Chevron en Ecuador

La niña de la fotografía se prepara para una celebración. Vive en Sucumbíos, una provincia del noreste de Ecuador muy poco poblada. Tan sólo 170.000 personas habitan en esta franja amazónica de 19.000 kilómetros cuadrados fronteriza con el Putumayo colombiano y Perú.

Hasta la mitad del pasado siglo convivían sin problemas comunidades indígenas Cofanes, Secoyas y Sionas. Gente orgullosa que habla el lenguaje de la Tierra, de la Pacha Mama. Pero la armonía comenzó a resquebrajarse cuando la petrolera Texaco, hoy Chevron, comenzó en 1964 a explotar una de las inmensas bolsas de petróleo que yacen en aquel subsuelo. En lugar de la prosperidad prometida, las máquinas llevaron pobreza.

A sus pobladores les arrancaron de la tierra, les negaron la palabra, les condenaron a la servidumbre y a la enfermedad. Ellos, que fueron los primeros, se convirtieron en los últimos. Pero alguien apeló a la justicia.

La cohorte de sesudos picapleitos a sueldo de la multinacional petrolera estadounidense retrasó el veredicto hasta la obscenidad. Intentaron comprar la memoria de la gente, presionaron al Gobierno del Ecuador y activaron todo tipo de artimañas legales durante 17 largos años. Tras interminables investigaciones, el “caso Texaco/Chevron” llegó a los tribunales. Primero a una humilde corte local, más tarde a los poderosos jurados estadounidenses.

Finalmente se dictó sentencia: la petrolera debía de abonar más de 19.000 millones de dólares a los 30.000 afectados por los desmanes cometidos durante los años que duró la explotación de los pozos en Sucumbíos. Según la corte de apelaciones de Nueva York, la empresa Texaco/Chevron vertió descontroladamente más de 65 millones de litros de crudo por la zona, liberó más de 700.000 metros cúbicos de gas quemado al aire libre y contaminó más de 20 millones de litros agua destinada al consumo de los habitantes lo que provocó un número indeterminado de muertos y deterioró la salud de cientos de vivos.

Pero la arrogancia de esta poderosa empresa, nada acostumbrada a que alguien les mire de frente, no tiene límites. Su reacción inmediata fue demandar al Estado ecuatoriano en cortes internacionales, la mayoría establecidas en EEUU como la corte distrital de Nueva York y la Corte Suprema de Estados Unidos o en Europa, convencida de que actuarían a favor de sus intereses. Después diseñó una efectiva campaña mediática destinada a desprestigiar el sistema judicial ecuatoriano, acusado de “corrupto”, mientras ponía a trabajar a un excelso equipo de comunicadores y abogados para crear un estado de opinión favorable a nivel internacional. Muchos de los que se consideran parte sustancial de la prensa “libre” entendió el recado.

El periódico Financial Times, la sancta santorum de la información económica neoliberal, acaba de negarse a publicar anuncios favorables a una justicia racional; esto es, que Chevron acate las sentencias en su contra y pague de una vez lo que debe a los damnificados. Por otro  lado, algunos videos de denuncia colgados en la red sobre el desastre ocasionado por la petrolera en Ecuador suelen ir acompañados por un faldón publicitario pagado por la multinacional estadounidense con una leyenda: “El gran fraude judicial en la amazonía ecuatoriana”.

Sin embargo, no es la primera vez que Chevron hace oídos sordos a las sentencias en su contra, ni tampoco que políticos a sueldo ejecutan medidas represivas contra quienes ponen a esta empresa en el disparadero de la opinión pública internacional.

Un ejemplo de la protección institucional que rodea a Chevron sucedió el sábado 3 de agosto en Richmond, California. Ese día, unas 2.000 personas desfilaron hasta las puertas de la refinería que la empresa tiene a las afueras de la ciudad para exigir responsabilidades por la catástrofe del 6 de agosto de 2012. Aquel día explotó parte de la planta provocando cientos de heridos, enfermos crónicos de los pulmones tras soportar la asfixiante niebla tóxica emanada del desastre. Obviamente, la empresa petrolera no ha asumido su responsabilidad en este suceso. Ni lo hará. Jamás lo ha hecho.

Lo que si se produjo en Richmond fueron 229 detenciones de pacíficos manifestantes, aunque poco o nada salió en la prensa. El apagón informativo como estrategia de imagen es moneda de curso legal para uno de los mejores clientes publicitarios de los grandes diarios del mundo. Y quien paga en tiempos de crisis para la prensa, ya se sabe, impide la difusión de cierta información, especialmente si ésta destapa las sombras de la codicia.

Estas maniobras en la oscuridad son llevadas a cabo por seis prestigiosas firmas de relaciones públicas con cobertura planetaria: Hill & Knowlton, Edelman Worldwide, Sard Verbinnem, Robinson Lerer Montgomery, Sam Singer and Associates, y CRC Public Relations. En el caso ecuatoriano, la táctica surtió efecto el 16 de febrero de 2012 en la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya que emitió un fallo mediante el cual permitía dejar en suspenso la ejecución de la sentencia condenatoria de la corte de Sucumbíos.

Desde entonces, la movilización popular en América Latina contra la empresa estadounidense no ha de dejado de crecer. En una página web en inglés, cientos de internautas de todo el mundo desgranan los detalles de un caso como el de Sucumbíos para compensar la casi nula repercusión mediática. La batalla no ha terminado.

Al menos no para la joven de la foto, una niña indígena siona. Ella vive cerca de Nueva Loja, la cabecera administrativa de esta bellísima provincia amazónica. Le pintan la cara para una fiesta. La fiesta de la victoria.
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Mister Surf

Las olas son la materia prima con las que trabaja Clark Little, surfista californiano de 45 años y fotógrafo desde que subió a una tabla para jugar en el agua. Su mayor característica artística es que fusiona las dos modalidades, es decir, surfea mientras saca fotos desde el corazón de la barra. O puede que sea al revés. Empezó a hacerlo para mostrarle a su mujer lo que sus ojos veían desde la tabla de surf, lo que su cerebro gestionaba en una décima de segundo, lo que corría por sus venas en un momento de plena excitación. El resultado queda a la vista. Es impactante y único. Pocos reflejan la ley de la gravedad como lo hace él con tanta maestría.
La imagen que ilustra este post fue registrada en Hawai. A pesar de la dificultad de elegir una foto entre centenares de ellas, a cada cual más impactante, la ola protagonista es un tubo perfecto de cuatro metros de altura que se traslada a varios kilómetros por hora con un fuerza arrolladora. Subirse en ella es una lotería. La serie completa de Little lleva dos años de gira mundial. Empezó en una galería de arte de Washington y posteriormente viajó por varias ciudades estadounidenses, México, Hawai y Europa. Por el momento no se conoce si llegará a España y, especialmente a Ecuador, donde en abril se celebró una prueba del mundial de surf en Montañita, Manabí.
Observar desde un cómodo sillón o en una sala de exposiciones toda la serie de las fotos con detenimiento es dejarse atrapar por un sueño. Nada que ver, desde luego, con vivirlo desde el agua, con el protagonista.  Jugar de esta forma en el mar es una manera de matar el tedio, sin duda, pero sobre todo estimula el espíritu y endurece el corazón a base de pulsaciones aceleradas. Imagínenselo, entonces, y disfruten del paisaje.

Libertad de prensa

“Hay quienes sólo utilizan las palabras para disfrazar sus pensamientos” Voltaire.
Cuando me tocó escribir sobre América Latina para un diario comencé a descubrir el laberinto de fantasmas y mitos que acompañan la mirada de los principales medios de comunicación españoles sobre los procesos políticos abiertos en el continente americano. También me resultaban sorprendentes los desequilibrados análisis  sobre la libertad de prensa presentados por organizaciones como Reporteros Sin Fronteras y otras como Freedom House, que son cualquier cosa menos instituciones independientes. Criticaban con dureza a Ecuador o Venezuela  pero aplicaban la sutileza con la Colombia de Álvaro Uribe, el Perú de Alan García o el México de Felipe Calderón. 
Tras visitar algunos de estos países tengo la certeza de que existe una mano invisible que patrimonializa el concepto de la libertad de prensa para enmascarar la libertad de empresa. La del mercado libre, intocable, sin reglas éticas ni responsabilidades de ningún tipo. Un poder contra el poder que el liberalismo reinante se afana por proteger hasta el paroxismo.  
Me esforcé para mantenerme esterilizado frente a dogmas, estereotipos o simpatías que pudieran influirme. Sólo dejé que los protagonistas de aquellas sociedades retrataran su propia historia, sin silenciar a ninguno, para así perfilar el rostro desfigurado que muchos medios españoles se empeñan en describir. 
En España se vive una extraña contradicción ideológica que impide renovar un compromiso activo con el periodismo. Esta manera de mirar produce en los lectores múltiples batallas perturbadoras. No oculto que me provocan una profunda duda, especialmente por los tratamientos informativos sobre Ecuador, Colombia, Argentina, México o Venezuela, pero más que indignación me produce pena. Nada es tan negro como lo pintan, ni tan blanco como otros nos hacen ver. Todo es complicado y está salpicado de tramas corruptas, de influencias políticas interesadas, de recuerdos dramáticos y explotación pero también de sueños. Nos esforzamos en nutrir a los lectores con datos que hablan de fracasos y de éxitos. La prensa es tan influenciable hoy en día que vive con los ojos clavados en su balance de resultados en lugar de contar la historia sin ropajes encorsetados. 
Pese a la globalización, existen dificultades reales para leer informaciones contrastadas sobre esos países (también sobre Siria, Irak, Afganistán, Birmania, China o EEUU) ya que a menudo todos beben de fuentes del mismo manantial y generalmente ocultas. Enviados especiales que creen legítimo (y más fácil) distorsionar las teorías para adaptarlas a sus hechos que trabajar con honestidad. Es lo que se conoce como información “coja”, sin verificar, oficial cuando interesa y opositora si se sitúa contra la izquierda del ejemplar mundo neoliberal que defienden con ardor. Pero ellos nunca se equivocan, nunca mienten, jamás manipulan. Siempre son  los otros que tratan de silenciar la verdad, la libre expresión, la prensa libre que estas empresas mediáticas representan.
Pero volviendo al tema original, y para no extenderme, quiero recordar que la libertad de prensa en España no está consolidada y que en varios países de América Latina donde los medios públicos no existían hace una década están haciendo esfuerzos fabulosos por edificar un escenario mediático a la medida de sus ciudadanos y no de unas clases adineradas que sólo tratan de perpetuar su histórico privilegio.

La cueva de Alí Babá y sus mil ladrones

Cuando la guerra levanta sus cuarteles, el pueblo alimenta su estómago con negocios sucios. Y en Irak, donde la vida es un rigor cotidiano desde hace 12 años, los oficios escabrosos han crecido como setas tras la lluvia. El problema llega cuando hay intereses enfrentados. Eso es lo que está pasando ahora en suelo iraquí, donde varias bandas de ladrones se disputan el control del mercado negro. Se les conoce como ‘Alí Babás’ y van armados con armas ligeras de última generación. Su táctica es la destreza: vigilan las vías de comunicación más transitadas del país y si un conductor desprevenido se pone en su línea de tiro, lo dejan limpio. 
En el tramo de autopista entre Ramadi y Faluya, a 100 kilómetros al este de Bagdad, está su territorio de caza. Aquí es donde florece el mercado negro, por cuyo control algunos parecen dispuestos a empezar otra guerra. Esta carretera es el único pasillo terrestre abierto a los vehículos que vienen desde Jordania. Territorio donde sólo los expertos conductores se arriesgan. Y siempre lo hacen en grupo, antes de que la noche eche su negro telón, y a 160 kilómetros por hora. 
El mando militar estadounidense les ha lanzado un ultimátum para que abandonen sus posiciones y liberen la autopista, especialmente porque los vuelos a Bagdad se encuentran interrumpidos desde el domingo. La suspensión del puente aéreo, tras el ataque con un misil a un avión de la compañía DHL que transportaba alimentos, limita la llegada de mercancías al corredor de Ramadi.
El pasado domingo, soldados estadounidense dieron buena cuenta de dos de ellos. Una muestra de que la advertencia va en serio. En la capital, la lucha se limita al control de algunos barrios donde la inexperta policía local intenta desde hace semanas poner orden en unos mercados improvisados bajo los principales puentes que unen las márgenes del Tigris, donde se compra como en ninguna otra parte de la ciudad. Allí no es difícil encontrar componentes electrónicos de última generación a bajo precio. 
Se puede adquirir desde una cámara digital hasta enchufes trifásicos. “Lo importante es tener amigos en todos los bandos”, dice con sonrisa pícara un mercader que asegura llamarse Hassan y que alardea de ser uno de los más avezados asaltadores de caminos de Irak. Lo grave es que esta situación de inseguridad se extiende cada día a otras zonas del país.
Este post es el extracto de la crónica que escribí para el diario DEIA en noviembre de 2003 en Bagdad.

Los gobiernos de Moodys

Me gustaría que me consultaran lo que pienso de la Gran Recesión que padecemos. O sobre el poder que ejercen las agencias de calificación como Moodys sobre las políticas económicas de Estados soberanos. O sobre el dinero público que el Gobierno de España desvía por decreto a una institución privada como la Iglesia católica. ¿Por qué no me consultan sobre el  presupuesto que los Ejecutivos central y autonómicos destinan a sanidad, a la cohesión social, al I+D, a la cultura, a la educación, a la lucha contra la pobreza, a la ciencia o a la caza de especuladores financieros y mafiosos que hacen negocios con la penuria ajena? 
Sí, exijo participar en la configuración de los próximos presupuestos del Estado. Estoy hasta el gorro de que próceres sin rostro amenacen con bajar las calificaciones a España, Grecia o a Extremadura porque sólo insuflan miedo a quienes poco o nada tienen. Estoy hasta la coronilla del déficit porque observo que la venta de coches de lujo se ha incrementado. Estoy hasta las cartolas de que cierren periódicos y empresas, de ver a mis amigos cada día más angustiados, de notar como mis vecinos se vuelven dóciles con las migajas del conformismo que otros les obsequian. Repudio la perversión del lanzamiento de dinero desde un helicóptero. Estoy hasta las pelotas de leer lo que está bien y lo que está mal, de que sólo en el mercado libre reside la esperanza porque en realidad es la muerte de la esperanza misma. No es el ideal de la democracia sino el de una dictadura enmascarada. Me asquea Milton Friedman. 
Por eso quiero participar en la configuración de los presupuestos generales del Estado. Eso sí que sería patriótico. Pero jamás me lo permitirán. No, claro. Es tarea de especialistas. De gente a la que se le llena la boca con decisiones impositivas trascendentales para colocar a todos en trance. No me divierte el juego que ha abierto este capitalismo salvaje. La economía siempre ha sido un área egocéntrica pero es que ahora se ha vuelto visceral: si pierdo, intervengo y te expulso del mundo. ¿Y si gana? Con dos cojones. 
Por lo demás, todo va de puta madre.

El Rey del Mundo

*Extracto del libro “El Rey del Mundo”, del director de la revista The New Yorker , David Remnick. Editorial Debate, 2001, Madrid
Cassius Clay subió al ring de Miami Beach luciendo un batín de color blanco con el rótulo The Lip (El Insolente, El Bocazas) cosido a la espalda. Volvía a ser hermoso. Rápido, resplandeciente, veintidós años. Pero, por primera y última vez en su vida, tenía miedo. El ring estaba abarrotado de figuras pasadas, presentes y futuras, de lacayos y de matones. Clay fingió no verlos. Se puso a dar saltos de puntillas, al principio sin ningún entusiasmo, como si estuviera participando en un concurso de baile y faltaran diez minutos para las doce de la noche, pero luego fue cogiendo velocidad y tomándole gusto a aquello. 
Transcurridos unos minutos, Sonny Liston, campeón del mundo de los pesos pesados, pasó entre las cuerdas para poner los pies en la lona, con cuidado y delicadeza, como quien se sube a una canoa. Llevaba un batín con capucha. No se le veía preocupación alguna en la mirada. Sus ojos eran los de una persona sin vida ni expresión, una persona que nunca ha recibido un favor de nadie, que nunca ha hecho un favor a nadie. No parecía muy probable que el primer beneficiario fuera a ser Cassius Clay.
Casi todos los cronistas deportivos que había en el Miami Convention Hall daban por supuesto que Clay iba terminar la velada en el suelo. Robert Lipsyte, joven especialista en boxeo de The New York Times, había recibido instrucciones del jefe de redacción en el sentido de que averiguara cuál era el camino más corto entre el recinto deportivo y el hospital, para no perderse cuando trasladaran a Clay. Las apuestas estaban siete a uno en contra de Clay, y resultaba casi imposible encontrar a nadie que las aceptara. 
La misma mañana del combate, The New York Post publicó una columna de Jackie Gleason –el cómico de televisión más popular de Estados Unidos– en la que podía leerse: «Mi pronóstico es que Sonny Liston ganará a los dieciocho segundos del primer asalto, y en este cálculo incluyo los tres segundos que Bocazas ponga por su cuenta»
El propio grupo financiero que apoyaba a Clay, el Grupo Patrocinador de Louisville, esperaba la catástrofe: su abogado mantenía estrechas negociaciones con Sonny Liston, ante el temor de aquella fuera la última noche en que Cassius Clay pisara un ring de boxeo. Lo más que esperaba el abogado era que el joven saliese «con vida y sin daño» del envite.
Era la noche del 25 de febrero de 1964. Malcom X, mentor de Clay e invitado suyo en esta ocasión, ocupaba la butaca número siete de la primera fila. Allí estaban también Jackie Gleason y Sammy Davis, además de unos cuantos mafiosos de Las Vegas, Chicago y New York. Un nubarrón de humo de puro se desplazaba lentamente bajo los focos centrales. Cassius Clay, golpeando con sus puños la neblina gris, esperaba el toque de la campana…

Pena de muerte en otoño

“Entre los actos y los gestos, entre el poder y la existencia, cae la sombra” (T.S. Eliot)

Puede resultar extraño, e incluso demagógico, que en una página sobre la vida hagamos un hueco excepcional para hablar de la muerte. Hoy, precisamente hoy, que el otoño arranca su viaje trimestral en el hemisferio norte. Época de celos y también de pasiones pasadas que caen al suelo. Pero el otoño no es la estación de la extinción sino la del tránsito. Algo muere para que nazca algo nuevo. Es una cuestión de sapiencia, de ecuanimidad. El empate eterno que rige las leyes del mundo. 
En la foto aparecen dos ciervos bajo una cortina de agua. Buscan el aroma de las hembras en celo. En unos días comenzarán la berrea y estremecerán el bosque. Durante tres semanas el paisaje marchito de una naturaleza agónica será su dominio. Hasta los lobos tendrán que emigrar.

A muchos kilómetros de distancia, un hombre de 42 años llamado Troy Davis era ejecutado el miércoles 21 de septiembre en la prisión estatal de Jackson, Georgia, EEUU. A las 23.08 horas, casi al mismo tiempo en el que la noche daba alcance al día y la naturaleza aceptaba resignada el comienzo de su inevitable ocaso. El de Davis es un caso entre los miles que aguardan la sentencia de esta tortura institucional. Pero hay quienes berrean como los ciervos de la fotografía. 

En uno de los últimos debates entre los candidatos republicanos a la presidencia de EEUU, el gran favorito, el gobernador de Texas Rick Perry, se vanagloriaba de que durante su mandato ha ejecutado a 234 personas, el último de ellos un blanco fascista que arrastró con su camioneta a un negro hasta matarlo. El público aplaudió. O berreó distorsionadamente, como hacen las bestias fuera de temporada.
Ya es otoño, época de llegadas y partidas, de cambios y de transformación. De viajes, en definitiva, aunque para algunos siempre será un trayecto a ninguna parte.
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