“La niebla”, por Eduardo Galeano

“La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas.”

Eduardo Galeano (3 septiembre 1940 – 13 abril 2015)

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En 1996 estuve dos meses en Chiapas, un Estado pobrísimo de México que luchaba por hacer realidad el sueño vital de miles de indígenas campesinos. En San Cristóbal de las Casas me quedé una semana. Luego marché a La Realidad, un poblado en el interior de la selva Lacandona que daba de comer a 60 familias tojolabales sin muchos problemas. Se suponía que por allí andaba Marcos, el subcomandante zapatista que sedujo a media humanidad con sus poéticos mensajes enviados a través de Internet. Pude verle una vez, creo, aunque no estoy seguro de ello porque la niebla, aquella mañana, era más densa que la leche de coco.

Un día se acercó un viejito cuyo rostro y modales no olvidaré jamás. Se llamaba Patuel y, como ocurre en todas las culturas milenarias como la maya, tenía el absoluto respeto de todos los habitantes del poblado. Patuel era un hombre silencioso que solía aparecer en los lugares más inesperados apoyado siempre en una larga vara. Se levantaba con el sol y regresaba al anochecer. Poseía el don de hablar el lenguaje de la selva. La conocía palmo a palmo. Sus árboles, la cueva del armadillo, dónde encontrar los mejores frutos silvestres, qué decirle a la boa si venía a intimidar, cuáles eran las peores horas para meterse en el río, en qué lugar estaba el refugio del jaguar y, por supuesto, que planes tenían los ruidosos soldados que por allí se escondían.

No es de extrañar que pusiera de los nervios al Ejército Federal acantonado en los alrededores. Para ellos, aquel inocente viejito que sólo hablaba de fútbol era un fiel amigo de Marcos. No les faltaba razón. Sus conversaciones con Patuel nunca superaba la frontera del fútbol que, para él, giraba sobre un figura concreta: un tal Alberto Onofre, mediocampista de las Chivas de Guadalajara retirado en 1974. Lo demás carecía de interés. O, al menos, eso pretendía que creyéramos.

El tiempo avanzaba muy lento en aquel lugar. A veces, insoportablemente lento. Los entretenimientos eran escasos. De vez en cuando, los helicópteros militares realizaban vuelos rasantes en busca de zapatistas pero no atemorizaban. Aquello se vivía como un acontecimiento festivo en el pueblo. El resto del día se consumía entre paseos, lectura, juegos con los curiosos niños y alguna inolvidable conversación. En una ocasión, Patuel me mostró un cuaderno gastado por el uso que le habían dado decenas de manos más acostumbradas a trabajar la tierra.

Contenía pequeños textos escritos con dificultad, la tinta emborronada y una flor recién cortada como salvapáginas. Me pidió que leyera uno de los poemas porque él no sabía hacerlo. Resultó ser una breve oda a los zapatistas de Eduardo Galeano que dice así:

“La niebla es el pasamontañas que usa la selva. Así ella oculta a sus hijos perseguidos.

De la niebla salen, a la niebla vuelven: los indios de Chiapas visten ropas majestuosas, caminan flotando, callan o hablan de callada manera.

Estos príncipes, condenados a la servidumbre, fueron los primeros y son los últimos.

Han sido expulsados de la tierra y de la historia, y han encontrado refugio en la niebla, en el misterio.

De allí han salido, enmascarados, para desenmascarar al poder que los humilla”.

Luego, entregué el cuaderno a Patuel que se alejó caminando muy despacio, apoyado en su enorme vara como hacía siempre, hacia la niebla que aquel atardecer comenzaba a cubrir la selva.

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"Un día tomé entre mis manos", Rainer Maria Rilke

Un día tomé entre mis manos
tu rostro. Sobre él caía la luna.
El más increíble de los objetos
sumergido bajo el llanto.

Como algo solícito, que existe en silencio,
tenía que durar casi como una cosa.
y con todo nada había en la fría noche
que más infinitamente se me escapara.

Oh, porque desembocamos en estos lugares,
se apresuran hacia la pequeña superficie
todas las ondas de nuestro corazón,
voluptuosidad y desfallecimiento,
y al fin, ¿a quién ofrecemos todo esto?

Ay, al extraño, que nos ha malentendido,
ay, a aquel otro, que nunca hemos encontrado,
a aquellos siervos, que nos han maniatado,
a los vientos de primavera, que se han desvanecido,
ya la quietud, la perdedora.

Mientras estuve con Ana (Capítulo IV)

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Ha pasado ya una semana desde que encontraron el cadáver de una mujer en el maletero de mi coche. Lo único que han averiguado es que fue estrangulada antes de que desfiguraran su cuerpo. Un agente me ha llamado esta mañana para decirme que, pese a los avances de la investigación, su identidad continúa siendo un misterio. Mi coche, un Seat Altea negro, ha sido desmontado en la base de la policía científica. Me comenta que es el último recurso para encontrar una huella. No tengo dudas de que al final aparecerá algo.

Vuelve a llover en la montaña. Días como el de hoy abren las mazmorras de esa melancolía que me tiene enredado como una serpiente al tronco de un árbol. Ahora que intuyo que jamás volveré a ver a Ana me resulta doloroso pensar cómo era, su pragmatismo salvador, la forma de explicar las cosas y esa extraña habilidad para volver trascendentes asuntos sin importancia. Recordarla me provoca un vacío insoportable pero necesito contar esta historia hasta dónde alcanzo a saber, porque de lo contrario estaría traicionando la memoria de una persona que amé con pasión pero también con desgarro.

– Hasta hace dos meses nunca había oído hablar de ti. Primero, encontré un reportaje tuyo que publicó la revista News cuando buscaba documentación sobre las bandas juveniles en Colombia. Me pareció excelente, bien hilado y con mucho curro detrás. Sin embargo, no me convencieron las fotografías. Creo que eran de John Caviedes, un tipo que piensa más en el arte que en la información, aunque claro, está dónde está por algo y sabe moverse en esa jungla. Dos semanas después me llamó Berta, la editora del diario, para proponerme un trabajo sobre ETA, sumergirme en el lado oscuro de un mundo en el que nadie ha estado, todo muy peligroso y sombrío. Me dijo que iba a intentar convencer a un buen tipo para que me acompañara en esta ocurrencia. Un periodista que no está pasando su mejor momento -me añadió- pero con ganas de regresar al periodismo de siempre, el de las buenas historias. Y mira por dónde esa persona eras tú.

– Así que es eso lo que me ha traído hasta este teatro, ¿no? -dije un tanto sorprendido por tan exagerado elogio e incapaz de matizar la completa información sobre mi que desplegó casi de memoria. Era cierto que no pasaba por un momento estelar pero aquello era algo que mi estúpida vanidad había encerrado bajo los cerrojos de mi vida. Llevaba meses sin proponer un solo artículo de interés, un tanto perdido, alejado del ruido, planteándome seriamente cambiar de país y de profesión. Quería resetearme por completo, como si fuera un ordenador fastidiado. A unos les fallé yo y otros me dejaron tirado después de cerrar el periódico en el que trabajé. Sin embargo, cuando quieren saber de uno no hay puertas blindadas tras las que esconderse. Ana sabía que aquella propuesta me despertaría del letargo en el que me encontraba.

– Bueno, puede que la conferencia no haya salido como esperábamos. El teatro ha estado medio vacío pero mira el lado positivo del tema. Por fin nos conocemos.

– Puede que la ocurrencia de Berta de la que me hablas sea sólo eso, una ocurrencia más de las muchas que tiene, pero por si acaso prefiero esperar a que ella me la proponga en persona, más que nada para saber en qué consiste. Por lo menos sabré si puedo contar con agarraderas cuando me flojeen las piernas –añadí intentando camuflar los efectos del subidón aeroespacial que me produjo aquella propuesta.

– Me alegro de que primero quieras considerar los riesgos que conlleva pero te adelanto que serán muchos. Es más, te diría que puede convertirse en un tormento. Tú decides pero piénsalo con detenimiento.

– Te agradezco tanta franqueza, Ana, pero imagino que también tendrá su lado positivo. Nadie en sus cabales elige para si mismo embarcarse en el sufrimiento extremo, ni siquiera por una causa justa.

– Según lo mires, Jon Amézaga, pero te confesaré algo. Estuve casi cuatro meses sin salir de Libia durante la guerra que terminó con Gadafi. Viajé por todos los frentes sin cesar. Hoy en Bengasi o Misurata, mañana en Trípoli o Sirte. Un día, cerca de Nalut, me despertó una mujer en plena noche. Estaba muy nerviosa. Hablaba muy bajito, para que nadie se enterara. Me pidió que la acompañara hasta una pequeña presa que acababa de ser bombardeada. No entendía nada de lo que decía. Ella insistía en que entrara en una humilde cabaña que había allí, un hogar que supuse que era el suyo. Al principio no veía nada hasta que, por fin, descubrí en el suelo una pequeña trampilla camuflada entre alfombras hechas a mano. Al abrirla me encontré con cinco cuerpos colocados uno encima de otro en posiciones inverosímiles. Todos sido habían sido torturados hasta la muerte. La escena era tan espantosa que no pude sacar ni una foto que sirviera al menos para denunciar aquello, para que el mundo supiera las atrocidades que se estaban cometiendo. Lloré de dolor, Jon. Al día siguiente decidí irme de Libia porque entendí que ya no podía continuar trabajando allí. Me había involucrado demasiado. Volví con mi familia, con mis amigos, y me refugié en su cariño para liberarme de un cúmulo de cosas que ya empezaban a pasarme factura. Salí de allí para volver a ser otra vez yo misma. Tuve esa suerte, cariño. Es posible que lo que ahora nos propone Berta no alcance aquellas cotas de crueldad pero si entramos es posible que no se nos presente la oportunidad de renunciar y que tengamos dificultades para encontrar la puerta de salida. ¿Comprendes a lo que me refiero?

– Creo que sí aunque la cuestión podrías haberla planteado en otros términos. Incluso puede que te equivoques al planteármelo así.

– De acuerdo – dijo Ana, dando una palmada en su pierna. Me apetece tomar una cerveza. Estoy empezando a animarme después del fiasco de esta conferencia. ¿Qué quieres tomar?

– Lo mismo que tú –respondí atónito.

Creo que nadie ha logrado desarmarme de la forma que lo hizo Ana aquella noche. Percutió como un martillo contra mis defensas y fue derritiendo una por una las ilusiones que ya me estaba haciendo. Las dudas que me asaltaban, repentinamente, se hicieron grandes como casas. Aquella era su manera natural de actuar ante este tipo de asuntos. Un comportamiento descarnado, quizá, pero también franco. Te ponía al límite frente al inexorable tribunal de tu propia existencia y una vez logrado su objetivo, se retiraba paciente a esperar tu decisión.

Mientras estuve con Ana (Capítulo III)

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Ana tenía entonces 38 años y la fotografía era para ella lo más parecido a una competición. Una carrera de fondo entre los deseos y su articulación, lo que a veces se convertía en un muro casi infranqueable que arruinaba su estado de ánimo. Tenía un archivo privado que en nada se parecía al que mostraba en público. Un material excelente donde las imágenes se emparejaban de manera asombrosa con historias alucinantes. Lo que para mi suponía un esfuerzo narrativo agotador, para ella no era un problema. Atrapaba la esencia de la historia en unos minutos de observación y rara vez se equivocaba. Cada imagen tenía una disposición tan apropiada que daba la sensación de que poseía la misteriosa llave que abre el túnel secreto entre la cabeza y las manos. Sus inseguridades eran de otro orden, más relacionadas con la inconsciencia de su propio talento y con una insoportable infantilidad emocional que la paralizaba en terribles pesadillas producidas, casi siempre, por su predisposición a confundir pensamientos con hechos.

En una ocasión me echó de su casa por un asunto trivial, carente de importancia, un malentendido doméstico por el que no hubiera merecido la pena discutir ni dos minutos. Ocurrió casi un año después de conocernos. Unos amigos nos invitaron a una fiesta en la playa. Llegamos tarde, cuando el jolgorio ya se encontraba en todo su apogeo. Por pura casualidad coincidimos con Berta Manrique, la editora jefe del principal diario local y a la que conocíamos por una serie de reportajes sobre América Latina que habíamos hecho juntos.

Nos pusimos a hablar de proyectos de forma frenética hasta que notamos que Ana no estaba. Fue cuando Berta, una mujer seductora con mucho alcohol corriendo por sus venas, aprovechó para iniciar un ingenioso juego provocativo que me resultó incómodo. Entre bromas y burlas, me abrazó con la suficiente fuerza para que notara sus pechos restregándose sobre mi espalda mientras con su mano izquierda estrujaba mi nalga. Fue un momento brevísimo pero lo suficientemente impertinente como para separarme de su lado y buscar a Ana.

Berta se quedó mirándome con una expresión de sorpresa. No pasó nada más. Unas horas después Ana y yo llegamos a casa. Hicimos el amor, dormimos y a la mañana siguiente desayunamos. Más tarde, lo que se presentaba como una soporífera velada de resaca, se tornó en una batalla campal. No recuerdo qué dije pero debí rozar una de las cuerdas que ese día ahogaban su existencia porque desplegó toda la artillería pesada y comenzó a dispararme sin compasión. Llegó a lanzar las zapatillas contra la pared y a apuntarme con su puño cerrado en medio de reproches incoherentes hasta que de repente soltó: “Y también vi cómo disfrutaste del abrazo de Berta. Llámala. Estará deseándolo”. Ana no se había perdido la noche anterior, como pensé, sino que se camufló deliberadamente entre el gentío para estudiar mis reacciones a las esperadas envestidas de Berta. Era una de las maneras que tenía de golpearse duro, de soliviantar a su herido ego, de restregarse sin rubor por ese mundo de la humillación que tanto la angustiaba. El incendio ya estaba fuera de control. Me agarró del brazo y me echó de su casa.

Pero también sabía mostrar su rostro sociable de forma impecable. La noche que nos conocimos en el teatro compartimos cervezas con sus amigos, un grupo de lo más variado en el que también estaba Martina, mi actual pareja. Según me confesaron, apenas tenían relación pero parecían haberse tratado desde la infancia. Compartieron risas, copas y alguna que otra confidencia pero, sobre todo, coincidieron en amargarle la velada a un tipo con aspecto de jugador de rugby y un humor inteligente que cautivaba la atención de todos.

Aquel tío se llamaba Tomás Biesteri, trabajaba en una fundición de Bilbao y, según supe poco después, mantuvo relaciones ocasionales con las dos. Hablo en pasado de él porque es probable que ahora tenga otro nombre o, quien sabe, quizá esté muerto. Tomás había salido de la cárcel tres años antes después de cumplir 11 años de condena por participar en varios atentados de ETA. Su discurso era singular pero se las apañaba para esquivar los temas de política y mostrar una admiración sin pliegues por el trabajo de Ana, con quien mantenía constantes desafíos intelectuales. Para ella se trataba de una fuente de información privilegiada sobre un mundo que se movía en las sombras y que de alguna manera deseaba descubrir. Todos lo sabían y a todos les parecía normal. Menos a mí.

Con Martina su juego era más físico. Aquella noche estaba radiante, vestida con un ceñido vestido negro que dejaba ver su espalda desnuda y unas largas piernas que los zapatos de aguja hacían interminables. Era notorio el deseo de Tomás por la mujer que hoy amo y hasta es probable que aquel día acabaran juntos en la cama. Nunca se lo pregunté y dudo mucho de que algún día me lo cuente. Ya no importa. Es un pasado que enterramos en cuanto descubrimos lo que Tomás escondía bajo aquella máscara de seguridad que se había fabricado.

Comenzamos a intuirlo algunos años después, cuando Ana ya sólo era un hermoso garabato en el libro de mi vida. Solía verme con Martina en Durango donde, poco a poco, fuimos conociéndonos hasta enamorarnos. Un día íbamos de bares, otro al monte con su perro, alguna vez cogíamos el coche y nos fugábamos un fin de semana.

Una mañana fuimos a Ibardin, una colina que separa Navarra de Francia desde donde se puede ver la costa casi con la misma precisión que los Pirineos. Nos pusimos a caminar sin rumbo fijo por un frondoso sendero hasta que el cielo se cubrió de nubarrones y rompió a llover. La niebla echó su enigmático telón hasta el punto de que casi nos perdimos. No veíamos más allá de cinco pasos pero llegamos a un pequeño refugio para montañeros. Y allí, en un recodo protegido del porche, escondido tras un tronco hueco, oímos un lamento. Era el de un hombre que sentado de espaldas sólo alcanzaba a balbucear algunas palabras arrasadas por las lágrimas.

-“Qué jodidamente fea es esta puta vida”, repetía y repetía de manera entrecortada hasta que el sobresalto de vernos cortó su lamento.

Era Tomás Biesteri y el motivo de su pena procedía de un encargo detestable por el bien de su familia y que estaba obligado a cumplir. No nos dijo de qué se trataba con claridad pero sí que le llevaría algún tiempo, que debía dejar el trabajo en la fundición y que era en el extranjero. “Un asunto de importación”, sentenció con cierto desdén. En unos minutos volvió a ser el Tomás que conocimos, alegre, inteligente e irresistiblemente seductor con Martina pese a que conocía de sobra que manteníamos una relación. Bajamos de Ibardin a Bera de Bidasoa, le invitamos a un caldo caliente en una cantina con chimenea frente al caserío que un día habitó Pío Baroja y, tras una larga conversación sobre recuerdos compartidos, le anunciamos que era la hora de regresar a Durango. Tomás prefirió quedarse allí. Y bajo el fondo grisáceo de aquella fría noche crepuscular vimos alejarse su silueta, alta, atlética, el cuerpo de un jugador de rugby, conscientes de que también nos desvinculábamos de un terrible misterio.

Mientras estuve con Ana (Capítulo II)

Bajo el puente (II)

Foto de Nicolás

Mi pareja regresó a casa al atardecer. Había salido dos horas antes de que llegaran los policías para pasar la mañana con su madre y yo me alegré de que no estuviera presente. Empezaba a entender cuál era mi papel en aquella historia y simplemente quise ahorrarle una preocupación innecesaria. Martina y yo compartimos casi todo pero este caso, con un cadáver en el maletero y una investigación hurgando en mi pasado, terminaría derribando su resistencia y con ella, nuestra confianza. No es quisiera engañarla sino que preferí mantenerla al margen hasta descubrir los cabos que se encontraban sueltos con los que construir mi propia explicación. Era inevitable que tarde o temprano terminaría enterándose. Así que decidí que era mejor callar mientras fuera posible. En cierto modo, Martina también forma parte de esta extraña ecuación.

Este era el primer invierno que pasábamos en Durango. Cuando llegamos a la casa, contemplamos con desazón su deterioro pero en lugar de desanimarnos, sirvió para afrontar con decisión los arreglos de una forma casi artesanal. Las paredes estaban desconchadas, no había muebles, las ventanas, viejas y apolilladas, no se cerraban. Las cañerías estaban rotas y el jardín, de cien metros cuadrados, estaba tan abandonado que parecía un bosque salvaje. El lugar era magnífico. La casa tenía dos pisos bien iluminados con un mirador privilegiado al Monte Amboto, una roca de mil metros ideal para la escalada. Otro gran atractivo era su aislamiento del pueblo, cuyo centro se encontraba a cinco kilómetros que había que recorrer por un camino endiablado. Martina utilizaba una motocicleta para ir hasta la escuela donde cada mañana daba clase de inglés a estudiantes de primaria y que duplicaba tres tardes a la semana con adultos. Eso nos reportaba una seguridad económica fundamental en un momento en el que yo escribía de forma eventual para algunas publicaciones.

Este retiro voluntario fue lo que también llamó la atención de los dos inspectores que me habían visitado. Querían conocer los motivos que me habían empujado a abandonar mi presencia cotidiana en la prensa para dedicarme a escribir sobre viajes a lugares lejanos y algún reportaje aislado sobre la actualidad. ¿Por qué llevaba mi viejo número de teléfono una persona que no conocía?, dijeron. Precisamente porque soy periodista y mucha gente guarda tu contacto sin tener ni idea de quién eres. Leen tus artículos y algo de él toca una cuerda del fondo de su alma. A veces sucede que esa persona está loca y entonces te conviertes en una parte de ella, en su referencia con la realidad. Tu firma en un periódico es algo misterioso, añadí. En el momento que sale de la imprenta y se coloca en el quiosco, cualquier cosa puede ocurrir y no puedes hacer nada para evitarlo.

Menciono estas cosas porque es así cómo lo recuerdo. Recostado junto al mirador de la casa, observando como las nubes van cubriendo la cima de la montaña y comienza a llover. Durante los años que estuve con Ana hubo días de tormentas como éste, días que nos abrieron el corazón y revelaron algunos oscuros secretos. La primera vez que la vi estaba descalza. Han transcurrido algunos años ya pero no me cuesta revivirlo siempre que lo deseo. Fue un viernes por la tarde, en septiembre, y los dos habíamos sido invitados a una charla sobre el declive del periodismo en el cine de Durango. Yo conocía a Ana a través de fotografías, suyas o en las que salía ella, todas excelentes, de viajes por Japón y reportajes en África, pero la persona que me encontré era totalmente distinta a la que había imaginado. Era una mujer fuerte, más bien baja, con el pelo siempre corto y una mirada intensa, a veces fiera, a la que no se le escapaba ni el más mínimo detalle que pasara ante sus enormes ojos.

Se detuvo en la puerta durante unos instantes examinando el vestíbulo del teatro, casi vacío aún, y giró la cabeza.
 -Supongo que eres Jon Amézaga ¿no?
 -Supongo que sí -dije-. Y tú debes de ser Ana Morgado.

 -La misma -respondió-. Se acercó hasta donde yo estaba sentado y me dio un beso. Me alegra saludarte -añadió-. He oído hablar mucho de ti últimamente y tenía muchas ganas de conocerte.

Así fue como empezó nuestra relación, sentados en aquel teatro todavía desierto que esa misma noche extendimos por los bares invitándonos mutuamente hasta que me quedé sin dinero. Ahora que Ana ya no está, me resulta insoportable pensar en aquella noche de felicidad, de sueños. Recordar el humor y la inteligencia que irradiábamos en aquel primer encuentro. Por eso me cuesta tanto imaginar que aquella mujer tan generosa con la que compartí más que una jornada inolvidable era la misma persona que la noche anterior habían encontrado dentro del maletero de mi coche. El viaje debió ser tan horrible, tan cargado de sufrimiento, que no puedo pensar en ella sin ponerme a llorar.

Soprano: Elzbieta Towarnicka
 
 
 

 

Mientras estuve con Ana (I)

No me resulta fácil contar esta historia, pero temo que de no hacerlo, acabe perdiéndose en los vericuetos de mi cabeza y con ella también mi cordura. Comenzó hace exactamente cinco años bajo el puente de San Marcial, en un pequeño pueblo de la cuenca minera asturiana, y no sé si ha terminado. Allí apareció el coche que un día antes me habían robado. El caso no hubiera tenido mayor trascendencia para la investigación salvo por un detalle: en el maletero encontraron el cuerpo de una mujer.Estaba desayunando cuando la policía llegó a mi casa dispuesta a arrancarme respuestas. Entre los objetos encontrados había un anillo, un teléfono y el último número registrado era el mío. Por eso vinieron a buscarme. Necesitaban un detalle, cualquier dato que sirviera para identificar el cadáver y orientar una pesquisa que en ese momento era indescifrable. Durante una hora no dejaron de hacerme preguntas sobre las mismas cosas cambiando el orden de las palabras. Y siendo sinceros, aunque ahora lo comprenda todo, en aquel instante no tuve la valentía de reconocer que conocía las respuestas. La víctima se llamaba Ana y aquel anillo que me mostraban una y otra vez era mío.

Procuré colaborar con los agentes en todo lo que pude y revelé los detalles a mi manera, entre el disgusto por el robo y una supina incredulidad por la aparición del cadáver. No sé porqué lo hice. Quizá debí contarlo todo pero no me arrepiento de mi silencio aunque aquello resucitara un grave problema de remordimiento.Hacía más de dos años que no sabía nada de ella y su recuerdo dormitaba ya en el disco duro de mi memoria. Había cambiado de número de teléfono cuatro meses antes pero aun guardaba el antiguo que muchas noches lo encendía con la esperanza de que un día me llamara, algo que jamás ocurrió. Salvo la noche anterior.

Nada de esto dije a los dos policías que vinieron a mi casa. Muy correctos pese al bombardeo de preguntas, se limitaron a verificar mi móvil, a preguntarme por el vehículo y el anillo, una ancha alianza de acero con tres muescas, y a indagar en mi vinculación con Asturias, donde pocas veces he estado. También comentaron que ninguna de las huellas dactilares encontradas en el vehículo servían para la investigación. El cuerpo estaba irreconocible y junto a él había una cámara de fotos y un par de guantes de látex utilizados durante el robo. Ni una pista más. Me mostraron las fotos del atestado por si reconocía algo, quizá el paisaje, aquel puente del fondo en el que tantas palabras dejé, el de San Marcial

No me acusaban de nada, pero el hecho de que el coche fuera mío y la última llamada se realizara a mi viejo número parecía demostrar que existía alguna relación entre nosotros. ¿o no?Sí, claro, por supuesto que sí pero como pueden comprobar hace mucho tiempo que cambié hasta de modo de vida. Además, la víctima pudo haber marcado aquel número al azar en un momento de desesperación. De todas formas, quiero que sepan que cuentan con mi total colaboración. Pueden revisar el apartamento si lo desean, aquí tienen el teléfono para que comprueben todas mis llamadas y tienen a su disposición los nombres de mis amigos por si los necesitan.

Fue entonces cuando los dos policías me explicaron el escenario en el que trabajaban, con las dificultades de un extraño caso en el que un número y un coche era todo lo que tenían para recomponer un puzzle. El forense aun tardaría algunas semanas en identificar el cadáver. Poco después se despidieron sin alterar el desorden de las casas que habito, con el expediente de la visita firmado y el aviso de que cuando tuvieran la identidad de la persona, me lo comunicarían.

Me quedé varias horas aturdido. Sentado en la misma posición hasta que mi cuerpo comenzó a desmoronarse por el impacto del suceso. Hacía dos años que no hablaba con ella, El tiempo que necesité para olvidarla, para asumir la compañía de su pérdida para siempre. Porque el último día que la vi quedó claro que esa vez sería la última. Durante los siguientes meses no tuve muchas noticias suyas pero supe que estaba construyéndose una vida que le dirigía a un oscuro e innombrable desastre.Ana era un singular fotógrafa, atractiva y muy estricta en sus decisiones. Un día cogió sus cámaras y se fue a Afganistán haciendo la cobertura para la agencia griega de noticias. Le pagaron fatal pero al final dejaron de hacerlo aduciendo que carecían de fondos debido a la crisis. De allí saltó a Pakistán, esta vez junto a un equipo de la televisión japonesa con quien poco después realizó un documental sobre el accidente de Fukushima y otro sobre el impacto de la radioactividad en la fauna marina. Luego regresó a España, nos vimos en una par de ocasiones y desapareció.

NOTA: Gracias al empuje realizado por mi amiga Carmen Dólera, actriz de teatro y escritora pasional, he comenzado este relato, el primero al que me enfrento en mi vida. Este es el primer capítulos de una serie corta que intentaré publicar aquí con periodicidad semanal. Espero aguantar el reto y terminarlo. Y si sufre retrasos, no será por pereza sino por una buena causa y seguro que más importante.

"Tú, que nunca serás", Alfonsina Storni


Sábado fue y capricho el beso dado,
capricho de varón, audaz y fino,
mas fue dulce el capricho masculino a este mi corazón, lobezno alado.

No es que crea, no creo; si inclinado
sobre mis manos te sentí divino
y me embriagué, comprendo que este vino
no es para mí, mas juego y rueda el dado…

Yo soy esa mujer que vive alerta;
tú, el tremendo varón que se despierta
y es un torrente que se ensancha en río

y más se encrespa mientras corre y poda.
¡Ah, me resisto, mas me tienes toda,
tú, que nunca serás del todo mío!
Alfonsina Storni: Es el símbolo del modernismo argentino y una de las luchadoras más tenaces por los derechos de las mujeres en la historia de su país. Nació accidentalmente en Suiza en 1892 y se suicidó en Mar del Plata el 25 de octubre de 1938, quizá cansada de sufrir. Tres años antes le habían detectado un cáncer de pecho que le dejó sangrantes heridas anímicas y un profundo malestar hacia la vida. El día anterior a su muerte, Storni envió un breve poema al diario La Nación en el que aclaraba que la lucha interior que mantenía contra el suicidio había, por fin, concluido: Ella era la derrotada. El dramático poema concluye así: 

(…) Si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…

Y así fue. Aprovechando la discreción de la noche, el silencio de las almas dormidas, Alfonsina salió de su casa para dirigirse a la playa La Perla, en Mar del Plata, en insondable soledad. Allí fue encontrada a la mañana siguiente. Recostada en las caracolas y vestida de mar.

Este poema de Storni acompaña mis recuerdos.