Dario Fo, abre una brecha

dario-fo

Hoy, el teatro no levantará el telón. La muerte de Darío Fo (Sangiano, 1926) los ha llenado de pena. Con él desaparece una de las armas más formidables que contábamos en esa lucha desigual que libramos contra la injusticia que asedia la conciencia del hombre.

Pero, al menos, nos queda su legado y el manifiesto.que, junto a Costa-Gavras, José Saramago y José Luis Sampedro, redactó en 2003 para validar su compromiso contra el pensamiento único, contra todos los poderes políticos que utilizan la democracia para asentar una plutocracia paralizante. Lo tituló “Abrir una brecha” como podía haber sido “Meter una cuña”, “Pasar a la ofensiva” o “Rebelión”. Cualquiera de ellos serviría.

Porque, a fin de cuentas, se trata de un pronunciamiento que llama a la movilización contra este sistema corrupto, a provocar la sedición contra las mentiras y las falsas palabras de una clase política que vive cómoda bajo la escandalosa situación en la que nos mantienen encerrados y se vanaglorian de ello. Porque en esta guerra de clases que emprendieron de forma silenciosa, ellos están ganando.

No lo digo yo. La frase pertenece a una de las fortunas más grandes del Mundo: Warren Buffett.

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más algido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: “pueda este tribunal prevenir el crimen del silencio”?

¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo?

¿Dónde están los Stephan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?

¿Dónde están los Henri Curiel, que se negó a abandonar Egipto para resistir al Afrikakorps de Rommel? ¿Los Henri Curiel anticolonialistas encarcelados durante dieciocho meses en Fresnes por su apoyo al FLN?

¿Dónde están los Gandhi, que entregó su vida para acelerar la caída del imperio británico de las Indias?

¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha en relación con una situación nueva cuyo sentido y exigencias verdaderas acordaron no reconocer las agrupaciones políticas y los diarios de opinión, sea por inercia o timidez doctrinal, sea por prejuicios nacionalistas o morales?

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses?

¿Dónde están los pensadores de la dimensión de Foucault, que revolucionó radicalmente la manera de ver la locura, la cárcel, la sexualidad?

¿Dónde están los de la talla de un Bourdieu, que regeneró la sociología sin dejar de defender con obstinación el rol social del intelectual crítico?

¿Dónde están hoy Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Antonio Machado o Federico García Lorca?

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus.

La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo -cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.

Algunas mujeres, algunos hombres, continúan sin embargo librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico.

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”

Y ellos están ganando.

el-roto-2

©El Roto

La crisis económica y la derecha

En Europa se libra hoy un pulso trascendental. La herida abierta por la crisis económica ha destapado un vacío político de proporciones excepcionales. El paisaje es desolador. Países intervenidos por los mismos personajes que nos metieron en el atolladero. Delincuentes de cuello blanco sancionando a Estados soberanos por haber tapado los delitos que ellos cometieron y obligándoles a confiar nuevamente en sus fórmulas mágicas porque, aunque en el pasado no hicieron las cosas bien, esta vez su comprensión del problema es la correcta.
El resultado que estamos contemplando es una dócil sumisión de la clase política que está allanando el camino hacia el poder a una derecha intolerante, el eslabón que les faltaba a estos delincuentes de las finanzas para difundir la consigna que asegura que nada detendrá la plutocracia que han comenzado a imponer. Ni las protestas, ni las lágrimas de los desahuciados, ni siquiera el voto cada cuatro años porque todas las opciones políticas tienen ya similares objetivos. Tampoco el jubilado que ayer se suicidó en Atenas.
La oposición a esta espantosa dinámica ya no se vigoriza con advertencias de intelectuales como Stéphane Hessel, Naomi Klein, Joseph Stiglitz o quién sea sino con la decisión práctica de hacer frente sin contemplaciones al mal que tratan de imponer. No censuraré aquí la melodramática capitulación de los Partidos Socialistas europeos ni tampoco la compungida posición de un gobierno como el español que observa cariacontecido el derrumbe de nuestra economía imponiendo medidas draconianas al sector más sufrida de la sociedad y dividiendo a la mayoría con promesas de un mundo mejor que nadie sabe si llegarán. Y si nadie lo remedia, España aun no ha tocado fondo.
Ni siquiera parecen valer ya, en esta Europa triste, las pruebas que demuestran que la cruzada de recortes liberales iniciadas por el corrupto FMI responde a maniobras de poderes que operan en la oscuridad más que a la protección de los valores humanos universales. Es la puesta en escena del último capítulo del fin de la Historia, de la “necesidad” del dominio político de los especuladores, de los ricos empresarios para quienes la única opción de desarrollo es la sociedad de mercado, la especulación y la opacidad. Aunque para ello deban pagar justos por pecadores. 
El gran pretexto que utilizan para sacar la espada que deshaga el nudo gordiano del Estado del Bienestar es la crisis global. El déficit público es la zanahoria que nos muestran para ir a la guerra. No importa que quienes abanderan esta batalla hayan violado sistemáticamente las normas básicas del funcionamiento financiero capitalista. Ni siquiera se han esforzado en desmentir los certezas que aseguran que nos robaron, que nos esquilmaron, con hipotecas basura, con dinero negro, con amnistías fiscales para los estafadores que sólo predican con cantos de sirena. Deudocracia.

Cualquier atisbo de crítica -como la del Movimiento 15M-  es silenciado de un plumazo con el argumento demoledor de que todo se dirime en las urnas. Claro que bajo esta “certeza” política algunos ven un telón que oculta sus propias debilidades y fracasos. Por ejemplo, ¿por qué la mayoría del pueblo no cree en los políticos profesionales, cómo es posible que el ganador de unas elecciones se sienta legitimado para hacer lo que hace este gobierno con el 27% de las papeletas de todos los ciudadanos con derecho a voto? 
Es tal la argamasa propagandística puesta en marcha que hasta la socialdemocracia parece temer por las consecuencias de decirle no a los amos de las finanzas. Incluso los orgullosos franceses y los nostálgicos alemanes dan la sensación de haber renunciado abiertamente al fabuloso botín de armar una alternativa real a la oscuridad que nos muestran los revolucionarios neocons. 
Esta nulidad socialdemócrata puede tener consecuencias imprevisibles tanto para el Estado del Bienestar como para la estabilidad del propio sistema económico que se está imponiendo en países como Grecia, España o Portugal, demasiado dependientes de los mercados, de los consumidores y de las grandes corporaciones. Y de fondo un enemigo imprevisible asentado en un radicalismo político que sólo ve la solución en el modelo de desarrollo especulativo y sin control que perpetúe los intereses de unos pocos. 
El problema es que, a diferencia de cualquier crisis anterior, la amenaza actual parece esterilizada ante cualquier forma de protesta para imponer su deseo a toda costa. España no tiene alternativa a lo que hoy sucede porque carece de una alternativa productiva propia y de autogobierno. Estamos enfangados hasta las trancas en un modelo difícil, por no decir imposible, de vincular organizativamente con un sólo país, con un Estado, con un gobierno. O quizá, sí. Porque presidentes como Mariano Rajoy, que suele dar la impresión de ser un político confuso y gris, no lo es en absoluto. Es una marioneta más destinada a rediseñar un nuevo mapa geopolítico en Europa y el mundo a la medida de los verdaderos dueños. 
De consumarse esta dinámica, los servicios públicos serán borrados del mapa, el racismo brotará de la tierra y la oposición será anulada con el virus del poder como moneda de cambio para su división interna. En un giro propio de Orwell, sus fabricantes de opinión ya han desplegado hoy la artillería de diversión: aceptar que el triunfo de la derecha ideológica será la respuesta a todas las dudas, aplaudir las intervenciones económicas en marcha y los recortes impuestos como si con ellos déjaramos de pensar en “absurdas” conspiraciones, esas que nos susurran que detrás de tanta arrogancia hay control social y un totalitarismo enmascarado. Los amos del universo están decididos a reducir la libertad del hombre a su capacidad de elegir lo que compra reservándose el resto para sus maniobras orquestales en la oscuridad. 

La democracia tiembla en España

“Y así paso la noche yaciendo al lado de mi querida; mi querida, mi vida, mi novia. En su sepulcro junto al mar; en su tumba a orillas del mar” (Edgar Allan Poe)

Sopla un viento reaccionario en España (y en el mundo) que acojona. La estrategia es muy fácil: comenzamos haciendo concesiones a los voraces mercados y terminamos recibiendo una reforma laboral para que el empresariado pueda sellar el control político del país. Luego llegan los recortes sociales, el copago sanitario. Las grandes vergüenzas de un país socialmente en liquidación. Los neocons están encantados de conocerse y dibujan, sin ambages, sonrisas de satisfacción en sus orgullosas caras de vendedores de patrimonio. Qué asco, oiga.

Tenemos un gobierno que reúne todos los atributos para convertirse en los traficantes de ideas del nuevo Contrato Social: ambiciosos por el capital, devotos religiosos, leales al mercado y lucen bellas gestos de arrogancia cada vez que hablan de derechos sociales o laborales. En un excelente artículo, Pere Rusiñol explicaba no hace mucho tiempo los ocho derechos que el PP ha puesto en el despeñadero.
La idea de modernidad que nos venden los neocons en el poder (y el PSOE por abdicación de sus principios progresistas) es una estocada salvaje al valor práctico de las teorías de Jean-Jacques Rousseau. Y no hay nada más sencillo que comenzar por reducir los derechos de los ciudadanos y aumentar sus deberes. 
La monumental indignación que hoy prolifera camuflada de miedo por las esquinas de Europa, por corrillos y tertulias alejadas de los escenarios mediáticos, en barricadas griegas, es directamente proporcional a la rapidez con la que los tecnócratas vacían el sentido público de la política y el valor de la democracia. A los ciudadanos europeos nos están marcando con el hierro incandescente del neoliberalismo salvaje. ¿Cómo entender sino este rocambolesco giro hacia las cavernas de las relaciones laborales, del derecho a la huelga, de la responsabilidad social corporativa?

Porque el PP no habla jamás de los excesos del mercado, de las maniobras orquestales en la oscuridad de la economía global de especuladores sin escrúpulos, de los aviesos intereses secretos de las agencias de calificación, de la fuga de talentos al servicio público que se está produciendo en España, de la desigualdad creciente que padecemos. Dirigentes como Sáenz de Santamaría hablan de un peligro de intervención externa que está al acecho y ponen de referente a Grecia y los países latinoamericanos que han dicho no a las recetas de crecimiento de instituciones como el FMI.

No es de extrañar, por lo tanto, que pretendan liquidar buena parte de los bienes que el Estado, como equilibrador social, destinaba al bienestar de los necesitados, a la cultura, a la sanidad y a tantas otras áreas de la vida. Y es que lo que bajo ningún concepto van a poner en peligro, como se encargan de decirnos cada minuto estos especialistas del capital, es el modelo de vida actual sin que que pueda entreverse críticas a su discurso arrogante y vacío. Cualquier disidencia es convertida automáticamente en enemiga de la libertad, del progreso y de la recuperación económica.

Y para evitar que les lluevan piedras utilizan el “razonamiento” de la necesidad de las reformas para el desarrollo de la humanidad porque fuera de la sociedad de mercado -de un mercado sin rostro humano donde serán las grandes corporaciones  las que dicten las normas políticas o se las salten a la torera- no hay vida. Nada de sucios partidismos. En ese escenario estamos: en el despliegue de un nuevo modelo de desarrollo basado en la privación paulatina de derechos para gran parte de la población en edad de trabajar. Un mal que dibujan como necesario en estos tiempos negros de recesión o depresión pero que en realidad es la situación ideal para que los dirigentes actuales puedan mantenerse en el poder. La crisis es aliada de gente como Sánz de Santamaría, De Guindos o Rajoy. El problema es que este maximalismo revestido de miedo que nos obsequian cada vez que abren la boca también  devora parte de la verdad.

Ya lo advirtió George Orwell: el nuevo fascismo aparecerá invocando la libertad. Libertad para culpabilizar de los males a quienes no comulguen con las ruedas de ese molino neoliberal que están edificando. Esto demuestra que no hay mérito en ser intolerante siendo conservador. Lo que tiene valor de verdad es protestar en las plazas de España. A quien logre desafiar esta cruzada neoliberal en curso deberían condecorarle.

PD: Todo el apoyo del mundo para el canal de televisión local de Vallecas TeleK y Canal 33, dianas de la intolerancia de Esperanza Aguirre

Huelga contra el sistema

El pesimismo laboral se extiende como una epidemia. Son tantas las quemaduras sufridas en los últimos años de recesión económica que la esperanza ya escuece. Hay quien dice que hace cien años ocurrió algo similar en la industria siderúrgica y apareció el convertidor Bessemer, el que permitía transformar las ricas hematites en acero, para salvar la vida obrera. Pero lo de ahora es distinto. Hoy, las sombras son tan espesas que las palabras contra la economía y sus gestores llegan desde todos los sectores productivos. Indignadas. Como puños cerrados. 

Pedro Rodríguez es calderero, ya jubilado, pragmático y realista. Le conocí durante su época de representante sindical de CCOO en el comité de empresa de La Naval. Eran tiempos de crisis, muy duros. Me lo encontré ayer en la calle y hablamos un buen rato bajo un sol abrasador.  “Guste o no, Bruselas no va a admitir nunca un autogobierno real entre los países que componen la Unión Europea”, me dijo enfadado. Su olfato de sabueso proletario le indica que el reloj corre en contra de los trabajadores, de sus derechos, de su protección, de la negociación sectorial y colectiva. De la clase media y de los viejos. De los pobres mejor ni hablar. Sólo queda la protesta y la empatía de quienes aun no sufren el látigo del sistema. “Es una huelga contra el sistema”, sentencia.

Para un hombre con la lengua baqueteada en mil negociaciones obreras, las mayores aberraciones de este “golpe de Estado silencioso que estamos sufriendo” es que saquen a subasta los servicios públicos, que flexibilicen los EREs y que reformen las relaciones laborales a favor del capital. En realidad, mucho de lo que critica el bueno de Pedro lo criticamos muchos. “Por eso el resultado de la huelga convocada va a ser fundamental. Especialmente, porque si es un éxito reforzará la moral de la sociedad indignada, su fuerza real, y servirá para articular futuras movilizaciones”, añade.

Es mediodía del día previo a la huelga. La oficina del SEPE bulle. Todos los parados van (vamos) de un lado a otro hablando, gritando, pero nadie se presta atención. El sistema de empleo se resquebraja. El mérito del ejército de parados que hay en España sería que esta huelga general rompiera la dinámica de individualismo imperante y que el miedo que algunos empresarios han insuflado a quienes aun conservan su empleo quede silenciado por el sentido común: La democracia, más allá de la representación política y del respeto a la mayoría, implica la protección de los derechos, de las prestaciones sociales, del acceso a la información, de la participación política. En suma, de la libertad. 

El triunfo sería como una candela dentro del sombrío túnel que los timoneles de Europa o, mejor dicho, los revolucionarios neocons intentan dibujarnos con los pinceles del miedo y la contundencia de un maremoto.
No estamos más cerca de Grecia, estimado banquero. Usted miente. Estamos en vuestras manos, que es distinto. En España hubo un ególatra con solera y durante los 8 años que duró su reinado sus súbditos pudieron comprobar que cuando se equivocaba, nos confundíamos todos. Era la táctica del jamón ibérico: socializar el error pero nada de responsabilidades. A mi me sigue sorprendiendo que ningún banquero esté en la cárcel.

Que la huelga sirva para que este país comience a disipar las tinieblas económicas que hoy intentan imponernos y que avanzan con tanta decisión.