La xenófoba Afd amarga la victoria de Merkel

AfD Holds Federal Congress

La eurodiputada de AfD, Beatrix von Storch. FOTO:Reuters

El avance de la extrema derecha en Alemania ensombrece el panorama de alianzas a las que deberá que enfrentarse la victoriosa Angela Merkel para gobernar sin sobresaltos. Por primera vez desde la II Guerra Mundial, un partido racista y xenófobo como Alternativa para Alemania (AfD) irrumpe en el Bundestag tras las elecciones federales y lo hace con una fuerza arrolladora: con el 13% de los votos y 93 de los 690 diputados. Con estos resultados sobre la mesa, no resulta extraño que se hayan accionado todas las alarmas en un país hipersensibilizado con las ideologías que exaltan la pureza de la raza aria y su destino manifiesto, especialmente las de la minorías turcas y judías que ven en su florecimiento una especie de resurrección del nazismo.

La AfD, que ayer juró y perjuró que los mensajes xenófobos difundidos durante la campaña no van dirigidos contra judíos ni musulmanes sino contra la migración descontrolada, se ha felicitado por el éxito en medio de profundas divisiones internas. La más evidente se produjo durante la rueda de prensa de ayer cuando su copresidenta, la empresaria Frauke Petry, anunció por sorpresa que no formará parte del grupo parlamentario de su partido. Petry se levantó de la silla que ocupaba y dejó plantados a sus compañeros de formación en el preciso momento en el que trataban de responder a los recelos que sus resultados han provocado en la sociedad alemana. Con cara de palo, el candidato ultraderechista a la cancillería germana, Alexander Gauland, sólo acertó a decir amenazante que “vamos a acosar al gobierno. Vamos a por Angela Merkel”.

Los analistas se estrujaban ayer las meninges para dar una explicación razonable sobre el espectacular crecimiento electoral de la ultraderecha y la conclusión más generalizada es que la mayoría de los votantes de la AfD no son simpatizantes neonazis “sino gente desencantada con Merkel y que está contra la migración y el sistema político en general”, explicaba ayer en su edición especial la prestigiosa revista Der Spiegel.

Divididos o no, la irrupción de la ultraderecha en el Bundestag ha supuesto un trago amargo para la indiscutible ganadora, la CDU de Angela Merkel, debilitada en esta ocasión por la política migratoria. Los optimistas democristianos celebraban ayer que, pese al desgaste sufrido por la Canciller, el suyo ha vuelto a ser una contundente victoria, la cuarta desde 2005. El 33% de los votos y los 239 escaños logrados, permiten al CDU volver a formar un gobierno de coalición pero ahora con las opciones limitadas a una única combinación, la que presumiblemente alcanzará con los liberales del FDP, 10,4 % de votos y 77 diputados; y Los Verdes, 9% y 65 asientos.

Los socialdemócratas del SPD se autoexcluyeron de cualquier alianza con la CDU tras conocer su estrepitosa debacle, el 20,8% de los sufragios emitidos y 150 diputados, cinco puntos menos que en 2013. El descalabro sufrido Martin Schulz, cuyo resultado es el peor de la SPD desde 1945, deja en una situación crítica al partido más antiguo de Alemania y el referente ideológico para toda la socialdemocracia europea. Al igual que está sucediendo en otros países europeos en los últimos años de crisis social en el seno de la UE, el electorado ha vuelto a escorarse hacia los partidos extremistas de derecha. En la izquierda, sólo la fuerza radical Die Linke, que obtuvo el 9% de los votos y 66 escaños, logró aguantar el tipo ante el retroceso apabullante del bloque progresista.

Todos daban por descontado que Angela Merkel consolidaría su cuarta victoria consecutiva al frente del partido conservador. Después de doce años de gobierno, muchos auguraban un descenso de apoyo pero el 33% cosechado por la Canciller%, ocho puntos menos que en 2013, es el peor resultado de su dilatada historia y el más bajo de la CDU desde 1949. Todo un síntoma de que la agonía puede haber comenzado.
Pero Merkel es un panzer político que parece crecerse ante las adversidades. En su primera comparecencia tras la jornada electoral anunció que su objetivo inmediato es “recuperar el millón de votos que han ido a parar a la ultraderecha a través de una buena política que soluciones los problemas de la gente”. Sonriente, la canciller indicó con una seguridad apabullante que sabrá encajar las piezas del puzzle para formar un gobierno estable.

Publicado en El Telégrafo

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Alemania, a las urnas

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Contra las apariencias y leyendas que acompañan al pueblo germano, la experiencia no lo es todo en Alemania. Eso debe pensar Martin Schulz, el candidato del Partido Socialdemócrata alemán (SPD) a ocupar la Cancillería de su país tras las elecciones de hoy, al comprobar que ni la destreza mostrada en sus cinco años al frente de la Eurocámara ni la asombrosa capacidad de adaptación de su partido le están sirviendo para recortar la distancia sideral que le lleva Ángela Merkel en todos los sondeos. “Quien se guía por las encuestas, renuncia a sus principios y se acomoda. Yo no hago eso”, declaró hace unos días en una entrevista al canal internacional germano Deutsche Welle.

Pero las cifras no admiten discusión. Los sondeos sitúan al partido de Schulz entre el 20% y 24% de los votos, una cruel horquilla que separa el hundimiento total de una dulce derrota pero derrota al fin y al cabo. Si hoy no supera el récord negativo de 23 puntos obtenidos por el SPD en 2009 será su tumba política pero si iguala el 25% logrado por Peer Steinbrück hace cuatro años le quedará el consuelo de culpar a los efectos perniciosos de haber sido el socio minoritario de los gobiernos de Merkel durante los últimos 12 años. Pese a que en política nadie puede dar por perdida unas elecciones de antemano, lo de plantar cara a la democristiana CDU de Merkel se antoja para la SPD de Schulz como un sueño irrealizable. Su desventaja alcanza ya guarismos desorbitados, hasta de 16 puntos, que sitúan a la socialdemocracia germana al borde del despeñadero.

A falta de argumentos convincentes para mantener la moral de su tropa persuadida con la remontada, el ex presidente de la Eurocámara ha comenzado a atizar la quimera de los indecisos, un ejército de votantes que, según el instituto Allensbach, representan el 40% del electorado. Schulz defiende que gran parte de esas boletas inciertas finalmente caerán de su lado para convertirle hoy en el nuevo canciller de Alemania.

No deja de parecer la reacción de un náufrago sentenciado. Un rotativo alemán comparaba esta semana su afán de superación con la que mostraba Hitler en una escena de la película El ocaso en la que, con todo perdido, explicaba a su Alto Mando como los soldados del general Wenck podían romper el sitio definitivo del Ejército Rojo sobre Berlín y ganar la guerra.

Más allá de comparaciones más o menos acertadas, el problema que ha encontrado el SPD para convertirse en una fuerza real de gobierno en Alemania no ha sido la figura un tanto desgastada de Schulz ni siquiera la falta de credibilidad de su desesperado mensaje por recuperar los principios de justicia social que encumbraron a la socialdemocracia como la mejor alternativa al liberalismo estadounidense y al comunismo soviético después de la II Guerra Mundial. Los analistas no dudan que el pecado mortal del SPD es que ha sido socio minoritario de Merkel en la Grasse Koalition (Gran Coalición) durante dos legislaturas. Es más, algunos de los más reputados especialistas en política germana aseguran que si la actual canciller se convirtió en 2005 en la primera mujer en llegar al poder en la historia del país se debió, en parte, al descontento provocado en la clase trabajadora los severos recortes al Estado del Bienestar realizados por su antecesor, Gerhard Schröder.

Aunque a principios de este año se anunció que el candidato del SPD sería Martin Schulz, los socialdemócratas vivieron un renacer maravilloso donde incluso los sondeos llegaron a ponerles casi a la par del bloque conservador que representan el CDU y el CSU liderado por Merkel. Pero todo resultó como la eclosión de flores en primavera. Transcurridas unas pocas semanas el efecto Schulz se evaporó y prueba de ello fueron los resultados catastróficos obtenidos por el SPD en tres elecciones regionales de indudable importancia moral para los socialdemócratas. Desde entonces, el esfuerzo del ex presidente del Parlamento europeo ha sido colocar en el centro del debate la justicia social aunque con escaso éxito.

Por su izquierda hay un partido que le ha despojado de ese discurso como el Die Linke, que se juega el tercer puesto en el Bundestag, el Parlamento alemán, con el Partido Demócrata Liberal (FDP), la derechista y xenófoba AfD, y los ecologistas Verdes. Por si fuera poco, los socialdemócratas alemanes han seguido cayendo en la misma indecisión de sus últimas y sonoras derrotas sobre su propuesta concreta de cambio en la política social, quizás, para no ahuyentar al electorado más centrista del partido. Y a nivel interno, ni siquiera se plantea la fórmula de intentar buscar una alianza de gobierno con los Verdes y Die Linke. Una opción que muy probablemente existirá en el Bundestag tras la reconfiguración de 630 escaños que emanen de las elecciones de hoy. Una alternativa matemática pero no política. Y es que la mayoría de los que casi 45 millones de alemanes que acudan a las urnas defienden esta peculiar estabilidad que encarna la canciller Angela Merkel. Incluso se inclinan por la continuación de la Gran Coalición.

El único debate televisado entre los dos principales candidatos celebrado hace dos semanas, la actual jefa de Gobierno y su principal rival dejaron claro que sus respectivos partidos están atrapados en la alianza que forjaron en 2005. Al SPD de Martin Schulz le falta fuerza propia y al CDU/CSU de Merkel un poco de coraje para romper ese consenso.

Publicado en El Telégrafo

Es la desigualdad, estúpido

MADRID. 31-1-15. MARCHA DE PODEMOS. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

Hay palabras que de tanto usarlas difuminan su valor semántico. Por ejemplo, corrupción. Ahí tienen la cadena de nuevos casos que están apareciendo sin que afecte excesivamente a la intención de voto sondeado. Se ha convertido en una rutina ciudadana. Convivimos con la corrupción como con las alergias primaverales. Cada cierto tiempo se produce un brote agudo que nos alarma pero aceptamos su temporalidad para poder dormir sin sobresaltos. Algo similar sucede con el neoliberalismo. Es una expresión más desgastada que un canto rodado en medio de las cataratas del Iguazú. Cuando se trata de culpar al sistema de todos los males sociales que nos molestan sacamos el término y lo entendemos todo. “Eso se debe a la política neoliberal del Gobierno”. Lo mismo sucede con el populismo, el terrorismo, la seguridad y, si apuran, también con el paro. Nos quedamos en la discusión semántica y olvidamos su intención.

Carlos Pereda, un sociólogo con ética superlativa, establece en una entrevista publicada en el último número de La Marea la definición exacta del neoliberalismo sin alhajas, para que podamos calcular bien la dimensión de sus colmillos. “Es un ciclo de tendencia capitalista que tiende a la desigualdad creciente y que se aprovecha de los periodos de crisis para introducir recortes que en época de bonanza serían injustificables”, dice.

Es decir, lo que está sucediendo en España. La política económica del Gobierno de Mariano Rajoy se mueve en esta lógica de manera aplastante. En la acumulación y la desigualdad. No hay una sola mentira cuando nos anuncian que estamos saliendo de la crisis. Es absolutamente cierto que España crece hoy a un ritmo espectacular y que no nos engañan al asegurarnos que las perspectivas son aún mejores. Pero para el capital y el accionariado, no para el asalariado. En Madrid, el 40% de la renta que producen los madrileños se la quedan como beneficios las grandes empresas pero sus salarios no crecen. Y esto mismo sucede en todas las regiones del país. El 30% de los españoles con trabajo tiene un sueldo muy por debajo del salario interprofesional. Está al nivel de 1992 mientras que el 10% de los ricos han incrementado en un billón de euros su patrimonio. Esa es la realidad de España. El dinero fluye para la mayoría trabajadora porque lo aporta ella misma.

¿Cuál es la consecuencia? Que, en realidad, el paro se reduce debido a que gran parte de la gente emigra. Vayan sino a las estadísticas actualizadas de empadronamiento de Alemania y Reino Unido. Este dato está siendo estratégicamente enmascarado porque quienes ostentan el poder sobre la vida son hábiles con los datos.

Y así están ganando esta guerra de clases que hoy sufrimos. Observen el operativo de salvación del régimen de 1978 que han montado. A mi me parece brillante. Elevan hasta la estratosfera a Podemos y en un momento dado lo dejan caer mientras proyectan una imagen ideal de Ciudadanos, un partido con pinceladas racistas realmente peligrosas. El milagro de esta jugada magistral estriba, en mi opinión, en que han salvado un sistema en descomposición. La ciudadanía exigía una profunda limpieza y se está haciendo sin que los centros del poder real pierdan el control social. Aunque nos joda, nos están arrebatando la esperanza. En parte porque hemos vuelto a caer en el señuelo de la socialdemocracia y el equilibrio de las rentas para mantener su Estado del Bienestar. El resultado electoral que se vislumbra es el peor que muchos podíamos imaginar hace dos meses. El PP y el PSOE casi empatados, muy cerca de ellos Podemos y finalmente, Ciudadanos, cuarto. ¿Que le quedaría a la formación de Pablo Iglesias en este escenario? Casi nada.

Por eso creo que la estrategia de Podemos de no renunciar de una vez a su discurso “transversal”, en palabras de Íñigo Errejón, es un error mayúsculo y puede que definitivo para las aspiraciones de muchos ciudadanos de plantear una sociedad diferente . “Más Gramsci y menos Laclau”, dijo hace unos días Carlos Fernández Liria, que es lo mismo que decir menos pragmatismo electoral y más ideología porque estamos enfrascados en una lucha de clases sin cuartel. Y para no aturdirle con tanta vaina si es que usted, estimado lector, ha tenido el coraje de llegar hasta aquí, le confesaré que Syriza es el ejemplo a seguir.

Ellos están en plena batalla, aguantando todo tipo de ofensivas y amenazas por parte de los amos del sistema -las transnacionales y sus serviles medios de comunicación-, sin renunciar a sus objetivos originales. No admiten medias tintas, ni regalan Juego de Tronos, ni rebajan su programa. Con el sistema no se juguetea. Miren la socialdemocracia.

Mentiras piadosas

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El ministro de Defensa, Pedro Morenés, recibe al rey de Arabia Saudí, Salman bin Abdulaziz

La política se ha transformado en propaganda. Y los políticos, junto a otros que simulan no serlo, suelen desplegar campañas demoledoras sabedores de la efectividad que tienen sobre la opinión pública. Esa frase de “repítelo que algo queda” tiene más sentido del que queremos creer. Es la táctica defensiva. Un ejemplo es la omisión del nombre de Bárcenas en todas las comparecencias del Gobierno y su sustitución obsesiva por pronombres personales. La estrategia no era solamente mostrarnos el rostro victimista de quien se siente estafado por un bandolero escondido en las montañas. Lo que pretenden es enredar todo lo que puedan esa compleja trama de corrupción para aturdir al ciudadano que, aburrido y superado, termina olvidándolo todo para no enloquecer.

La maniobra de ahora se ha vuelto ofensiva. Quiero decir que van al ataque con todo lo disponible. Ahí está Venezuela, el dragón de su cuento, esa dictadura ominosa que saca a los niños de la cama a medianoche para fusilarlos al amanecer. Utilizan al país caribeño para mostrarnos su perfil patriótico más superlativo maquillado con algunos éxitos económicos. Como si los españoles fuéramos estúpidos.

Pero hagamos de Freud durante un instante para avanzar en la singular psicología de estos políticos y de un cierto sector de la prensa, especialmente de la televisión que es la que más daña a la verdad. Si se hurga en la llaga, veremos que esta ofensiva se alimenta de un victimismo primitivo basado en la permanente amenaza que, al final, suele tener éxito. Ellos, los políticos y sus seguidores, acaparan el Bien, un valor religioso, y por lo tanto están obligados a defender la identidad y la independencia de todos los ciudadanos. Por altruismo, se entiende.

Venezuela es la personificación del Leviatán en el imaginario publicitario de los medios de comunicación en España. Una especie de prodigio abisal que si lograra desplegar su tenebrosa sombra sobre nosotros y no estuvieran ellos para defendernos, sólo nos quedaría morirnos de terror en ese mismo instante, o mordernos las venas y aullar de pavor como maniacos.

Todo esto se realiza en sincronía coral con el Gobierno, algo inédito en la prensa de Europa. No importa el ridículo realizado por el ABC con su portada de Varoufakis y el infame titular que acompaña a la fotografía. De lo que no hablarán es de la hipocresía que encierra su súbita preocupación por los ciudadanos y los derechos humanos. Excepto medios digitales como La Marea y algún otro, se omite otra vez que el PP y el gobierno de España sigan haciendo suculentos negocios con el mismo país que hoy tratan de degradar hasta límites depravados. Por cierto, utilizan la misma artillería lingüística que cuando hablan de ETA. Lo mismo hicieron con Libia y Túnez mientras negociaban con dictaduras islamistas como Arabia Saudí y países como Bahrein, entre otros. Pero esto es bueno. Es el Bien.

Syriza, ¿es o no es IU?

Un artículo titulado “Syriza no es IU” firmado por Raúl Solís ha levantado una pequeña polvareda en el seno de la izquierda española, seducida por el programa de una formación con posibilidades reales de ganar las elecciones en Grecia del próximo 17 de junio y cambiar el curso actual de las cosas.

Christiane Amanpour entrevista a Tsipras en CNN

Por resumir la controversia que ha generado, el autor apunta que Izquierda Unida no es la formación homóloga de Syriza en España. Sus argumentos son rotundos. En primer lugar, dice que la Coalición de la Izquierda Radical griega rechaza “los sistemas productivistas tanto capitalistas como comunistas, y defiende los derechos humanos sin peros” también, por supuesto, los de los disidentes cubanos, el flanco más delicado y cuestionado de la izquierda española, especialmente del PCE. 

Además, alerta de la inclinación casi genética del comunismo a devorar iniciativas progresistas más o menos modernas que no dudan en descuartizarlas bajo el férreo dogma de las viejas estructuras políticas. Y pone un ejemplo: “La misma noche electoral, Izquierda Unida y el Partido Comunista de España (formación mayoritaria dentro de la coalición IU) trataron de apropiarse del triunfo de Syriza (…) y también del resultado del Partido Comunista Griego (KKE), sus verdaderos homólogos”.
Para el autor, sólo el Bloco de Esquerda portugués, la Liga Verde finlandesa, la Europa Ecológica francesa, el Partido de Izquierda sueco y el Groen belga están capacitados para empuñar las armas -programa y valores- con las que Coalición griega ha empezado a desafiar a los dueños de la UE. Según Solís, en España también tiene herederos: “Máis Galiza, Compromís, Iniciativa per Catalunya, Chunta Aragonesista, Partido Socialista de Mallorca-Entesa Verds, Nueva Canarias o Geroa Bai”.

¿Quién es Alexis Tsipras?

A este concienzudo análisis, sin embargo, le han salido enérgicos censores. Uno de ellos es un buen amigo con un intenso activismo político en Francia y España, ajeno a IU, para quien el artículo de Raúl Solís no soporta ni cinco minutos de reflexión. “Confunde IU con PCE (muestra de ignorancia o mala fe), compara Syriza con la Chunta o ICV (que se presentan con IU a las elecciones), y asegura que IU no es plurinacional (¿algún otro partido de ámbito estatal y con representación parlamentaria está a favor de la autodeterminación?)”, responde. 
Su crítica se vuelve incendiaria al repasar los referentes europeos del grupo izquierdista griego que apunta el autor del texto: “Miente al equiparar Syriza con la Europe Ecologie cuando debería hablar del Fornt de Gauce y el NPA”. Y concluye de forma lapidaria: “De hecho, la propia Syriza reconoce IU como su partido hermano en España”.
El tema de los derechos humanos “sin peros” y la disidencia cubana es otro asunto peliagudo que devuelve en forma de pregunta: “¿Se refiere a que en Cuba existe una disidencia sin derechos?” ¿No tienen derecho a expresarse? La realidad es que Yoani Sánchez escribe una vez a la semana en El País y no parece que le pase nada. Lo mismo sucede con las manifestaciones de las Damas de Blanco. ¿Habla de los derechos de gays y lesbianas? Creo que el cambio en Cuba en este tema es espectacular”. Pese a sus dudas sobre el sistema cubano prefiere citar los últimos comunicados de instituciones tan poco sospechosas de colaborar con La Habana como Amnistía Internacional y la Iglesia Católica coincidentes al indicar que en Cuba no hay presos políticos. 
Y termina: “No hay por donde coger el análisis de Raúl Solís, vamos, y mira que no milito en IU, pero mentir por mentir tampoco es lógico salvo que se trabaje en Intereconomía”. Lo que parece indiscutible es que Cayo Lara no es Alexis Tsipras pero también decían que el Titanic era indestructible y ya ven donde se encuentra.
Así que ahora paz y después gloria. Amén.
PD: Un grupo de ciudadanos españoles ha escrito esta carta al líder de Syriza. Referirme a ello es solidarizarme con su esfuerzo, su interés y su compromiso con unos ideales que comparto para cambiar las cosas. Piden vuestra firma y apoyo. Muchas gracias 
PD 2: La periodista griega Corina Vasilopoulou ha tenido la amabilidad de responder a este post. Su opinión es la siguiente: “Sí y no. En Syriza hay ex miembros del Partido Comunista (KKE), pero KKE sigue solo y considera a Syriza demasiado reformista”. Muchas gracias.
PD 3: Sobre la perspectivas que se abren con un Gobierno de Syriza tras las elecciones del próximo 17 de junio, los grandes medios europeos, la mayoría de ellos adscritos al statu quo imperante, pronostican una hecatombe para el pueblo griego y el resto de países con problemas como España e Italia. Nada más lejos de la realidad, a juicio de Christos Kefalis, ajedrecista griego y escritor. En un extenso artículo, Kafalis escribe sobre los movimientos bolivarianos en América Latina y su manera de emprender cambios radicales desde dentro del sistema: “La experiencia de Hugo Chávez en Venezuela (y de Rafael Correa en Ecuador) demuestran que con el apoyo de un movimiento de masas se pueden iniciar grandes cambios radicales utilizando el parlamento a modo de palanca”.

Elecciones: Vencedores y derrotados

Los pájaros cantan tras la tormenta ¿por qué no va a poder la gente deleitarse con la poca luz que les quede?” (Rose Kennedy)

Nada como el día siguiente de unas elecciones para calzarse el casco de la victoria (o de la derrota, da igual) para guiarnos en la gran Misión: salvarnos a todos del desplome del sistema en el que habitamos. Nada de actos de contrición sobre los excesos del capitalismo deshumanizado que nos llevado al desfiladero, de esa mayoría absolutista que representan PP y PSOE (el bipartidismo pactado) que tanto apabulla, contamina y descalifica a esas versiones soñadoras de la vida que tanta gracia les hace. Ha cambiado el color del país pero no el objetivo.

Todos buscan a estas horas por el bosque de las palabras aquellas expresiones que les permitan presentarse como los dueños de la razón práctica. La consigna ha sido difundida: El pueblo ha hablado y fuera del camino marcado, el que a muchos nos parece cleptómano y falsificador, no hay vida.

Los guías de la mercadotecnia dicen que la crisis económica es la que ha contribuido inmejorablemente a ese cambio de color peninsular. Pero hete aquí que viene Karl Popper, el gran liberal de ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, y les recuerda a quienes ayer ganaron y perdieron que no hay seguridad sin libertad. ¿Y qué significa eso en medio de este escenario político de ganadores y perdidos? Pues una impertinente reflexión que debería insuflar en el disco duro de la sociedad el veneno de la memoria activa frente a la suspensión de las conciencias, frente al virus de la indiferencia. 
Para desaliento de los que esperaban una sacudida del ánimo por el voto de castigo al partido que mal gobierna España, las primeras perspectivas no confirman sus soporíferas previsiones. Me temo que esta vez el éxito no será dejar que las cosas sigan su rumbo, es decir, permitir que el linchamiento del enemigo (es decir, de Zapatero y su descentrada visión del mundo) se convierta en la fiesta popular mientras los políticos a sueldo de los intereses de los especuladores continúan golpeando a una sociedad a la que tienen agarrada del cuello.
¿Qué hacer? Los perdedores llorar ante semejante fracaso y, si lo creen conveniente, preparar una catarsis colectiva que sirva para emborronar la cara a quienes sólo ven la causa de su derrota en “la difícil coyuntura que nos ha tocado vivir”. Pienso en Samuel Johnson y observo la clarivendencia de esta frase en la conducta del Gobierno: “Casi todo el absurdo de nuestra conducta es el resultado de imitar a aquellos a los que no podemos parecernos”.

Los ganadores están encantados de haberse conocido. Felicidades, pues. Toca escuchar sus carcajadas, sus deseos, su triunfo inapelable. Volverán a intentar anular cualquier esperanza de cambio real porque ya han comenzado la reconquista de aquella mayoría que les fue robada. No escuches eso, no pienses aquello, no pidas nada. No.

Nada hay más efectivo en este bonito cuento que apelar a la responsabilidad económica para justificar la prohibición de preguntas. Y, claro, ante el dilema de la bolsa o la vida que nos presentan como única forma de salvación general, las personas responsables eligen la bolsa. Todo sea por el bien de su esperanza.

Democracia, pero ¿cuál?

“Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos”. (Francois de la Rochefoucault)

Nunca tantas personas han creído menos en la política. El mundo ha cambiado y algunos soñamos con un regreso a la Ilustración, a una inventiva que convierta en arena las pedradas del pensamiento único imperante, un ideario cada vez más confuso, extravagante y peligroso.

Ayer se organizaron manifestaciones en muchas ciudades españolas para mostrar la disconformidad con la democracia en vigor, un sistema de libertades que despoja a los ciudadanos del placer de sentirse protagonistas, de participar en la gestión directa de los recursos. Fue una protesta contra la consigna del poder, esa que nos recomienda que es mejor ceder la capacidad de decisión a los astutos políticos de hoy en día y sumergirnos en lo efímero, en lo mío, en la indiferencia.

Decía Ryszard Kapuscinski refiriéndose al periodismo, que el cinismo es una actitud antihumana porque aleja este oficio de la gente corriente. Esta reflexión también podríamos aplicarla a la política. 

La idea más extendida es que vivimos sumergidos en un régimen de intereses económicos imposibles de modificar. Un darwinismo social que premia la practicidad y penaliza las utopías para crear un mundo de cobardía.

El problema es que en esta historia la izquierda da la impresión de no saber ni por donde sopla el aire. Su aceptación, casi entusiasta, del mercado con su moral del éxito y, sobre todo, su convicción de que la jugada maestra no es romper con el capitalismo sino gestionarlo, les deja en una disyuntiva paralizante ante la posibilidad de armar una alternativa transformadora. “Hay que aceptarlo, la izquierda no tiene hoy ni un proyecto atractivo ni un discurso potente”, escribió un día José Vidal-Beneyto. No le faltaba razón al fallecido sociólogo valenciano.

En esta campaña electoral anodina y calumniosa en la que nos encontramos es paradójico observar como los políticos escabullen o manipulan respuestas sobre la reducción del dinero invertido en sanidad, en educación, en servicios públicos. Lo enmascaran todo con hipérboles sobre el progreso. Pero hay evidencias que deberían servir para sacarles los colores a pocas horas de unas votaciones que, como siempre, son presentadas como la oportunidad de volver al paraíso terrenal. 
Nos aturden con cifras y promesas, con discursos trenzados sobre un pensamiento económico obsesionado con el déficit presupuestario en lugar de con el déficit social, cada vez más amplio e incorregible. Parecería razonable que al menos la izquierda política centrara su crítica en esta cuestión. Pero nada. El miedo les ha devorado. Tienen pánico a considerar fundamentales los asuntos sociales. Viven paralizados por el riesgo de ser estigmatizados por los timoneles del poder, por los expertos del FMI y los sesudos analistas del mercado como irresponsables y botarates. Qué finura de representación.
Pero ya lo advirtió Marcel Mauss: “Las formas humanas de intercambio no son reductibles a la ideología utilitarista”. Por lo tanto, siempre habrá quien se niegue a perder los sueños.