Refugiados, el gran fracaso europeo

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OZAN KOSE/AFP

Aunque las señales del fracaso aparecieron el mismo día de la votación, nadie pensó que de los 160.000 refugiados que la UE se comprometió a reubicar entre 2015 y 2017 sólo alcanzaría a 28.242, el 18% del número de personas inicialmente acordado. Ayer concluyó el plazo del acuerdo vinculante firmado por todos los estados europeos, excepto República Checa, Hungría, Eslovaquia y Rumanía, y sólo Malta, cuya cuota era de 137 personas, ha cumplido su palabra. Finlandia se ha quedado cerca, con un 92% de las personas reubicadas respecto a la cuota establecida. Estas cifras evidencian el rotundo fracaso del compromiso adoptado por la UE para atenuar el drama que cada día golpea a miles de refugiados que esperan agolpados en campos improvisados de Grecia e Italia. En el otro extremo se encuentran, además del bloque de países centroeuropeos, España, Francia y Austria que no alcanzan ninguno de ellos ni el 20% de las cuotas de reubicación que tenían asignadas. Llama la atención el caso español que de los 17.337 refugiados que se comprometió a acoger en 2015 sólo ha recibido a 1,910 personas, el 14% de su cuota.

Desde hace algunos meses, el decepcionante desenlace era esperado por organizaciones que trabajan sobre el terreno como el Comité español de ayuda al refugiado (CEAR), Médicos sin Fronteras (MSF), Intermón Oxfam o Acnur. “Claramente es una vergüenza que pone de manifiesto la falta de voluntad de los Estados para asumir un compromiso de colaboración para aliviar la situación en Grecia e Italia y un drama humanitario”, censuró ayer la responsable de CEAR, Estrella Galán.

El compromiso de acoger a 160.000 refugiados confinados en campos de reclusión de Grecia e Italia se tomó en el Consejo Europeo pocas semanas después de la espeluznante imagen del niño sirio Aylan Kurdi, ahogado ante los ojos atónitos del mundo en la orilla de una playa turca. La crudeza de la fotografía tuvo un efecto punzante sobre la conciencia de las autoridades europeas que decidieron sacar adelante la iniciativa pese al voto en contra de países como Hungría y Polonia. A golpe de tragedia y de emergencia humanitaria, se creó un complejo mecanismo de reubicación de refugiados que trataba de redistribuir a las miles de personas que en 2015 seguían llegando, como Aylan, a través del Mar Egeo entre Turquía a Grecia, y por el Mar Mediterráneo desde Libia a Italia. Se impuso que cada uno de los 28 estados aceptara la acogida de una cifra específica de refugiados en función del peso de su PIB en el conjunto de la UE. A España, por ejemplo, le correspondieron 16.231 personas; a Alemania, algo más de 31.000; y a Francia, 24.000.

De forma paralela, los países confirmaron el compromiso no vinculante de reasentar a más de 20.000 personas refugiadas en campos de Jordania, Líbano y Turquía donde hoy habitan casi dos millones de seres humanos huidos de las guerras. El Gobierno de España aprobó traer a 1.449 personas pero, de momento, sólo han llegado 631.
El principal argumento difundido en el seno de la UE para justificar el fracaso de esta política ha sido la baja cifra de personas preparadas para ser reubicadas. Sin embargo, organizaciones como Acnur han criticado los “férreos requisitos” que los Estados receptores están imponiendo a los solicitantes de refugio para que puedan beneficiarse del programa. Además, según CEAR, también se ha bloqueado la reubicación a personas de nacionalidades que superaban una tasa de reconocimiento de protección internacional. Este criterio ha favorecido a las personas originarias de Siria, Eritrea o Yemen pero se ha convertido en un obstáculo insalvable para otros en similares situaciones procedentes de Afganistán, Irak, Sudán o Nigeria. Por este motivo, hay unos 10.000 procedimientos de asilo paralizados sobre la mesa de las autoridades de migración europea.

En un comunicado urgente difundido ayer, la Comisión Europea recordó a los países que se comprometieron en septiembre de 2015 a reubicar a 160.000 refugiados que “es apremiante que los Estados miembros sigan con el proceso incluso después del 26 de septiembre”. Desde las organizaciones humanitarias son más críticos. CEAR considera que “los países de la UE parecen haber dejado de lado el derecho de asilo. Y no sólo aquellos gobiernos con un discurso claramente xenófobo sino casi todos. Hay una falta de voluntad política para cumplir con ese compromiso”.

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La xenófoba Afd amarga la victoria de Merkel

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La eurodiputada de AfD, Beatrix von Storch. FOTO:Reuters

El avance de la extrema derecha en Alemania ensombrece el panorama de alianzas a las que deberá que enfrentarse la victoriosa Angela Merkel para gobernar sin sobresaltos. Por primera vez desde la II Guerra Mundial, un partido racista y xenófobo como Alternativa para Alemania (AfD) irrumpe en el Bundestag tras las elecciones federales y lo hace con una fuerza arrolladora: con el 13% de los votos y 93 de los 690 diputados. Con estos resultados sobre la mesa, no resulta extraño que se hayan accionado todas las alarmas en un país hipersensibilizado con las ideologías que exaltan la pureza de la raza aria y su destino manifiesto, especialmente las de la minorías turcas y judías que ven en su florecimiento una especie de resurrección del nazismo.

La AfD, que ayer juró y perjuró que los mensajes xenófobos difundidos durante la campaña no van dirigidos contra judíos ni musulmanes sino contra la migración descontrolada, se ha felicitado por el éxito en medio de profundas divisiones internas. La más evidente se produjo durante la rueda de prensa de ayer cuando su copresidenta, la empresaria Frauke Petry, anunció por sorpresa que no formará parte del grupo parlamentario de su partido. Petry se levantó de la silla que ocupaba y dejó plantados a sus compañeros de formación en el preciso momento en el que trataban de responder a los recelos que sus resultados han provocado en la sociedad alemana. Con cara de palo, el candidato ultraderechista a la cancillería germana, Alexander Gauland, sólo acertó a decir amenazante que “vamos a acosar al gobierno. Vamos a por Angela Merkel”.

Los analistas se estrujaban ayer las meninges para dar una explicación razonable sobre el espectacular crecimiento electoral de la ultraderecha y la conclusión más generalizada es que la mayoría de los votantes de la AfD no son simpatizantes neonazis “sino gente desencantada con Merkel y que está contra la migración y el sistema político en general”, explicaba ayer en su edición especial la prestigiosa revista Der Spiegel.

Divididos o no, la irrupción de la ultraderecha en el Bundestag ha supuesto un trago amargo para la indiscutible ganadora, la CDU de Angela Merkel, debilitada en esta ocasión por la política migratoria. Los optimistas democristianos celebraban ayer que, pese al desgaste sufrido por la Canciller, el suyo ha vuelto a ser una contundente victoria, la cuarta desde 2005. El 33% de los votos y los 239 escaños logrados, permiten al CDU volver a formar un gobierno de coalición pero ahora con las opciones limitadas a una única combinación, la que presumiblemente alcanzará con los liberales del FDP, 10,4 % de votos y 77 diputados; y Los Verdes, 9% y 65 asientos.

Los socialdemócratas del SPD se autoexcluyeron de cualquier alianza con la CDU tras conocer su estrepitosa debacle, el 20,8% de los sufragios emitidos y 150 diputados, cinco puntos menos que en 2013. El descalabro sufrido Martin Schulz, cuyo resultado es el peor de la SPD desde 1945, deja en una situación crítica al partido más antiguo de Alemania y el referente ideológico para toda la socialdemocracia europea. Al igual que está sucediendo en otros países europeos en los últimos años de crisis social en el seno de la UE, el electorado ha vuelto a escorarse hacia los partidos extremistas de derecha. En la izquierda, sólo la fuerza radical Die Linke, que obtuvo el 9% de los votos y 66 escaños, logró aguantar el tipo ante el retroceso apabullante del bloque progresista.

Todos daban por descontado que Angela Merkel consolidaría su cuarta victoria consecutiva al frente del partido conservador. Después de doce años de gobierno, muchos auguraban un descenso de apoyo pero el 33% cosechado por la Canciller%, ocho puntos menos que en 2013, es el peor resultado de su dilatada historia y el más bajo de la CDU desde 1949. Todo un síntoma de que la agonía puede haber comenzado.
Pero Merkel es un panzer político que parece crecerse ante las adversidades. En su primera comparecencia tras la jornada electoral anunció que su objetivo inmediato es “recuperar el millón de votos que han ido a parar a la ultraderecha a través de una buena política que soluciones los problemas de la gente”. Sonriente, la canciller indicó con una seguridad apabullante que sabrá encajar las piezas del puzzle para formar un gobierno estable.

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Alemania, a las urnas

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Contra las apariencias y leyendas que acompañan al pueblo germano, la experiencia no lo es todo en Alemania. Eso debe pensar Martin Schulz, el candidato del Partido Socialdemócrata alemán (SPD) a ocupar la Cancillería de su país tras las elecciones de hoy, al comprobar que ni la destreza mostrada en sus cinco años al frente de la Eurocámara ni la asombrosa capacidad de adaptación de su partido le están sirviendo para recortar la distancia sideral que le lleva Ángela Merkel en todos los sondeos. “Quien se guía por las encuestas, renuncia a sus principios y se acomoda. Yo no hago eso”, declaró hace unos días en una entrevista al canal internacional germano Deutsche Welle.

Pero las cifras no admiten discusión. Los sondeos sitúan al partido de Schulz entre el 20% y 24% de los votos, una cruel horquilla que separa el hundimiento total de una dulce derrota pero derrota al fin y al cabo. Si hoy no supera el récord negativo de 23 puntos obtenidos por el SPD en 2009 será su tumba política pero si iguala el 25% logrado por Peer Steinbrück hace cuatro años le quedará el consuelo de culpar a los efectos perniciosos de haber sido el socio minoritario de los gobiernos de Merkel durante los últimos 12 años. Pese a que en política nadie puede dar por perdida unas elecciones de antemano, lo de plantar cara a la democristiana CDU de Merkel se antoja para la SPD de Schulz como un sueño irrealizable. Su desventaja alcanza ya guarismos desorbitados, hasta de 16 puntos, que sitúan a la socialdemocracia germana al borde del despeñadero.

A falta de argumentos convincentes para mantener la moral de su tropa persuadida con la remontada, el ex presidente de la Eurocámara ha comenzado a atizar la quimera de los indecisos, un ejército de votantes que, según el instituto Allensbach, representan el 40% del electorado. Schulz defiende que gran parte de esas boletas inciertas finalmente caerán de su lado para convertirle hoy en el nuevo canciller de Alemania.

No deja de parecer la reacción de un náufrago sentenciado. Un rotativo alemán comparaba esta semana su afán de superación con la que mostraba Hitler en una escena de la película El ocaso en la que, con todo perdido, explicaba a su Alto Mando como los soldados del general Wenck podían romper el sitio definitivo del Ejército Rojo sobre Berlín y ganar la guerra.

Más allá de comparaciones más o menos acertadas, el problema que ha encontrado el SPD para convertirse en una fuerza real de gobierno en Alemania no ha sido la figura un tanto desgastada de Schulz ni siquiera la falta de credibilidad de su desesperado mensaje por recuperar los principios de justicia social que encumbraron a la socialdemocracia como la mejor alternativa al liberalismo estadounidense y al comunismo soviético después de la II Guerra Mundial. Los analistas no dudan que el pecado mortal del SPD es que ha sido socio minoritario de Merkel en la Grasse Koalition (Gran Coalición) durante dos legislaturas. Es más, algunos de los más reputados especialistas en política germana aseguran que si la actual canciller se convirtió en 2005 en la primera mujer en llegar al poder en la historia del país se debió, en parte, al descontento provocado en la clase trabajadora los severos recortes al Estado del Bienestar realizados por su antecesor, Gerhard Schröder.

Aunque a principios de este año se anunció que el candidato del SPD sería Martin Schulz, los socialdemócratas vivieron un renacer maravilloso donde incluso los sondeos llegaron a ponerles casi a la par del bloque conservador que representan el CDU y el CSU liderado por Merkel. Pero todo resultó como la eclosión de flores en primavera. Transcurridas unas pocas semanas el efecto Schulz se evaporó y prueba de ello fueron los resultados catastróficos obtenidos por el SPD en tres elecciones regionales de indudable importancia moral para los socialdemócratas. Desde entonces, el esfuerzo del ex presidente del Parlamento europeo ha sido colocar en el centro del debate la justicia social aunque con escaso éxito.

Por su izquierda hay un partido que le ha despojado de ese discurso como el Die Linke, que se juega el tercer puesto en el Bundestag, el Parlamento alemán, con el Partido Demócrata Liberal (FDP), la derechista y xenófoba AfD, y los ecologistas Verdes. Por si fuera poco, los socialdemócratas alemanes han seguido cayendo en la misma indecisión de sus últimas y sonoras derrotas sobre su propuesta concreta de cambio en la política social, quizás, para no ahuyentar al electorado más centrista del partido. Y a nivel interno, ni siquiera se plantea la fórmula de intentar buscar una alianza de gobierno con los Verdes y Die Linke. Una opción que muy probablemente existirá en el Bundestag tras la reconfiguración de 630 escaños que emanen de las elecciones de hoy. Una alternativa matemática pero no política. Y es que la mayoría de los que casi 45 millones de alemanes que acudan a las urnas defienden esta peculiar estabilidad que encarna la canciller Angela Merkel. Incluso se inclinan por la continuación de la Gran Coalición.

El único debate televisado entre los dos principales candidatos celebrado hace dos semanas, la actual jefa de Gobierno y su principal rival dejaron claro que sus respectivos partidos están atrapados en la alianza que forjaron en 2005. Al SPD de Martin Schulz le falta fuerza propia y al CDU/CSU de Merkel un poco de coraje para romper ese consenso.

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Solsticio de Invierno

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Aunque esta noche haya sido la más larga del año, estos dos oseznos pardos se decidieron a salir de su guarida para dar un paseo por el campo. Bien juntitos, tomados de la zarpa, como cachorros bien educados en el invierno boreal. Probablemente, su madre no ande lejos y así continuará hasta que los dos benditos de la fotografía cumplan un año y medio de vida. Entonces, cada cual se irá por su cuenta, en soledad, a buscarse la vida por los bosques canadienses o las zonas inaccesibles de Suecia y Noruega, su gran paraíso. Pero aun es pronto para pensar a tan largo plazo.

El tiempo de los plantígrados, como el del hombre de hoy, también se mide en horas, en días, en minutos, a veces también en segundos, y no permite albergar esperanzas. Los protagonistas de la imagen nacieron en marzo, en la osera que su preñada madre preparó para hibernar. Ahora se acicalan para encarar con garantías un nuevo invierno, frío y seco, en Sprucedale, Ontario, Canadá, donde un grupo de conservacionistas ha creado un estupendo santuario para la rehabilitación de estos imponentes animales.

Y mientras su sufrida madre se devana los sesos para llenar la despensa corporal que les servirá de escudo invernal, los dos ingenuos ositos siguen como si nada, ajenos a la lucha a brazo partido de su progenitora contra los elementos y la huella del hombre. Ellos dos jugarán y jugarán hasta que caigan rendidos. Sin embargo, hacerlo es para ellos un ejercicio necesario. Así aprenden a cazar, desarrollan los impresionantes músculos de la mandíbula y, lo más importante, agudizan un instinto olfativo implacable para la búsqueda futura de alimento. La vida es sueño, o juego, según se mire. Aunque visto desde otras latitudes, por ejemplo Europa, resulta cada día más difícil mirar con ojos benevolentes el devenir de los tiempos.

La vida se ha tornado mercadería y el invierno, que a partir de hoy camina confiado hacia su fin, nos anima a postrarnos en una profunda hibernación.

Grecia, la consigna ha sido difundida

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Acabamos de ver el rostro del famoso abismo entre norte y sur del que tanto nos hablaron. Es la realidad. El mundo se maneja bien en la incomprensión. Quizá es la manera pragmática de relacionarse. La única que tiene el éxito garantizado, el reducto para que nadie te tome por un estúpido. ¿Por qué, sino, Wolfgang Schäuble recibe en privado los peores calificativos pero el único que osó levantarle la mano merece el agravio público? En la UE cada uno va a lo suyo y ya han logrado que los pobres y los ricos acepten formar parte de dos mundos paralelos que no se reconozcan, que no se toquen y que no se comprendan.

Y ahora, ¿qué? Pues que Syriza se deshace, que pronto habrá elecciones en Grecia, España y Portugal -tres miembros fundadores del club de los pobres sin derecho al ocio ni a la democracia-, que al moribundo Gobierno que hace una semana nos hacía soñar sólo le queda liquidarse en comandita con la misma oposición a la que derrotó con la táctica de la ingenuidad manifiesta; y, por último, que la sociedad ha vuelto a salir a la calle pero esta vez abatida porque han amputado su esperanza, a pelo, sin anestesia.  ¿Tanto cambia el poder? Yanis Varoufakis acaba de describir su fiera mirada. Ojos astutos sin la más mínima piedad en una noche de niebla.

Cuesta imaginar qué capacidad de maniobra tiene hoy Podemos, con o sin Ahora en Común, ante semejante panorama. ¿Qué decimos a los movimientos sociales que hoy defienden una Europa ciudadana, sin TTIPs ni maniobras orquestales en la oscuridad de la economía comunitaria? ¿Se puede confiar en esta democracia? ¿Qué la lucha por un mundo más justo que el que están construyendo debe continuar? ¿Cuál será su ánimo? ¿Seguirán pensando, de verdad, que aún es viable torcerle el brazo a unas instituciones que han sometido a una democracia sin el más leve cargo de conciencia?

Reproduzco parte de la declaración que, bajo el título “Abrir una brecha”, redactaron los intelectuales Dario Fo, Costa Gavras, José Luis Sampedro y José Saramago en 2003 para validar su compromiso contra el pensamiento único y contra todos los poderes políticos que utilizan la democracia para asentar una plutocracia paralizante.

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más algido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: “pueda este tribunal prevenir el crimen del silencio”? 



¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo? 

¿Dónde están los Stefan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?



¿Dónde están los Henri Curiel, que se negó a abandonar Egipto para resistir al Afrikakorps de Rommel? ¿Los Henri Curiel anticolonialistas encarcelados durante dieciocho meses en Fresnes por su apoyo al FLN?

¿Dónde están los Gandhi, que entregó su vida para acelerar la caída del imperio británico de las Indias? 



¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha en relación con una situación nueva cuyo sentido y exigencias verdaderas acordaron no reconocer las agrupaciones políticas y los diarios de opinión, sea por inercia o timidez doctrinal, sea por prejuicios nacionalistas o morales?’

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses? 

¿Dónde están los pensadores de la dimensión de Foucault, que revolucionó radicalmente la manera de ver la locura, la cárcel, la sexualidad? ¿Dónde están los de la talla de un Bourdieu, que regeneró la sociología sin dejar de defender con obstinación el rol social del intelectual crítico?
¿Dónde están hoy Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Antonio Machado o Federico García Lorca? 

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus.

La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo -cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.
 Algunas mujeres, algunos hombres, continúan, sin embargo, librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico. 

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”. 

Este es un llamado a la movilización contra un sistema corrupto, a la rebelión contra las mentiras y las falsas palabras de una clase política que vive cómoda bajo comportamientos escandalosos como el de Grecia. Que se vanagloria porque en esta guerra de clases que se libra de forma silenciosa, ellos han vuelto a ganar. No lo digo yo. Su autor es Warren Buffett.

Humpty Dumpty en Grecia

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Difundir embustes se ha convertido en el segundo deporte europeo después del fútbol. El ejemplo más palmario está a la vuelta de la esquina, en el quiosco de prensa, en los titulares de buena parte de las grandes cabeceras mediáticas. Y España está entre las favoritas. Contar la verdad sobre la actuación del Gobierno de Grecia en su negociación con acreedores de una deuda calamitosa heredada de gobiernos liberales y gestiones ilícitas realizadas por los mismos políticos que se alternaron durante 40 años en el poder pero hoy se estiran de los pelos sería muy recomendable para la humanidad. Desde luego, lo sería para Europa entera. Además de salvar el euro, un deseo compartido por la mayoría de sus ciudadanos, podríamos, incluso, reconciliarnos con la especie.

Tsipras presentó una propuesta de ahorro de 8.000 millones de euros, tal y cómo le exigía la Troika. Ni siquiera discutió esta medida. Pero su objetivo era sustituir las medidas de austeridad por una mayor recaudación mediante la reestructuración de la deuda. Para ello presentó una reforma fiscal en la que el 92,4% del ingreso del Estado procediera de nuevas tasas impositivas a las rentas más altas, al turismo y a los artículos de lujo. Europa dijo no, a los míos no los tocas. Algo así como que toda esta batalla, esta vaina que han montado para ejemplarizar que el destino ya está escrito por ellos, no es para estrangular a los suyos -a los armadores que no pagaban impuestos, a los especuladores del petróleo que sacaban crudo a Turquía de espaldas del Estado y un largo etc de desmanes incongruentes- sino para castigar a la clase media y despedazar a quienes ya eran los parias de la Tierra.

En otras palabras, la Troika no puede permitir que Tsipras se salga con la suya ante el peligro de que cunda su ejemplo en otros países acorralados -y dóciles con las políticas de austeridad impuestas- como es España.

Pero el mundo no es tan complejo como creemos. Para la Europa financiera, la que representan el BCE, Merkel, el FMI y la Comisión, la palabra “ayuda” significa exactamente lo que ellos quieren que signifique. Ni más, ni menos. Es entonces cuando la parábola de Humpty Dumpty en “Alicia a través del espejo” se vuelve realidad.

-La cuestión está en saber si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión está en saber- replicó Humpty Dumpty- quién manda aquí. Eso es todo”.

Grecia y la jauría europea

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En la película ‘La jauría humana’, todo el empeño del sheriff Calder, interpretado por Marlon Brando, era interponerse entre una muchedumbre ebria de un pueblo de la América profunda y el presidario solitario que era Bubber. Para que el espectador sintiera en sus propios ojos las punzadas de aquella cacería pavorosa, el director distribuyó concienzudamente todos los papeles hasta montar un equipo dispuesto a ejecutar maniobras de una violencia sobrecogedora: El viejo cotilla, el machote protegido tras la tribu de matones, el pusilánime, los enamorados furtivos y así un largo elenco de personajes hasta llegar al frustrado líder de la trama, un manipulador rebosante de desprecio hacia la compasión humana.

Pero la realidad es siempre mucho peor porque aquí todo es más complejo y no se vislumbra el final. Es lo que hoy sucede en la UE donde se vive una batalla entre la esperanza ciudadana por aflojarse la soga económica que anuda su cuello y el poderoso régimen de intereses que administra el patíbulo.

Este choque está provocando muchas consecuencias aunque una de las más destacadas sea la pérdida de la esperanza por un mundo mejor o, al menos, como dijo el indulgente Marcel Mauss, por un mundo donde las formas humanas de intercambio estén alejadas de las ideologías utilitaristas que nos hacen perder los sueños.

La economía se resiste a cambiar. Lo estamos viendo con Grecia. No importa el análisis que se haga del tema -si Syriza ha sucumbido a una realidad mercantilista implacable o si ha obrado con inteligencia de ajedrecista en su estrategia final-, la cuestión es que Europa está decidida a ejecutar cualquier injerencia de la política en la crisis financiera.

Como en “La jauría humana”, la UE también ha aplicado una justicia transgresora, en este caso destinada a consolidar una especie de derecho corporativo global con reglas imperativas y ejecutivas pero sin obligaciones exigibles, cuyo mensaje nítido es hacernos ver que en el futuro viviremos sumergidos en un régimen de intereses económicos imposibles de modificar. Un darwinismo social que premia el mercado privado y penaliza las utopías sociales.

Todo esto se demuestra por el nulo interés de Europa hacia la tragedia griega y también hacia aquellos análisis que alertan de que detrás no hay rescates de Estados, sino una protección de la gran banca europea. “Me debes dinero y lo necesito. Lo justo es que me lo devuelvas”, viene a decir la lectura facilona del mantra europeo.

Por eso imagino que vivimos inmersos en una batalla en la oscuridad, en una especie de III Guerra Mundial sin bombas ni pistolas, sin matanzas masivas pero tan lentas que se hacen más insoportables. Es la política contra un enemigo volátil y letal destinado a despojar a los individuos de su protagonismo y, por lo tanto, de su libertad.

Quizá nunca seré capaz de demostrar lo que expongo pero es probable que la evolución del pulso que mantienen Grecia y la UE nos indique pronto si las grietas abiertas entre ricos y pobres aumentan o no