Las Perseidas están aquí

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Si las noches del invierno ártico se iluminan con celestiales franjas de colores, las del verano en España muestran uno de esos espectáculos estelares que provocan  sensaciones de emoción en quien lo contempla. Es la lluvia de Perseidas que los astrónomos anuncian que ya están aquí.

Se trata de un festín de meteoros que año tras año sucede por estas latitudes y siempre en las mismas fechas. El origen es un cometa cuya áspera superficie ha sido literalmente “peinada” por los vientos solares y cuyos restos desprendidos comienzan a orbitar alrededor del Sol. Cuando la Tierra se cruza en el camino de estos enjambres de pequeños meteoros se produce la mágica colisión y el cielo se cubre de estrellas fugaces que la imaginación del hombre convierte en deseos secretos cuando las ve. Hoy puede ser una de esas fantásticas noches de verano que nos hace volver a ser niños y soñar.

Las Perseidas se conocen también como las “Lágrimas de San Lorenzo” debido a que durante la Edad Media y el Renacimiento esta ducha de estrellas fugaces solía coincidir con el 10 de agosto, día en el que supuestamente este santo murió asado como un pollo. Pero es sólo una parte de su leyenda. Lo más aconsejable es dormir estas noches calurosas bajo el prado de las estrellas, mirando la cúpula sin nubes tumbado en la oscuridad, lejos de la luz artificial y preparado para disfrutar de un maravilloso espectáculo. Cuando las vean, no lloren, sueñen.

Lenguas de glaciar

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Esta idílica fotografía nos muestra uno de la paraísos terrenales en peligro de desahucio. Se trata de la boca de entrada a uno (o lo que queda de él) de los 16 glaciares del Parque Nacional de Glacier Bay, Alaska.

Hasta hace unos pocos años, 12 de ellos lanzaban icebergs a la bahía como máquinas de cubitos de hielo. Uno tras otro, crick-crack-catacroc, pero su portentoso motor comenzó a griparse. Sin cumplirse aún el primer mes de la primavera, el entorno gélido se ha consumido y las aguas son navegables. En 1985, contemplar este cuadro en abril hubiera sido impensable. Pero no todo es culpa de la precocidad primaveral.

Cada año, el estremecedor bramido que provoca el resquebrajamiento de las grandes lenguas del glaciar son un poco más sordos. El paisaje continúa siendo igual de bello, igual de majestuoso, pero está perdiendo la voz.

El calentamiento global del planeta es el propietario de su mordaza. La temperatura media en la zona ha subido los grados suficientes para que los icebergs que antes caían al mar como ídolos en un apocalipsis colosal, hoy se derriten lastimosamente antes de su botadura. Un síntoma más del fracaso humano y de felicidad para los oportunistas rastreadores de grandes negocios.

Desde que el agua no se hiela en invierno, los cruceros cinco estrellas  que navegan por el Parque se han multiplicado como setas tras la lluvia. Unos van, otros vienen. Cualquier día de estos se formará un atasco y los buques, con los turistas encantados de haberse conocido a bordo, harán tocar sus sirenas para exigir un guardia de tráfico o un semáforo. Glacier Bay no se muere todavía, tranquilidad, pero ha comenzado a empolvarse la nariz. Como hacen las estrellas de cine en retirada.

Sus habitantes habituales se preguntarán consternados para que ha servido vivir en un lugar tan bello. A la vista de los datos, pues para que un puñado de dólares lo vacíe por dentro. Una ruina en ciernes. El problema es que cuando deseen subsanar este atropello puede ser tarde. Es la consecuencia del desinterés por las cosas que provoca el consumismo desbocado. Su primera víctima siempre es la armonía.

Cae la noche

“Entre la idea y la realidad, entre la emoción y el acto, cae la sombra” T.S. Eliot

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El día se consume en África y un grupo de jirafas parece prepararse para llorarlo. La luz de esa luna menguante siluetea sus espigadas figuras. Están de retirada. Anochece en la sábana y los animales buscan un refugio seguro donde dormir. Aquellos más vulnerables, como los herbívoros, se agrupan en grandes manadas que se alejan de los lugares húmedos y despejados, de los ríos y de las zonas desarboladas.

Su visión se reduce considerablemente y muchos quedan a merced de los hambrientos cazadores. La noche africana dicta sus propias leyes y sus habitantes saben escucharlas: Una, sin duda, son los amenazadores ruidos de las bestias ocultas bajo una cúpula celeste decorada con miles de estrellas. La belleza contrasta con la vulnerabilidad. Por lo que se ve y por lo que no se acierta a ver.

Pero el día toca a su fin. Los últimos dedos de luz se despiden de una jornada abrasadora y salvaje. Es entonces cuando las cautelas levantan sus cuarteles, con los ojos abiertos y los oídos bien afinados. Para la vida es ahora cuando comienza la hora bruja de los secretos.

Solsticio de Invierno

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Aunque esta noche haya sido la más larga del año, estos dos oseznos pardos se decidieron a salir de su guarida para dar un paseo por el campo. Bien juntitos, tomados de la zarpa, como cachorros bien educados en el invierno boreal. Probablemente, su madre no ande lejos y así continuará hasta que los dos benditos de la fotografía cumplan un año y medio de vida. Entonces, cada cual se irá por su cuenta, en soledad, a buscarse la vida por los bosques canadienses o las zonas inaccesibles de Suecia y Noruega, su gran paraíso. Pero aun es pronto para pensar a tan largo plazo.

El tiempo de los plantígrados, como el del hombre de hoy, también se mide en horas, en días, en minutos, a veces también en segundos, y no permite albergar esperanzas. Los protagonistas de la imagen nacieron en marzo, en la osera que su preñada madre preparó para hibernar. Ahora se acicalan para encarar con garantías un nuevo invierno, frío y seco, en Sprucedale, Ontario, Canadá, donde un grupo de conservacionistas ha creado un estupendo santuario para la rehabilitación de estos imponentes animales.

Y mientras su sufrida madre se devana los sesos para llenar la despensa corporal que les servirá de escudo invernal, los dos ingenuos ositos siguen como si nada, ajenos a la lucha a brazo partido de su progenitora contra los elementos y la huella del hombre. Ellos dos jugarán y jugarán hasta que caigan rendidos. Sin embargo, hacerlo es para ellos un ejercicio necesario. Así aprenden a cazar, desarrollan los impresionantes músculos de la mandíbula y, lo más importante, agudizan un instinto olfativo implacable para la búsqueda futura de alimento. La vida es sueño, o juego, según se mire. Aunque visto desde otras latitudes, por ejemplo Europa, resulta cada día más difícil mirar con ojos benevolentes el devenir de los tiempos.

La vida se ha tornado mercadería y el invierno, que a partir de hoy camina confiado hacia su fin, nos anima a postrarnos en una profunda hibernación.

Huellas

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Lobos. No es muy frecuente encontrar un rastro tan fresco en nuestras montañas pero toparse con estas huellas debió de producir mucho canguelo al autor de la foto. Lo más probable es que tragara saliva pensando que el lobo aguardaba su oportunidad escondido en algún recodo. Un miedo lógico pero fabricado por nuestra cultura. Porque, en realidad, no están claras las causas que empujaron al hombre a asociar a este bello animal con el mal . ¿Superstición? ¿Intereses ganaderos?

Lo cierto es que este depredador que apadrina la cúspide genética de nuestros ingenuos perros no es el mejor cazador ni mata por placer. Para esta última función ya existe una especie más dotada. El lobo se limita a vivir en manadas siguiendo una estricta jerarquía social liderada por dos individuos, la hembra y el macho alfa que, entre muchas cosas, ayudan a resolver las disputas que puedan originarse dentro del grupo. Viajan sin fin y se afanan por mostrar su afectividad mediante juegos colectivos inimaginables.

Su desgracia es que el hombre le persigue y hasta ha construido una criatura tenebrosa entorno a su existencia con la finalidad de provocarnos pesadillas abisales. El aullido que este animal emite las noches de luna llena es otro mito que falsea la verdad. Lo hacen al atardecer, para juntar a la manada o para espantar su incontenible miedo a la soledad.

Ahora volvamos a mirar la imagen y pensemos qué sensación podía tener el animal al descubrir la cercanía de un hombre. Sintiéndose un fugitivo como le ocurre, su pesadilla adoptó la forma del fotógrafo.

Otoño, una pira bestial

 

Hay días que una foto es más que mil colores. También huele. Quizá, si le echamos imaginación, la imagen de arriba podría trasladarnos su aroma de naturaleza viva. El bosque húmedo en otoño es un lujo bestial. El paisaje se enciende como una pira imponente. El poeta Octavio Paz escribió: “En llamas, en otoños incendiados, arde a veces mi corazón, puro y solo. El viento lo despierta, toca su centro y lo suspende en luz que sonríe para nadie: ¡cuánta belleza suelta!”.

Así es. Estamos en el inicio de esta estación multicolor. Momento para abrirse a todo lo que suena y se mueve. Preparados para lo mucho que huele y para todo lo que puede saborearse. Días de luz suave y de humedad, el tiempo nos ofrece una oportunidad para recuperar el sentido de los sentidos, y como dijo el naturalista Joaquín Araujo “serás de la vida como la vida es del tiempo”. Aprovechemos este sol, su luz crepuscular, para acercarnos al invierno gélido.

Albatros, el emperador del viento

Para los marineros, el albatros es un ave legendaria. Sinónimo de buena suerte, de viaje próspero, de felicidad. No es de extrañar porque es el emperador del viento. Sus alas están adaptadas al planeo de forma magistral. Dibuja movimientos en el aire como si fuera un pentagrama dinámico. Imponente. Hay algo inaudito en el vuelo del albatros: la envergadura de sus alas, 3,5 metros, le permite minimizar el esfuerzo.
Para él es un juego infantil pasar repetidamente la frontera entre masas de aire y aprovechar las corrientes como le venga en gana. Se sitúa de cara al viento para ganar altitud y descender en un planeo que hiela la sangre. Más de 20 metros avanzados por cada metro descendido. Dos técnicas para domar el viento. ¿Hay quien lo haga mejor? Pues no, la verdad. 
Y lo que es más sobrenatural: su adaptación al medio es tan perfecto que en vuelo presenta niveles de frecuencia cardíaca similares a los registrados durante los periodos de reposo. Es decir, ni se inmuta durante sus vertiginosos planeos. 
El problema lo encuentra en las calmadas oceánicas. La ausencia de olas y viento son cadenas de acero demasiado pesadas para este aerodinámico caza de los mares. Periodos tormentosos que le mantienen anclado a la superficie del agua y a merced de las bestias abisales. Pero cuando regresa la borrasca despega corriendo sobre la superficie marina como un correcaminos. Es cuando activa el turbo corporal y consume gran parte de su inagotable gasolina vital. Suerte la tuya, estimado albatros, que acoges el mundo bajo tus majestuosas alas con sabor a sal.
Ya te lo dijo el gran poeta, el gran Charles Baudelaire, eres semejante al señor de las nubes, que vives en la tormenta y te ríes del arquero; exiliado en el suelo, abucheado por todos, tus alas de gigante te impiden caminar. 
Vuela pues prodigiosa ave. Queremos sentir vértigo.