igual de donde proceda y cuáles sean sus intenciones. El horror es el horror.

Ante el drama ocurrido en Ceuta: Una carta a la situación de los inmigrantes

“No hay cacería como la cacería humana y aquellos que han cazado hombres durante bastante tiempo y han disfrutado no vuelve a importarles nada” Ernest Hemingway
He decidido recuperar la carta que un amigo me envió hace ya unos meses. Hay muchas cosas que no comparto con él pero nuestra vida siempre ha evolucionado sobre discusiones laberínticas, unas veces acaloradas y otras muertos de la risa, en nuestro vano intento de arreglar el mundo. Me pidió que mantuviera su anonimato aunque no lo entienda. Aunque el tiempo y la vida nos ha separado quizá para siempre, así lo haré. Es su derecho y tampoco lo comparto. Aquí dejo su opinión sobre la inmigración y nuestro mundo. Lo sucedido hoy en Ceuta lo reclama. Estas son sus palabras:

“Te mando esta nota en privado porque no intento provocar una brecha discrepando en público temeroso de que o bien no se entienda el contenido de esta carta, o simplemente no sea compartida por todos y monten alguna bronca.

Como sabes abomino la revolución intermitente, la revolución sin compromiso. Cada día, en cada esquina, a cada minuto, encontramos causas que nos hacen palidecer, que nos conmueven y nos hacen reflexionar sobre la injusticia del sistema. Tenemos mil y un motivos para adjurar del modo de vida que llevamos. Los suficientes para actuar y provocar un cambio.
Nos dejamos invadir por el sentimiento de rabia y en un minuto vomitamos, denunciamos y…. acallamos nuestra conciencia sin más objetivo que volver lo antes posible a nuestra cómoda y burguesa existencia. Una agradable existencia alimentada, por cierto, con productos hechos por menores en condiciones infrahumanas o con aranceles caníbales que hunden cualquier intento de desarrollo en los países del tercer mundo y empujan a sus ciudadanos a cruzar el charco en patera. Nos hemos acostumbrado a observarles, a través de las imágenes de televisión por el satélite o por Internet, como si no fueran de este mundo. Vanas ilusiones.
Insisto, no creo en la revolución sin compromiso. Y eso significa ir más allá de la denuncia y empuñar las armas para aniquilar a los responsables de la catástrofe. Hipócrita es denunciar las condiciones  de vida en esos países pobres y a la vez llamar asesinos a quienes se revuelven dispuestos a aplastar a sus responsables. Y eso lo hacemos continuamente.
Decía un poeta de principios del siglo pasado que la palabra es un arma cargada de futuro. Es cierto. Pero sin un compromiso real son algo vacío. La denuncia por la denuncia es amarillismo. Es el sentimiento pequeño burgués travestido de revolución para encubrir o sobrellevar la carga de la culpa. Si no somos capaces de derribar el sistema, y esto sólo se consigue por la fuerza, me parece más honesto adjurar de la revolución y abrazar con fe el reformismo.
No creo en los revolucionarios a tiempo parcial, por eso tampoco creo en el periodismo de la denuncia a secas, sea gráfico o literario (puede ser divertido pero no útil). Contar las cosas que vemos y quedarnos ahí, sin más, tiene la misma fuerza que narrarle un cuento a un niño para que duerma… acabará soñando con los personajes de la historia pero al despertar se encontrará con la misma realidad.
¿De qué vale sumergirnos en los desequilibrios que provocamos si no lo acompañamos de una guía, de un camino para canalizar la ira? El periodismo es una herramienta, pero si no se pone al servicio de la revolución se convertirá en un instrumento para perpetuar este sistema que tanto censuramos.

Dicen los teóricos que los sistemas políticos permiten cierto grado de corrupción (y por lo tanto de denuncia) para seguir vivos, para retroalimentarse y prolongar unas injusticias que las maquillan cada cierto tiempo con aparentes catarsis para que todos podamos dormir tranquilos. Saneamos un 10% de la corrupción existente y eliminamos algunas cabezas de turco pero mantenemos vigentes los mismos principios que consolidaron las injusticias. Ese es el modelo americano, el que hemos importado en Europa.

Un modelo tan seductor que otorga a la prensa la falsa apariencia de libertad y le dispensa generosamente ese papel denunciador tan hueco como desmemoriado. Así, imágenes como la que nos cuentas en tu blog, o denuncias como las que vemos ahora en los periódicos sobre la actuación del ejercito yankee en Afganistán o antes en Guantánamo o en Abu Ghraib  podían haber puesto patas arriba el sistema. Pero no, sólo nos inducen a pedir cambios, a señalar a los culpables….. y, ¿qué ocurre después? Que el sistema se desprende de uno o dos indeseables pero la estructura permanece incólume, sin cambios…..  ya lo dijo Lewis Carroll: “que todo se mueva para que todo quede igual”. Eso es  denuncia sin compromiso, la coartada perfecta que nos permite acosar con más saña a los Hugo Chávez o a los Castro del mundo amparados en que nosotros limpiamos nuestra basura. Mentira. Sólo son apariencias y simulación.

La revolución nació en la vieja Europa y parece que nos hemos olvidado de ella con bonitas imágenes como la del clavel sobre el cañón del fusil. La revolución, si de verdad somos revolucionarios, lleva aparejada sangre (los detractores del Che Guevara destacan su crueldad para con los enemigos de la revolución, pero es que el cambio real es también sinónimo de muerte y destrucción. No es posible convivir con los que quieren aniquilarnos). No se puede ser revolucionario y dejarlo todo al minuto siguiente para ir a correr a los brazos de nuestra amada.

El que abraza la revolución abraza un modo de vida que incompatibiliza nuestra apacible existencia con la miseria en la que subsiste tres cuartas partes del planeta. De lo contrario, lo honesto, repito, es declararse reformista y aceptar que el sistema siempre ganará por lo que la única opción que nos queda es luchar para introducir pequeños cambios con la esperanza de que a largo plazo las desigualdades se reduzcan. Pero incluso esto conlleva compromiso y voluntad de cambio.

La misma policía que detiene inmigrantes es a la que acudimos para que defienda nuestros miserables objetos (nuestra propiedad privada) o la que detiene etarras. Es el mismo cuerpo armado y forma parte del mismo mecanismo  represor del Estado tanto cuando hacina a los ilegales como cuando desarticula comandos.

Esos inmigrantes indocumentados hacinados en los centros de internamiento para extranjeros (CIE) tienen derecho a robarnos en plena calle porque primero nosotros les despojamos de todo y luego les empujamos a venir acá para vivir más miserablemente todavía. Si nos molesta que nos roben en nuestros domicilios también puede resultar hipócrita denunciar la marginación que sufren.
De acuerdo, cambiemos el sistema pero desde el compromiso a tiempo completo, ya sea para la reforma o para la revolución. La denuncia amarilla, sin más, nos hace sentirnos culpables o iracundos el tiempo exacto que dure la exposición pero si a la salida de la misma no hay una mesa para que nos afiliemos a un movimiento, a que participemos en un grupo de acción directa, todo queda en toreo de salón.
Y practicar toreo de salón y adjurar de las corridas de toros también es pura hipocresía.

Saludos de un reformista convencido, pero cada vez más cínico con sus congéneres.

Gracias, tío

España, la impunidad de los asesinos franquistas

Un equipo de Antropología Forense de Argentina acaba de hallar una fosa común en el Arsenal Miguel de Azcuénaga de la provincia de Tucumán, al norte del país, con los restos mortales de 15 personas asesinadas durante la dictadura militar. El cuadro descubierto es estremecedor: cuerpos completos en diferentes posiciones junto a proyectiles, algunos de ellos atados en las extremidades superiores enrollados en neumáticos y rastros de combustión. Es decir, los inocentes ejecutados entre 1976 y 1983 por viles verdugos con rostro y apellidos fueron quemados vivos antes de recibir un tiro de gracia. Así estamos. Desenterrando la ominosa herencia de la Escuela de las Américas con pinceles y buriles para reescribir la oscura historia del hombre y descansar. 
En Argentina, en Chile, en Colombia, en Camboya, en Guatemala, en Bosnia, en muchos países de África y, a duras penas, también en España. Precisamente, la semana pasada fue descubierta un nueva fosa sin nombre en Vizcaya. Es el goteo infinito en un país cuyos dirigentes siguen poniendo reticencias, ocultaciones y caras de póquer cuando se trata de mirarse en el espejo de su propio horror. Es lo que ocurre cuando se levantan los cuarteles y el ganador se niega a reescribir el libro de su historia. Es lo que dejó pendiente nuestra “ejemplar” transición. 
España es el segundo país del mundo tras Camboya con mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados ni identificados. Han pasado más de 70 años desde el fin de la Guerra Civil y 114.000 personas continúan enterradas en lugares inhóspitos, sin una triste lápida que les recuerde, sin justicia ni memoria. Ni una lágrima oficial por ellos.
La organización “Jueces para la democracia” recordaba hace unos días que  el Gobierno del PP “está llevando no solo a la impunidad de los delitos cometidos durante la dictadura, sino a que se queden materialmente sepultados en el olvido”. Triste legado cuando se pretende abanderar la defensa de las víctimas en un país donde las heridas de la violencia siguen abiertas de par en par.
Desde aquí sólo queda felicitar a todas las organizaciones que trabajan para recuperar la Memoria Histórica española, y en especial a la Sociedad Aranzadi, un grupo de antropólogos que tratan de evitar que aquel horror caiga en el más repugnante olvido. Todavía hoy, miles de personas siguen intentando rescatar el honor y la dignidad de cientos de miles de hombres y mujeres que el franquismo asesinó. No sé si al final habrá justicia pero al menos muchos familiares y los que han logrado sobrevivir al paso del tiempo esperan escuchar la verdad: La que les dirá que sus antepasados y compañeros desaparecieron por defender la libertad. 
Pero ojo, porque en la guerra, desenmascarar el ojo tuerto de la mentira acarrea perder la vida. O contribuyes a la causa o al paredón. Y aquel vía crucis aun no ha terminado.

Chevron en Ecuador

La niña de la fotografía se prepara para una celebración. Vive en Sucumbíos, una provincia del noreste de Ecuador muy poco poblada. Tan sólo 170.000 personas habitan en esta franja amazónica de 19.000 kilómetros cuadrados fronteriza con el Putumayo colombiano y Perú.

Hasta la mitad del pasado siglo convivían sin problemas comunidades indígenas Cofanes, Secoyas y Sionas. Gente orgullosa que habla el lenguaje de la Tierra, de la Pacha Mama. Pero la armonía comenzó a resquebrajarse cuando la petrolera Texaco, hoy Chevron, comenzó en 1964 a explotar una de las inmensas bolsas de petróleo que yacen en aquel subsuelo. En lugar de la prosperidad prometida, las máquinas llevaron pobreza.

A sus pobladores les arrancaron de la tierra, les negaron la palabra, les condenaron a la servidumbre y a la enfermedad. Ellos, que fueron los primeros, se convirtieron en los últimos. Pero alguien apeló a la justicia.

La cohorte de sesudos picapleitos a sueldo de la multinacional petrolera estadounidense retrasó el veredicto hasta la obscenidad. Intentaron comprar la memoria de la gente, presionaron al Gobierno del Ecuador y activaron todo tipo de artimañas legales durante 17 largos años. Tras interminables investigaciones, el “caso Texaco/Chevron” llegó a los tribunales. Primero a una humilde corte local, más tarde a los poderosos jurados estadounidenses.

Finalmente se dictó sentencia: la petrolera debía de abonar más de 19.000 millones de dólares a los 30.000 afectados por los desmanes cometidos durante los años que duró la explotación de los pozos en Sucumbíos. Según la corte de apelaciones de Nueva York, la empresa Texaco/Chevron vertió descontroladamente más de 65 millones de litros de crudo por la zona, liberó más de 700.000 metros cúbicos de gas quemado al aire libre y contaminó más de 20 millones de litros agua destinada al consumo de los habitantes lo que provocó un número indeterminado de muertos y deterioró la salud de cientos de vivos.

Pero la arrogancia de esta poderosa empresa, nada acostumbrada a que alguien les mire de frente, no tiene límites. Su reacción inmediata fue demandar al Estado ecuatoriano en cortes internacionales, la mayoría establecidas en EEUU como la corte distrital de Nueva York y la Corte Suprema de Estados Unidos o en Europa, convencida de que actuarían a favor de sus intereses. Después diseñó una efectiva campaña mediática destinada a desprestigiar el sistema judicial ecuatoriano, acusado de “corrupto”, mientras ponía a trabajar a un excelso equipo de comunicadores y abogados para crear un estado de opinión favorable a nivel internacional. Muchos de los que se consideran parte sustancial de la prensa “libre” entendió el recado.

El periódico Financial Times, la sancta santorum de la información económica neoliberal, acaba de negarse a publicar anuncios favorables a una justicia racional; esto es, que Chevron acate las sentencias en su contra y pague de una vez lo que debe a los damnificados. Por otro  lado, algunos videos de denuncia colgados en la red sobre el desastre ocasionado por la petrolera en Ecuador suelen ir acompañados por un faldón publicitario pagado por la multinacional estadounidense con una leyenda: “El gran fraude judicial en la amazonía ecuatoriana”.

Sin embargo, no es la primera vez que Chevron hace oídos sordos a las sentencias en su contra, ni tampoco que políticos a sueldo ejecutan medidas represivas contra quienes ponen a esta empresa en el disparadero de la opinión pública internacional.

Un ejemplo de la protección institucional que rodea a Chevron sucedió el sábado 3 de agosto en Richmond, California. Ese día, unas 2.000 personas desfilaron hasta las puertas de la refinería que la empresa tiene a las afueras de la ciudad para exigir responsabilidades por la catástrofe del 6 de agosto de 2012. Aquel día explotó parte de la planta provocando cientos de heridos, enfermos crónicos de los pulmones tras soportar la asfixiante niebla tóxica emanada del desastre. Obviamente, la empresa petrolera no ha asumido su responsabilidad en este suceso. Ni lo hará. Jamás lo ha hecho.

Lo que si se produjo en Richmond fueron 229 detenciones de pacíficos manifestantes, aunque poco o nada salió en la prensa. El apagón informativo como estrategia de imagen es moneda de curso legal para uno de los mejores clientes publicitarios de los grandes diarios del mundo. Y quien paga en tiempos de crisis para la prensa, ya se sabe, impide la difusión de cierta información, especialmente si ésta destapa las sombras de la codicia.

Estas maniobras en la oscuridad son llevadas a cabo por seis prestigiosas firmas de relaciones públicas con cobertura planetaria: Hill & Knowlton, Edelman Worldwide, Sard Verbinnem, Robinson Lerer Montgomery, Sam Singer and Associates, y CRC Public Relations. En el caso ecuatoriano, la táctica surtió efecto el 16 de febrero de 2012 en la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya que emitió un fallo mediante el cual permitía dejar en suspenso la ejecución de la sentencia condenatoria de la corte de Sucumbíos.

Desde entonces, la movilización popular en América Latina contra la empresa estadounidense no ha de dejado de crecer. En una página web en inglés, cientos de internautas de todo el mundo desgranan los detalles de un caso como el de Sucumbíos para compensar la casi nula repercusión mediática. La batalla no ha terminado.

Al menos no para la joven de la foto, una niña indígena siona. Ella vive cerca de Nueva Loja, la cabecera administrativa de esta bellísima provincia amazónica. Le pintan la cara para una fiesta. La fiesta de la victoria.

El negocio del hambre

El escritor británico Joseph Conrad, quizá uno de los más grandes retratistas literarios de África, escribió una vez que no hay creencia tan ansiosa y ciega como la codicia ya que, en su medida universal, es la causa principal de la miseria moral y de la indigencia intelectual del mundo. Conrad percibió esta maldición a principios del siglo pasado pero desde entonces poco o nada ha cambiado.

Así lo entiende el jurado del Right Livelihood Award (Premio al Sustento Bien Ganado, en español) que el pasado año concedió uno de sus galardones, los conocidos como premios Nobel alternativos, a la organización GRAIN, un pequeño grupo internacional sin ánimo de lucro que trabaja en apoyo de los pequeños agricultores y  los movimientos sociales que luchan para mantener la biodiversidad de los sistemas alimenticios. 

Desde hace años, GRAIN viene denunciando las compras masivas de tierras cultivables de países pobres por parte de inversores financieros internacionales.

El resultado de este lucrativo negocio privado está siendo devastador en la última década. Seducidos por promesas de desarrollo inconmensurables, muchos gobiernos venden o arriendan sus campos a empresas extranjeras, a menudo grandes firmas multinacionales, para que apliquen un sistema de agricultura industrial a gran escala que en lugar de proporcionar alimentos produce hambre. Es  la huella de una globalización desigual y depredadora.

Según los cálculos de GRAIN, entre 60 y 80 millones de hectáreas han cambiado de manos en el mundo con estas triquiñuelas desalmadas, es decir, el equivalente a la mitad del área cultivable de la Unión Europea.Y al final, nada de lo prometido se cumple. Los alimentos se venden y las mismas empresas que especulan con la comida lo hacen también con las superficies de cultivo. Los campesinos originarios son expulsados y a la población se les arrebata el fruto de sus tierras porque la producción en masa ya no tiene como destino el mercado local sino el internacional.

Así está el mundo, cada vez más descerebrado y aturdido mientras el hombre complica su existencia comportándose como un lobo para el hombre. 

Conrad tenía razón. Hay veces que tengo la sensación de pertenecer a una especie que, como equilibristas ebrios, disfruta caminando al borde de un despeñadero.