La montañas de la Luna

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Observad la imagen. Este es el lugar donde un pastor egipcio llevaba a beber a sus cabras. Es el río Nilo y en esta zona no hay cocodrilos. El pastor se llama, o quizá se llamaba, Moussa. Tenía 25 años y anhelaba estudiar veterinaria cuando la vida era visible en su país.

Moussa tenía el pelo negro y revuelto, y era el propietario de unas pupilas que salían de sus ojos como dos cuerdas aferradas a la realidad. Vivía en una humilde cabaña a orillas del Río Nilo, un hogar que él convirtió en un centro de cura para animales y hombres. Hoy me he acordado de él. Desapareció durante la revolución que derrocó al tirano Hosni Mubarak. Nunca más he sabido de él.

Puede que se encuentre en El Cairo. Puede que no. Una vez me contó que su sueño era remontar este cauce milagroso y llegar hasta las Montañas de la Luna para allí descansar. Pero siguió en su mundo, con su sonrisa y sus enormes ojos clavados en estas aguas turbulentas que cuando soplaba el viento convertía las gotas de humedad en un juego de dardos con las caras de los vivos.

El escritor surafricano J.M. Coetzee, escribió en su libro ‘En medio de ninguna parte’ que “el hombre se odia solamente por no atreverse a amar”. Moussa amaba este río. Hablaba con sus peces. Sonreía a las cabras. Acariciaba los árboles. Si esto es así no entiendo porqué nuestros ojos sólo ven tinieblas.

Fatoumata Diawara

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Las revueltas árabes

El escritor Joseph Conrad fue el retratista literario de África y su novela ‘El corazón de las tinieblas’ un artefacto sobrecogedor. Si el siglo XX empezó mal para el continente negro, el XXI parece discurrir por un sendero convulso, especialmente en los países árabes del norte africano y la parte suroccidental de Asia. Cientos de etnias malviviendo dentro de un territorio de más de 7. 800 kilómetros de extensión (desde La Güera en el Sáhara Occidental hasta la punta más oriental de Omán), partido en 22 estados -más el Sáhara y Palestina- trufados de dictadores y sátrapas sanguinarios, y habitado por casi 350 millones de personas. No es un jeroglífico fácil de resolver. 

Tinieblas demasiado espesas que están devorando a una región estigmatizada por los grupos extremistas, el choque de civilizaciones, la desigualdad social y el petróleo. Y las cifras se empeñan en avalar esta condena. En el espacio de 30 años, esta zona del planeta han padecido continuos enfrentamientos armados que han causado millones de muertos y han lanzado a los caminos a millones de refugiados. Un oscuro panorama cuyo corolario es la violencia extrema que, en algunos casos, como en la invasión estadounidense de Irak o en el irresoluto conflicto palestino-israelí llega a cotas de auténtico paroxismo. Una situación colectiva de estrés permanente que algún día tenía que estallar. 

En el mundo árabe (más Irán) se está librando ahora mismo la primera guerra de liberación del siglo XXI y los dueños del mundo (EEUU, Europa y China) no saben qué hacer. Los pueblos de Egipto y Túnez, dos modelos que debían servir de ejemplo para una convivencia y desarrollo pacífico en la región, han terminado sacando los ojos a los sátrapas que les gobernaban y ahora no se resignan a que potencias indefinidas les impongan nuevos dirigentes. 

En Libia, un dictador como Gaddafi, un personaje que encajaría a la perfección en el reparto espeluznante de papeles que dibujó Conrad en su obra, ha preferido provocar un baño de sangre antes de entregar su omnímodo poder. Yemen, Jordania, Yibuti, Gabón, Argelia e incluso Marruecos, sufren ya duras represiones por parte las temerosas autarquías gobernantes. También en el Sáhara Occidental comienza otra vez a escucharse ruido de sables por un referéndum que yace enterrado en las arenas del desierto. Ya no hay manera de sacar de los focos de la rabiosa actualidad o de malinterpretar los objetivos de una rebelión contra el estado de las cosas como la que está ocurriendo en el Magreb y el Máshreq árabe, más Irán (cuyo problema y futuro da para cien capítulos). 
Ni siquiera la rica Bahréin, donde Fernando Alonso ha ganado en tres ocasiones el gran premio de F-1 entre los aplausos acompasados del rey de España y una retahíla de nobles regionales, se libra del terremoto liberador que se ha puesto en marcha. El pequeño experimento político que lidera desde el fin del protectorado británico en 1971 la satrapía familiar Al Khalifah, Hamad ibn Isa en el puesto de monarca y su tío Khalifa bin Salman en el de primer ministro, es hoy un producto descompuesto moral y físicamente.
Ante este intrigante panorama, Barack Obama, el heredero de quienes gestaron este aluvión de revueltas populares contra los dictadores amigos, acaba de proclamar su “preocupación” por la evolución de los acontecimientos y ha exigido “respeto” a los derechos humanos. Poco más puede decir un hombre atrapado entre las dos formas de concebir el mundo que conviven en su sombra: los que defienden el viejo orden y los que desean sumarse al sentir popular para poder mantener la influencia de EEUU en la zona. 
Los portavoces, más o menos autorizados, de estas revueltas ya han advertido que la solución no es “sustituir un dictador por comercio”. Desde el corazón de las tinieblas árabes se hartan de decir que lo indispensable es democratizar su mundo, autonomía plena de organización según sus costumbres y competir en condiciones menos desfavorables con el resto de potencias. Hay ejemplos esperanzadores: En Egipto, el país más poderoso de la región, la sociedad ha respondido al Ejército que no quiere más imposiciones y que no tolerará un sólo nombre heredado del régimen de Mubarak en el gobierno de transición. 
También hay grandes peligros como Libia, donde un excéntrico ególatra como Gaddafi puede morir matando. El mundo observa con ojos sobresaltados el derrumbe del viejo orden. El temor al cambio desconocido. El conservadurismo genético del hombre. Una llama de protesta contra el consenso neoliberal ya ha prendido en el corazón industrial de EEUU. Algo está pasando. ¿Se disiparán las tinieblas o “la teoría del caos destructivo” que diseñó Washington para justificar su poder se extenderá a otras zonas del planeta?

Medaniya medaniya mush auzin askariya

Hay zonas del río Nilo en las que no hay cocodrilos. Un día conocí allí a un pastor que se llama, o quizá se llamaba, Moussa. Tenía 25 años y anhelaba estudiar veterinaria cuando la vida era visible en su país. Moussa tenía el pelo negro y revuelto, y era el propietario de unas pupilas que salían de sus ojos como dos cuerdas que la aferraban a la realidad. Vivía en una humilde cabaña a orillas del caudaloso cauce, un hogar que él convirtió en un centro de cura para animales y hombres. El lunes alguien comentó que no le encontraba. Que llevaba días desaparecido. Que sus cabras pastaban desperdigadas muy cerca de un área donde repostan los caimanes.
Puede que Moussa se encuentre en El Cairo. En la plaza Tahrir. O puede que no. Las bestias de Mubarak nunca fueron sus amigos. Un día me contó que su sueño era remontar el cauce milagroso del Nilo y llegar hasta las Montañas de la Luna para allí descansar. Pero siguió en su mundo, con su sonrisa y sus enormes ojos clavados en estas aguas turbulentas que cuando soplaba el viento convertía las gotas de humedad en un juego de dardos con las caras de los vivos. El escritor surafricano J.M. Coetzee, escribió en su libro ‘En medio de ninguna parte’ que “el hombre se odia solamente por no atreverse a amar”. Moussa amaba el río. Hablaba con sus peces. Sonreía a las cabras. Acariciaba los árboles. Si esto es así no entiendo porqué los ojos de Occidente, de neocons y diplomáticos, de petroleros y banqueros, de sionistas y cristianos, sólo ven tinieblas.

Sin nombrarla

Je voudrais, sans la nommer,
Vous parler d’elle
Comme d’une bien-aimée,
D’une infidèle,
Une fille bien vivante
Qui se réveille
A des lendemains qui chantent
Sous le soleil.
C’est elle que l’on matraque,
Que l’on poursuit que l’on traque.
C’est elle qui se soulève,
Qui souffre et se met en grève.
C’est elle qu’on emprisonne,
Qu’on trahit qu’on abandonne,
Qui nous donne envie de vivre,
Qui donne envie de la suivre
Jusqu’au bout, jusqu’au bout.
Je voudrais, sans la nommer,
Lui rendre hommage,
Jolie fleur du mois de mai
Ou fruit sauvage,
Une plante bien plantée
Sur ses deux jambes
Et qui trame en liberté
Ou bon lui semble.
Je voudrais, sans la nommer,
Vous parler d’elle.
Bien-aimée ou mal aimée,
Elle est fidèle
Et si vous voulez
Que je vous la présente,
On l’appelle
Révolution Permanente!
PD: “Y aquí llegó. Ondeada por los jóvenes árabes. Por hombres y mujeres sorprendentes, inesperados, maravillosos portadores de historia y de esperanza. Ignorada y olvidada por Europa. Espanto de cristianos sionistas y neocons. Ruina de espías y policías. Desconcierto de diplomáticos realistas y pragmáticos. Lejos también de Bakunin y Marx…. (Lluis Bassets)

Carta a la ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez

Ante la condescendencia de la UE con la actitud recalcitrante del dictador egipcio Hosni Mubarak de mantenerse en el poder. Ante el apoyo que ha dispuesto el Gobierno estadounidense al rais que ahora siembra el caos para justificar su decisión. Y, finalmente, ante el silencio desconcertante de la ministra de Asuntos Exteriores de España a la ejemplar protesta del pueblo egipcio, un grupo de personas libres, sin nombres ni adscripción política, ha decidido escribir esta carta y pedir vuestra adhesión:
Carta para enviar por email a la ministra de Asuntos Exteriores en apoyo del pueblo egipcio.

Estamos asistiendo, profundamente conmovidos, a los acontecimientos que se están produciendo en Egipto. Le escribo para pedirle que haga honor a los valores democráticos que nuestro Gobierno y su partido defienden y que exprese públicamente su apoyo incondicional al comportamiento ejemplar de la ciudadanía egipcia que reclama sus legítimos derechos y que exija la dimisión inmediata de Hosni Mubarak y la convocatoria de unas elecciones libres y justas que reflejen la voluntad del pueblo egipcio.
Muchas gracias.
Atentamente,
Nombre:
DNI:
Dirección:
Ciudad:
Distrito postal:
email: trinidad.jimenez@maec.es”

Decidir con libertad.