El viaje del hombre (IV): Mongoles

La mujer de la imagen pertenece a la etnia más expansionista de la historia de la humanidad. Es mongol y según se nos explica en el pie de foto, “cuida el ganado trashumante por la inmensas llanuras de su país”. La actual Mongolia poco o nada tiene que ver con el vasto Imperio que creció bajo el paraguas de Gengis Kan a partir del año 1206. Aquello sí que fue indecoroso. Casi 35 millones de kilómetros cuadrados de país, desde Corea hasta la orilla del Danubio incluido China e Irán, más de 100 millones de habitantes de los de entonces, y un sinfín de riquezas naturales que hoy volverían locos a los amos del universo financiero.
Pero a diferencia de los grandes imperios modernos, las conquistas de Kan jamás acarrearon la subordinación de otras culturas al estilo de vida mongol. Al contrario. Estaban ligadas a la destrucción en el caso de que encontraran resistencia pero si nadie se oponía se limitaban a saquearlas y se largaban con viento fresco. Nómadas patológicos, se convirtieron en un rodillo de la guerra. Hoy mantienen gran parte de las costumbres heredadas de aquella lejana época: Hombres y mujeres usan la misma vestimenta por lo que sigue siendo difícil diferenciarlos, y a los niños de tres años se los ata a sus caballos para enseñarles a montar. Por lo civil y lo criminal, como dijo aquel. 
Muy solidarios y comunitarios, el robo y las refriegas de bar prácticamente no entra en sus planes aunque el alcohol ha comenzado a causar estragos en barrios paupérrimos de la capital, Ulán Bator, desde la caida de la URSS, país que ejerció un proteccionismo descomunal sobre Mongolia durante la segunda mitad del siglo XX. La mujer de la foto trabaja bajo las temperaturas medias anuales más bajas del mundo. Hay días que sale a pastorear su ganado con -45 °C. Quizá esa fue una de las razones que empujaron a Gengis Kan a iniciar un viaje sin fin. Sólo con pensarlo se me hiela la sangre.
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El viaje del Hombre (III): Maoríes

Los maoríes tienen algo de duelistas. Miran con valentía y bailan con ardor guerrero alzando las manos, clavando los pies, flexionando las piernas, tensando el cuerpo, sacando la lengua y abriendo desorbitadamente los ojos como si en todo ello viajara el mensaje de su alma milenaria. “Tenei te tangata puhuru huru / nana nei i tiki mai / Whakawhiti te ra”, gritan sin tregua durante su baile de bienvenida, la haka, que parece un desafío provocador. Pero, en realidad, estas palabras indescifrables están talladas con un cincel hecho de tiempo: “Este es el hombre valiente / que trajo el sol / y lo hizo brillar de nuevo”.
El viaje del hombre muestra hoy a una de las etnias más intrépidas de la Tierra. Llegados a Nueva Zelanda en el siglo X procedentes de las islas Cook y Hawai, los maoríes se adentraron en las tormentas oceánicas abordo de enormes canoas como marineros intrépidos. El motivo era asentarse en un nuevo mundo, ampliar su horizonte, crecer. Y se encontraron un entorno evocador pero húmedo y tormentoso. No se arrugaron y plantaron cara al viento hasta lograr adaptar su economía y su organización social a unas condiciones ambientales hostiles para seguir viviendo. 
Pueblo de guerreros que practicaron el canibalismo, sufrieron a sangre y fuego los rigores de la colonización británica hasta el punto de quedar encerrados como ganado durante siglos en reservas como las de Te Ika, en Maui, la isla norte de Nueva Zelanda. Y se convirtieron en libertos, en venerables ciudadanos, en grandes ganaderos. Desde la noche de los tiempos, veneran el tatuaje facial por ser el soporte indestructible donde cada uno escribe su propia historia, su origen de casta, su identidad. Es su pasaporte a la eternidad.

El viaje del Hombre (II): Mapuches

El Viaje del Hombre se adentra hoy en las sensaciones, en la utopía de los sueños. La fotografía muestra a una joven mapuche, probablemente chilena, araucana, pehuenche. Su mirada muestra desazón. Está irritada. Su pueblo continúa la evacuación forzosa de las tierras que ocupaban desde la noche de los tiempos en aras de un mercantilismo desconcertante, el que sólo responde a los criterios monetarios de unos pocos terratenientes sin escrúpulos. 
Sus raíces originarias están clavadas en buena parte de Chile y en zonas agrestes de Argentina como la Pampa. Siguiendo la tradición ancestral indígena, la joven de la foto no será educada para hacer negocios, para amasar poder, para comprar con dinero el amor del mundo. Sus manos aprenderán el lenguaje de la Tierra. Y por eso será expulsada del paraíso en el que habita. En la ciudad le explicarán que olvide las fantasías de la infancia, los sueños de su juventud, que cuente sus secretos. Intentarán cambiarle el color de la piel o convertirla en un reclamo bucólico para turistas.
El desencadenante de este proceso fue la colonización española. La presión demográfica sobre los mapuches fue asfixiante y el control de las rutas comerciales, demoledor. A finales del siglo XIX, los estados argentino y chileno ocuparon sus territorios mediante operaciones militares sangrientas. Hoy, los mapuches se enfrentan a una discriminación racial y social alarmante. Según estadísticas oficiales, un número importante de ellos vive en la pobreza. Para ellos, las tinieblas avanzan en el sur de América.

El viaje del Hombre (I): Los oromos

Teníamos fácil señalar el punto de partida de este viaje alrededor del Hombre siguiendo la ruta del imaginario mapa que hoy desplegamos aquí: África es el origen de nuestra existencia. Allí fue donde hace 3 millones de años, el hombre se irguió sobre dos patas y comenzó la apasionante aventura en la que hoy nos encontramos. Un camino mutante, de transformación, de frustraciones, de superaciones. De adaptación y supervivencia, en definitiva. 
De ser unos pocos diablos a merced del medio nos hemos convertido en una tribu con más de 6.000 millones de individuos capaces de batirnos el cobre contra enemigos hostiles que en circunstancias normales nos hubieran aniquilado. Dominamos el medio, controlamos el tiempo y decidimos el camino en función de complejas variables. Es lo que nos diferencia del resto de habitantes de este planeta azul. 
La foto del día de esta nueva sección arranca en África, en Etiopía, en el lugar exacto que un día habitó el primer hombre y la primera mujer de los que tenemos conocimiento. Se trata de una joven oromo, el grupo étnico más numeroso del país. Una tribu nómada y relativamente hospitalitaria.

Hubo un tiempo que fueron tratados como ganado por el resto de etnias de la región. Les llamaban “Gallas”, un sobrenombre peyorativo que significa algo así como “los negacionistas” por su resistencia numantina a ser cristianizados e islamizados por los pueblos vecinos. Y este podría ser el origen de nuestro pecado original. Ya puestos, ¿por qué no humanizar la leyenda?. Este fue el motivo utilizado para expulsar a los oromos de la tierra de iniciación africana antes de terminar estableciendo una suerte de colonialismo sobre el resto de las etnias. Por las venas del emperador Haile Selassie, un personaje de excepción en la historia de Etiopía, corría sangre oromo. Una luz o una sombra en el amanecer del Hombre, según los ojos con los que se mire.
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