Otoño, una pira bestial

bosque-otoño

Hay días que una foto es más que mil colores. También huele. Pero no a leña chamuscada ni a monte quemado como hoy apesta en Galicia, Asturias y Portugal. Quizá, si le echamos imaginación al asunto, la imagen de arriba podría obsequiarnos con su aroma de naturaleza viva. El bosque húmedo en otoño es un lujo bestial y, por fin, ha llegado. Llueve y el paisaje se enciende como una pira imponente.

El poeta Octavio Paz escribió: “En llamas, en otoños incendiados, arde a veces mi corazón, puro y solo. El viento lo despierta, toca su centro y lo suspende en luz que sonríe para nadie: ¡cuánta belleza suelta!”.

Así es. Estamos en el inicio de esta estación multicolor. Momento para abrirse a todo lo que suena y se mueve. Preparados para lo mucho que huele y para todo lo que puede saborearse. Días de luz suave y de humedad, el tiempo nos ofrece una oportunidad para recuperar el sentido de los sentidos, o como dijo el naturalista Joaquín Araujo “serás de la vida como la vida es del tiempo”. Aprovechemos esta lluvia y este sol con su luz crepuscular para acercarnos al invierno gélido.

Anuncios

Maldito fuego

 

lince-iberico-naturahoy

Llevamos semanas asistiendo consternados a una concatenación de incendios en la península ibérica que han arrasado 35.000 hectáreas de bosque y matorral.

Dicen que el tiempo cura este tipo de heridas. No estoy de acuerdo. Las heridas perdurarán. Con el tiempo, la naturaleza se cubrirá de cicatrices pero el dolor causado nunca desaparece del todo cuando el fuego se alimenta de lo vivo. El de Portugal, por ejemplo, se cobró la vida de 64 personas. Por fortuna, Doñana corrió mejor suerte. Aquí, no hubo muertos pero sí imágenes emocionantes donde las víctimas mostraban la alegría inconmensurable de quien vuelve a nacer.

Una de ellas la tienen ustedes en la foto superior. Es una de las hembras de lince que los responsables del Centro de Cría de El Acebuche lograron rescatar cuando las llamas iban a su encuentro.

Para los bomberos y voluntarios, fueron tres días de batalla sin cuartel contra el fuego y la gasolina del viento. Un sinfonía pavorosa de chasquidos de maderas consumidas y gritos estremecedores de personas, animales y plantas atrapadas en un feroz incendio orquestado, al parecer, por un hombre embrutecido, el pirómano.

Qué paradoja de tribu. Unos luchando contra el fuego y otros excitándose viendo un bosque arder. El desastre de la cultura, el desarraigo de una mente trastornada.

Pero volvamos a la escena. Entre la premura por escapar de la densa y asfixiante niebla que les cercaba, un operario de El Acebuche escuchó un lamento. Se giró y vio a esta hembra de lince aterrada en una esquina, cubriendo con su lomo a varios cachorros. No se lo pensó dos veces. Metió a las crías en una bolsa, agarró entre sus brazos a la paralizada madre y salió de aquel infierno. Con cuidado, para que el estrés no reventara su pequeño corazón como había sucedido minutos antes con ‘Homer’, su prima-hermana en la delicada función de preservar el futuro de esta amenazada especie.

Una vez puestas madre y cachorros a buen recaudo, el operario continuó con su tarea durante varias horas más hasta localizar a los 13 ejemplares restantes, los que aterrados por el ruido y el calor habían huido de aquella ardiente encerrona.

Tras varias noches sin tregua, el incendio logró ser sofocado el martes con los primeros rayos de sol. Un amanecer carbonizado en Doñana. Cansado, el operario se sentó para reponer fuerzas y beber, y probablemente hastiado de las incongruencias que comete el hombre con su propio destino.

El fuego no sólo había acabado con Homer y con un número incalculable de crías de lince que viven en libertad. También fulminó espacios tan mágicos como el Abalario y el Asperillo, donde existen estanques cristalinos, dunas móviles de litoral y densos bosques de pinos donde anidan las sabinas y el enebro costero. Aves únicas como el alcaraván, la culebrera europea, el milano negro, el águila calzada, la totovía o la cogujada montesina buscan a estas horas un lugar donde rehacer sus vidas.

309834_286184541396030_678037661_n

Las Perseidas están aquí

288291_269588003055684_595488_o

Si las noches del invierno ártico se iluminan con celestiales franjas de colores, las del verano en España muestran uno de esos espectáculos estelares que provocan  sensaciones de emoción en quien lo contempla. Es la lluvia de Perseidas que los astrónomos anuncian que ya están aquí.

Se trata de un festín de meteoros que año tras año sucede por estas latitudes y siempre en las mismas fechas. El origen es un cometa cuya áspera superficie ha sido literalmente “peinada” por los vientos solares y cuyos restos desprendidos comienzan a orbitar alrededor del Sol. Cuando la Tierra se cruza en el camino de estos enjambres de pequeños meteoros se produce la mágica colisión y el cielo se cubre de estrellas fugaces que la imaginación del hombre convierte en deseos secretos cuando las ve. Hoy puede ser una de esas fantásticas noches de verano que nos hace volver a ser niños y soñar.

Las Perseidas se conocen también como las “Lágrimas de San Lorenzo” debido a que durante la Edad Media y el Renacimiento esta ducha de estrellas fugaces solía coincidir con el 10 de agosto, día en el que supuestamente este santo murió asado como un pollo. Pero es sólo una parte de su leyenda. Lo más aconsejable es dormir estas noches calurosas bajo el prado de las estrellas, mirando la cúpula sin nubes tumbado en la oscuridad, lejos de la luz artificial y preparado para disfrutar de un maravilloso espectáculo. Cuando las vean, no lloren, sueñen.

Lenguas de glaciar

219862_221150944566057_6585826_o

Esta idílica fotografía nos muestra uno de la paraísos terrenales en peligro de desahucio. Se trata de la boca de entrada a uno (o lo que queda de él) de los 16 glaciares del Parque Nacional de Glacier Bay, Alaska.

Hasta hace unos pocos años, 12 de ellos lanzaban icebergs a la bahía como máquinas de cubitos de hielo. Uno tras otro, crick-crack-catacroc, pero su portentoso motor comenzó a griparse. Sin cumplirse aún el primer mes de la primavera, el entorno gélido se ha consumido y las aguas son navegables. En 1985, contemplar este cuadro en abril hubiera sido impensable. Pero no todo es culpa de la precocidad primaveral.

Cada año, el estremecedor bramido que provoca el resquebrajamiento de las grandes lenguas del glaciar son un poco más sordos. El paisaje continúa siendo igual de bello, igual de majestuoso, pero está perdiendo la voz.

El calentamiento global del planeta es el propietario de su mordaza. La temperatura media en la zona ha subido los grados suficientes para que los icebergs que antes caían al mar como ídolos en un apocalipsis colosal, hoy se derriten lastimosamente antes de su botadura. Un síntoma más del fracaso humano y de felicidad para los oportunistas rastreadores de grandes negocios.

Desde que el agua no se hiela en invierno, los cruceros cinco estrellas  que navegan por el Parque se han multiplicado como setas tras la lluvia. Unos van, otros vienen. Cualquier día de estos se formará un atasco y los buques, con los turistas encantados de haberse conocido a bordo, harán tocar sus sirenas para exigir un guardia de tráfico o un semáforo. Glacier Bay no se muere todavía, tranquilidad, pero ha comenzado a empolvarse la nariz. Como hacen las estrellas de cine en retirada.

Sus habitantes habituales se preguntarán consternados para que ha servido vivir en un lugar tan bello. A la vista de los datos, pues para que un puñado de dólares lo vacíe por dentro. Una ruina en ciernes. El problema es que cuando deseen subsanar este atropello puede ser tarde. Es la consecuencia del desinterés por las cosas que provoca el consumismo desbocado. Su primera víctima siempre es la armonía.

Cae la noche

“Entre la idea y la realidad, entre la emoción y el acto, cae la sombra” T.S. Eliot

340102_255364674512405_154604044588469_656682_425243769_o

El día se consume en África y un grupo de jirafas parece prepararse para llorarlo. La luz de esa luna menguante siluetea sus espigadas figuras. Están de retirada. Anochece en la sábana y los animales buscan un refugio seguro donde dormir. Aquellos más vulnerables, como los herbívoros, se agrupan en grandes manadas que se alejan de los lugares húmedos y despejados, de los ríos y de las zonas desarboladas.

Su visión se reduce considerablemente y muchos quedan a merced de los hambrientos cazadores. La noche africana dicta sus propias leyes y sus habitantes saben escucharlas: Una, sin duda, son los amenazadores ruidos de las bestias ocultas bajo una cúpula celeste decorada con miles de estrellas. La belleza contrasta con la vulnerabilidad. Por lo que se ve y por lo que no se acierta a ver.

Pero el día toca a su fin. Los últimos dedos de luz se despiden de una jornada abrasadora y salvaje. Es entonces cuando las cautelas levantan sus cuarteles, con los ojos abiertos y los oídos bien afinados. Para la vida es ahora cuando comienza la hora bruja de los secretos.

Solsticio de Invierno

9f9a6-373856_143855415716053_100002747870528_152582_1346111790_n

Aunque esta noche haya sido la más larga del año, estos dos oseznos pardos se decidieron a salir de su guarida para dar un paseo por el campo. Bien juntitos, tomados de la zarpa, como cachorros bien educados en el invierno boreal. Probablemente, su madre no ande lejos y así continuará hasta que los dos benditos de la fotografía cumplan un año y medio de vida. Entonces, cada cual se irá por su cuenta, en soledad, a buscarse la vida por los bosques canadienses o las zonas inaccesibles de Suecia y Noruega, su gran paraíso. Pero aun es pronto para pensar a tan largo plazo.

El tiempo de los plantígrados, como el del hombre de hoy, también se mide en horas, en días, en minutos, a veces también en segundos, y no permite albergar esperanzas. Los protagonistas de la imagen nacieron en marzo, en la osera que su preñada madre preparó para hibernar. Ahora se acicalan para encarar con garantías un nuevo invierno, frío y seco, en Sprucedale, Ontario, Canadá, donde un grupo de conservacionistas ha creado un estupendo santuario para la rehabilitación de estos imponentes animales.

Y mientras su sufrida madre se devana los sesos para llenar la despensa corporal que les servirá de escudo invernal, los dos ingenuos ositos siguen como si nada, ajenos a la lucha a brazo partido de su progenitora contra los elementos y la huella del hombre. Ellos dos jugarán y jugarán hasta que caigan rendidos. Sin embargo, hacerlo es para ellos un ejercicio necesario. Así aprenden a cazar, desarrollan los impresionantes músculos de la mandíbula y, lo más importante, agudizan un instinto olfativo implacable para la búsqueda futura de alimento. La vida es sueño, o juego, según se mire. Aunque visto desde otras latitudes, por ejemplo Europa, resulta cada día más difícil mirar con ojos benevolentes el devenir de los tiempos.

La vida se ha tornado mercadería y el invierno, que a partir de hoy camina confiado hacia su fin, nos anima a postrarnos en una profunda hibernación.

Huellas

DSC00350

Lobos. No es muy frecuente encontrar un rastro tan fresco en nuestras montañas pero toparse con estas huellas debió de producir mucho canguelo al autor de la foto. Lo más probable es que tragara saliva pensando que el lobo aguardaba su oportunidad escondido en algún recodo. Un miedo lógico pero fabricado por nuestra cultura. Porque, en realidad, no están claras las causas que empujaron al hombre a asociar a este bello animal con el mal . ¿Superstición? ¿Intereses ganaderos?

Lo cierto es que este depredador que apadrina la cúspide genética de nuestros ingenuos perros no es el mejor cazador ni mata por placer. Para esta última función ya existe una especie más dotada. El lobo se limita a vivir en manadas siguiendo una estricta jerarquía social liderada por dos individuos, la hembra y el macho alfa que, entre muchas cosas, ayudan a resolver las disputas que puedan originarse dentro del grupo. Viajan sin fin y se afanan por mostrar su afectividad mediante juegos colectivos inimaginables.

Su desgracia es que el hombre le persigue y hasta ha construido una criatura tenebrosa entorno a su existencia con la finalidad de provocarnos pesadillas abisales. El aullido que este animal emite las noches de luna llena es otro mito que falsea la verdad. Lo hacen al atardecer, para juntar a la manada o para espantar su incontenible miedo a la soledad.

Ahora volvamos a mirar la imagen y pensemos qué sensación podía tener el animal al descubrir la cercanía de un hombre. Sintiéndose un fugitivo como le ocurre, su pesadilla adoptó la forma del fotógrafo.