Irak sigue desangrándose

Serán las cabezas doradas que hacen reverberar el sol invernal, el suelo de mármol que recorría todas las estancias de los palacios presidenciales, el espacioso jardín de la residencial principal en Bagdad, las frondosas palmeras que cancelaban la avidez de los curiosos que en 2003 miraban con descaro lo que les habían ocultado, pero la Irak de 2014 comienza a ser para EEUU el símbolo de un sueño roto en todo el Oriente Próximo. 

Un espejismo para aquella mitad de la población que veía en ese decorado la herencia de un líder innegable que luchó para hacer de Irak un país islámico moderno y culto. Una pesadilla para la otra mitad de los habitantes aplastados por la indolencia de un dictador populista que les sumió en un miedo tan atroz que les impedía pronunciar su nombre. Saddam, ‘Rajoud el Kabir’ –el hombre grande-, como le llamaban los miles de cadáveres vivientes que dejó en las cunetas tras más de 35 años de dictadura, volvió a la superficie para culminar, ocho meses después de su caída, su extraño epitafio. Acorralado y sucio como una fiera, se enfrentó orgulloso a nubes turbias por las acusaciones de matanzas contra miles de iraquíes, chiíes y kurdos en su mayoría. “¿Por qué no acabó con su vida para evitar la humillación de su arresto?”, se preguntaba una ingenua periodista estadounidense. “Porque es árabe y para los árabes el suicidio es un blasfemia contra su pueblo”, le contestaba un comentarista palestino.

La sensación de alivio que supuso su detención variaba de un extremo a otro de un país hecho pedazos donde no hay sentimiento nacional ni nada que se le parezca y el resto –el odio y el afecto hacia el expresidente, hacia las fuerzas de ocupación y hacia el gobierno actual del chií Nuri al-Maliki- se mide con la invisible vara de la procedencia étnica. 
Es una delgada línea roja que separa a quienes veneraron la política de Saddam, es decir, el rico y privilegiado norte de los suníes, y quienes soñaron con asesinarle cada día y cada noche durante los años que duró su dictadura, es decir, el atrasado y masacrado sur de los chiíes. En este tiempo, la violencia que Saddam practicó en Irak llegó a cotas de auténtico paroxismo, como se pudo comprobar en 1994 cerca de Basora donde en el corto espacio de 2 semanas fueron asesinadas más de 10.000 personas a manos de la implacable Dirección General de Seguridad, una de las cinco patas de la gran mesa que el dictador iraquí puso en marcha para asegurarse el poder absoluto en el país.

O las atrocidades cometidas en barrios bagdadíes como Bap al Sheef y Al Zufarania, donde muchos de sus habitantes exhiben ahora las salvajes amputaciones provocadas por la Mujabarat, la siniestra policía secreta del antiguo régimen que funcionó durante largos años como una verdadera maquinaria de picar carne con el apoyo de Occidente. Hombres sin orejas, mujeres con el vientre abierto en canal para sacarles a la fuerza el niño chií que un día llevaron en sus entrañas y evitar, de esta forma, que la población de esta etnia continuara su expansión demográfica en perjuicio de la suní, sus enemigos irreconciliables.

“Es cierto que Saddam cometió muchos errores pero no fue una mala persona, simplemente se rodeó de gente cruel que amaba la riqueza desorbitada que este país es capaz de generar”, aseguraba en una entrevista que realicé para el diario DEIA al exgeneral de las Fuerzas Especiales iraquíes, Ahmed Shakir Al Shammari, un hombre que hasta el fin de la sangrienta guerra contra Irán era uno de los consejeros militares más influyente del régimen. 
Petróleo, mercurio rojo y agua que en Oriente Próximo escasea como la luz en la noche, fluyen casi de forma espontánea en este tablero iraquí que la codicia del mundo convirtió hace dos décadas en un campo de batalla y que aun hoy continúa ante la desidia de un mundo sin memoria. Durante toda la entrevista, Al Shammari no cejó de insistir en las torpezas cometidas por los políticos estadounidenses a la hora de desactivar al viejo Estado iraquí. “La resistencia notará el golpe de la detención o muerte de Saddam en un primer momento pero a medio y largo plazo resultará un acicate contra las fuerzas de ocupación y sus herederos que no entienden aún que el poder del viejo régimen se sostenía políticamente en las familias, en las tribus como la mía”. 
Al Shammari hablaba de un ejército potencial compuesto por 500.000 hombres procedentes del granero político del antiguo presidente iraquí, el denominado ‘triángulo suní’ cuyos vértices lo forman Tikrit, Ramadi y Bagdad, el núcleo de lo que hoy es una guerra sin cuartel contra los suníes supuestamente controlados por ese ente maléfico llamado Al Qaeda. Dentro de esta cuadratura, Saddam era un líder venerado y temido. “Es lógico toda vez que el pueblo suní lleva dirigiendo este país desde hace más de 300 años aunque sólo represente al 30% de la población iraquí. Gracias a él se construyeron autopistas, la gente fue escolarizada y el sistema de salud era relativamente aceptable hasta la llegada del embargo”, sentenciaba Al Shammari. El problema estaba en el sur.
Informes recientes elaborados por organizaciones como Naciones Unidas o Human Rights Watch revelan que en los últimos 8 meses los ingresos de los iraquíes se han reducido a la mitad y en los territorios de mayoría chií, el 60 % del país, la calidad de vida sigue empeorando dramáticamente. “Cada piedra expropiada, cada gesto de arrogancia y de humillación intencionada que realizan las fuerzas de ocupación recrea las ofensas contra el espíritu de los chiíes practicado por Saddam. Hablar de paz en ese contexto es tratar de reconciliar lo irreconciliable”, aseguraba el imán Hurtada al Sadr, el más radical de los clérigos chiíes. Al Sadr dispone de una milicia armada, el Ejército del Madhi, que no tiene rubor en exhibir sus pistolas en público.
Tanta ponzoña enraizada en este desierto de petróleo pone en duda que este conflicto pueda tener fin. En el mercado de Nayaf, donde puede encontrarse desde un burro hasta un barril de gasolina, vi a un tendero cuya mascota era un gallo desplumado con una pequeña medalla de Saddam Hussein atada del cuello. Era el más fuerte. A su alrededor correteaban todas gallinas. El tendero explicó que era la simbología política del país: el dictador horrorosamente pelado con un pueblo a su alrededor sin saber aún que será de su destino. Y menos aún si observan como les despojan de sus inagotables riquezas. Ha pasado una década desde su derrocamiento y la guerra continúa ante la indiferencia de un mundo con demasiados frentes abiertos como para recuperar la memoria de un conflicto tan lejano en el tiempo.

Un recuerdo borroso

Ayer lunes se celebró el Día Mundial de la Salud Mental. Resulta difícil escribir sobre esta tremenda dolencia sin caer en tópicos ni estigmas. El cerebro es así de complejo. El de los aparentemente sanos y el de lamentablemente enfermos. 
Recuerdo un hospital psiquiátrico extremo e inusual: El centro Al Rashaad, en Bagdad. Perdonen si les parece obsceno lo que aquí describo. No es mi intención. Sólo pretendo contar cómo vivían aquellos enfermos -como si no existieran- y cómo viven en algunos países de nuestro maravilloso mundo. 
Visité Al Rashaad en noviembre de 2003, en plena invasión estadounidense. Era el único destinado a preservar la salud mental de una ciudad con más de cinco millones de desesperados. Allí convivían esquizofrénicos, asesinos en serie, disminuidos, necrófilos, zoofílicos y otros tipos de perturbaciones mentales. No había sillas, ni camas ni electricidad. La fotografía muestra la situación. Las ventanas están selladas con barrotes de acero. Algunos enfermos perdidos en el delirio voceaban ásperos sonidos tras unos cristales sucios; otros clamaban a un dios ausente que acabara para siempre con el dragón que tenían metido en sus cabezas. Eran decenas de hombres y mujeres convertidos en desechos humanos.
Cuando se desmoronó la dictadura, entre el 8 y el 10 de abril de 2003, un numeroso grupo de saqueadores entraron en tromba en aquel hospital violando repetidamente a todas las mujeres internas, alrededor de 700, y dejando en libertad a todos los demás reclusos, incluidos los criminales. Fue tal el escándalo que la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) recogió evidencias de aquel episodio antes de proclamar su vergüenza. 
Una de las víctimas que más ferozmente fue torturada era Hosnia, una quebrada mujer de 25 años que anhelaba estudiar enfermería cuando la vida era visible en aquel país. Sufría de estrés postraumático con brotes suicidas difíciles de atenuar. Había ingresó en el hospital meses antes de mi visita y hasta entonces no había podido ser tratada con ningún medicamento. 
La sanidad iraquí estaba colapsada y la rama psiquiátrica era la principal damnificada. En Irak, igual que en muchos países del mundo, no hay cultura ni información médica sobre las diferentes manifestaciones de la enfermedad psiquiátrica. Son tratados como demonios, como en la Edad Media. Son rechazados por sus familias, por sus tribus, y abandonados a su suerte. La esquizofrenia sigue siendo un estigma social.
A la espera de alguna terapia, se encontraba Ashin, otra mujer de no más de 45 años pero que aparenta 70. La recuerdo cubriéndose del sol bajo una frondosa palmera. Vestía una abaya negra chií, sucia y descosida. Padecía una psicosis depresiva crónica inducida en su día por la persecución y agudizada por la violación en cadena que sufrió por los desalmados asaltantes. Casi no hablaba y cuando lo hacía, sus palabras fluían como una carambola lenta. Sus manos se entrecruzaban cuando no jugueteaban con la basura que recolectaba en su paseo cotidiano por aquel recinto del horror. 
Pero no todo era horror en aquel hospital. Un mes antes de mi visita, los internos regalaron a la doctora-jefe una peculiar obra de teatro por el día de su cumpleaños. Se titulaba ‘Esquizofrenia’ y resultó ser una medicina muy valiosa. Con ella desterraron por unas horas el miedo, la indiferencia del resto y el estigma de una enfermedad maldita. 
El futuro ni se citaba, simplemente porque para ellos, como para muchos enfermos mentales, desgraciadamente no existe.

La cueva de Alí Babá y sus mil ladrones

Cuando la guerra levanta sus cuarteles, el pueblo alimenta su estómago con negocios sucios. Y en Irak, donde la vida es un rigor cotidiano desde hace 12 años, los oficios escabrosos han crecido como setas tras la lluvia. El problema llega cuando hay intereses enfrentados. Eso es lo que está pasando ahora en suelo iraquí, donde varias bandas de ladrones se disputan el control del mercado negro. Se les conoce como ‘Alí Babás’ y van armados con armas ligeras de última generación. Su táctica es la destreza: vigilan las vías de comunicación más transitadas del país y si un conductor desprevenido se pone en su línea de tiro, lo dejan limpio. 
En el tramo de autopista entre Ramadi y Faluya, a 100 kilómetros al este de Bagdad, está su territorio de caza. Aquí es donde florece el mercado negro, por cuyo control algunos parecen dispuestos a empezar otra guerra. Esta carretera es el único pasillo terrestre abierto a los vehículos que vienen desde Jordania. Territorio donde sólo los expertos conductores se arriesgan. Y siempre lo hacen en grupo, antes de que la noche eche su negro telón, y a 160 kilómetros por hora. 
El mando militar estadounidense les ha lanzado un ultimátum para que abandonen sus posiciones y liberen la autopista, especialmente porque los vuelos a Bagdad se encuentran interrumpidos desde el domingo. La suspensión del puente aéreo, tras el ataque con un misil a un avión de la compañía DHL que transportaba alimentos, limita la llegada de mercancías al corredor de Ramadi.
El pasado domingo, soldados estadounidense dieron buena cuenta de dos de ellos. Una muestra de que la advertencia va en serio. En la capital, la lucha se limita al control de algunos barrios donde la inexperta policía local intenta desde hace semanas poner orden en unos mercados improvisados bajo los principales puentes que unen las márgenes del Tigris, donde se compra como en ninguna otra parte de la ciudad. Allí no es difícil encontrar componentes electrónicos de última generación a bajo precio. 
Se puede adquirir desde una cámara digital hasta enchufes trifásicos. “Lo importante es tener amigos en todos los bandos”, dice con sonrisa pícara un mercader que asegura llamarse Hassan y que alardea de ser uno de los más avezados asaltadores de caminos de Irak. Lo grave es que esta situación de inseguridad se extiende cada día a otras zonas del país.
Este post es el extracto de la crónica que escribí para el diario DEIA en noviembre de 2003 en Bagdad.

Los abandonados de Al Rashaad

“El sueño de la razón produce monstruos” (Francisco de Goya)
Hoy se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Resulta difícil escribir sobre esta tremenda dolencia sin caer en tópicos ni estigmas. El cerebro es así de complejo. El de los aparentemente sanos y el de lamentablemente enfermos. Recuerdo un hospital psiquiátrico extremo e inusual: El centro Al Rashaad, en Bagdad. Perdonen si les parece obsceno lo que aquí describo. No es mi intención. Sólo pretendo contar cómo viven estos enfermos -como si no existieran- en algunos países de nuestro maravilloso mundo. 
Lo visité en noviembre de 2003, en plena invasión estadounidense. Era el único destinado a preservar la salud mental de una ciudad con más de cinco millones de desesperados. Allí convivían esquizofrénicos, asesinos en serie, disminuidos, necrófilos, zoofílicos y otros tipos de perturbaciones mentales. No había sillas, ni camas ni electricidad. La fotografía muestra la situación. Las ventanas estaban selladas con barrotes de acero. Algunos enfermos perdidos en el delirio voceaban ásperos sonidos tras unos cristales sucios; otros clamaban a un dios ausente que acabara para siempre con el dragón que tenían metido en sus cabezas. Eran decenas de hombres y mujeres convertidos en desechos humanos.

Cuando se desmoronó la dictadura, entre el 8 y el 10 de abril de 2003, un numeroso grupo de saqueadores entraron en tromba en aquel hospital violando repetidamente a todas las mujeres internas, alrededor de 700, y dejando en libertad a todos los demás reclusos, incluidos los criminales. Fue tal el escándalo que la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) recogió evidencias de aquel episodio antes de proclamar su vergüenza.

Una de las víctimas que más ferozmente fue torturada era Ashin, una mujer de no más de 45 años pero que aparentaba 70. La recuerdo cubriéndose del sol bajo una frondosa palmera. Vestía una abaya negra chií, sucia y descosida. Padecía una psicosis depresiva crónica inducida en su día por la persecución y agudizada por la violación en cadena que sufrió por los desalmados asaltantes. Sufría brotes suicidas difíciles de atenuar. Casi no hablaba y cuando lo hacía, sus palabras fluían como una carambola lenta. Sus manos se entrecruzaban cuando no jugueteaban con la basura que recolectaba en su paseo cotidiano por aquel recinto del horror. Había ingresado en el hospital meses antes de mi visita y hasta entonces no había podido ser tratada con ningún medicamento. 
La sanidad iraquí estaba colapsada y la rama psiquiátrica era la principal damnificada. En Irak, igual que en muchos países del mundo, no hay cultura ni información médica sobre las diferentes manifestaciones de la enfermedad psiquiátrica. Son tratados como demonios, como en la Edad Media. Son rechazados por sus familias, por sus tribus, y abandonados a su suerte. La esquizofrenia sigue siendo un estigma social.
Pero no todo era horror en aquel hospital. Un mes antes de mi visita, los internos regalaron a la doctora-jefe del centro una peculiar obra de teatro por el día de su cumpleaños. Se titulaba ‘Esquizofrenia’ y resultó ser una medicina muy valiosa. Con ella desterraron por unas horas el miedo, la indiferencia del resto y el estigma de una enfermedad maldita. El futuro ni se citaba, simplemente porque para ellos, como para muchos enfermos mentales, desgraciadamente no existe.
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La felicidad y los dogmas

“Cargar sobre vuestros hombros el sufrimiento del mundo”. Este mensaje del Papa a la juventud que le aclama me parece pernicioso. En mi opinión, esta frase es obtusa e hipócrita con los principios que representa porque sólo refleja una imagen sospechosa de la felicidad. Cada vez me quedan menos dudas de que el objetivo del Santo Padre, y de la institución que representa, es neutralizar al hombre como ser libre (o al menos contradecirlo y debilitarlo). Pero esto no es patrimonio del Vaticano. Es el sentido de muchas religiones: prometen mucho pero no cumplen casi nada.


Quizá sea culpa de sus máximos representantes en la Tierra. Y sino, ¿por qué el Papa insiste en que la única manera de cambiar la situación de este mundo es aplicándose en una intensa penitencia? Porque en la enseñanza terrenal que difunde todo depende de la voluntad de Dios. A los hombres sólo nos reserva el rezo para convencerle de que otro mundo es posible. Con esta filosofía de la vida, los culpables del estropicio jamás se sentirán incomodados.

Me resulta confuso escuchar al Pontífice cuando anima a sus fieles a socializar la infelicidad como un estado natural de las cosas (enmascarando el mensaje con cruzadas apocalípticas siempre huecas porque ni el hambre ni otras injusticias evidentes que dice combatir un hombre de su poder e influencia han retrocedido un milímetro, ni por la gracia de Dios ni por su mediación política). Pero lo que me provoca cortocircuitos es que este apóstol del Bien haya borrado de su diccionario la palabra rebeldía ante la opresión del hombre por el hombre. Teólogos como Leonardo Boff y sacerdotes como Camilo Torres, Ernesto Cardenal, Samuel Ruiz, Jon Sobrino o Ignacio Ellacuría, concebían el papel terrenal de la Iglesia católica y los evangelios de otra manera.

Recuerdo un día en Bagdad. Para sus habitantes, aquello sí que era cargar con la cruz del sufrimiento ajeno. Celebraban la fiesta del Aid al Fith, la navidad musulmana, el momento de recuperar la moral perdida durante 25 días de ayuno a base de pan, cordero y verdura. En una escuela de primaria al sur de la ciudad, dos familias cantaban una canción de fiesta que parecía una triste melodía árabe: “¿Dónde crecen las rosas, viejo amigo, si mi jardín ha sido pisoteado? Por favor, tráeme un resquicio para la esperanza”. Y cuando tocaban palmas, era como si los zíngaros expulsados de este mundo resucitaran en la noche iraquí. “Mohamed, Alí, Hussein ya no os vemos en este mundo. ¿Donde estáis?”, recitaban con parsimonia. 
En aquel momento, la capital iraquí se había vuelto enigmáticamente silenciosa. Se escuchaban menos morteros y se veían menos ráfagas de trazadoras iluminando la oscuridad de la noche. De los 26 millones de habitantes que tenía Irak, cerca de 15 habían seguido aquel año el Ramadán. Hambre y sed saciadas con fuego de morteros. El resto, salvo los 10 millones de pobres en vigilia perpetua, pertenecían a otras religiones. 
En una esquina de la calle Karrada, lo que entonces era lo moderno y peligroso de Bagdad, estaba la casa de Hamid. Una tarde, una bomba colocada al paso de un convoy estadounidense, afectó a su puerta. “Explotó a 30 metros, tres minutos después de yo entrara”, me comentó. Al final de un pasillo de 5 metros con techo bajo había un jardín transformado en un trozo de polvo. Sobre el tronco de una vieja palmera, sus invitados esperaban para celebrar el Aid al Fith. Alumbrados por lámparas de aceite, como en la Edad Media, eran simples sombras fumando en la oscuridad. 
Azhar bebía té recostada en una banqueta medio rota. Era una mujer delgada y tenía la cabeza tapada por un pañuelo negro. Su marido había sido ingresado en el hospital psiquiátrico Al Rasheed. Su hijo, enfermo de leucemia, había muerto meses atrás. Ella vivía en una casa de la Calle Damasco pero ya no abandonaba la de Hamid. 
-¿Por qué?-, respondió a una pregunta indiscreta algo indignada, y sacó una foto ajada de su bolsillo sin decir más palabras. El papel mostraba la imagen borrosa de algo que un día tuvo que ser un hogar. La conquista de Bagdad comenzó por su calle y muchas viviendas fueron dinamitadas. “Tengo 35 años pero siento una anciana. Mi pelo está blanco y las rodillas no me sostienen. ¿Para qué rezar, para qué creer, si mi esperanza no depende de Dios sino de mis semejantes”, añadió con voz pausada. Estaba cansada del estigma de las culpas y del dolor.
Hamid le daba alimentos –cordero, pan iraquí y cebollas- pero a cambio le pedía que cantara porque lo hacía muy bien. Era el momento de la sonrisa, leve pero sonrisa dulce y de inmediato, bajaba la mirada. Una niebla de oro teñía aquella tarde el cielo de Bagdad. Las calles estaban vacías y los sonidos de los morteros parecían haber terminado para siempre. Sólo la voz del muecín procedente de una mezquita cercana desgarraba aquel silencio triste iraquí. Es cierto que era un caso extremo en la existencia del hombre pero me sorprendió que todos habían cambiado de fe. Fue como si, de repente, pensaran que su futuro ya no dependía de la providencia, de esquivar el pecado, de cumplir el dogma. El porvenir se había vuelto tan terrenal como las arenas del desierto. 

Wikileaks y el mañana

Hay que ver el horror para concebir su verdadero estruendo porque el cinismo no parece tener límites. Mientras la secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton clama al cielo por las revelaciones de Wikileaks sobre matanzas y violaciones de los derechos humanos perpetradas por sus soldados en Irak, influyentes medios de comunicación se encargan de flagelar la imagen de Julian Assange, fundador y editor del sitio web más famoso del mundo.

Para quienes estuvimos en Irak, estas revelaciones no son ninguna sorpresa. Muchos testimonios que recabábamos en 2003 hacían referencia a la impunidad con la que actuaban los militares estadounidenses en muchas zonas del país. Ahora comienzan a aparecer pruebas escalofriantes que si no son juzgadas servirán para hundir a esta sacrosanta democracia en el fango de la hipocresía que la sostiene.
Recuerdo a Khadair Abbas, un periodista del clausurado diario Al Jamburia, fustigando el nombre de José María Aznar por haber arrastrado a los españoles a aquella carnicería de forma tan embustera. Recupero dos de las preguntas que me hizo y que publiqué en el diario Deia: “¿Qué puedo pensar de una liberación que anuncia democracia y prosperidad, y lo que nos ha traido es miseria y desconfianza? ¿Qué pensar de las poblaciones sitiadas y bombardeadas periódicamente, de los civiles asesinados tras juicios sumarísimos, de aquellos que fueron obligandos a huir de forma desesperada con métodos bárbaros y no de la civilización que dicen representar?”
Khadair Abbas vivía como un mendigo dickensiano en Al Yarmouk, un barrio rebelde de Bagdad. Casi desnudo y con una boca desdentada que se hundía como un pozo oscuro entre sus mejillas, tenía el cuerpo encorvado y flaco hasta los huesos, casi descarnado. Sin embargo, su nivel cultural era sobresaliente. Había leído a  Cervantes y Bukovski, y conocía con todo lujo de detalles las relaciones fraudulentas entre el vicepresidente estadounidense Richard Cheney y la firma Halliburton, el codicioso lobby empresarial que alimentó la guerra y la mentira.  Abbas me contó que dos noches antes de conocernos, un comando de marines sacó a cinco supuestos muyaidines de sus casas para ejecutarlos en el parque que había frente a su desvencijada vivienda. Decía que él mismo ayudó a enterrar los cuerpos. Sin embargo, aquel día sólo me mostraba cinco tumbas vacías. “Robaron los cadáveres para no dejar pruebas”, juraba. Quien sabe si entre los papeles que maneja Wikileaks se encuentre este caso. Aquello era un caos tan descomunal como hoy Afganistán es un fabuloso desastre.

Pero, ¿y qué ocurría con los cientos de personas que cada día eran detenidas? Para los corresponsales que cubrimos la posguerra de Irak siempre será una cuestión pendiente.

El Centro de Información de Prensa de la Coalición (CPIC) se encargaba de mantenernos lejos de la actualidad. Todas las tardes hacían un inventario de los incidentes armados ocurridos en diferentes puntos del país y los depositaba amablemente en nuestros buzones electrónicos. Tantos ataques rebeldes, tantos detenidos, tantas víctimas. Era un goteo tan abrumador de enfrentamientos y muertos que a la mayoría de la prensa no le quedaba aliento ni para contrastar lo que había ocurrido. Pero las sombras sobre la suerte de los detenidos nunca se disipó del todo. Se sabía que en Irak existía un archipiélago de prisiones construidas por Sadam Hussein que los estadounidenses no habían desmantelado: Erbil, Basora, Kirkuk y Abu Ghraib, en Bagdad, cuyo acceso estaba restringido en un perímetro de varias decenas de metros.

Una prueba. En diciembre de 2003 corrió el rumor de que el único hospital psiquiátrico de Bagdad había sufrido un brutal saqueo por parte de grupos de ladrones. En el centro Al Rashaad, un abandonado lugar al sur de la capital, convivían esquizofrénicos con neuróticos, disminuidos con perturbados mentales y asesinos. No había sillas, ni camas ni tampoco electricidad. Las ventanas estaban selladas con barrotes de acero. Algunos enfermos, perdidos en un delirio atroz, voceaban ásperos sonidos tras unos cristales rotos. Todas las mujeres, alrededor de 700, habían sido violadas por los asaltantes durante los dos días que duró el asedio. Aquello era un inmenso basurero concentrado de dolor humano. Un cuadro esperpéntico y lamentable situado a un kilómetro de un inmenso cuartel estadounidense.

Allí escuché por primera vez el nombre de la vergüenza escondida: “Abu Ghraib”. Haifa Salman, la única psiquiatra que no desertó de aquel horror, fue la autora de la cita.  “No sé si usted conoce ese lugar. Es una prisión que construyó Saddam para torturar a los disidentes. Algunos de los violadores del centro proceden de allí. Les dejaron libres al poco de consumarse la ocupación”, apuntó. La cárcel prácticamente no había sufrido alteraciones. Continuó funcionando como una Colonia penitenciaria, el relato de Kafka en el que los reos eran condenados a que la sentencia les fuera escrita con una aguja en la espalda. La letra con sangre entra y con la tinta, la muerte.

La difusión de las fotografías prohibidas en el semanario New Yorker y en la CBS desató una furiosa tormenta política y una gigantesca ola de indignación. Pero no detuvo la sangría. Ni siquiera las revelaciones del periodista Seymour Hersh asegurando que las violaciones de los derechos humanos eran sistemáticas en los campamentos de prisioneros estadounidenses y que su reportaje sobre Abu Ghraib sólo era “la punta de un gigantesco iceberg” sirvió para fiscalizar comportamientos y depurar responsabilidades más arriba de soldados sin cabeza.

Bajo la lupa desenfocada que nos proporcionan para entender este estado del mundo -la que nos regala  la prensa- se nos cuela la comadreja de la impunidad, la depredación económica y el desarrollo de unas ganancias incalculables para la industria armamentística que tanto contribuye a mantener nuestro PIB en unos límites tolerables. Pero en esta ocasión, las filtraciones a Wikileaks pueden haber empezado a girar la rueda de la justicia ante el jurado de la Historia.

Con estas pruebas comienza a intuirse la verdadera dimensión de tanta guerra infinita, de tanta cruzada artificial. De ahí que los patronos del desbarajuste sólo acierten ahora a pronunciar palabras como ‘poner en peligro a los soldados del frente’. No tienen otra escapatoria.

La canadiense Naomi Klein observa en todos estos disparates una estudiada intención de alimentar el caos y la inseguridad para bloquear la dinámica de la negociación, la estructuración de un discurso político alternativo y la emergencia de interlocutores y liderazgos políticos estables. Al hilo de esta reflexión, el escritor británico John Berger dice con demasiada frecuencia que vivimos un mundo incierto, demasiado oscuro y excesivamente turbador como para predecir con esperanza el futuro cercano. ¿Qué ocurrirá mañana?

Simbad en París está feliz pero no olvida

Samir Benahid es un amigo. Lo descubrí en Irak, en 2003, cuando el abatimiento y las sombras se cernían sobre la voluntad. Entonces, ahí aparecía este tipo humanista, cristiano y políglota para disiparlas como un ventilador.
Él fue mi sombra en aquel infierno y, desde entonces, he charlado regularmente con él a través de Internet. Su sueño era venir a España, conocer el Museo del Prado, animar al Athletic de Bilbao -para no desanimarme más en la noche eterna de Bagdad-, comprobar que la paz no ha abandonado esta mundo y regresar a su país con las bodegas del alma cargadas de razones para seguir viviendo. “Eres como Simbad”, solía decirle. Hoy vive en París y trabaja de recepcionista en un pequeño hostal a orillas del Río Sena.
Durante la guerra, Samir jamás mostró el menor signo de desolación ante la carnicería que le rodeaba. Sólo lo hizo una vez, cuando un grupo jamás identificado voló por los aires una mezquita en pleno centro de la capital con todos los feligreses dentro. Hubo cientos de muertos.
Aquel día, entre lágrimas de angustia incontenible, me comentó que la religión siempre ha sido patria común para todos los iraquíes, de respeto colectivo y que le resultaba turbador observar como había despertado la rabia. “¿Qué utilidad tiene volar esta mezquita?”, se preguntaba una y otra vez mientras mirábamos horrorizados aquel escenario espeluznante.  Por primera vez, Samir tomó partido y ya más tranquilo se respondió: “Para justificar la presencia de los americanos”. ¿A qué te refieres?, le dije. “A nada, a nada. Cosas mías, nada importante”, contestó. Se despidió y se perdió en la oscuridad de la noche a punto de iniciarse el toque de queda impuesto por las tropas invasoras.
No había llantos ni lamentos en sus últimas palabras. Pero de su boca salió un mensaje que me desgarró brutalmente, incapaz ya de extraer una lumbre que aclarara aquella penumbra que vivíamos. Hace dos años le visité en París y volví a prometerle hacer todos los esfuerzos que estén en mi mano para que conozca España.
Hace unos días me escribió un correo. Recordaba mis torpezas extremas en Bagdad, me descubrió los quebraderos de cabeza que tuvo en Nayaf para que no me partieran las narices los chiies más radicales. Me hizo pasar por bosnio musulmán y me puso a rezar con pasión fingida en la mezquita del imán Alí ataviado con una camisa blanca que cubría el polo de rugby que, estúpido de mi, vestía aquel día. Luego, nos adentramos en la carretera de sal que une esta ciudad santa y Siria en un coche sin cristales. Era una vía sin vida. Una locura. Hasta que de pronto paró aquella roña con ruedas y dió media vuelta. “Eres tonto, amigo, y hablas un inglés penoso”, me dijo enfadado. Me avergoncé tanto que se descojonó de risa.
Samir era instinto de supervivencia. Lo demostró en Bap al Sheef, uno de los arrabales más pobres de Bagdad situado en la orilla oriental del rio Tigris y que entonces estaba habitado por ladrones, perturbados mentales, excombatientes, viudas, huérfanos de guerras cercanas y sobre todo ratas. “Se acabó. Esto ya no me gusta. Hay peligro. Nos vamos ya”. Y nos fuimos, claro. Lo peor de él era su fijación con una canción titulada I will love again. Me la hacía escuchar siempre que podía, como una penitencia.
Esta semana me ha escrito y le noto feliz en su vida parisina. Ha vuelto a reír. Como en la foto. Como hacen los héroes anónimos. Sin estridencia. Como Simbad, el Marino de Bagdad.