“Me costó mucho quitarme a Fidel del corazón y ponérmelo en la cabeza”

Naty Revuelta

Natalia Revuelta fue la mujer que quizá mejor conoció a Fidel Castro. Al menos le trató en la intimidad de todas sus facetas humanas. Primero como líder revolucionario, más tarde como estadista mundial y entre medias como el ardiente amante con quien engendró una hija, Alina. Tuve la fortuna de conocerla en 2008, en La Habana, gracias a la ayuda de un gran conocedor del país como es José Manuel Martín Medem, excorresponsal de TVE.

Naty no sólo me abrió las puertas de su preciosa casa en Miramar, sino que también me ofreció un pedazo de su historia, una narración de la compleja convivencia que tuvo con una figura clave del siglo XX. No me dejó grabar el encuentro y me exigió que no publicara ni una palabra de nuestra conversación mientras estuviera viva. “Toma notas y guárdalas, nomás. Algún día podrían servirte”, me dijo.

Ese momento ha llegado. Naty murió en febrero de 2015 y Fidel Castro este sábado. Recuerdo que sentí una cierta perturbación al escucharla hablar de cosas inimaginables sobre un personaje casi literario como Castro. Desde órdenes estratégicas que impartía desde la prisión de Los Pinos a las debilidades típicas de un hombre normal y corriente cuando lo que duele es el corazón. Ella sabía que ninguna confidencia cambiaría la relación construida entre los dos.

“Nos conocemos muy bien y nos respetamos mucho”, añadió. Habló sin parar durante horas y sólo se detenía para beber agua. Luego volvía a la figura de su líder y a las anécdotas de una época repleta de cambios que guardaba en su memoria en perfecto orden y que, en contadas ocasiones, desempolvaba.

Como la que le sucedió en 1992. Llevaba años sin hablar con él pero de pronto escuchó cómo una cohorte de soldados tomaba posiciones alrededor de su casa. Alguien subió las escaleras como un caballo percherón y golpeó la puerta con rudeza. “¿Quién es?, pregunté como jodienda, porque sabía que era él” recordaba esta mujer menuda, con ojos claros de aguamarina y tan seductora a los 82 años que entonces tenía como a los 26, la edad en la que conoció a Fidel durante un acto contra Batista organizado en la universidad.

“Soy yo, contestó muy descortés. Vengo a hablar contigo”, describía Naty imitando el tono solemne que hizo famoso Fidel en sus interminables discursos.

Alina es la hija que tuvieron cuando el líder revolucionario aún estaba encarcelado tras el fallido asalto al cuartel de Moncada. La única reconocida fuera del matrimonio y el único familiar que abandonó el barco de la Revolución.

Ocurrió en 1993. Castro se había enterado de que preparaba la fuga y quería conocer su opinión. “Sólo me preguntó si estaba de acuerdo. Le respondí que era su decisión y como madre sólo podía apoyarla. Se me quedó mirando como un buey y me dijo que si yo aceptaba su marcha a Miami, él no se opondría. Se dio la vuelta y se largó”, rememoraba Naty aquel día sentada en medio de la enorme biblioteca que para ella era más que un tesoro.

“En realidad siempre me impresionó. Pero en el sentido de que Fidel era muy carismático y convincente. Yo ni me planteaba lo que pasó luego. Yo estaba casada y él también, con Mirta (Díaz-Balart), con quien tenía un hijo, Fidelito”, relataba. Educada en la alta burguesía prerrevolucionaria, no había obra de teatro en la ciudad o exposición de arte a la que no acudiera. Muy culta, mantenía amistad con los escritores y artistas, fueran o no castristas, que le apasionaban y por los que era respetada, más incluso que por su mirada clara y tan profunda que ni un ególatra como Fidel Castro logró resistir.

¿Cómo consiguió semejante hazaña? Hay quien asegura que se ganó el respeto de toda la comandancia revolucionaria durante el asalto al Cuartel de Moncada donde jugó un astuto papel como enlace en las comunicaciones guerrilleras. De hecho, fue condecorada hace una década. Otros piensan que su carácter era aún más indomable que el que mostró Fidel con los gringos.

Naty Revuelta ciertamente alimentaba esta leyenda desgranando los detalles más insospechados de su relación con Castro. Tras el encarcelamiento del líder por el fallido asalto a Moncada, comenzaron a intercambiar correspondencia. “Eran cartas, no sé cómo definirlas, ¡de amor! aunque con distancia”, hasta que una de ellas acabó en las manos de Mirta y se armó el caos. Fidel se divorció de Díaz-Balart y decidió cortar todo contacto con Naty hasta que en 1955 decretaron la amnistía y salió de prisión. “Entonces ocurrió. Fue breve el romance, pero intenso”, recordaba.

Fumadora empedernida durante muchos años, Naty comenzaba a sentir en 2008 los primeros estragos de la enfermedad que acabó con su vida siete años después. Pese a todo, era evidente que contar sus secretos con Fidel le agradaba porque le seguía admirando. “Me costó mucho quitármelo del corazón y ponérmelo en la cabeza”.

Cada cierto tiempo repetía que nada de fotos. “Si hubiera sido hace 40 años, entonces sí. Ahora soy vieja”, añadió mientras se colocaba bajo un retrato de su juventud donde se apreciaba con nitidez su belleza pero también un carácter a prueba de bombas.

Tras unos segundos de pausa, continuó despiezando sus recuerdos, unas veces se emocionaba, otras miraba hacia el mar. “Fidel siempre puso el proyecto revolucionario por encima de su vida personal. Así que no engañó a nadie. A mí tampoco, por eso creo que no es cruel ni malo. Que de todo lo han acusado”.

En el momento de aquel encuentro con Revuelta, Raúl Castro ya era presidente de Cuba y comenzaba a poner en marcha algunos cambios para mejorar la maltrecha economía cubana. Naty sentía una gran simpatía por él y, especialmente, por su esposa Vilma Espín, que había fallecido un año antes. Toda la frialdad que le mostró Fidel, era simpatía en su hermano.

“Fidel lideró con las luces largas puestas. Veía los grandes dilemas de la civilización, los analizaba muy bien, pero se mostraba incompetente con los problemas cotidianos de la gente normal. Al revés que Raúl”, aseguraba.

La pregunta de si la revolución había merecido la pena trastocó su tono alegre e inquieto y recuerdo que respondió con un rotundo sí y comparaba Cuba con algunos países de América Latina “donde el destino ha resultado peor”. No se consideraba víctima de la Revolución, pero sí una sacrificada “aunque ya conoces a los cubanos, somos resistentes”, dejó caer con cierta ironía. Pese a todo defendía a muerte la obstinada resistencia de Fidel a pasar por el aro de imperio gringo: “Aguantamos 40 años y podemos aguantar otras 40 más”.

Naty Revuelta se reencontró con Alina en La Habana. Habían pasado más de 22 años del último beso. “No sólo mantengo relación con ella sino que la hemos reforzado a través de las cartas y de internet”, reveló aquel día. Dicen fuentes bien informadas que fue el propio Fidel quien permitió el regreso excepcional de su hija al saber que Naty se iba. Pero él volvió a su laberinto.

Alina dijo de él: “No le odio. El odio es una palabra demasiado fuerte. Le considero una persona con un nivel de crueldad bastante elevado, pero no llegué a odiarle nunca”. Revuelta también criticó en varias ocasiones la relación bipolar de Fidel con su hija. “No fue buen padre. Quizá quería un niño aunque eso jamás me lo dijo”, señalaba en una entrevista a Paris-Match que le provocó un tremendo disgusto.

“Los periodistas europeos sois demasiado impresionables y os gusta el espectáculo”, comentó al despedirse desde el porche de su vivienda. A su lado siempre estaba un jardinero fiel porque para eso Naty Revuelta fue la mujer, quizá la única, que doblegó el poder de una leyenda.

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Dario Fo, abre una brecha

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Hoy, el teatro no levantará el telón. La muerte de Darío Fo (Sangiano, 1926) los ha llenado de pena. Con él desaparece una de las armas más formidables que contábamos en esa lucha desigual que libramos contra la injusticia que asedia la conciencia del hombre.

Pero, al menos, nos queda su legado y el manifiesto.que, junto a Costa-Gavras, José Saramago y José Luis Sampedro, redactó en 2003 para validar su compromiso contra el pensamiento único, contra todos los poderes políticos que utilizan la democracia para asentar una plutocracia paralizante. Lo tituló “Abrir una brecha” como podía haber sido “Meter una cuña”, “Pasar a la ofensiva” o “Rebelión”. Cualquiera de ellos serviría.

Porque, a fin de cuentas, se trata de un pronunciamiento que llama a la movilización contra este sistema corrupto, a provocar la sedición contra las mentiras y las falsas palabras de una clase política que vive cómoda bajo la escandalosa situación en la que nos mantienen encerrados y se vanaglorian de ello. Porque en esta guerra de clases que emprendieron de forma silenciosa, ellos están ganando.

No lo digo yo. La frase pertenece a una de las fortunas más grandes del Mundo: Warren Buffett.

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más algido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: “pueda este tribunal prevenir el crimen del silencio”?

¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo?

¿Dónde están los Stephan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?

¿Dónde están los Henri Curiel, que se negó a abandonar Egipto para resistir al Afrikakorps de Rommel? ¿Los Henri Curiel anticolonialistas encarcelados durante dieciocho meses en Fresnes por su apoyo al FLN?

¿Dónde están los Gandhi, que entregó su vida para acelerar la caída del imperio británico de las Indias?

¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha en relación con una situación nueva cuyo sentido y exigencias verdaderas acordaron no reconocer las agrupaciones políticas y los diarios de opinión, sea por inercia o timidez doctrinal, sea por prejuicios nacionalistas o morales?

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses?

¿Dónde están los pensadores de la dimensión de Foucault, que revolucionó radicalmente la manera de ver la locura, la cárcel, la sexualidad?

¿Dónde están los de la talla de un Bourdieu, que regeneró la sociología sin dejar de defender con obstinación el rol social del intelectual crítico?

¿Dónde están hoy Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Antonio Machado o Federico García Lorca?

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus.

La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo -cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.

Algunas mujeres, algunos hombres, continúan sin embargo librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico.

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”

Y ellos están ganando.

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©El Roto