Es la desigualdad, estúpido

MADRID. 31-1-15. MARCHA DE PODEMOS. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

Hay palabras que de tanto usarlas difuminan su valor semántico. Por ejemplo, corrupción. Ahí tienen la cadena de nuevos casos que están apareciendo sin que afecte excesivamente a la intención de voto sondeado. Se ha convertido en una rutina ciudadana. Convivimos con la corrupción como con las alergias primaverales. Cada cierto tiempo se produce un brote agudo que nos alarma pero aceptamos su temporalidad para poder dormir sin sobresaltos. Algo similar sucede con el neoliberalismo. Es una expresión más desgastada que un canto rodado en medio de las cataratas del Iguazú. Cuando se trata de culpar al sistema de todos los males sociales que nos molestan sacamos el término y lo entendemos todo. “Eso se debe a la política neoliberal del Gobierno”. Lo mismo sucede con el populismo, el terrorismo, la seguridad y, si apuran, también con el paro. Nos quedamos en la discusión semántica y olvidamos su intención.

Carlos Pereda, un sociólogo con ética superlativa, establece en una entrevista publicada en el último número de La Marea la definición exacta del neoliberalismo sin alhajas, para que podamos calcular bien la dimensión de sus colmillos. “Es un ciclo de tendencia capitalista que tiende a la desigualdad creciente y que se aprovecha de los periodos de crisis para introducir recortes que en época de bonanza serían injustificables”, dice.

Es decir, lo que está sucediendo en España. La política económica del Gobierno de Mariano Rajoy se mueve en esta lógica de manera aplastante. En la acumulación y la desigualdad. No hay una sola mentira cuando nos anuncian que estamos saliendo de la crisis. Es absolutamente cierto que España crece hoy a un ritmo espectacular y que no nos engañan al asegurarnos que las perspectivas son aún mejores. Pero para el capital y el accionariado, no para el asalariado. En Madrid, el 40% de la renta que producen los madrileños se la quedan como beneficios las grandes empresas pero sus salarios no crecen. Y esto mismo sucede en todas las regiones del país. El 30% de los españoles con trabajo tiene un sueldo muy por debajo del salario interprofesional. Está al nivel de 1992 mientras que el 10% de los ricos han incrementado en un billón de euros su patrimonio. Esa es la realidad de España. El dinero fluye para la mayoría trabajadora porque lo aporta ella misma.

¿Cuál es la consecuencia? Que, en realidad, el paro se reduce debido a que gran parte de la gente emigra. Vayan sino a las estadísticas actualizadas de empadronamiento de Alemania y Reino Unido. Este dato está siendo estratégicamente enmascarado porque quienes ostentan el poder sobre la vida son hábiles con los datos.

Y así están ganando esta guerra de clases que hoy sufrimos. Observen el operativo de salvación del régimen de 1978 que han montado. A mi me parece brillante. Elevan hasta la estratosfera a Podemos y en un momento dado lo dejan caer mientras proyectan una imagen ideal de Ciudadanos, un partido con pinceladas racistas realmente peligrosas. El milagro de esta jugada magistral estriba, en mi opinión, en que han salvado un sistema en descomposición. La ciudadanía exigía una profunda limpieza y se está haciendo sin que los centros del poder real pierdan el control social. Aunque nos joda, nos están arrebatando la esperanza. En parte porque hemos vuelto a caer en el señuelo de la socialdemocracia y el equilibrio de las rentas para mantener su Estado del Bienestar. El resultado electoral que se vislumbra es el peor que muchos podíamos imaginar hace dos meses. El PP y el PSOE casi empatados, muy cerca de ellos Podemos y finalmente, Ciudadanos, cuarto. ¿Que le quedaría a la formación de Pablo Iglesias en este escenario? Casi nada.

Por eso creo que la estrategia de Podemos de no renunciar de una vez a su discurso “transversal”, en palabras de Íñigo Errejón, es un error mayúsculo y puede que definitivo para las aspiraciones de muchos ciudadanos de plantear una sociedad diferente . “Más Gramsci y menos Laclau”, dijo hace unos días Carlos Fernández Liria, que es lo mismo que decir menos pragmatismo electoral y más ideología porque estamos enfrascados en una lucha de clases sin cuartel. Y para no aturdirle con tanta vaina si es que usted, estimado lector, ha tenido el coraje de llegar hasta aquí, le confesaré que Syriza es el ejemplo a seguir.

Ellos están en plena batalla, aguantando todo tipo de ofensivas y amenazas por parte de los amos del sistema -las transnacionales y sus serviles medios de comunicación-, sin renunciar a sus objetivos originales. No admiten medias tintas, ni regalan Juego de Tronos, ni rebajan su programa. Con el sistema no se juguetea. Miren la socialdemocracia.

Mentiras piadosas

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El ministro de Defensa, Pedro Morenés, recibe al rey de Arabia Saudí, Salman bin Abdulaziz

La política se ha transformado en propaganda. Y los políticos, junto a otros que simulan no serlo, suelen desplegar campañas demoledoras sabedores de la efectividad que tienen sobre la opinión pública. Esa frase de “repítelo que algo queda” tiene más sentido del que queremos creer. Es la táctica defensiva. Un ejemplo es la omisión del nombre de Bárcenas en todas las comparecencias del Gobierno y su sustitución obsesiva por pronombres personales. La estrategia no era solamente mostrarnos el rostro victimista de quien se siente estafado por un bandolero escondido en las montañas. Lo que pretenden es enredar todo lo que puedan esa compleja trama de corrupción para aturdir al ciudadano que, aburrido y superado, termina olvidándolo todo para no enloquecer.

La maniobra de ahora se ha vuelto ofensiva. Quiero decir que van al ataque con todo lo disponible. Ahí está Venezuela, el dragón de su cuento, esa dictadura ominosa que saca a los niños de la cama a medianoche para fusilarlos al amanecer. Utilizan al país caribeño para mostrarnos su perfil patriótico más superlativo maquillado con algunos éxitos económicos. Como si los españoles fuéramos estúpidos.

Pero hagamos de Freud durante un instante para avanzar en la singular psicología de estos políticos y de un cierto sector de la prensa, especialmente de la televisión que es la que más daña a la verdad. Si se hurga en la llaga, veremos que esta ofensiva se alimenta de un victimismo primitivo basado en la permanente amenaza que, al final, suele tener éxito. Ellos, los políticos y sus seguidores, acaparan el Bien, un valor religioso, y por lo tanto están obligados a defender la identidad y la independencia de todos los ciudadanos. Por altruismo, se entiende.

Venezuela es la personificación del Leviatán en el imaginario publicitario de los medios de comunicación en España. Una especie de prodigio abisal que si lograra desplegar su tenebrosa sombra sobre nosotros y no estuvieran ellos para defendernos, sólo nos quedaría morirnos de terror en ese mismo instante, o mordernos las venas y aullar de pavor como maniacos.

Todo esto se realiza en sincronía coral con el Gobierno, algo inédito en la prensa de Europa. No importa el ridículo realizado por el ABC con su portada de Varoufakis y el infame titular que acompaña a la fotografía. De lo que no hablarán es de la hipocresía que encierra su súbita preocupación por los ciudadanos y los derechos humanos. Excepto medios digitales como La Marea y algún otro, se omite otra vez que el PP y el gobierno de España sigan haciendo suculentos negocios con el mismo país que hoy tratan de degradar hasta límites depravados. Por cierto, utilizan la misma artillería lingüística que cuando hablan de ETA. Lo mismo hicieron con Libia y Túnez mientras negociaban con dictaduras islamistas como Arabia Saudí y países como Bahrein, entre otros. Pero esto es bueno. Es el Bien.

Syriza, ¿es o no es IU?

Un artículo titulado “Syriza no es IU” firmado por Raúl Solís ha levantado una pequeña polvareda en el seno de la izquierda española, seducida por el programa de una formación con posibilidades reales de ganar las elecciones en Grecia del próximo 17 de junio y cambiar el curso actual de las cosas.

Christiane Amanpour entrevista a Tsipras en CNN

Por resumir la controversia que ha generado, el autor apunta que Izquierda Unida no es la formación homóloga de Syriza en España. Sus argumentos son rotundos. En primer lugar, dice que la Coalición de la Izquierda Radical griega rechaza “los sistemas productivistas tanto capitalistas como comunistas, y defiende los derechos humanos sin peros” también, por supuesto, los de los disidentes cubanos, el flanco más delicado y cuestionado de la izquierda española, especialmente del PCE. 

Además, alerta de la inclinación casi genética del comunismo a devorar iniciativas progresistas más o menos modernas que no dudan en descuartizarlas bajo el férreo dogma de las viejas estructuras políticas. Y pone un ejemplo: “La misma noche electoral, Izquierda Unida y el Partido Comunista de España (formación mayoritaria dentro de la coalición IU) trataron de apropiarse del triunfo de Syriza (…) y también del resultado del Partido Comunista Griego (KKE), sus verdaderos homólogos”.
Para el autor, sólo el Bloco de Esquerda portugués, la Liga Verde finlandesa, la Europa Ecológica francesa, el Partido de Izquierda sueco y el Groen belga están capacitados para empuñar las armas -programa y valores- con las que Coalición griega ha empezado a desafiar a los dueños de la UE. Según Solís, en España también tiene herederos: “Máis Galiza, Compromís, Iniciativa per Catalunya, Chunta Aragonesista, Partido Socialista de Mallorca-Entesa Verds, Nueva Canarias o Geroa Bai”.

¿Quién es Alexis Tsipras?

A este concienzudo análisis, sin embargo, le han salido enérgicos censores. Uno de ellos es un buen amigo con un intenso activismo político en Francia y España, ajeno a IU, para quien el artículo de Raúl Solís no soporta ni cinco minutos de reflexión. “Confunde IU con PCE (muestra de ignorancia o mala fe), compara Syriza con la Chunta o ICV (que se presentan con IU a las elecciones), y asegura que IU no es plurinacional (¿algún otro partido de ámbito estatal y con representación parlamentaria está a favor de la autodeterminación?)”, responde. 
Su crítica se vuelve incendiaria al repasar los referentes europeos del grupo izquierdista griego que apunta el autor del texto: “Miente al equiparar Syriza con la Europe Ecologie cuando debería hablar del Fornt de Gauce y el NPA”. Y concluye de forma lapidaria: “De hecho, la propia Syriza reconoce IU como su partido hermano en España”.
El tema de los derechos humanos “sin peros” y la disidencia cubana es otro asunto peliagudo que devuelve en forma de pregunta: “¿Se refiere a que en Cuba existe una disidencia sin derechos?” ¿No tienen derecho a expresarse? La realidad es que Yoani Sánchez escribe una vez a la semana en El País y no parece que le pase nada. Lo mismo sucede con las manifestaciones de las Damas de Blanco. ¿Habla de los derechos de gays y lesbianas? Creo que el cambio en Cuba en este tema es espectacular”. Pese a sus dudas sobre el sistema cubano prefiere citar los últimos comunicados de instituciones tan poco sospechosas de colaborar con La Habana como Amnistía Internacional y la Iglesia Católica coincidentes al indicar que en Cuba no hay presos políticos. 
Y termina: “No hay por donde coger el análisis de Raúl Solís, vamos, y mira que no milito en IU, pero mentir por mentir tampoco es lógico salvo que se trabaje en Intereconomía”. Lo que parece indiscutible es que Cayo Lara no es Alexis Tsipras pero también decían que el Titanic era indestructible y ya ven donde se encuentra.
Así que ahora paz y después gloria. Amén.
PD: Un grupo de ciudadanos españoles ha escrito esta carta al líder de Syriza. Referirme a ello es solidarizarme con su esfuerzo, su interés y su compromiso con unos ideales que comparto para cambiar las cosas. Piden vuestra firma y apoyo. Muchas gracias 
PD 2: La periodista griega Corina Vasilopoulou ha tenido la amabilidad de responder a este post. Su opinión es la siguiente: “Sí y no. En Syriza hay ex miembros del Partido Comunista (KKE), pero KKE sigue solo y considera a Syriza demasiado reformista”. Muchas gracias.
PD 3: Sobre la perspectivas que se abren con un Gobierno de Syriza tras las elecciones del próximo 17 de junio, los grandes medios europeos, la mayoría de ellos adscritos al statu quo imperante, pronostican una hecatombe para el pueblo griego y el resto de países con problemas como España e Italia. Nada más lejos de la realidad, a juicio de Christos Kefalis, ajedrecista griego y escritor. En un extenso artículo, Kafalis escribe sobre los movimientos bolivarianos en América Latina y su manera de emprender cambios radicales desde dentro del sistema: “La experiencia de Hugo Chávez en Venezuela (y de Rafael Correa en Ecuador) demuestran que con el apoyo de un movimiento de masas se pueden iniciar grandes cambios radicales utilizando el parlamento a modo de palanca”.

Elecciones: Vencedores y derrotados

Los pájaros cantan tras la tormenta ¿por qué no va a poder la gente deleitarse con la poca luz que les quede?” (Rose Kennedy)

Nada como el día siguiente de unas elecciones para calzarse el casco de la victoria (o de la derrota, da igual) para guiarnos en la gran Misión: salvarnos a todos del desplome del sistema en el que habitamos. Nada de actos de contrición sobre los excesos del capitalismo deshumanizado que nos llevado al desfiladero, de esa mayoría absolutista que representan PP y PSOE (el bipartidismo pactado) que tanto apabulla, contamina y descalifica a esas versiones soñadoras de la vida que tanta gracia les hace. Ha cambiado el color del país pero no el objetivo.

Todos buscan a estas horas por el bosque de las palabras aquellas expresiones que les permitan presentarse como los dueños de la razón práctica. La consigna ha sido difundida: El pueblo ha hablado y fuera del camino marcado, el que a muchos nos parece cleptómano y falsificador, no hay vida.

Los guías de la mercadotecnia dicen que la crisis económica es la que ha contribuido inmejorablemente a ese cambio de color peninsular. Pero hete aquí que viene Karl Popper, el gran liberal de ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, y les recuerda a quienes ayer ganaron y perdieron que no hay seguridad sin libertad. ¿Y qué significa eso en medio de este escenario político de ganadores y perdidos? Pues una impertinente reflexión que debería insuflar en el disco duro de la sociedad el veneno de la memoria activa frente a la suspensión de las conciencias, frente al virus de la indiferencia. 
Para desaliento de los que esperaban una sacudida del ánimo por el voto de castigo al partido que mal gobierna España, las primeras perspectivas no confirman sus soporíferas previsiones. Me temo que esta vez el éxito no será dejar que las cosas sigan su rumbo, es decir, permitir que el linchamiento del enemigo (es decir, de Zapatero y su descentrada visión del mundo) se convierta en la fiesta popular mientras los políticos a sueldo de los intereses de los especuladores continúan golpeando a una sociedad a la que tienen agarrada del cuello.
¿Qué hacer? Los perdedores llorar ante semejante fracaso y, si lo creen conveniente, preparar una catarsis colectiva que sirva para emborronar la cara a quienes sólo ven la causa de su derrota en “la difícil coyuntura que nos ha tocado vivir”. Pienso en Samuel Johnson y observo la clarivendencia de esta frase en la conducta del Gobierno: “Casi todo el absurdo de nuestra conducta es el resultado de imitar a aquellos a los que no podemos parecernos”.

Los ganadores están encantados de haberse conocido. Felicidades, pues. Toca escuchar sus carcajadas, sus deseos, su triunfo inapelable. Volverán a intentar anular cualquier esperanza de cambio real porque ya han comenzado la reconquista de aquella mayoría que les fue robada. No escuches eso, no pienses aquello, no pidas nada. No.

Nada hay más efectivo en este bonito cuento que apelar a la responsabilidad económica para justificar la prohibición de preguntas. Y, claro, ante el dilema de la bolsa o la vida que nos presentan como única forma de salvación general, las personas responsables eligen la bolsa. Todo sea por el bien de su esperanza.

Democracia, pero ¿cuál?

“Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos”. (Francois de la Rochefoucault)

Nunca tantas personas han creído menos en la política. El mundo ha cambiado y algunos soñamos con un regreso a la Ilustración, a una inventiva que convierta en arena las pedradas del pensamiento único imperante, un ideario cada vez más confuso, extravagante y peligroso.

Ayer se organizaron manifestaciones en muchas ciudades españolas para mostrar la disconformidad con la democracia en vigor, un sistema de libertades que despoja a los ciudadanos del placer de sentirse protagonistas, de participar en la gestión directa de los recursos. Fue una protesta contra la consigna del poder, esa que nos recomienda que es mejor ceder la capacidad de decisión a los astutos políticos de hoy en día y sumergirnos en lo efímero, en lo mío, en la indiferencia.

Decía Ryszard Kapuscinski refiriéndose al periodismo, que el cinismo es una actitud antihumana porque aleja este oficio de la gente corriente. Esta reflexión también podríamos aplicarla a la política. 

La idea más extendida es que vivimos sumergidos en un régimen de intereses económicos imposibles de modificar. Un darwinismo social que premia la practicidad y penaliza las utopías para crear un mundo de cobardía.

El problema es que en esta historia la izquierda da la impresión de no saber ni por donde sopla el aire. Su aceptación, casi entusiasta, del mercado con su moral del éxito y, sobre todo, su convicción de que la jugada maestra no es romper con el capitalismo sino gestionarlo, les deja en una disyuntiva paralizante ante la posibilidad de armar una alternativa transformadora. “Hay que aceptarlo, la izquierda no tiene hoy ni un proyecto atractivo ni un discurso potente”, escribió un día José Vidal-Beneyto. No le faltaba razón al fallecido sociólogo valenciano.

En esta campaña electoral anodina y calumniosa en la que nos encontramos es paradójico observar como los políticos escabullen o manipulan respuestas sobre la reducción del dinero invertido en sanidad, en educación, en servicios públicos. Lo enmascaran todo con hipérboles sobre el progreso. Pero hay evidencias que deberían servir para sacarles los colores a pocas horas de unas votaciones que, como siempre, son presentadas como la oportunidad de volver al paraíso terrenal. 
Nos aturden con cifras y promesas, con discursos trenzados sobre un pensamiento económico obsesionado con el déficit presupuestario en lugar de con el déficit social, cada vez más amplio e incorregible. Parecería razonable que al menos la izquierda política centrara su crítica en esta cuestión. Pero nada. El miedo les ha devorado. Tienen pánico a considerar fundamentales los asuntos sociales. Viven paralizados por el riesgo de ser estigmatizados por los timoneles del poder, por los expertos del FMI y los sesudos analistas del mercado como irresponsables y botarates. Qué finura de representación.
Pero ya lo advirtió Marcel Mauss: “Las formas humanas de intercambio no son reductibles a la ideología utilitarista”. Por lo tanto, siempre habrá quien se niegue a perder los sueños.  

Bildu y los favores de ETA

ETA ha logrado dos éxitos indudables con su siniestra existencia. El primero, fastidiar al pueblo, el más numeroso, el que sufre como una maldición los excesos de la política socioeconómica y del mercado libre imperante. El segundo, y no menos importante, dejar maltrecho al independentismo vasco como ideología perfectamente legítima.

Es decir, ETA se ha cargado con su inhumana presencia y su inconsistencia intelectual, los dos bastiones de su razón de ser. Y lo que es más grave. Con exhibicionismos públicos como el realizado esta semana por el dirigente de la banda, Ander Errandonea, al salir de prisión enarbolando una pancarta de Bildu, ETA estimula la misma unanimidad ambiental que muchos independentistas se esfuerzan en combatir, la que tilda de “cómplices del terror” a una agrupación electoral compuesta por mucha gente que rechaza la violencia (y doy fe de ello) y que quiere tener sus propios representantes políticos en las instituciones. 

Lo que hizo Errandonea es apagar el fuego de la perversión política con gasolina en un tema hipersensible, que divide y aterra. ¿O acaso ETA no es el principal contribuyente, con sus memorables comunicados e impúdicas exhibiciones, a la construcción de ese arbusto irracional que equipara independentismo con violencia? 
Josep Ramoneda escribió un día que este silogismo encierra un depravado juego de confusión destinado “a desacreditar a determinados movimientos sociales y a empequeñecer un poco más el espacio de lo políticamente posible”. Quería decir que la vertebración de España sólo la pueden garantizar el PP y el PSOE, pero que si se desea reducir un poco más el espectro hay que alistarse en el PP para neutralizar el riesgo creciente de secesión en el país. A la vista está el tirón popular que siguen teniendo los mensajes apocalípticos de políticos como Mayor Oreja.
Por eso no me explico cómo alguien de su entorno cercano no ha mandado a ETA de una vez por todas a hacer puñetas. Por aguafiestas. Por su visión maniquea del mundo. Puede ser que con sus arrogantes dirigentes no se pueda hablar de que la batalla de la libertad es mucho más amplia y global sin que ello signifique renunciar a identidades. Aquí nadie es dueño de las palabras. 
Gracias a gente como Errandonea, la selva electoral ha recuperado su aliento. La opción esperada por dinosaurios políticos como Mayor Oreja para navegar como catamaranes desbocados hacia el caladero del votante más duro e iracundo. Como si la vía policial fuera la respuesta a todas las dudas y evitara tener que preguntarnos al final del camino si detrás de ETA hay más razones que la lucha por la independencia de Euskadi. 

Encuestas electorales

Hay unanimidad. Lo más fiable de la política para calibrar el futuro electoral son las encuestas.

Soy de los que piensa que las elecciones deberían realizarse a base de sondeos demoscópicos, que suena como más científico e infalible. Nos ahorraríamos dilemas existenciales como el significado de la abstención y mantendríamos la compostura de que no tenemos nada que hacer para cambiar las cosas.

La metodología sería bien sencilla: se sacaría el bisturí social, se cazaría a dos mil o tres mil cobayas callejeras en una semana, se las machacaría a preguntas y ya sabríamos a qué presidente quiere el personal. Yo suelo prepararme todos los años por si, alguna vez, me toca una llamada de esas. Mi estrategia es que si, alguna vez me convierto en cobaya electoral y me preguntan a qué partido votaré, responderé con el nombre de un producto de limpieza –por eso de regenerar la vida política- y si el tipo pone cara de extrañeza le añadiré en plan psicoanalista: “¿Y usted?”. 

He llegado a la conclusión de que los encuestadores ni son de izquierdas ni de derechas y que ni siquiera votan. Eso sí, casi siempre son gente muy enrollada. Saben lo que tienen que hacer y no les gusta que el encuestado se salga por la tangente con respuestas demasiado largas.

Un buen amigo tiró un día de Platón y en medio de un sondeo le preguntó al pobre encuestador si creía que la opinión era más oscura que el conocimiento y más clara que la ignorancia. ¿Saben lo que le contestó? “Hombre por Dios, muchísimo más”. ¿….? 🙂

Quizá todo se deba a que las encuestas aportan muy buenos dividendos al Producto Interior Bruto. Para mantener vivo el sentido de su existencia, los malparados apelan a la volatilidad del voto, al alto porcentaje de indecisos y a la falta de honradez de los consultados. Y así se explican las causas de su incomprensión social. Y duermen tranquilos. A alguno de ellos comenzará a pasarle algo de esto próximamente. El momento se acerca.