Amanecer

Foto: Nasa

Foto: Nasa

Amanece en la Tierra. La imagen resulta turbadora y placentera. El sol tiñe de azul un planeta fantástico y, por lo que sabemos, único en el Universo. Vemos como la noche del invierno ártico ha echado su gélido telón de hielo e imaginamos cómo a la vida en el Polo Norte no le ha quedado más opción que amoldarse a estas circunstancias extremas. Un océano helado rodeado de tierra. Durante estos días, llamativas franjas de colores, las auroras boreales, iluminan el cielo invernal.

Ahora bien, si la cámara de la NASA ajustara la distancia focal a la superficie terrestre es posible que nuestra mágica apreciación se derrumbara. La vida en el extremo norte de la Tierra, en ese mundo rico y codicioso que habitamos, no siente calor pero sueña con mundos lejanos, a menudo más sinceros del que ahora estamos fabricando. Proyectos que empujen un cambio de actitud en estos tiempos que corremos en los que ya nada impone ni rebela. Un moribundo en África, una familia sin hogar en Ucrania, un ciudadano en Siria, un grupo de inmigrantes a la deriva, son víctimas colaterales alejadas de nuestra casa. Poco más. Sólo son números. Una efectiva anestesia para seguir soñando con un mundo mejor.

Convivimos con ello y nos hemos inmunizado ante este espanto de algún modo, gracias al lado más perverso de la globalización. Miles de fotos de seres malnutridos, de víctimas de sus semejantes hasta la extenuación, desbordan cada día nuestras pantallas de televisión, nuestros ordenadores. Como un estado natural de la cosas, como si no hubiera nada qué hacer y todo se deje en manos de la estúpida caridad o de la decisión de políticos que juegan a las damas. Así es el mundo que se encuentra bajo la fascinante capa azulada que nos muestra la fotografía.

Unos arriba y otros abajo, separados ambos por unas pequeñas grietas de mala conciencia. Quizá las ballenas y los osos polares nos ayuden a encontrar la respuesta a la sinrazón de nuestra destacada obra.

Mala conciencia

“La creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria. El hombre por sí mismo es capaz de cualquier maldad”
Joseph Conrad
©James Nachtwey
El hambre. El gran jinete del Apocalipsis continúa paseándose a galope por buena parte del mundo en pleno siglo XXI. En América, en Asia, en África y también en Europa. Resulta difícil poner palabras a una de las mayores infamias de la humanidad de la que todos, de alguna manera, somos un poco culpables. Seré sincero: La elección de esta foto de James Nachtwey pretende herir la sensibilidad del observador.

El motivo del autor para apretar el botón del obturador fue provocar una reacción, un cambio de actitud en aquellas sociedades a las que superabundancia les ha insensibilizado frente a unas temáticas que ni les impone ni las rebela. Un moribundo en África es un moribundo alejado de nuestra casa. Poco más. Un muerto es un simple número dentro de una pantalla de televisión.

Convivimos a diario con ello y nos hemos inmunizado ante el espanto, en gran parte, porque asumimos que representa al lado más perverso de la globalización. Ahora pongamos la secuencia de la ciudad siria de Homs, que podría ser también Alepo o cualquier otra que todos los bandos han destruido durante cinco años de guerra:

¿Qué nos provoca? La primera sacudida, probablemente, es de incredulidad. Como si lo que nos muestra fuera la introducción a un videojuego de guerra. Lo vivimos como un estado natural de la cosas, con la resignación de que nada podemos hacer para evitarlo porque el destino de sus habitantes está en las manos sucias que hoy se disputan el control del planeta.

Así es el mundo. Unos arriba y otros abajo, sazonado todo con unas pequeñas dosis de mala conciencia.

El hombre de la foto es un despojo humano a punto de cruzar el umbral de la muerte. Basta con que echemos un vistazo detallado a su rostro afilado, a esas extremidades finísimas y quebradizas, a los omóplatos salientes como los de un recién nacido, las costillas marcadas que semejan una triste marimba y ese vientre tan hundido que parece que ha empezado a devorar su propio cuerpo. Es la pura imagen del fracaso humano, el reflejo obsceno de lo que puede hacer la humanidad por codicia y egocentrismo.

La ciudad de Homs (o Alepo o cualquier otra población de Siria rodeada por los frentes) es un escenario devastado por las bombas. Inhumano, fantasmagórico y demencial. Un cuadro de la infamia más absoluta cometida por el hombre contra el hombre durante cinco años de guerra. Algo inaceptable en sí mismo pero que por su extremada dureza produce sorpresa.

Pero ambas situaciones representan el ejemplo granado de nuestra humana obra, del horror que producimos y de la vergüenza que ocultamos si dedicamos un sólo segundo a la reflexión. La explícita fotografía de Nachtwey sobre la humillación humana tiene un sentido: fue tomada en Sudán en 1993 para evitar el olvido dos décadas después. La secuencia de Homs podría ser una respuesta a lo que en Europa se conoce como “el problema de los refugiados”. Da igual de donde proceda y cuáles sean sus intenciones. El horror es el horror.

El negocio del hambre

El escritor británico Joseph Conrad, quizá uno de los más grandes retratistas literarios de África, escribió una vez que no hay creencia tan ansiosa y ciega como la codicia ya que, en su medida universal, es la causa principal de la miseria moral y de la indigencia intelectual del mundo. Conrad percibió esta maldición a principios del siglo pasado pero desde entonces poco o nada ha cambiado.

Así lo entiende el jurado del Right Livelihood Award (Premio al Sustento Bien Ganado, en español) que el pasado año concedió uno de sus galardones, los conocidos como premios Nobel alternativos, a la organización GRAIN, un pequeño grupo internacional sin ánimo de lucro que trabaja en apoyo de los pequeños agricultores y  los movimientos sociales que luchan para mantener la biodiversidad de los sistemas alimenticios. 

Desde hace años, GRAIN viene denunciando las compras masivas de tierras cultivables de países pobres por parte de inversores financieros internacionales.

El resultado de este lucrativo negocio privado está siendo devastador en la última década. Seducidos por promesas de desarrollo inconmensurables, muchos gobiernos venden o arriendan sus campos a empresas extranjeras, a menudo grandes firmas multinacionales, para que apliquen un sistema de agricultura industrial a gran escala que en lugar de proporcionar alimentos produce hambre. Es  la huella de una globalización desigual y depredadora.

Según los cálculos de GRAIN, entre 60 y 80 millones de hectáreas han cambiado de manos en el mundo con estas triquiñuelas desalmadas, es decir, el equivalente a la mitad del área cultivable de la Unión Europea.Y al final, nada de lo prometido se cumple. Los alimentos se venden y las mismas empresas que especulan con la comida lo hacen también con las superficies de cultivo. Los campesinos originarios son expulsados y a la población se les arrebata el fruto de sus tierras porque la producción en masa ya no tiene como destino el mercado local sino el internacional.

Así está el mundo, cada vez más descerebrado y aturdido mientras el hombre complica su existencia comportándose como un lobo para el hombre. 

Conrad tenía razón. Hay veces que tengo la sensación de pertenecer a una especie que, como equilibristas ebrios, disfruta caminando al borde de un despeñadero.

Amazonas

Foto de la Semana más leída por los seguidores de Más que Ciencia
Podríamos haber elegido a un bracero cortando un tronco milenario o a un bombero sofocando las llamas de un incendio provocado. Podríamos mostrar una imagen desoladora, el testimonio directo del horror, exponer lo pavoroso, revelar la herida.
Sin embargo, hemos preferido ilustrar la selva amazónica con la esencia pura de esta región única del planeta aunque para nosotros esta foto resulte un tanto idílica e irreal. Un paraíso húmedo donde los colores agotan el espectro y que el hombre se la está cargando. Está empeñado en ello. Más de 6 millones de kilómetros cuadrados van mermando cada minuto como si un cíclope se alimentara de esta tierra a mordiscos para reforzar su poder omnímodo. Quizá sea por envidia ante tanta belleza natural aunque nosotros la disfracemos de codicia. Queda mejor cuantificar la destrucción en términos monetarios. Posesión es la palabra maldita.
Hace unos años, quien fuera ministro de Educación del expresidente brasileño Lula, Chico Buarque, fue interpelado por un estudiante en EEUU sobre su posición ante la presión del “lobby” maderero -mayoritariamente estadounidense- para que internacionalicen la gestión de este rincón de la Tierra. Su respuesta fue contundente: 
“Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro. Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás, que es de suma importancia para la humanidad. Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser internacionalizada, hagamos lo mismo con las reservas de petróleo del mundo entero. El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio. Y de la misma forma el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado. Quemar esta selva es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales. No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación”. 
Creemos que estas palabras resumen bien muchas opiniones que hoy en día se han convertido en bandera de una gran indignación internacional.