“La niebla”, por Eduardo Galeano

“La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas.”

Eduardo Galeano (3 septiembre 1940 – 13 abril 2015)

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En 1996 estuve dos meses en Chiapas, un Estado pobrísimo de México que luchaba por hacer realidad el sueño vital de miles de indígenas campesinos. En San Cristóbal de las Casas me quedé una semana. Luego marché a La Realidad, un poblado en el interior de la selva Lacandona que daba de comer a 60 familias tojolabales sin muchos problemas. Se suponía que por allí andaba Marcos, el subcomandante zapatista que sedujo a media humanidad con sus poéticos mensajes enviados a través de Internet. Pude verle una vez, creo, aunque no estoy seguro de ello porque la niebla, aquella mañana, era más densa que la leche de coco.

Un día se acercó un viejito cuyo rostro y modales no olvidaré jamás. Se llamaba Patuel y, como ocurre en todas las culturas milenarias como la maya, tenía el absoluto respeto de todos los habitantes del poblado. Patuel era un hombre silencioso que solía aparecer en los lugares más inesperados apoyado siempre en una larga vara. Se levantaba con el sol y regresaba al anochecer. Poseía el don de hablar el lenguaje de la selva. La conocía palmo a palmo. Sus árboles, la cueva del armadillo, dónde encontrar los mejores frutos silvestres, qué decirle a la boa si venía a intimidar, cuáles eran las peores horas para meterse en el río, en qué lugar estaba el refugio del jaguar y, por supuesto, que planes tenían los ruidosos soldados que por allí se escondían.

No es de extrañar que pusiera de los nervios al Ejército Federal acantonado en los alrededores. Para ellos, aquel inocente viejito que sólo hablaba de fútbol era un fiel amigo de Marcos. No les faltaba razón. Sus conversaciones con Patuel nunca superaba la frontera del fútbol que, para él, giraba sobre un figura concreta: un tal Alberto Onofre, mediocampista de las Chivas de Guadalajara retirado en 1974. Lo demás carecía de interés. O, al menos, eso pretendía que creyéramos.

El tiempo avanzaba muy lento en aquel lugar. A veces, insoportablemente lento. Los entretenimientos eran escasos. De vez en cuando, los helicópteros militares realizaban vuelos rasantes en busca de zapatistas pero no atemorizaban. Aquello se vivía como un acontecimiento festivo en el pueblo. El resto del día se consumía entre paseos, lectura, juegos con los curiosos niños y alguna inolvidable conversación. En una ocasión, Patuel me mostró un cuaderno gastado por el uso que le habían dado decenas de manos más acostumbradas a trabajar la tierra.

Contenía pequeños textos escritos con dificultad, la tinta emborronada y una flor recién cortada como salvapáginas. Me pidió que leyera uno de los poemas porque él no sabía hacerlo. Resultó ser una breve oda a los zapatistas de Eduardo Galeano que dice así:

“La niebla es el pasamontañas que usa la selva. Así ella oculta a sus hijos perseguidos.

De la niebla salen, a la niebla vuelven: los indios de Chiapas visten ropas majestuosas, caminan flotando, callan o hablan de callada manera.

Estos príncipes, condenados a la servidumbre, fueron los primeros y son los últimos.

Han sido expulsados de la tierra y de la historia, y han encontrado refugio en la niebla, en el misterio.

De allí han salido, enmascarados, para desenmascarar al poder que los humilla”.

Luego, entregué el cuaderno a Patuel que se alejó caminando muy despacio, apoyado en su enorme vara como hacía siempre, hacia la niebla que aquel atardecer comenzaba a cubrir la selva.

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Dario Fo, abre una brecha

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Hoy, el teatro no levantará el telón. La muerte de Darío Fo (Sangiano, 1926) los ha llenado de pena. Con él desaparece una de las armas más formidables que contábamos en esa lucha desigual que libramos contra la injusticia que asedia la conciencia del hombre.

Pero, al menos, nos queda su legado y el manifiesto.que, junto a Costa-Gavras, José Saramago y José Luis Sampedro, redactó en 2003 para validar su compromiso contra el pensamiento único, contra todos los poderes políticos que utilizan la democracia para asentar una plutocracia paralizante. Lo tituló “Abrir una brecha” como podía haber sido “Meter una cuña”, “Pasar a la ofensiva” o “Rebelión”. Cualquiera de ellos serviría.

Porque, a fin de cuentas, se trata de un pronunciamiento que llama a la movilización contra este sistema corrupto, a provocar la sedición contra las mentiras y las falsas palabras de una clase política que vive cómoda bajo la escandalosa situación en la que nos mantienen encerrados y se vanaglorian de ello. Porque en esta guerra de clases que emprendieron de forma silenciosa, ellos están ganando.

No lo digo yo. La frase pertenece a una de las fortunas más grandes del Mundo: Warren Buffett.

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más algido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: “pueda este tribunal prevenir el crimen del silencio”?

¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo?

¿Dónde están los Stephan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?

¿Dónde están los Henri Curiel, que se negó a abandonar Egipto para resistir al Afrikakorps de Rommel? ¿Los Henri Curiel anticolonialistas encarcelados durante dieciocho meses en Fresnes por su apoyo al FLN?

¿Dónde están los Gandhi, que entregó su vida para acelerar la caída del imperio británico de las Indias?

¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha en relación con una situación nueva cuyo sentido y exigencias verdaderas acordaron no reconocer las agrupaciones políticas y los diarios de opinión, sea por inercia o timidez doctrinal, sea por prejuicios nacionalistas o morales?

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses?

¿Dónde están los pensadores de la dimensión de Foucault, que revolucionó radicalmente la manera de ver la locura, la cárcel, la sexualidad?

¿Dónde están los de la talla de un Bourdieu, que regeneró la sociología sin dejar de defender con obstinación el rol social del intelectual crítico?

¿Dónde están hoy Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Antonio Machado o Federico García Lorca?

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus.

La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo -cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.

Algunas mujeres, algunos hombres, continúan sin embargo librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico.

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”

Y ellos están ganando.

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©El Roto

España, la impunidad de los asesinos franquistas

Un equipo de Antropología Forense de Argentina acaba de hallar una fosa común en el Arsenal Miguel de Azcuénaga de la provincia de Tucumán, al norte del país, con los restos mortales de 15 personas asesinadas durante la dictadura militar. El cuadro descubierto es estremecedor: cuerpos completos en diferentes posiciones junto a proyectiles, algunos de ellos atados en las extremidades superiores enrollados en neumáticos y rastros de combustión. Es decir, los inocentes ejecutados entre 1976 y 1983 por viles verdugos con rostro y apellidos fueron quemados vivos antes de recibir un tiro de gracia. Así estamos. Desenterrando la ominosa herencia de la Escuela de las Américas con pinceles y buriles para reescribir la oscura historia del hombre y descansar. 
En Argentina, en Chile, en Colombia, en Camboya, en Guatemala, en Bosnia, en muchos países de África y, a duras penas, también en España. Precisamente, la semana pasada fue descubierta un nueva fosa sin nombre en Vizcaya. Es el goteo infinito en un país cuyos dirigentes siguen poniendo reticencias, ocultaciones y caras de póquer cuando se trata de mirarse en el espejo de su propio horror. Es lo que ocurre cuando se levantan los cuarteles y el ganador se niega a reescribir el libro de su historia. Es lo que dejó pendiente nuestra “ejemplar” transición. 
España es el segundo país del mundo tras Camboya con mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados ni identificados. Han pasado más de 70 años desde el fin de la Guerra Civil y 114.000 personas continúan enterradas en lugares inhóspitos, sin una triste lápida que les recuerde, sin justicia ni memoria. Ni una lágrima oficial por ellos.
La organización “Jueces para la democracia” recordaba hace unos días que  el Gobierno del PP “está llevando no solo a la impunidad de los delitos cometidos durante la dictadura, sino a que se queden materialmente sepultados en el olvido”. Triste legado cuando se pretende abanderar la defensa de las víctimas en un país donde las heridas de la violencia siguen abiertas de par en par.
Desde aquí sólo queda felicitar a todas las organizaciones que trabajan para recuperar la Memoria Histórica española, y en especial a la Sociedad Aranzadi, un grupo de antropólogos que tratan de evitar que aquel horror caiga en el más repugnante olvido. Todavía hoy, miles de personas siguen intentando rescatar el honor y la dignidad de cientos de miles de hombres y mujeres que el franquismo asesinó. No sé si al final habrá justicia pero al menos muchos familiares y los que han logrado sobrevivir al paso del tiempo esperan escuchar la verdad: La que les dirá que sus antepasados y compañeros desaparecieron por defender la libertad. 
Pero ojo, porque en la guerra, desenmascarar el ojo tuerto de la mentira acarrea perder la vida. O contribuyes a la causa o al paredón. Y aquel vía crucis aun no ha terminado.

Chevron en Ecuador

La niña de la fotografía se prepara para una celebración. Vive en Sucumbíos, una provincia del noreste de Ecuador muy poco poblada. Tan sólo 170.000 personas habitan en esta franja amazónica de 19.000 kilómetros cuadrados fronteriza con el Putumayo colombiano y Perú.

Hasta la mitad del pasado siglo convivían sin problemas comunidades indígenas Cofanes, Secoyas y Sionas. Gente orgullosa que habla el lenguaje de la Tierra, de la Pacha Mama. Pero la armonía comenzó a resquebrajarse cuando la petrolera Texaco, hoy Chevron, comenzó en 1964 a explotar una de las inmensas bolsas de petróleo que yacen en aquel subsuelo. En lugar de la prosperidad prometida, las máquinas llevaron pobreza.

A sus pobladores les arrancaron de la tierra, les negaron la palabra, les condenaron a la servidumbre y a la enfermedad. Ellos, que fueron los primeros, se convirtieron en los últimos. Pero alguien apeló a la justicia.

La cohorte de sesudos picapleitos a sueldo de la multinacional petrolera estadounidense retrasó el veredicto hasta la obscenidad. Intentaron comprar la memoria de la gente, presionaron al Gobierno del Ecuador y activaron todo tipo de artimañas legales durante 17 largos años. Tras interminables investigaciones, el “caso Texaco/Chevron” llegó a los tribunales. Primero a una humilde corte local, más tarde a los poderosos jurados estadounidenses.

Finalmente se dictó sentencia: la petrolera debía de abonar más de 19.000 millones de dólares a los 30.000 afectados por los desmanes cometidos durante los años que duró la explotación de los pozos en Sucumbíos. Según la corte de apelaciones de Nueva York, la empresa Texaco/Chevron vertió descontroladamente más de 65 millones de litros de crudo por la zona, liberó más de 700.000 metros cúbicos de gas quemado al aire libre y contaminó más de 20 millones de litros agua destinada al consumo de los habitantes lo que provocó un número indeterminado de muertos y deterioró la salud de cientos de vivos.

Pero la arrogancia de esta poderosa empresa, nada acostumbrada a que alguien les mire de frente, no tiene límites. Su reacción inmediata fue demandar al Estado ecuatoriano en cortes internacionales, la mayoría establecidas en EEUU como la corte distrital de Nueva York y la Corte Suprema de Estados Unidos o en Europa, convencida de que actuarían a favor de sus intereses. Después diseñó una efectiva campaña mediática destinada a desprestigiar el sistema judicial ecuatoriano, acusado de “corrupto”, mientras ponía a trabajar a un excelso equipo de comunicadores y abogados para crear un estado de opinión favorable a nivel internacional. Muchos de los que se consideran parte sustancial de la prensa “libre” entendió el recado.

El periódico Financial Times, la sancta santorum de la información económica neoliberal, acaba de negarse a publicar anuncios favorables a una justicia racional; esto es, que Chevron acate las sentencias en su contra y pague de una vez lo que debe a los damnificados. Por otro  lado, algunos videos de denuncia colgados en la red sobre el desastre ocasionado por la petrolera en Ecuador suelen ir acompañados por un faldón publicitario pagado por la multinacional estadounidense con una leyenda: “El gran fraude judicial en la amazonía ecuatoriana”.

Sin embargo, no es la primera vez que Chevron hace oídos sordos a las sentencias en su contra, ni tampoco que políticos a sueldo ejecutan medidas represivas contra quienes ponen a esta empresa en el disparadero de la opinión pública internacional.

Un ejemplo de la protección institucional que rodea a Chevron sucedió el sábado 3 de agosto en Richmond, California. Ese día, unas 2.000 personas desfilaron hasta las puertas de la refinería que la empresa tiene a las afueras de la ciudad para exigir responsabilidades por la catástrofe del 6 de agosto de 2012. Aquel día explotó parte de la planta provocando cientos de heridos, enfermos crónicos de los pulmones tras soportar la asfixiante niebla tóxica emanada del desastre. Obviamente, la empresa petrolera no ha asumido su responsabilidad en este suceso. Ni lo hará. Jamás lo ha hecho.

Lo que si se produjo en Richmond fueron 229 detenciones de pacíficos manifestantes, aunque poco o nada salió en la prensa. El apagón informativo como estrategia de imagen es moneda de curso legal para uno de los mejores clientes publicitarios de los grandes diarios del mundo. Y quien paga en tiempos de crisis para la prensa, ya se sabe, impide la difusión de cierta información, especialmente si ésta destapa las sombras de la codicia.

Estas maniobras en la oscuridad son llevadas a cabo por seis prestigiosas firmas de relaciones públicas con cobertura planetaria: Hill & Knowlton, Edelman Worldwide, Sard Verbinnem, Robinson Lerer Montgomery, Sam Singer and Associates, y CRC Public Relations. En el caso ecuatoriano, la táctica surtió efecto el 16 de febrero de 2012 en la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya que emitió un fallo mediante el cual permitía dejar en suspenso la ejecución de la sentencia condenatoria de la corte de Sucumbíos.

Desde entonces, la movilización popular en América Latina contra la empresa estadounidense no ha de dejado de crecer. En una página web en inglés, cientos de internautas de todo el mundo desgranan los detalles de un caso como el de Sucumbíos para compensar la casi nula repercusión mediática. La batalla no ha terminado.

Al menos no para la joven de la foto, una niña indígena siona. Ella vive cerca de Nueva Loja, la cabecera administrativa de esta bellísima provincia amazónica. Le pintan la cara para una fiesta. La fiesta de la victoria.

La justicia contra la prensa y libertad de expresión

Quizá por el azar de nacer en Euskadi, o por seguir la actualidad de América Latina o por pertenecer a una tropa como la periodística hoy tan mermada y endeble, llevo bastante tiempo prestando atención al proceso judicial abierto por el presidente de Ecuador Rafael Correa contra el diario “El Universo”, editado en Guayaquil,  por las supuestas injurias vertidas contra el mandatario ecuatoriano por uno de sus exeditorialistas políticos, Emilio Palacio, en un artículo titulado “No a las mentiras”. Tras 13 horas de deliberaciones, la Corte Nacional de Justicia de Ecuador condenó ayer a su autor y a tres de los directivos del diario más poderoso del país a tres años de prisión y a un pago de 30 millones de dólares a su víctima.
Vuelvo a leer, perplejo, la absoluta indignación que muestra Palacio en cada párrafo del artículo denunciado. El autor llama “dictador y asesino” a Correa, a quien acusa de “ordenar disparar fuego a discreción contra un hospital lleno de civiles y de gente inocente” el 30 de septiembre de 2010, día en el que se produjo un golpe de Estado fallido contra el presidente.
La difusión del fallo de la Corte de Justicia ha vuelto a activar las alarmas sobre un posible deterioro de la libertad de expresión, de difusión y de opinión en el país andino -y por extensión en buena parte de América Latina-. Algunos medios españoles se han permitido el lujo académico de abrir secciones en sus webs para corroborar que la fragilidad de la libertad en ciertos países del sur de América (y alguno del norte) es un hecho objetivo. Será para ilustrarnos las ventajas del liberalismo intelectual que disfrutamos. No sé.
Cuando me tocó escribir sobre América Latina conviví a diario en el laberinto de fantasmas y mitos que acompañan la mirada de los principales medios de comunicación españoles sobre los procesos políticos abiertos en América Latina y decidí extremar el celo. Me esforcé para mantenerme esterilizado frente a dogmas, estereotipos o simpatías que pudieran influirme. Sólo con dejar que los protagonistas de aquellas sociedades retrataran su propia historia, sin silenciar a ninguno, pude perfilar el rostro desfigurado de muchos medios españoles cuando reflejan las complejas realidades latinoamericanas. En España vivimos una extraña contradicción ideológica que impide renovar un compromiso activo con el periodismo. Esta manera de mirar produce en los lectores múltiples batallas perturbadoras. Un ejemplo es que la sentencia condenatoria por un hecho concreto contra un diario concreto, El Universo, es extensible a toda “la prensa” para un medio tan importante como El País.
No oculto que me provocan una profunda duda los tratamientos informativos sobre Ecuador, Colombia, Argentina, Perú o Venezuela. Nada es tan negro como lo pintan, ni tan blanco como otros nos hacen ver. Todos es complicado y está salpicado de tramas corruptas, recuerdos dramáticos y explotación pero también de sueños. Pese a la globalización, existen dificultades reales para leer informaciones contrastadas sobre esos países, a menudo procedentes de fuentes del mismo manantial y generalmente ocultas. Es lo que llamamos información “coja”, sin verificar la mayoría, oficiales cuando interesa pero que casi siempre agravian al mismo bando, normalmente el que se sitúa a la izquierda de nuestro ejemplar mundo. Estas informaciones actualizan la tesis de Sherlock Holmes sobre que siempre es más fácil distorsionar las teorías para adaptarlas a los hechos, que los hechos a las teorías. Aunque esto último también suceda.
Pero volviendo al tema original, y para no extenderme, quiero recordar que sólo en España se cerraron dos medios de comunicación, el diario y la radio Egin, en 1998 por orden de Baltasar Garzón. Hubo que esperar 9 años para que fueron “rehabilitados” al determinar los tribunales que todo se debía a un grave error porque sus actividades no eran ilícitas. Claro que ya era tarde para reabrirlos y recolocar a muchos de los que quedaron en paro. Pese a todo, dos periodistas, Javier Salutregi y Teresa Toda, continúan en prisión. 
Tampoco se puede pasar por alto que en 2007 el juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo ordenó el “secuestro” de la revista El Jueves al considerar que caricaturizar a los príncipes follando era una “grosería innecesaria”. La portada era esta:
Estas cosas pasan en España. Y hay alguna más pero hoy estoy tan cansado de tener que dedicar un folio a tratar de justificarme que prefiero pasar a la sección de deportes.

África y el negocio de sus tierras

“Lo que para unos es comida, para otros es amargo veneno” (Lucrecio, filósofo romano)

El escritor Joseph Conrad, quizá uno de los más grandes retratistas literarios de África, escribió una vez que no hay creencia tan ansiosa y ciega como la codicia ya que, en su medida universal, es la causa principal de la miseria moral y de la indigencia intelectual del mundo. Conrad percibió esta maldición a principios del siglo pasado pero desde entonces poco o nada ha cambiado.
Así lo ha debido de entender el jurado del Right Livelihood Award (Premio al Sustento Bien Ganado, en español) que la semana pasada concedió uno de sus galardones anuales, los conocidos como premios Nobel alternativos, a la organización GRAIN por denunciar las compras masivas de tierras cultivables de países pobres por parte de inversores financieros internacionales.
El resultado de este lucrativo negocio privado en la última década está siendo devastador. Seducidos por promesas de desarrollo inconmensurables, muchos gobiernos venden o arriendan sus campos a empresas extranjeras, a menudo grandes firmas multinacionales, para que apliquen un sistema de agricultura industrial a gran escala que en lugar de proporcionar alimentos produce hambre. La huella de una globalización depredadora.
Según los cálculos de GRAIN, entre 60 y 80 millones de hectáreas han cambiado de manos en el mundo con estas triquiñuelas desalmadas, es decir, el equivalente a la mitad del área cultivable de la Unión Europea. 

Y al final, nada de lo prometido se cumple. Los alimentos se venden y los mismos que especulan con la comida lo hacen también con las superficies de cultivo. Los campesinos originarios son expulsados y a la población se les arrebata el fruto de sus tierras porque la producción en masa ya no tiene como destino el mercado local, sino el internacional. 
Así está el mundo, cada vez más descerebrado y aturdido mientras el hombre complica su existencia comportándose como un lobo hambriento para el otro hombre. Conrad tenía razón. Hay veces que tengo la sensación de pertenecer a una especie que camina como un equilibrista ebrio al borde de un despeñadero.

El cantante del primer video es Ismael Isaac, músico de Costa de Marfil muy influenciado por el gran grupo marfileño Alpha Blondy. El tema es Magno Manko pertenece a su último CD, Black System. 
La fotografía y este comentario fueron publicados la semana pasada en Más que Ciencia.
El último video corresponde a Geoffrey Oryema, músico ugandés que tuvo que huir de su país tras la llegada al poder del dictador Idi Amin Dada. El tema se titula Land of Anaka

Pena de muerte en otoño

“Entre los actos y los gestos, entre el poder y la existencia, cae la sombra” (T.S. Eliot)

Puede resultar extraño, e incluso demagógico, que en una página sobre la vida hagamos un hueco excepcional para hablar de la muerte. Hoy, precisamente hoy, que el otoño arranca su viaje trimestral en el hemisferio norte. Época de celos y también de pasiones pasadas que caen al suelo. Pero el otoño no es la estación de la extinción sino la del tránsito. Algo muere para que nazca algo nuevo. Es una cuestión de sapiencia, de ecuanimidad. El empate eterno que rige las leyes del mundo. 
En la foto aparecen dos ciervos bajo una cortina de agua. Buscan el aroma de las hembras en celo. En unos días comenzarán la berrea y estremecerán el bosque. Durante tres semanas el paisaje marchito de una naturaleza agónica será su dominio. Hasta los lobos tendrán que emigrar.

A muchos kilómetros de distancia, un hombre de 42 años llamado Troy Davis era ejecutado el miércoles 21 de septiembre en la prisión estatal de Jackson, Georgia, EEUU. A las 23.08 horas, casi al mismo tiempo en el que la noche daba alcance al día y la naturaleza aceptaba resignada el comienzo de su inevitable ocaso. El de Davis es un caso entre los miles que aguardan la sentencia de esta tortura institucional. Pero hay quienes berrean como los ciervos de la fotografía. 

En uno de los últimos debates entre los candidatos republicanos a la presidencia de EEUU, el gran favorito, el gobernador de Texas Rick Perry, se vanagloriaba de que durante su mandato ha ejecutado a 234 personas, el último de ellos un blanco fascista que arrastró con su camioneta a un negro hasta matarlo. El público aplaudió. O berreó distorsionadamente, como hacen las bestias fuera de temporada.
Ya es otoño, época de llegadas y partidas, de cambios y de transformación. De viajes, en definitiva, aunque para algunos siempre será un trayecto a ninguna parte.
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