Ante el drama ocurrido en Ceuta: Una carta a la situación de los inmigrantes

“No hay cacería como la cacería humana y aquellos que han cazado hombres durante bastante tiempo y han disfrutado no vuelve a importarles nada” Ernest Hemingway
He decidido recuperar la carta que un amigo me envió hace ya unos meses. Hay muchas cosas que no comparto con él pero nuestra vida siempre ha evolucionado sobre discusiones laberínticas, unas veces acaloradas y otras muertos de la risa, en nuestro vano intento de arreglar el mundo. Me pidió que mantuviera su anonimato aunque no lo entienda. Aunque el tiempo y la vida nos ha separado quizá para siempre, así lo haré. Es su derecho y tampoco lo comparto. Aquí dejo su opinión sobre la inmigración y nuestro mundo. Lo sucedido hoy en Ceuta lo reclama. Estas son sus palabras:

“Te mando esta nota en privado porque no intento provocar una brecha discrepando en público temeroso de que o bien no se entienda el contenido de esta carta, o simplemente no sea compartida por todos y monten alguna bronca.

Como sabes abomino la revolución intermitente, la revolución sin compromiso. Cada día, en cada esquina, a cada minuto, encontramos causas que nos hacen palidecer, que nos conmueven y nos hacen reflexionar sobre la injusticia del sistema. Tenemos mil y un motivos para adjurar del modo de vida que llevamos. Los suficientes para actuar y provocar un cambio.
Nos dejamos invadir por el sentimiento de rabia y en un minuto vomitamos, denunciamos y…. acallamos nuestra conciencia sin más objetivo que volver lo antes posible a nuestra cómoda y burguesa existencia. Una agradable existencia alimentada, por cierto, con productos hechos por menores en condiciones infrahumanas o con aranceles caníbales que hunden cualquier intento de desarrollo en los países del tercer mundo y empujan a sus ciudadanos a cruzar el charco en patera. Nos hemos acostumbrado a observarles, a través de las imágenes de televisión por el satélite o por Internet, como si no fueran de este mundo. Vanas ilusiones.
Insisto, no creo en la revolución sin compromiso. Y eso significa ir más allá de la denuncia y empuñar las armas para aniquilar a los responsables de la catástrofe. Hipócrita es denunciar las condiciones  de vida en esos países pobres y a la vez llamar asesinos a quienes se revuelven dispuestos a aplastar a sus responsables. Y eso lo hacemos continuamente.
Decía un poeta de principios del siglo pasado que la palabra es un arma cargada de futuro. Es cierto. Pero sin un compromiso real son algo vacío. La denuncia por la denuncia es amarillismo. Es el sentimiento pequeño burgués travestido de revolución para encubrir o sobrellevar la carga de la culpa. Si no somos capaces de derribar el sistema, y esto sólo se consigue por la fuerza, me parece más honesto adjurar de la revolución y abrazar con fe el reformismo.
No creo en los revolucionarios a tiempo parcial, por eso tampoco creo en el periodismo de la denuncia a secas, sea gráfico o literario (puede ser divertido pero no útil). Contar las cosas que vemos y quedarnos ahí, sin más, tiene la misma fuerza que narrarle un cuento a un niño para que duerma… acabará soñando con los personajes de la historia pero al despertar se encontrará con la misma realidad.
¿De qué vale sumergirnos en los desequilibrios que provocamos si no lo acompañamos de una guía, de un camino para canalizar la ira? El periodismo es una herramienta, pero si no se pone al servicio de la revolución se convertirá en un instrumento para perpetuar este sistema que tanto censuramos.

Dicen los teóricos que los sistemas políticos permiten cierto grado de corrupción (y por lo tanto de denuncia) para seguir vivos, para retroalimentarse y prolongar unas injusticias que las maquillan cada cierto tiempo con aparentes catarsis para que todos podamos dormir tranquilos. Saneamos un 10% de la corrupción existente y eliminamos algunas cabezas de turco pero mantenemos vigentes los mismos principios que consolidaron las injusticias. Ese es el modelo americano, el que hemos importado en Europa.

Un modelo tan seductor que otorga a la prensa la falsa apariencia de libertad y le dispensa generosamente ese papel denunciador tan hueco como desmemoriado. Así, imágenes como la que nos cuentas en tu blog, o denuncias como las que vemos ahora en los periódicos sobre la actuación del ejercito yankee en Afganistán o antes en Guantánamo o en Abu Ghraib  podían haber puesto patas arriba el sistema. Pero no, sólo nos inducen a pedir cambios, a señalar a los culpables….. y, ¿qué ocurre después? Que el sistema se desprende de uno o dos indeseables pero la estructura permanece incólume, sin cambios…..  ya lo dijo Lewis Carroll: “que todo se mueva para que todo quede igual”. Eso es  denuncia sin compromiso, la coartada perfecta que nos permite acosar con más saña a los Hugo Chávez o a los Castro del mundo amparados en que nosotros limpiamos nuestra basura. Mentira. Sólo son apariencias y simulación.

La revolución nació en la vieja Europa y parece que nos hemos olvidado de ella con bonitas imágenes como la del clavel sobre el cañón del fusil. La revolución, si de verdad somos revolucionarios, lleva aparejada sangre (los detractores del Che Guevara destacan su crueldad para con los enemigos de la revolución, pero es que el cambio real es también sinónimo de muerte y destrucción. No es posible convivir con los que quieren aniquilarnos). No se puede ser revolucionario y dejarlo todo al minuto siguiente para ir a correr a los brazos de nuestra amada.

El que abraza la revolución abraza un modo de vida que incompatibiliza nuestra apacible existencia con la miseria en la que subsiste tres cuartas partes del planeta. De lo contrario, lo honesto, repito, es declararse reformista y aceptar que el sistema siempre ganará por lo que la única opción que nos queda es luchar para introducir pequeños cambios con la esperanza de que a largo plazo las desigualdades se reduzcan. Pero incluso esto conlleva compromiso y voluntad de cambio.

La misma policía que detiene inmigrantes es a la que acudimos para que defienda nuestros miserables objetos (nuestra propiedad privada) o la que detiene etarras. Es el mismo cuerpo armado y forma parte del mismo mecanismo  represor del Estado tanto cuando hacina a los ilegales como cuando desarticula comandos.

Esos inmigrantes indocumentados hacinados en los centros de internamiento para extranjeros (CIE) tienen derecho a robarnos en plena calle porque primero nosotros les despojamos de todo y luego les empujamos a venir acá para vivir más miserablemente todavía. Si nos molesta que nos roben en nuestros domicilios también puede resultar hipócrita denunciar la marginación que sufren.
De acuerdo, cambiemos el sistema pero desde el compromiso a tiempo completo, ya sea para la reforma o para la revolución. La denuncia amarilla, sin más, nos hace sentirnos culpables o iracundos el tiempo exacto que dure la exposición pero si a la salida de la misma no hay una mesa para que nos afiliemos a un movimiento, a que participemos en un grupo de acción directa, todo queda en toreo de salón.
Y practicar toreo de salón y adjurar de las corridas de toros también es pura hipocresía.

Saludos de un reformista convencido, pero cada vez más cínico con sus congéneres.

Gracias, tío

Fronteras invisibles

Actualizado el jueves 23 de septiembre de 2010

Hay fotografías que delatan. Unas el odio labrado por el tiempo, como las del argentino Walter Astrada sobre la violencia electoral desatada en Kenya a finales de 2007 donde kikuyos y kalenjin, enemigos irreconciliables desde la época de la colonización británica, la emprendieron a flechazos como brote final de los viejos resentimientos escondidos en una de las democracias aparentemente más estables de África. Otras  fotografías revelan el dolor, como las realizadas por el madrileño Ángel Navarrete en Camboya con las víctimas olvidadas de las minas antipersona, amputaciones y de la polio sacrificados durante la ominosa época de los Jemeres Rojos. 

Ninguno de estos dos fotoperiodistas elaboran un tratado de guerra en sus trabajos, ni siquiera realizan una narración apasionada de los conflictos que cada día se cobran piezas antológicas aunque no salgan en los medios de comunicación. Nada de explicaciones geoestratégicas de la zona. Nada de personalismos innecesarios. Las fotografías, las de Astrada en color y las de Navarrete en blanco y negro, devuelven a esa gente el protagonismo que la maldita actualidad les arrebata cada día. Sus imágenes trasladan la voz muda de aquellos a los que su origen y condición les segó toda esperanza y fulminó cualquier apuesta por su futuro. Todos  ellos tienen nombres y apellidos, y todos muestran sin pudor un proceso de demolición interno tan atroz que sólo podemos imaginarlo porque lo desconocemos.
Quizá una de las reacciones humanas más previsibles ante la ferocidad vital que Walter y Ángel ilustran con sus cámaras es huir de esa quema porque cualquier cosa es mejor que flirtear con la muerte, el abandono y el silencio. Y es posible que algunos de sus protagonistas se encuentren ya en las calles de nuestras lustrosas ciudades con el único patrimonio que les aportan sus manos y su disponibilidad para hacer lo que sea. Precisamente por eso es tan fácil abusar de ellos.

Un capítulo cotidiano del despotismo con el que muchas veces se trata a los expulsados del mundo sucedió en el barrio madrileño de Legazpi aunque pudo ocurrir en Lavapiés, en  El Raval, en Puerto de Santa María y en tantas otras plazas de España. Pero en Legazpi la Policía quiso borrar los testimonios directos y arrebató las cámaras al fotógrafo del periódico Diagonal que cubría la redada, Edu León. Semanas después fue detenido y durante dos días, encarcelado y golpeado. Sus testimonios fotografícos escuecen demasiado y parece que se la tienen jurada. Pero él no ceja y seguirá la pista informativa como un sabueso. Como Olmo Calvo y David Fernández, que junto al propio Edu León, se colaron en un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) para contar cómo se vive dentro.
Parte de esa constancia es el trabajo Fronteras invisibles que acaba de estrenar web. Aquí revela la otra historia de los que llegaron escapando de la miseria.  El relato incomprensible. Se trata de un recorrido por almas angustiadas encerradas en los infiernos de nuestro civilizado mundo. Su único delito era no tener papeles. La exposición multimedia aclara más cosas. En primer lugar que los inmigrantes indocumentados son tratados como ganado.
Un hombre durmiendo en el suelo. Rostros congestionados. Cuerpos congelados. Nadie arremete físicamente contra ellos pero sus máscaras faciales muestran desolación. Los testimonios del video no tienen desperdicio. Pero el Estado se empeña en demostrar  de esta forma a sus ciudadanos legales que su seguridad está garantizada porque no tiene piedad con los ilegales. Se trata del mismo poder que luego difunde cloroscuros sobre la inmigración en general para que los catetos de la patria apunten con su dedo acusador a los negros, latinos o magrebíes como si fuera el cañón de una pistola.
Personas sospechosas por no ser completamente blancas de piel y sentenciadas probablemente por no estar suficientemente alfabetizadas. Kafka tendría aquí buen material para reescribir El Proceso.

Muchos de los casos recopilados por los autores de la exposición, algunos de ellos tras pasar 60 días detenidos en un CIE del horror, han visto su destino frustrado por la torpeza de una deportación que les envía directamente a un entorno social malsano y a una realidad que para ellos sólo tiene desventajas. 

Daniel Ayllón arroja más vinagre en la llaga de esta vergüenza en un artículo publicado en el diario Público ahora que a muchos se nos llena la boca con palabras de indignación por la Ley de Inmigración de Arizona: varios de los capítulos de esa ley invalidados por la Justicia estadounidense ya se aplican en España. Allí se movilizaron miles de personas para parar esa forma de extremismo de Estado mientras que aquí se dictan órdenes secretas para ampliar y agilizar las expulsiones express pero nadie dice nada.
Ya ni siquiera los denuncias documentadas recogidas por algunos reporteros sirven de mucho. La guerra parece perdida porque las tinieblas del racismo no retrocen, avanzan.

Héroes e iluminados

Los héroes son tornan traidores, los traidores mártires… Los líderes iluminados y los timoneles de las patrias se vuelven criminales cogidos con las manos en la masa… hasta que, tal vez, en algún temible momento del futuro, se transformen en simpáticos viejecitos protagonistas de las tertulias de la televisión o las radios. 
Y, ¿en qué se tranforman los profesores de leyes, los fiscales, los padres? ¿Cuál será su suerte en las olas rompientes de la historia?

La página de sucesos

En la plácida noche de San Juan, una joven de 18 años fue apaleada hasta casi la muerte por un menor en la localidad guipuzcoana de Andoain. La chica está ingresada en la UVI del Hospital Donostia de la capital guipuzcoana. El agresor posee antecedentes penales y tiene una medida cautelar contra él dictada por el Juzgado de Menores de San Sebastián tras verse implicado en una agresión con arma blanca. Desde el día de la brutal paliza, el angelito se encuentra en paredero desconocido. La policía le busca y su madre trasladó ayer a las autoridades el deseo de su hijo por entregarse. Ella misma le acompañará a la primera comisaría que encuentre. 

Hasta aquí los hechos oficiales de un nuevo acto de violencia contra las mujeres, agravado sin duda por el detalle de que la bestia es un menor de edad (lo que añade morbo). Pero algunos diarios ya se han lanzado a publicar que el chaval era un violador y que había zurrado a su propia madre en varias ocasiones. La policía lo ha desmentido. Historias infladas así provocan daños irreparables y desprestigian a una profesión que hoy no anda sobrada de credibilidad. ¿Cuál es el límite?
No pienso hablar de las oscuras perturbaciones psicólógicas que envuelven las agresiones físicas. No merece ni una sola letra. Pero sí me gustaría reflexionar sobre las sombrías morbosidades que atacan a algunos o algunas escribas cuando caen en sus manos casos lúgubres como éste. No entiendo la tenebrosa inclinación que sienten por entrevistar al padre, a la madre o al hermano de una víctima y, menos aún, por llevar a un titular declaraciones del tipo “ahora sólo me gustaría mirar a los ojos al asesino de mi hermana” o “sólo espero que hagan con él lo mismo que él hizo con mi hija”. ¿Qué van a decir?. Una gran película titulada El Ojo público trata sobre esta extraña enfermedad que ataca a los malos redactores. 
Aunque no tenga nada que ver con la violencia premeditada, recuerdo una ocasión en la que el redactor jefe de un periódico me mandó al depósito de cadáveres de un hospital de Bilbao para cubrir la llegada del féretro de un joven estudiante que se había despeñado practicando senderismo. Durante la espera, tuve la ocasión de entablar conversación con una persona cercana al chaval que me contó algunas anécdotas de su vida suficientemente interesantes y bonitas como para escribir algo diferente de aquel luctuoso suceso. 
Por ejemplo, la meticulosidad con la que aquel boy scout, no muy apto para los deportes de riesgo, organizaba las salidas al monte, con su lupa para observar insectos, con su libro de árboles y sus apuntes geológicos. O que era un lector empedernido de Tolkien y que por eso soñaba despierto como lo hacía dormido. Por supuesto que vi a sus padres en la morgue. Lógicamente estaban deshechos. Su único hijo acababa de morir en un estúpido accidente. No me atreví ni siquiera a acercarme a ellos. Los miraba en silencio y pensaba en cómo puede encararse un proceso traumático de aquellas características, en que nunca me toque vivir semejante suerte. Pensé en el vacío que tendrían, un agujero que no lo curaría ni el paso del tiempo. Pensé en la delgada línea que separa a los vivos de los muertos. Pensé mil cosas.
Cuando volví a la redacción, el mismo jefe que me mandó cubrir la noticia me preguntó si les había entrevistado. “No”, contesté. “Por supuesto que no”, añadí. Su enfado se escuchó en todo el edificio. Que si no había hecho bien mi trabajo, que si mi deber era conocer si se había producido una negligencia de los responsables, que si aquello era nuestra historia… ¿Qué era nuestro? ¿La incredulidad de unos padres destrozados? ¿Sus lágrimas inconsolables? ¿Su dolor extremo? ¿La apertura de la página de sucesos? ¿Un anuncio más a pie de página? En fin. Que vi las orejas del lobo y decidí que para ver lobos con colmillos de verdad, lo mejor era irse a la guerra y mandarlo todo a comer morcilla.
El caso de Virginia Acebes -una menor desaparecida, violada y asesinada por otro menor de manera tan brutal que conmocionó Bilbao durante meses- también fue tremebundo. Se abrió una veda salvaje por publicar datos, a menudo contradictorios, que algunos redactores-jefe azuzaron sin pudor. Mejor ni recordarlos.
Hay cientos de casos parecidos. En Barcelona ocurrió lo mismo con los niños del Raval que supuestamente habían sido colocados en alquiler a perturbados sexuales. La lentitud de la investigación y  de la justicia colaboró a que el rumor desbordara a la información. Mala suerte para los lectores y para esos plumillas ansiosos de truculentas historias que consideran su especialidad aunque carezcan del más mínimo estilo literario y una nula sensibilidad humana. 
Leer así las noticias me provocan el mismo efecto que el de una navaja barbera bien afilada por el cuello. Una náusea asfixiante. Por eso suelo agarrar la página con pinzas y pasar a las de deportes. Para evitar lavarme los ojos con lágrimas y mandarles a freír churros.

Fumar es malo

Los fumadores son seres muy antiguos. Materia arqueológica. Más pasados que una película muda. Recuerdo al mítico Lucky Luke liándose un pitillo antes de triturar a los hermanos Dalton. Años después le bajaron su perfil de vaquero duro y melancólico. Sus creadores dijeron que dibujarlo con un cigarro prendido de los labios no era un patrón para sus jóvenes seguidores. Y se lo cambiaron por un manojo de hierbas. Lo desnaturalizaron. Es como si a Astérix le sustituyeran la poción mágica por agua destilada. Perdería la gracia y, por supuesto, toda la fuerza. Los romanos conquistarían la aldea y Obélix sería la comida mensual de los leones del Circo. 
Pero tienen razón los guionistas. Lucky Luke era un anuncio de tabaco subido a un caballo, un mal ejemplo para los niños. Y no es cuestión de crear héroes atosigados por el humo. Quizá por eso siempre omitieron dibujarle al amanecer. Ahí fueron muy listos. Prefirieron evitarle la vergüenza de mostrarle abatido por la tos ronca, angustiado por esa respiración silbante de dragón afónico. 
La causa del vaquero solitario la entienden siete de cada diez españoles que en una reciente encuesta se han mostrado partidarios de la prohibición total del tabaco. De aplicarse esta pauta, los próximos meses serán una gran batalla donde los saqueos, los suicidios y los fusilamientos colectivos en la plaza del pueblo serán tan corrientes como el sol del mediodía. En los bares la gente se estirará de los pelos. Será una bonita guerra entre dos bandos que se aman. El de los ilustrísimos bebedores y el de los insensatos fumadores. 
Al resto -es decir, a los que bebemos y fumamos lo que nos apetece- nos queda la opción de afiliarnos a esas terapias de levitación y buenas vibraciones que proliferan últimamente como setas tras la lluvia. Quizá sea la forma más saludable de seguir el ejemplo de exfumadores compulsivos como Lucky Luke para conciliarse con sus futuros seguidores.

Crisis global

Los héroes son tornan traidores, los traidores mártires… Los líderes iluminados y los timoneles de las patrias se vuelven criminales cogidos con las manos en la masa… hasta que, tal vez, en algún temible momento del futuro, se transformen en simpáticos viejecitos protagonistas de las tertulias de la televisión y las radios.

Y, ¿en qué se transforman los profesores de leyes, los economistas, los padres? ¿Cuál será su suerte en las olas rompientes de la historia?