Refugiados

“Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, no alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correctos, ni impide que los hombres hagan las cosas que siempre han hecho. Si una historia parece moral, no la creáis (…)”

Tim O’Brian: (Worthington, Minnesota, 1946) “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”

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Quiero denunciar la decisión tomada ayer por la Unión Europea sobre los miles de refugiados, de perseguidos, que aguardan una oportunidad para la vida en Turquía, Grecia, en cualquiera de los países del grupo de Visegrado y en el resto del continente. No me siento representado por ustedes, políticos corrompidos. Me rebelo contra su decisión de ahogar en dinero el grito de desesperación, desobedezco sus irresponsables órdenes, denuncio su hipocresía manifiesta, confronto la decadencia a la que nos quieren arrastrar, doy la espalda a sus deseos y a sus principios, menosprecio su ideología ultra, combato su codicia e incumplo su peligroso comportamiento, que sólo alienta la desesperación. Desde mi función.

Davenports and kettle drums
and swallow tail coats
table cloths and patent leather shoes
bathing suits and bowling balls
and clarinets and rings
and all this radio really
needs is a fuse
a tinker, a tailor
a soldier’s things
his rifle, his boots full of rocks
and this one is for bravery
and this one is for me
and everything’s a dollar
in this box
Cuff links and hub caps
trophies and paperbacks
it’s good transportation
but the brakes aren’t so hot
neck tie and boxing gloves
this jackknife is rusted
you can pound that dent out
on the hood
a tinker, a tailor
a soldier’s things
his rifle, his boots full of rocks
oh and this one is for bravery
and this one is for me
and everything’s a dollar
in this box
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Irak sigue desangrándose

Serán las cabezas doradas que hacen reverberar el sol invernal, el suelo de mármol que recorría todas las estancias de los palacios presidenciales, el espacioso jardín de la residencial principal en Bagdad, las frondosas palmeras que cancelaban la avidez de los curiosos que en 2003 miraban con descaro lo que les habían ocultado, pero la Irak de 2014 comienza a ser para EEUU el símbolo de un sueño roto en todo el Oriente Próximo. 

Un espejismo para aquella mitad de la población que veía en ese decorado la herencia de un líder innegable que luchó para hacer de Irak un país islámico moderno y culto. Una pesadilla para la otra mitad de los habitantes aplastados por la indolencia de un dictador populista que les sumió en un miedo tan atroz que les impedía pronunciar su nombre. Saddam, ‘Rajoud el Kabir’ –el hombre grande-, como le llamaban los miles de cadáveres vivientes que dejó en las cunetas tras más de 35 años de dictadura, volvió a la superficie para culminar, ocho meses después de su caída, su extraño epitafio. Acorralado y sucio como una fiera, se enfrentó orgulloso a nubes turbias por las acusaciones de matanzas contra miles de iraquíes, chiíes y kurdos en su mayoría. “¿Por qué no acabó con su vida para evitar la humillación de su arresto?”, se preguntaba una ingenua periodista estadounidense. “Porque es árabe y para los árabes el suicidio es un blasfemia contra su pueblo”, le contestaba un comentarista palestino.

La sensación de alivio que supuso su detención variaba de un extremo a otro de un país hecho pedazos donde no hay sentimiento nacional ni nada que se le parezca y el resto –el odio y el afecto hacia el expresidente, hacia las fuerzas de ocupación y hacia el gobierno actual del chií Nuri al-Maliki- se mide con la invisible vara de la procedencia étnica. 
Es una delgada línea roja que separa a quienes veneraron la política de Saddam, es decir, el rico y privilegiado norte de los suníes, y quienes soñaron con asesinarle cada día y cada noche durante los años que duró su dictadura, es decir, el atrasado y masacrado sur de los chiíes. En este tiempo, la violencia que Saddam practicó en Irak llegó a cotas de auténtico paroxismo, como se pudo comprobar en 1994 cerca de Basora donde en el corto espacio de 2 semanas fueron asesinadas más de 10.000 personas a manos de la implacable Dirección General de Seguridad, una de las cinco patas de la gran mesa que el dictador iraquí puso en marcha para asegurarse el poder absoluto en el país.

O las atrocidades cometidas en barrios bagdadíes como Bap al Sheef y Al Zufarania, donde muchos de sus habitantes exhiben ahora las salvajes amputaciones provocadas por la Mujabarat, la siniestra policía secreta del antiguo régimen que funcionó durante largos años como una verdadera maquinaria de picar carne con el apoyo de Occidente. Hombres sin orejas, mujeres con el vientre abierto en canal para sacarles a la fuerza el niño chií que un día llevaron en sus entrañas y evitar, de esta forma, que la población de esta etnia continuara su expansión demográfica en perjuicio de la suní, sus enemigos irreconciliables.

“Es cierto que Saddam cometió muchos errores pero no fue una mala persona, simplemente se rodeó de gente cruel que amaba la riqueza desorbitada que este país es capaz de generar”, aseguraba en una entrevista que realicé para el diario DEIA al exgeneral de las Fuerzas Especiales iraquíes, Ahmed Shakir Al Shammari, un hombre que hasta el fin de la sangrienta guerra contra Irán era uno de los consejeros militares más influyente del régimen. 
Petróleo, mercurio rojo y agua que en Oriente Próximo escasea como la luz en la noche, fluyen casi de forma espontánea en este tablero iraquí que la codicia del mundo convirtió hace dos décadas en un campo de batalla y que aun hoy continúa ante la desidia de un mundo sin memoria. Durante toda la entrevista, Al Shammari no cejó de insistir en las torpezas cometidas por los políticos estadounidenses a la hora de desactivar al viejo Estado iraquí. “La resistencia notará el golpe de la detención o muerte de Saddam en un primer momento pero a medio y largo plazo resultará un acicate contra las fuerzas de ocupación y sus herederos que no entienden aún que el poder del viejo régimen se sostenía políticamente en las familias, en las tribus como la mía”. 
Al Shammari hablaba de un ejército potencial compuesto por 500.000 hombres procedentes del granero político del antiguo presidente iraquí, el denominado ‘triángulo suní’ cuyos vértices lo forman Tikrit, Ramadi y Bagdad, el núcleo de lo que hoy es una guerra sin cuartel contra los suníes supuestamente controlados por ese ente maléfico llamado Al Qaeda. Dentro de esta cuadratura, Saddam era un líder venerado y temido. “Es lógico toda vez que el pueblo suní lleva dirigiendo este país desde hace más de 300 años aunque sólo represente al 30% de la población iraquí. Gracias a él se construyeron autopistas, la gente fue escolarizada y el sistema de salud era relativamente aceptable hasta la llegada del embargo”, sentenciaba Al Shammari. El problema estaba en el sur.
Informes recientes elaborados por organizaciones como Naciones Unidas o Human Rights Watch revelan que en los últimos 8 meses los ingresos de los iraquíes se han reducido a la mitad y en los territorios de mayoría chií, el 60 % del país, la calidad de vida sigue empeorando dramáticamente. “Cada piedra expropiada, cada gesto de arrogancia y de humillación intencionada que realizan las fuerzas de ocupación recrea las ofensas contra el espíritu de los chiíes practicado por Saddam. Hablar de paz en ese contexto es tratar de reconciliar lo irreconciliable”, aseguraba el imán Hurtada al Sadr, el más radical de los clérigos chiíes. Al Sadr dispone de una milicia armada, el Ejército del Madhi, que no tiene rubor en exhibir sus pistolas en público.
Tanta ponzoña enraizada en este desierto de petróleo pone en duda que este conflicto pueda tener fin. En el mercado de Nayaf, donde puede encontrarse desde un burro hasta un barril de gasolina, vi a un tendero cuya mascota era un gallo desplumado con una pequeña medalla de Saddam Hussein atada del cuello. Era el más fuerte. A su alrededor correteaban todas gallinas. El tendero explicó que era la simbología política del país: el dictador horrorosamente pelado con un pueblo a su alrededor sin saber aún que será de su destino. Y menos aún si observan como les despojan de sus inagotables riquezas. Ha pasado una década desde su derrocamiento y la guerra continúa ante la indiferencia de un mundo con demasiados frentes abiertos como para recuperar la memoria de un conflicto tan lejano en el tiempo.

Un recuerdo borroso

Ayer lunes se celebró el Día Mundial de la Salud Mental. Resulta difícil escribir sobre esta tremenda dolencia sin caer en tópicos ni estigmas. El cerebro es así de complejo. El de los aparentemente sanos y el de lamentablemente enfermos. 
Recuerdo un hospital psiquiátrico extremo e inusual: El centro Al Rashaad, en Bagdad. Perdonen si les parece obsceno lo que aquí describo. No es mi intención. Sólo pretendo contar cómo vivían aquellos enfermos -como si no existieran- y cómo viven en algunos países de nuestro maravilloso mundo. 
Visité Al Rashaad en noviembre de 2003, en plena invasión estadounidense. Era el único destinado a preservar la salud mental de una ciudad con más de cinco millones de desesperados. Allí convivían esquizofrénicos, asesinos en serie, disminuidos, necrófilos, zoofílicos y otros tipos de perturbaciones mentales. No había sillas, ni camas ni electricidad. La fotografía muestra la situación. Las ventanas están selladas con barrotes de acero. Algunos enfermos perdidos en el delirio voceaban ásperos sonidos tras unos cristales sucios; otros clamaban a un dios ausente que acabara para siempre con el dragón que tenían metido en sus cabezas. Eran decenas de hombres y mujeres convertidos en desechos humanos.
Cuando se desmoronó la dictadura, entre el 8 y el 10 de abril de 2003, un numeroso grupo de saqueadores entraron en tromba en aquel hospital violando repetidamente a todas las mujeres internas, alrededor de 700, y dejando en libertad a todos los demás reclusos, incluidos los criminales. Fue tal el escándalo que la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) recogió evidencias de aquel episodio antes de proclamar su vergüenza. 
Una de las víctimas que más ferozmente fue torturada era Hosnia, una quebrada mujer de 25 años que anhelaba estudiar enfermería cuando la vida era visible en aquel país. Sufría de estrés postraumático con brotes suicidas difíciles de atenuar. Había ingresó en el hospital meses antes de mi visita y hasta entonces no había podido ser tratada con ningún medicamento. 
La sanidad iraquí estaba colapsada y la rama psiquiátrica era la principal damnificada. En Irak, igual que en muchos países del mundo, no hay cultura ni información médica sobre las diferentes manifestaciones de la enfermedad psiquiátrica. Son tratados como demonios, como en la Edad Media. Son rechazados por sus familias, por sus tribus, y abandonados a su suerte. La esquizofrenia sigue siendo un estigma social.
A la espera de alguna terapia, se encontraba Ashin, otra mujer de no más de 45 años pero que aparenta 70. La recuerdo cubriéndose del sol bajo una frondosa palmera. Vestía una abaya negra chií, sucia y descosida. Padecía una psicosis depresiva crónica inducida en su día por la persecución y agudizada por la violación en cadena que sufrió por los desalmados asaltantes. Casi no hablaba y cuando lo hacía, sus palabras fluían como una carambola lenta. Sus manos se entrecruzaban cuando no jugueteaban con la basura que recolectaba en su paseo cotidiano por aquel recinto del horror. 
Pero no todo era horror en aquel hospital. Un mes antes de mi visita, los internos regalaron a la doctora-jefe una peculiar obra de teatro por el día de su cumpleaños. Se titulaba ‘Esquizofrenia’ y resultó ser una medicina muy valiosa. Con ella desterraron por unas horas el miedo, la indiferencia del resto y el estigma de una enfermedad maldita. 
El futuro ni se citaba, simplemente porque para ellos, como para muchos enfermos mentales, desgraciadamente no existe.

La vida secreta de las palabras

Se que leer atrocidades a estas horas de la mañana suele encajarse como un puñetazo entre los ojos. Pero es que ayer vi de nuevo la película ‘La vida secreta de las palabras’ de Isabel Coixet, galardonada con cuatro premios Goya en 2005 y volví a recordar a una mujer que conocí en Bagdad. 
Se llama, o quizá se llamaba, Hosnia. Tenía 25 años y anhelaba estudiar enfermería cuando la vida era visible en Irak. Hosnia tenía el pelo negro y revuelto, y sus pupilas eran como dos cuerdas que la aferraban a la realidad. Vivía en el hospital psiquiátrico Al Rashaad, un centro de salud inmundo. Abandonada a su suerte, había sido ferozmente torturada por hordas de miserables sin escrúpulos. Casi no hablaba y cuando lo hacía, sus palabras fluían como una carambola lenta. En medio de su delirio me preguntó si en mi país alguien sería capaz de curarla. Le contesté que sí, que en España teníamos médicos muy buenos. Ella siguió en su mundo, con su sonrisa perdida y sus ojos enormes clavados en aquella sartén de arena y roca que cuando soplaba el viento convertía el polvo en un juego de dardos con las caras de los vivos. 
En Siria hay muchas Hosnias. La carnicería que allí se está produciendo nos está sirviendo para visualizar varias cosas. Por un lado, la hipocresía de occidente a la hora de manejar los problemas de un mundo sin valores ni principios sino regido por la economía y la influencia. Por el otro, que la bandera de la libertad se utiliza en función de intereses partidistas y no por necesidades colectivas. Entonces, ¿qué les espera a los sirios? ¿Deben esperar que el régimen alivie la represión contra la población insurrecta como resultado de las tibias iniciativas internacionales? 
La reportera Mónica García Prieto, un faro obligatorio para acercarse a este conflicto, reflexiona sobre estas cuestiones en un gran artículo y cita al banquero sirio-norteamericano Ehsani: “La premisa es que creo que el régimen no va a entregar o ceder las riendas del poder unilateralmente. Hay tres razones que lo explican: el régimen cree que puede ganar, el régimen cree que ceder poder es como firmar su sentencia de muerte, y el régimen cree que está combatiendo al diablo”. En otras palabras: la represión en Siria sólo acaba de empezar. 

La cueva de Alí Babá y sus mil ladrones

Cuando la guerra levanta sus cuarteles, el pueblo alimenta su estómago con negocios sucios. Y en Irak, donde la vida es un rigor cotidiano desde hace 12 años, los oficios escabrosos han crecido como setas tras la lluvia. El problema llega cuando hay intereses enfrentados. Eso es lo que está pasando ahora en suelo iraquí, donde varias bandas de ladrones se disputan el control del mercado negro. Se les conoce como ‘Alí Babás’ y van armados con armas ligeras de última generación. Su táctica es la destreza: vigilan las vías de comunicación más transitadas del país y si un conductor desprevenido se pone en su línea de tiro, lo dejan limpio. 
En el tramo de autopista entre Ramadi y Faluya, a 100 kilómetros al este de Bagdad, está su territorio de caza. Aquí es donde florece el mercado negro, por cuyo control algunos parecen dispuestos a empezar otra guerra. Esta carretera es el único pasillo terrestre abierto a los vehículos que vienen desde Jordania. Territorio donde sólo los expertos conductores se arriesgan. Y siempre lo hacen en grupo, antes de que la noche eche su negro telón, y a 160 kilómetros por hora. 
El mando militar estadounidense les ha lanzado un ultimátum para que abandonen sus posiciones y liberen la autopista, especialmente porque los vuelos a Bagdad se encuentran interrumpidos desde el domingo. La suspensión del puente aéreo, tras el ataque con un misil a un avión de la compañía DHL que transportaba alimentos, limita la llegada de mercancías al corredor de Ramadi.
El pasado domingo, soldados estadounidense dieron buena cuenta de dos de ellos. Una muestra de que la advertencia va en serio. En la capital, la lucha se limita al control de algunos barrios donde la inexperta policía local intenta desde hace semanas poner orden en unos mercados improvisados bajo los principales puentes que unen las márgenes del Tigris, donde se compra como en ninguna otra parte de la ciudad. Allí no es difícil encontrar componentes electrónicos de última generación a bajo precio. 
Se puede adquirir desde una cámara digital hasta enchufes trifásicos. “Lo importante es tener amigos en todos los bandos”, dice con sonrisa pícara un mercader que asegura llamarse Hassan y que alardea de ser uno de los más avezados asaltadores de caminos de Irak. Lo grave es que esta situación de inseguridad se extiende cada día a otras zonas del país.
Este post es el extracto de la crónica que escribí para el diario DEIA en noviembre de 2003 en Bagdad.

Hiroshima, aniversario del mayor horror de la Historia

“Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señora Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino”.

“En ese mismo instante, el doctor Masakazu Fujii se acomodaba con las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, estaba recostado –en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que tenía la misión de su orden–, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hospital de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wassermann, y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, suburbio occidental de la ciudad, y se preparaba para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29, que, según suponían todos, pronto sufriría Hiroshima”.

“La bomba atómica mató a cien mil personas, y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad –un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro– que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada”.

Así comienza el desgarrador libro ‘Hiroshima’ escrito por el reportero John Hersey y que la revista The New Yorker publicó integramente en su edición del 31 de agosto de 1946. Un reportaje con más de 30.000 palabras y 150 páginas, algo impensable hoy en día.

La guerra en Libia

¿Está justificada la guerra contra Gadafi? Y si para acabar con él adoptamos sus mismas armas, ¿que nos diferencia del terror? Y si el fin justifica los medios, ¿todo está permitido? ¿Y Yemen? ¿Qué ocurre con Siria, Bahrein, Arabia Saudí, Somalia? ¿Por qué no se bombardeó Israel cuando martilleó Gaza en las navidades de 2009? ¿Acaso hay instancias en las que la violencia puede estar justificada? La contradicción -que acompaña a la existencia humana- suele terminar simplificando las cosas entre buenos y malos. Algo tan incómodo como indescifrable.
El texto que viene a continuación es un fragmento de una interesante entrevista al libanés Gilbert Achcar, profesor en el School of Oriental and African Studies de Londres y autor del ensayo Les Arabes et la Shoah: la guerre israélo-arabe des récits. El tema es Libia. Está publicada íntegramente en Viento Sur. Creo que puede ayudar a mirar con ojos críticos esta nueva cruzada desplegada e intuir cuál puede ser su conclusión.

¿Cómo valoras la resolución nº 1972 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas del pasado 17 de marzo?
La resolución como tal está redactada de manera que hace suya y aparentemente responde a la petición de establecer una zona de exclusión aérea. En efecto, la oposición libia ha solicitado explícitamente esta medida, con la condición de que no se desplieguen tropas extranjeras en territorio libio. Gadafi cuenta con el grueso de las fuerzas armadas de élite, con aviones y tanques, y la exclusión aérea neutralizaría efectivamente su principal ventaja militar. Esta petición de los rebeldes está reflejada en el texto de la resolución, que autoriza a los Estados miembros de la ONU a “tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles y las zonas pobladas por civiles frente a la amenaza de ataque (….)
Ahora bien, en el texto de la resolución no hay suficientes garantías que impidan su uso con fines imperialistas. Aunque el objetivo de toda acción es supuestamente la protección de la población civil, y no un “cambio de régimen”, la determinación de si una acción cumple este objetivo o no queda en manos de las potencias que intervienen y no en las de los insurrectos, ni siquiera en las del Consejo de Seguridad. La resolución es asombrosamente confusa, pero dada la urgencia de impedir la masacre que se habría producido si las fuerzas de Gadafi tomaran Bengasi y ante la ausencia de cualquier medio alternativo para conseguir el objetivo de protección de los civiles, nadie puede oponerse razonablemente a ella. Podemos entender las abstenciones; algunos de los cinco países que se han abstenido en la votación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas querían expresar su desconfianza y/o incomodidad ante la falta de una supervisión adecuada, pero sin asumir la responsabilidad de permitir una masacre inminente.
La respuesta occidental, desde luego, tiene sabor a petróleo. Occidente teme un conflicto prolongado. Si se produjera una masacre importante, tendría que imponer un embargo sobre el petróleo libio, con lo que el precio se mantendría en un nivel alto, y esto, tal como está actualmente la economía mundial, tendría importantes consecuencias adversas. Algunos países, inclusive Estado Unidos, han actuado con desgana. Únicamente Francia se ha mostrado decididamente a favor de una acción contundente, lo que puede tener mucho que ver con el hecho de que este país –a diferencia de Alemania (que se ha abstenido en la votación del Consejo de Seguridad), Gran Bretaña y, sobre todo, Italia– no tiene una participación significativa en el negocio del petróleo libio y sin duda espera conseguir aumentarla en la Libia de después de Gadafi.
Todos sabemos qué hay detrás de los pretextos de las potencias occidentales y del doble rasero que aplica. Por ejemplo, su supuesta preocupación por los civiles bombardeados desde el aire no pareció aplicarse a la población de Gaza en 2008-2009, cuando centenares de no combatientes murieron bajo el fuego de los aviones israelíes. O el hecho de que EE UU permita que el régimen de Bahrein, donde hay una importante base naval norteamericana, reprima violentamente la revuelta local con ayuda de otros vasallos regionales de Washington.
El caso es que si se deja que Gadafi prosiga con su ofensiva militar y tome Bengasi, habrá una importante masacre. Estamos en una situación en que la población corre realmente peligro y no existe ninguna alternativa plausible para protegerla. El ataque de las fuerzas de Gadafi se habría producido en cuestión de horas o a lo sumo de un par de días. Uno no puede oponerse, en nombre de los principios antiimperialistas, a una acción que evitará la masacre de civiles. De modo parecido, aunque conozcamos muy bien la naturaleza y el doble rasero de la policía en el Estado burgués, uno no puede oponerse, en nombre de los principios anticapitalistas, a que alguien la llame cuando está a punto de ser violada y no hay otra alternativa para impedirlo.
Dicho esto, y sin estar en contra de la zona de exclusión aérea, debemos expresar nuestra desconfianza y defender la necesidad de vigilar muy de cerca las acciones de los países que intervengan, a fin de asegurar que no vayan más allá de la protección de los civiles con arreglo al mandato de la resolución del Consejo de Seguridad. Al ver en la televisión a la muchedumbre en Bengasi aplaudiendo la aprobación de la resolución, vi un gran cartel que decía en árabe “No a la intervención extranjera”. Allí la gente distingue entre “intervención extranjera” –entendiendo por ello la presencia de tropas sobre el terreno– y la zona de exclusión aérea con fines de protección. No quiere que vayan tropas extranjeras. Es consciente de los peligros y desconfían sabiamente de las potencias occidentales. 
Así, para resumir, creo que desde una perspectiva antiimperialista uno no puede ni debe oponerse a la zona de exclusión aérea, dado que no existe ninguna alternativa plausible para proteger a la población amenazada. Dicen que los egipcios están suministrando armas a la oposición libia, cosa que está muy bien, pero solamente esta ayuda no podía haber salvado Bengasi a tiempo. No obstante, una vez más, hay que mantener una actitud muy crítica ante lo que puedan hacer las potencias occidentales.
¿Qué ocurrirá ahora?
Es difícil saber qué va a ocurrir ahora. La resolución del Consejo de Seguridad no preconiza un cambio de régimen, sino la protección de los civiles. El futuro del régimen de Gadafi está en la cuerda floja. La clave está en si asistiremos a la reanudación de la revuelta en la parte occidental de Libia, incluida Trípoli, provocando así la desintegración de las fuerzas armadas del régimen. Si esto ocurre, tal vez Gadafi tenga las horas contadas. Pero si el régimen logra mantener el control en la parte occidental, entonces se producirá, de hecho, la división del país, por mucho que la resolución afirme la integridad territorial y la unidad nacional de Libia. (…) Entonces habrá seguramente una prolongada situación de empate. Está claro que la oposición necesitará tiempo para sacar provecho de los suministros de armas que recibe de Egipto y a través de Egipto hasta el punto de ser capaz de derrotar militarmente a las fuerzas de Gadafi. Dada la naturaleza del territorio libio, ésto solo podrá ser una guerra regular, una guerra de movimiento sobre vastas franjas de territorio, más que una guerra popular,. De ahí que sea difícil predecir el resultado. La conclusión, en todo caso, es que deberíamos apoyar la victoria de la revuelta democrática libia. Su derrota a manos de Gadafi supondría un grave revés que afectaría negativamente a la ola revolucionaria que recorre actualmente Oriente Próximo y el norte de África.