Refugiados

“Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, no alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correctos, ni impide que los hombres hagan las cosas que siempre han hecho. Si una historia parece moral, no la creáis (…)”

Tim O’Brian: (Worthington, Minnesota, 1946) “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”

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Quiero denunciar la decisión tomada ayer por la Unión Europea sobre los miles de refugiados, de perseguidos, que aguardan una oportunidad para la vida en Turquía, Grecia, en cualquiera de los países del grupo de Visegrado y en el resto del continente. No me siento representado por ustedes, políticos corrompidos. Me rebelo contra su decisión de ahogar en dinero el grito de desesperación, desobedezco sus irresponsables órdenes, denuncio su hipocresía manifiesta, confronto la decadencia a la que nos quieren arrastrar, doy la espalda a sus deseos y a sus principios, menosprecio su ideología ultra, combato su codicia e incumplo su peligroso comportamiento, que sólo alienta la desesperación. Desde mi función.

Davenports and kettle drums
and swallow tail coats
table cloths and patent leather shoes
bathing suits and bowling balls
and clarinets and rings
and all this radio really
needs is a fuse
a tinker, a tailor
a soldier’s things
his rifle, his boots full of rocks
and this one is for bravery
and this one is for me
and everything’s a dollar
in this box
Cuff links and hub caps
trophies and paperbacks
it’s good transportation
but the brakes aren’t so hot
neck tie and boxing gloves
this jackknife is rusted
you can pound that dent out
on the hood
a tinker, a tailor
a soldier’s things
his rifle, his boots full of rocks
oh and this one is for bravery
and this one is for me
and everything’s a dollar
in this box

Las exclusivas sobre Venezuela

Antena 3 Noticias abrió el informativo nocturno de ayer con la noticia que encabeza este post. Y la viste con la solemnidad que suele acompañar al cumplimiento de una labor ingrata pero al servicio del ciudadano. Como los buenos en los que se puede confiar. Una versión española de Woodward y Bernstein.  Con un estilo desapasionado y una dicción grave que sólo dice la verdad. Comienzan así: “Antena 3 consigue en exclusiva imágenes que demuestran la relación de los independentistas catalanes de la CUP, Podemos y el entorno de ETA con el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. Representantes de estos tres colectivos viajaron a Venezuela en un avión militar que suele utilizar habitualmente el propio presidente venezolano”. Y terminan: “El entorno de ETA, la CUP y Podemos, juntos en un avión pagado por el gobierno bolivariano de Venezuela, pocos meses antes de las elecciones autonómicas, catalanas y generales, con destino a Caracas para participar en un congreso en el que se firmaron resoluciones a favor del derecho a la autodeterminación y al proceso de paz en el País Vasco”.

No pensaba hacer la más mínima alusión a esta noticia pero tanta obsesión irrespetuosa  a Venezuela es irritante. No sólo mienten en su contenido sino que además juzga a los protagonistas por mantener relaciones con un régimen que, dan por supuesto, es abominable, odioso, repugnante, execrable, repulsivo, ruin, abyecto y vil. Y si esa vinculación / conspiración fuera cierta, ¿cuál es el problema? ¿Nacerán niños con cuernos y rabo? ¿España, o una parte de ella como Cataluña y Euskadi, corre el riesgo de arruinar los valores libertarios que nuestros padres y abuelos conquistaron a base de sufridas batallas y mucho empeño?

El rey tiene una excelente relación personal con  la tiranía que reina en Arabia Saudí, hasta intercambian visitas privadas, pero estos mismos medios de comunicación no dicen nada. También el ministro de Defensa está vinculado a una empresa de armamento que vende artefactos a dictaduras bizantinas y no lo denuncian. Es, digamos, normal o al menos nos produce una sensación de normalidad y, desde luego, poco peligroso. Al fin de cuentas son colegas aunque estén un tanto majaretas y se eduquen a hostias. Pero no nos salpican. Y, además, colaboran en la creación de empleo.

La realidad es más compleja y, por lo tanto, muy diferente. Lo único cierto es que  Venezuela se ha convertido en un tema tabú en España, en el mal objetivo que hay que combatir. ¿Cuál es el motivo? Para no extenderme resumiré que la maldición venezolana es haber pasado de abastecer de crudo a EEUU a ser el epicentro anticapitalista más nítido del continente latinoamericano. Podríamos discutir de infinidad de variables pero esa condiciona al resto. En un sentido y en el otro.

Por eso, la exclusiva de Antena 3  es una distorsión informativa fabulosa. Desde ese lenguaje esterilizado que utilizan para separar lo que es bueno y conveniente de lo que es malo y hay que combatir hasta el engolado objetivo audiovisual. Resulta complicadísimo contar lo que verdaderamente ocurre en Venezuela, sin apasionamiento. Reconozco que es una guerra perdida.

Recibimos un bombardeo informativo tan arbitrario como moral que deja en polvo del desierto lo que un día dijo Tim O’Brian sobre la guerra: “Si una historia de guerra parece moral, no la creáis”. Es decir, si un medio de comunicación español habla de Venezuela y parece moral, no le creáis. Al menos, no del todo. Ni instruye, ni alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento, ni impide que los hombres hagan las cosas que siempre hicieron.

 

Grecia y la jauría europea

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En la película ‘La jauría humana’, todo el empeño del sheriff Calder, interpretado por Marlon Brando, era interponerse entre una muchedumbre ebria de un pueblo de la América profunda y el presidario solitario que era Bubber. Para que el espectador sintiera en sus propios ojos las punzadas de aquella cacería pavorosa, el director distribuyó concienzudamente todos los papeles hasta montar un equipo dispuesto a ejecutar maniobras de una violencia sobrecogedora: El viejo cotilla, el machote protegido tras la tribu de matones, el pusilánime, los enamorados furtivos y así un largo elenco de personajes hasta llegar al frustrado líder de la trama, un manipulador rebosante de desprecio hacia la compasión humana.

Pero la realidad es siempre mucho peor porque aquí todo es más complejo y no se vislumbra el final. Es lo que hoy sucede en la UE donde se vive una batalla entre la esperanza ciudadana por aflojarse la soga económica que anuda su cuello y el poderoso régimen de intereses que administra el patíbulo.

Este choque está provocando muchas consecuencias aunque una de las más destacadas sea la pérdida de la esperanza por un mundo mejor o, al menos, como dijo el indulgente Marcel Mauss, por un mundo donde las formas humanas de intercambio estén alejadas de las ideologías utilitaristas que nos hacen perder los sueños.

La economía se resiste a cambiar. Lo estamos viendo con Grecia. No importa el análisis que se haga del tema -si Syriza ha sucumbido a una realidad mercantilista implacable o si ha obrado con inteligencia de ajedrecista en su estrategia final-, la cuestión es que Europa está decidida a ejecutar cualquier injerencia de la política en la crisis financiera.

Como en “La jauría humana”, la UE también ha aplicado una justicia transgresora, en este caso destinada a consolidar una especie de derecho corporativo global con reglas imperativas y ejecutivas pero sin obligaciones exigibles, cuyo mensaje nítido es hacernos ver que en el futuro viviremos sumergidos en un régimen de intereses económicos imposibles de modificar. Un darwinismo social que premia el mercado privado y penaliza las utopías sociales.

Todo esto se demuestra por el nulo interés de Europa hacia la tragedia griega y también hacia aquellos análisis que alertan de que detrás no hay rescates de Estados, sino una protección de la gran banca europea. “Me debes dinero y lo necesito. Lo justo es que me lo devuelvas”, viene a decir la lectura facilona del mantra europeo.

Por eso imagino que vivimos inmersos en una batalla en la oscuridad, en una especie de III Guerra Mundial sin bombas ni pistolas, sin matanzas masivas pero tan lentas que se hacen más insoportables. Es la política contra un enemigo volátil y letal destinado a despojar a los individuos de su protagonismo y, por lo tanto, de su libertad.

Quizá nunca seré capaz de demostrar lo que expongo pero es probable que la evolución del pulso que mantienen Grecia y la UE nos indique pronto si las grietas abiertas entre ricos y pobres aumentan o no

Irak sigue desangrándose

Serán las cabezas doradas que hacen reverberar el sol invernal, el suelo de mármol que recorría todas las estancias de los palacios presidenciales, el espacioso jardín de la residencial principal en Bagdad, las frondosas palmeras que cancelaban la avidez de los curiosos que en 2003 miraban con descaro lo que les habían ocultado, pero la Irak de 2014 comienza a ser para EEUU el símbolo de un sueño roto en todo el Oriente Próximo. 

Un espejismo para aquella mitad de la población que veía en ese decorado la herencia de un líder innegable que luchó para hacer de Irak un país islámico moderno y culto. Una pesadilla para la otra mitad de los habitantes aplastados por la indolencia de un dictador populista que les sumió en un miedo tan atroz que les impedía pronunciar su nombre. Saddam, ‘Rajoud el Kabir’ –el hombre grande-, como le llamaban los miles de cadáveres vivientes que dejó en las cunetas tras más de 35 años de dictadura, volvió a la superficie para culminar, ocho meses después de su caída, su extraño epitafio. Acorralado y sucio como una fiera, se enfrentó orgulloso a nubes turbias por las acusaciones de matanzas contra miles de iraquíes, chiíes y kurdos en su mayoría. “¿Por qué no acabó con su vida para evitar la humillación de su arresto?”, se preguntaba una ingenua periodista estadounidense. “Porque es árabe y para los árabes el suicidio es un blasfemia contra su pueblo”, le contestaba un comentarista palestino.

La sensación de alivio que supuso su detención variaba de un extremo a otro de un país hecho pedazos donde no hay sentimiento nacional ni nada que se le parezca y el resto –el odio y el afecto hacia el expresidente, hacia las fuerzas de ocupación y hacia el gobierno actual del chií Nuri al-Maliki- se mide con la invisible vara de la procedencia étnica. 
Es una delgada línea roja que separa a quienes veneraron la política de Saddam, es decir, el rico y privilegiado norte de los suníes, y quienes soñaron con asesinarle cada día y cada noche durante los años que duró su dictadura, es decir, el atrasado y masacrado sur de los chiíes. En este tiempo, la violencia que Saddam practicó en Irak llegó a cotas de auténtico paroxismo, como se pudo comprobar en 1994 cerca de Basora donde en el corto espacio de 2 semanas fueron asesinadas más de 10.000 personas a manos de la implacable Dirección General de Seguridad, una de las cinco patas de la gran mesa que el dictador iraquí puso en marcha para asegurarse el poder absoluto en el país.

O las atrocidades cometidas en barrios bagdadíes como Bap al Sheef y Al Zufarania, donde muchos de sus habitantes exhiben ahora las salvajes amputaciones provocadas por la Mujabarat, la siniestra policía secreta del antiguo régimen que funcionó durante largos años como una verdadera maquinaria de picar carne con el apoyo de Occidente. Hombres sin orejas, mujeres con el vientre abierto en canal para sacarles a la fuerza el niño chií que un día llevaron en sus entrañas y evitar, de esta forma, que la población de esta etnia continuara su expansión demográfica en perjuicio de la suní, sus enemigos irreconciliables.

“Es cierto que Saddam cometió muchos errores pero no fue una mala persona, simplemente se rodeó de gente cruel que amaba la riqueza desorbitada que este país es capaz de generar”, aseguraba en una entrevista que realicé para el diario DEIA al exgeneral de las Fuerzas Especiales iraquíes, Ahmed Shakir Al Shammari, un hombre que hasta el fin de la sangrienta guerra contra Irán era uno de los consejeros militares más influyente del régimen. 
Petróleo, mercurio rojo y agua que en Oriente Próximo escasea como la luz en la noche, fluyen casi de forma espontánea en este tablero iraquí que la codicia del mundo convirtió hace dos décadas en un campo de batalla y que aun hoy continúa ante la desidia de un mundo sin memoria. Durante toda la entrevista, Al Shammari no cejó de insistir en las torpezas cometidas por los políticos estadounidenses a la hora de desactivar al viejo Estado iraquí. “La resistencia notará el golpe de la detención o muerte de Saddam en un primer momento pero a medio y largo plazo resultará un acicate contra las fuerzas de ocupación y sus herederos que no entienden aún que el poder del viejo régimen se sostenía políticamente en las familias, en las tribus como la mía”. 
Al Shammari hablaba de un ejército potencial compuesto por 500.000 hombres procedentes del granero político del antiguo presidente iraquí, el denominado ‘triángulo suní’ cuyos vértices lo forman Tikrit, Ramadi y Bagdad, el núcleo de lo que hoy es una guerra sin cuartel contra los suníes supuestamente controlados por ese ente maléfico llamado Al Qaeda. Dentro de esta cuadratura, Saddam era un líder venerado y temido. “Es lógico toda vez que el pueblo suní lleva dirigiendo este país desde hace más de 300 años aunque sólo represente al 30% de la población iraquí. Gracias a él se construyeron autopistas, la gente fue escolarizada y el sistema de salud era relativamente aceptable hasta la llegada del embargo”, sentenciaba Al Shammari. El problema estaba en el sur.
Informes recientes elaborados por organizaciones como Naciones Unidas o Human Rights Watch revelan que en los últimos 8 meses los ingresos de los iraquíes se han reducido a la mitad y en los territorios de mayoría chií, el 60 % del país, la calidad de vida sigue empeorando dramáticamente. “Cada piedra expropiada, cada gesto de arrogancia y de humillación intencionada que realizan las fuerzas de ocupación recrea las ofensas contra el espíritu de los chiíes practicado por Saddam. Hablar de paz en ese contexto es tratar de reconciliar lo irreconciliable”, aseguraba el imán Hurtada al Sadr, el más radical de los clérigos chiíes. Al Sadr dispone de una milicia armada, el Ejército del Madhi, que no tiene rubor en exhibir sus pistolas en público.
Tanta ponzoña enraizada en este desierto de petróleo pone en duda que este conflicto pueda tener fin. En el mercado de Nayaf, donde puede encontrarse desde un burro hasta un barril de gasolina, vi a un tendero cuya mascota era un gallo desplumado con una pequeña medalla de Saddam Hussein atada del cuello. Era el más fuerte. A su alrededor correteaban todas gallinas. El tendero explicó que era la simbología política del país: el dictador horrorosamente pelado con un pueblo a su alrededor sin saber aún que será de su destino. Y menos aún si observan como les despojan de sus inagotables riquezas. Ha pasado una década desde su derrocamiento y la guerra continúa ante la indiferencia de un mundo con demasiados frentes abiertos como para recuperar la memoria de un conflicto tan lejano en el tiempo.

Un recuerdo borroso

Ayer lunes se celebró el Día Mundial de la Salud Mental. Resulta difícil escribir sobre esta tremenda dolencia sin caer en tópicos ni estigmas. El cerebro es así de complejo. El de los aparentemente sanos y el de lamentablemente enfermos. 
Recuerdo un hospital psiquiátrico extremo e inusual: El centro Al Rashaad, en Bagdad. Perdonen si les parece obsceno lo que aquí describo. No es mi intención. Sólo pretendo contar cómo vivían aquellos enfermos -como si no existieran- y cómo viven en algunos países de nuestro maravilloso mundo. 
Visité Al Rashaad en noviembre de 2003, en plena invasión estadounidense. Era el único destinado a preservar la salud mental de una ciudad con más de cinco millones de desesperados. Allí convivían esquizofrénicos, asesinos en serie, disminuidos, necrófilos, zoofílicos y otros tipos de perturbaciones mentales. No había sillas, ni camas ni electricidad. La fotografía muestra la situación. Las ventanas están selladas con barrotes de acero. Algunos enfermos perdidos en el delirio voceaban ásperos sonidos tras unos cristales sucios; otros clamaban a un dios ausente que acabara para siempre con el dragón que tenían metido en sus cabezas. Eran decenas de hombres y mujeres convertidos en desechos humanos.
Cuando se desmoronó la dictadura, entre el 8 y el 10 de abril de 2003, un numeroso grupo de saqueadores entraron en tromba en aquel hospital violando repetidamente a todas las mujeres internas, alrededor de 700, y dejando en libertad a todos los demás reclusos, incluidos los criminales. Fue tal el escándalo que la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) recogió evidencias de aquel episodio antes de proclamar su vergüenza. 
Una de las víctimas que más ferozmente fue torturada era Hosnia, una quebrada mujer de 25 años que anhelaba estudiar enfermería cuando la vida era visible en aquel país. Sufría de estrés postraumático con brotes suicidas difíciles de atenuar. Había ingresó en el hospital meses antes de mi visita y hasta entonces no había podido ser tratada con ningún medicamento. 
La sanidad iraquí estaba colapsada y la rama psiquiátrica era la principal damnificada. En Irak, igual que en muchos países del mundo, no hay cultura ni información médica sobre las diferentes manifestaciones de la enfermedad psiquiátrica. Son tratados como demonios, como en la Edad Media. Son rechazados por sus familias, por sus tribus, y abandonados a su suerte. La esquizofrenia sigue siendo un estigma social.
A la espera de alguna terapia, se encontraba Ashin, otra mujer de no más de 45 años pero que aparenta 70. La recuerdo cubriéndose del sol bajo una frondosa palmera. Vestía una abaya negra chií, sucia y descosida. Padecía una psicosis depresiva crónica inducida en su día por la persecución y agudizada por la violación en cadena que sufrió por los desalmados asaltantes. Casi no hablaba y cuando lo hacía, sus palabras fluían como una carambola lenta. Sus manos se entrecruzaban cuando no jugueteaban con la basura que recolectaba en su paseo cotidiano por aquel recinto del horror. 
Pero no todo era horror en aquel hospital. Un mes antes de mi visita, los internos regalaron a la doctora-jefe una peculiar obra de teatro por el día de su cumpleaños. Se titulaba ‘Esquizofrenia’ y resultó ser una medicina muy valiosa. Con ella desterraron por unas horas el miedo, la indiferencia del resto y el estigma de una enfermedad maldita. 
El futuro ni se citaba, simplemente porque para ellos, como para muchos enfermos mentales, desgraciadamente no existe.

¿Para qué sirven los medios de comunicación?

¿Qué buscamos en las noticias? A pesar de que hoy contamos con más canales de televisión, periódicos, emisoras de radio y revistas que nunca, queda la duda de saber si lo que nos cuentan nos ayuda a comprender mejor la compleja realidad del mundo. Da la impresión de que la influencia de la televisión y la aparición al frente de los grandes diarios de hombres de negocios son los parámetros que rigen el camino del periodismo en un escenario donde la atracción por el espectáculo no deja de progresar. “La información se ha separado de la cultura y se ha convertido en una máquina de hacer dinero”,  dijo en una ocasión el reportero polaco Ryszard Kapuscinski.

En EE UU, donde cierta prensa aún no ha perdido el gusto por la escritura, parece que desde hace tiempo se toman los acontecimientos relativos al mundo árabe con una cierta perturbación profesional. The New York Times, quizá el diario más prestigioso del mundo, publicaba al poco de producirse la revuelta en Túnez: “The mounting protests threaten not only to overturn a close United States ally in the fight against terrorism but also to pull back the veneer of tranquil stability that draws legions of Western tourists to Tunisia’s coastal resorts.” (Algo así como que “las protestas no sólo amenazan con derrocar a un estrecho aliado de Estados Unidos en la lucha antiterrorista, sino también diluyen la tranquila estabilidad que atrae a legiones de turistas occidentales a las estaciones costeras de Túnez”).
Casi al mismo tiempo, un compañero que es corresponsal en Londres mostraba su perplejidad -e incluso enojo- ante la información sobre el mismo tema que transmitía la BBC, “más preocupada por los turistas (a los que nadie ha hecho nada)”.
Tanta frivolidad empaquetada me provoca fatiga. Algunos medios han llegado a especular que los motivos del derrocamiento del sátrapa tunecino Zine El Abidine Ben Ali se encuentra “en los dos cables diplomáticos difundidos por Wikileaks”. Como si el pueblo de Túnez no pasara hambre, no sufriera atropellos, no fuera consciente de la corrupción colosal en la que viven. Pero Internet nos ha vuelto a abrir los ojos y, de paso, ha vuelto a poner el dedo en la llaga del poder omnímodo de la prensa y el motivo de su actual existencia. 
En un artículo publicado hace algún tiempo, el periodista Dan Tench desgranaba la sucesión de demandas que coleccionan los diarios -él se refería a tabloides británicos como The Sun– por especular con la verdad de las informaciones y presentar como culpables a personas que luego han resultado inocentes. Y aquí nadie está libre de culpa, como venimos comprobando en la prensa considerada seria. Las tragedias y los conflictos sociales son estupendas alfombras a las que atizar siguiendo criterios de mimetismo corporativo. Dan lo mismo los datos que se manejen porque si lo verifican corren el riesgo de perder la carrera de la inmediatez aunque a muchos les importe un bledo el espanto. Hay muchos ejemplos. Sombras de impotencia grandes como casas, espesas e incomprensibles. 
Entonces, ¿cuál es el criterio real de la información? ¿Quizá la de expandir una visión arrevistada de la vida, con temáticas ociosas, relatos superficiales de asuntos complejos, donde se reparten papeles de malos y buenos en función del poder que se les confiere a los dueños de los medios? ¿Qué tal si hablamos de los intereses corporativos?
En otro artículo, el director de ‘Le Monde Diplomatique’ Ignacio Ramonet decía que los medios de comunicación, y especialmente los periódicos, viven una profunda crisis de contenidos. Se refería al esplendor de los diarios fascinados por los sucesos violentos y sangrantes cuyo corolario es la producción de noticias que se repiten, se copian y se ‘leen’ con la vista. Como aireaba Kapuscinski, estas publicaciones en papel están diseñadas como pantallas de televisión, tienen poca letra, dan prioridad a lo sensacional y sufren amnesia con respecto a informaciones que han perdido actualidad. “Son periódicos hechos para entretener más que para informar lo que está provocando el empobrecimiento de su textos con páginas y páginas dedicadas al autobombo, a los premios, a las promociones y a la publicidad de esas promociones”, añade.
Entonces, ¿ya no hay espejos donde mirarse? Ramonet cree que no está todo perdido. Dice que en medio de las tinieblas hay contrapesos. Se refiere al despertar de una cierta conciencia ética. Ya no sé qué pensar. Es cierto que la prensa, al menos sus trabajadores, empiezan a ver las orejas al lobo en el afán de la empresa de estimular espectáculos triviales como el del Gran Hermano o haciendo noticioso lo que en realidad es un suceso delirante. Quizá Internet albergue una de las esperanzas que nos queda para decirles a Orwell y Huxley que ya pueden descansar en paz.

El negocio del hambre

El escritor británico Joseph Conrad, quizá uno de los más grandes retratistas literarios de África, escribió una vez que no hay creencia tan ansiosa y ciega como la codicia ya que, en su medida universal, es la causa principal de la miseria moral y de la indigencia intelectual del mundo. Conrad percibió esta maldición a principios del siglo pasado pero desde entonces poco o nada ha cambiado.

Así lo entiende el jurado del Right Livelihood Award (Premio al Sustento Bien Ganado, en español) que el pasado año concedió uno de sus galardones, los conocidos como premios Nobel alternativos, a la organización GRAIN, un pequeño grupo internacional sin ánimo de lucro que trabaja en apoyo de los pequeños agricultores y  los movimientos sociales que luchan para mantener la biodiversidad de los sistemas alimenticios. 

Desde hace años, GRAIN viene denunciando las compras masivas de tierras cultivables de países pobres por parte de inversores financieros internacionales.

El resultado de este lucrativo negocio privado está siendo devastador en la última década. Seducidos por promesas de desarrollo inconmensurables, muchos gobiernos venden o arriendan sus campos a empresas extranjeras, a menudo grandes firmas multinacionales, para que apliquen un sistema de agricultura industrial a gran escala que en lugar de proporcionar alimentos produce hambre. Es  la huella de una globalización desigual y depredadora.

Según los cálculos de GRAIN, entre 60 y 80 millones de hectáreas han cambiado de manos en el mundo con estas triquiñuelas desalmadas, es decir, el equivalente a la mitad del área cultivable de la Unión Europea.Y al final, nada de lo prometido se cumple. Los alimentos se venden y las mismas empresas que especulan con la comida lo hacen también con las superficies de cultivo. Los campesinos originarios son expulsados y a la población se les arrebata el fruto de sus tierras porque la producción en masa ya no tiene como destino el mercado local sino el internacional.

Así está el mundo, cada vez más descerebrado y aturdido mientras el hombre complica su existencia comportándose como un lobo para el hombre. 

Conrad tenía razón. Hay veces que tengo la sensación de pertenecer a una especie que, como equilibristas ebrios, disfruta caminando al borde de un despeñadero.