Una libreta en la mochila

 

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Esta mañana he sacado la mochila del armario, he doblado los jerseys, los pantalones y guardado los calcetines, las camisetas y un neceser liviano. En la mochila todavía guardo pequeñas piedras de lugares que no quiero olvidar. Hay una que cogí en la caldera muerta del volcán Cotacachi, en Ecuador; otra de Babilonia, un pedacito de la calzada romana que me regaló un restaurador alemán en Roma y tengo un minúsculo canto rodado que encontré en una playa apartada muy cerca del lugar donde nací. Las guardo como si fueran blasones de mi propia estirpe.

También llevo una libreta y “El bar de las grandes esperanzas”, de J. R. Moehringer, un libro sobre gente adoptada por un bar. Así de preparado voy. La sensación más extraña ha sido cuando me he colocado la bolsa en la espalda y me he puesto frente al espejo. Aunque la mochila siempre me anima a perdernos juntos por este mundo fantástico, hoy me he mirado a los ojos y he visto que me hago viejo. Siempre ocurre lo mismo cuando llega el momento de partir: La duda en uno mismo frente el deseo de ir a lugares que uno quiere conocer. Esta noche me tomaré una cerveza para darme cuenta de que el tiempo no se detiene y que el alma quiere regresar al cuerpo. Me voy. Lo próximo, supongo, que será distinto.

He pensado durante el viaje que hace unos meses dejé de escribir el relato que empecé sobre Ana, la mujer imaginaria que me colocó frente al tribunal de mi ritmo vital y que, una vez logrado, se retiró paciente a esperar. Creo no excederme si hablo de que lo he vivido como un tiempo de ausencia. Un alejamiento natural que se ajusta a varias razones que ahora no conviene explicar. El caso es que llevaba unos cuantos días pensando seriamente en recuperar ese cuento, como si hilando de nuevo aquella historia pudiera reabrir esa puerta maravillosa que permite huir de los abismos cotidianos que sacuden la realidad. A menudo juego con la idea de la huida, sobre todo cuando las cosas sobrevienen mal, aunque sea falso e ilusorio.

Y creo que la mejor forma de retomar aquel relato es hacer como si nada hubiera sucedido durante este tiempo de ausencia. Hacer como si el narrador interior que ausculta mis pasos efectuara un ensamblaje cinematográfico para ocultar el abandono al que relegué la verdadera escritura. Sigo sin estar seguro de nada aunque una de las grandes ventajas de hacerse viejo es que te permite comprender que escribir para que afloren las contradicciones y salir de viaje son formas de expiar algunos fantasmas. Hacerlo es un ejercicio tan emocional que con frecuencia provoca miedos, la coartada esperada para desistir en la compleja tarea de hablar de uno mismo y empezar a hablar de los otros, de los fallos de este mundo, desde la atalaya que te proporciona ser un observador inclemente. Debe ser por la inocencia perdida de la juventud.

Dejé de escribir mi pequeño relato de misterio por vergüenza y dejé de ponerme la mochila por pereza, porque las cosas comenzaban a cambiar en mi vida y decidí vivirlas como llegaban. No encuentro otra explicación.

Ahora he decidido retomar las frases inconclusas de Ana por todos los amaneceres que me he repetido que esa mañana regresaría, a sabiendas de que eso no ocurriría. Hay un cuento de Lord Dunsany en el que los personajes dicen a modo de despedida: “Hasta que el recuerdo vuelva al corazón del hombre”. Pues bien, ese recuerdo ha regresado.

Hoy vuelvo a calzarme mi mochila granate y a tocar las piedrecitas que guardo como tesoros porque Iñaki y Antonia me han cuidado como a un hermano menor durante este tiempo. Regreso por las conversaciones con mi hermana y con Isabel. Y por la novela de Moehringer y por las crónicas épicas del Himalaya, y por los conciertazos de jazz de Víctor, por los debates anarquistas con Juan, por el humor espontáneo de Felipe y por la película Paterson, que tanto me gustó. También por mi familia y por mi perro Lula, que sólo teme a los truenos. Pero sobre todo vuelvo porque coger la mochila y escribir lo que me viene en gana me sienta muy bien y porque si terminaba perdido en la noche me iba a costar salir.