“La niebla”, por Eduardo Galeano

“La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas.”

Eduardo Galeano (3 septiembre 1940 – 13 abril 2015)

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En 1996 estuve dos meses en Chiapas, un Estado pobrísimo de México que luchaba por hacer realidad el sueño vital de miles de indígenas campesinos. En San Cristóbal de las Casas me quedé una semana. Luego marché a La Realidad, un poblado en el interior de la selva Lacandona que daba de comer a 60 familias tojolabales sin muchos problemas. Se suponía que por allí andaba Marcos, el subcomandante zapatista que sedujo a media humanidad con sus poéticos mensajes enviados a través de Internet. Pude verle una vez, creo, aunque no estoy seguro de ello porque la niebla, aquella mañana, era más densa que la leche de coco.

Un día se acercó un viejito cuyo rostro y modales no olvidaré jamás. Se llamaba Patuel y, como ocurre en todas las culturas milenarias como la maya, tenía el absoluto respeto de todos los habitantes del poblado. Patuel era un hombre silencioso que solía aparecer en los lugares más inesperados apoyado siempre en una larga vara. Se levantaba con el sol y regresaba al anochecer. Poseía el don de hablar el lenguaje de la selva. La conocía palmo a palmo. Sus árboles, la cueva del armadillo, dónde encontrar los mejores frutos silvestres, qué decirle a la boa si venía a intimidar, cuáles eran las peores horas para meterse en el río, en qué lugar estaba el refugio del jaguar y, por supuesto, que planes tenían los ruidosos soldados que por allí se escondían.

No es de extrañar que pusiera de los nervios al Ejército Federal acantonado en los alrededores. Para ellos, aquel inocente viejito que sólo hablaba de fútbol era un fiel amigo de Marcos. No les faltaba razón. Sus conversaciones con Patuel nunca superaba la frontera del fútbol que, para él, giraba sobre un figura concreta: un tal Alberto Onofre, mediocampista de las Chivas de Guadalajara retirado en 1974. Lo demás carecía de interés. O, al menos, eso pretendía que creyéramos.

El tiempo avanzaba muy lento en aquel lugar. A veces, insoportablemente lento. Los entretenimientos eran escasos. De vez en cuando, los helicópteros militares realizaban vuelos rasantes en busca de zapatistas pero no atemorizaban. Aquello se vivía como un acontecimiento festivo en el pueblo. El resto del día se consumía entre paseos, lectura, juegos con los curiosos niños y alguna inolvidable conversación. En una ocasión, Patuel me mostró un cuaderno gastado por el uso que le habían dado decenas de manos más acostumbradas a trabajar la tierra.

Contenía pequeños textos escritos con dificultad, la tinta emborronada y una flor recién cortada como salvapáginas. Me pidió que leyera uno de los poemas porque él no sabía hacerlo. Resultó ser una breve oda a los zapatistas de Eduardo Galeano que dice así:

“La niebla es el pasamontañas que usa la selva. Así ella oculta a sus hijos perseguidos.

De la niebla salen, a la niebla vuelven: los indios de Chiapas visten ropas majestuosas, caminan flotando, callan o hablan de callada manera.

Estos príncipes, condenados a la servidumbre, fueron los primeros y son los últimos.

Han sido expulsados de la tierra y de la historia, y han encontrado refugio en la niebla, en el misterio.

De allí han salido, enmascarados, para desenmascarar al poder que los humilla”.

Luego, entregué el cuaderno a Patuel que se alejó caminando muy despacio, apoyado en su enorme vara como hacía siempre, hacia la niebla que aquel atardecer comenzaba a cubrir la selva.

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El ave del paraíso

Les presento a una de las aves más bellas del mundo: El quetzal. Y también a una de las más esquivas, de las más difíciles de observar, de las más misteriosas. Tanto que durante mucho tiempo, el hombre blanco no creyó en su existencia.

Muchos de los conquistadores españoles veían los dibujos que algunos pueblos originarios de América Central y de México elaboraban con minuciosidad y pensaban que eran deidanes apócrifas, inventadas, soñadas. Un icono de la imaginación salvaje y pecadora. Ni siquiera el plumaje que distinguía los ropajes de los líderes comunitarios servía como prueba. Algo tan hermoso no podía existir, no entraba en sus cabezas invasoras.

Una leyenda guatemalteca cuenta que el quetzal solía cantar armoniosamente antes de la conquista española pero que después se quedó mudo. No es del todo exacto. El quetzal canta, no muy bien, pero canta en el bosque cerrado y nebuloso. Y de la niebla salen y a la niebla vuelven cada día. Tímida. Habitante de la selva montañosa y húmeda, en los bosques de la niebla.

En náhuatl, Quetzal significa “ave de plumaje precioso”. Perfecta descripción en una palabra para un animal bello hasta grados superlativos. Mide escasamente 40 centímetros, como una gallina, pero su cola majestuosa, la del macho, llega a alcanzar hasta dos veces el tamaño de su cuerpo. Su vuelo es singular, ondulante, como el de una gran mariposa. Desde una rama suele dejarse caer hacia atrás para no maltratar su preciado ropaje trasero, frágil como el cristal.

El color de su plumaje, siempre brillante, varía de intensidad según la luz del sol. El azul de la mañana se vuelve dorado al atardecer. Una metamorfosis poética bajo el reino de la luna.

Todo es color en el mundo del quetzal. Hasta los huevos, dos por pareja, poseen un tono azulado. El tono de la selva pertrechada en su manto de niebla. Qué listo es el quetzal, el ave que reina en el paraíso.

Fotografía: ©Ricky López

Naica, la cueva encantada

En Naica, un pueblito de 5.000 habitantes situado en el estado mexicano de Chihuahua, se encuentra la maravilla subterránea que aparece en la foto. Es la Cueva de los cristales, una gruta de 35 metros de largo y unos 20 de ancho situada a 300 metros de profundidad que la naturaleza decoró con las columnas de selenita cristalizada más grandes de la Tierra. Totems de 12 metros pulidos por el aislamiento y el agua.  Científicos españoles estiman que su formación comenzó hace un millón de años, es decir, cuando el hombre sólo era un prototipo de lo que ha llegado a ser en realidad. Naica es una habitación fantástica que fue descubierta accidentalmente hace 11 años, en el transcurso de una excavación minera de plomo y plata.
Con rapidez inusitada fue convertida en reclamo turístico para este lugar de paso. Un punto perdido en el mapa que antiguamente fue reino tarahumara. Oculto a los ojos del hombre, la Tierra fue conformando esta catedral de cristal bajo unas condiciones extremas: 50 grados de temperatura, un 80% de humedad y muy poco oxígeno. El repelente perfecto para alguien con la brillante idea de venirse a vivir aquí, a este palacio de espejos, para sentirse Superman.
Pero volvamos a Naica y al futuro de esta cueva celestial. Dicen los expertos que lo mejor será dejarla descansar para no perturbar su silencio cristalino, por lo que más pronto que tarde, volverá a llenarse de agua, tal y como la encontraron, para permitir que el ciclo de las formaciones continúe y, quizá, algún día nos descubra otro misterio. Quizá para entonces refleje nuestra figura en uno de sus imponentes espejos y ya no nos reconozcamos. Quien sabe.
Este post fue el más visitado la semana pasada por los amigos de Más que Ciencia: 2.354 lecturas 

Samuel Ruiz, el obispo de Chiapas

Samuel Ruiz, antiguo obispo del Estado mexicano de Chiapas, falleció el lunes en México DF. Descubrí a este contradictorio religioso durante la rebelión zapatista en 1994 pero no fue hasta las navidades de 1997 cuando pude conocerle mejor. Ocurrió tras la matanza de indígenas en Acteal. 

Ruiz me pareció un hombre malhumorado. No se fiaba de la prensa. No le gustaban los periodistas y mucho menos los desconocidos como yo.  Sus palabras no me seducían, no me gustaba su indulgencia. Sin embargo, cada letra que pronunciaba este hombre blanco transmitía magia a los indígenas americanos a los que se empeñó en defender. Hablaban de idéntica forma, el mismo lenguaje. Compartía con ellos sus problemas. Por eso le adoraban.

Tatik -padre-, como le llamaban sus hermanos mayas, solía responder con una pregunta a lo que ocurría a su alrededor. “¿Porqué cree que una población como la de Chiapas, uno de los estados más ricos del país, ocupa el cuarto lugar entre las comunidades más pobres de México?”, me decía enfurruñado. En el despacho de su vieja diócesis descansaba un antiguo retrato de Fray Bartolomé de las Casas, primer obispo del Estado en tiempos de la colonización española, y cuyo mensaje evangélico se empeñó en mantener vivo contra viento y marea. Quizá, por eso, Samuel Ruiz era considerado más que un padre espiritual para gran parte de los indígenas chiapanecos. Quizá por eso sufrió varios intentos de asesinato. Quizá por eso recorría a caballo o a pie gran parte de los Altos donde vivían los insurgentes. Por eso era tan difícil encontrarle en su despacho. Quizá por eso tuvo a la jerarquía católica en su contra.
Su casa estaba en la gran Iglesia de San Cristóbal de las Casas. Una construcción maravillosa de madera, adobe y ladrillo con más de 500 años de antigüedad. Piedras amarillas agrupadas como pétalos en flor. Gonzalo Ituarte era vicario de Justicia y Paz de la diócesis y brazo derecho del obispo Samuel Ruiz desde la creación de la primera comisión negociadora surgida tras el levantamiento zapatista el 1 de enero de 1994. Fue su voz en los acuerdos firmados en San Andrés Larráinzar.
El Tatik lloraba la miseria de los indígenas. Repudiaba la condición a la que habían sido arrinconados. Con más frecuencia de la deseada me preguntaba por los motivos de mi viaje a Chiapas más allá de lo meramente folclórico que entrañaba aquella revolución poética. Marcos no entraba mucho en sus planes y, en ocasiones, hasta reconocía que no le agradaba su protagonismo mediático. “Muchos vienen a verle a él, no a entender bien lo que aquí ocurre. A él le parece bien, a mi me parece mal”, señaló en una de las escasas ocasiones en la que habló del líder enmascarado.

Ruiz era la antítesis del sup. Feo, bajito y nada seductor. Pero sus mensajes eran plataformas de lanzamiento para el alma orgullosa de los mayas. Les reforzaba la autoestima y les ayudaba a que sintieran con orgullo su condición de pertenencia. A muchos los convirtió en guerreros de la dialéctica. “Ojalá no entrara en la cabeza de dios la idea de viajar un día a estos sitios”, añadía malhumorado. Yo le dije una vez que si su dios le escuchaba y decidía darse una vuelta al menos tendría la posibilidad de ver que aquí malvivían muchas personas con lo que comprobaría el cumplimiento del castigo que les impuso desde el principio de los tiempos (católico). Me mandó a paseo.

“Dios no sentenció a Eva a parir con dolor; ni a Adán a ganarse el pan con el sudor de su frente”, argumentó en aquella entrevista. El responsable de aquello era, para él,  el propio hombre. Su codicia, su ambición. La pobreza y el desprecio eran términos reversibles si se luchaba contra la injusticia.

Pero todo tiene un final. La pelea le desgastó los huesos. Le dejó casi ciego. El lunes al fin, Tatik cerró plácidamente sus ojos. Como un fiel responso a su triste mirada. Hoy, mejor una foto sin su retrato. Por respeto al sagrado temor de que el ojo de un objetivo pueda, de verdad, extraerle el alma. Mejor ilustrar su memoria con la imagen costumbrista que tanto le perturbó. Una anciana maya fumando bajo un intenso aguacero. Polvo que fue polvo. Y polvo que ya ha comenzado a ser.

Frida

En este mundo hay dos tipos de personas: las que se construyen un particular microcosmos siempre a favor de corriente para que el agua no les salpique  problemas; y las que como Frida Kahlo, que además de crear cuadros esenciales como Las dos Fridas, Autorretrato con traje de terciopelo, La columna rota o Lo que el agua me dio, entre otras, son capaces de salir del laberinto, aunque maldiga el dolor de su cuerpo, para retarse frente a un espejo.

Frida no se escondió. Renunció, quizá, a muchas cosas soñadas en su atalaya de Coyoacán, México, por conocer la calle y llenar de significado este mundo dubitativo y su contradictoria existencia. Pero no se escondió. Estuvo al frente de muchas de las batallas librepensadoras de la encorsetada sociedad que le tocó vivir, donde el papel de la mujer se limitaba a complacer la cara más amarga del hombre-macho, la más canalla, egoísta y maltratadora de todas. Pura pasión. Su brillo cegaba más que un diamante. 

Libró guerras imposibles, casi mitológicas, contra sí misma, contra su dolor físico, contra el movimiento constante de su alma. Entró en el Partido Comunista por humanismo pero salió corriendo cuando el estalinismo extendió su dictadura como sombras de la noche. Frida, la fumadora, la bebedora, la malhablada. Frida, la rebelde. Ayer el ciberespacio cumplió su cometido al recordarnos la fecha: 6 de junlio. Hubiera cumplido 103 años y sigue habiendo quien se deja llevar al río y la llora. Ofelia Medina fue para mi su descubridora. A ella me lleva su recuerdo.
“Toma mi collar de lágrimas.
Te espero en ese lado del tiempo
en donde la luz inaugura un reinado dichoso (..).
Allí abrirás mi cuerpo en dos, para leer las letras de tu destino”.
Fragmento de Mariposa de obsidiana (¿Aguila o sol?). (Octavio Paz)