Eiger, la pared de arena

Fotografía: ©Mikey Schaefer
El vértigo jamás viaja con los escaladores. Y menos aún en una cordada alpina como la que aparece en la foto. Es la cara norte del Eiger, una montaña de 3.970 metros situada en el corazón de los Alpes berneses, en Suiza. El protagonista de la imagen es Dean Potter, un estadounidense especializado en ascensiones trepidantes. Tras una década rompiendo récords de velocidad en los picos más complicados del planeta, sometió al Eiger en 2008 pero juró no regresar.
Este pico llegó a ser “la obsesión para los mentalmente trastornados” y su cara norte, “la variante más imbécil desde que empezó el montañismo”. Hoy, continúa siéndolo. La dificultad es extrema y la exigencia, máxima. Hasta diez años separan a las dos primeras ascensiones. En el camino, este coloso devoró a casi un centenar de escaladores.
Nordwand, cara norte del Eiger, vista desde el complejo hotelero de Kleine Scheidegg
El reto consiste en trepar por un muro vertical con más de 1.500 metros de altura. Y no puede hacerse en verano ya que el calor desmorona la roca y la convierte en arena. Un formidable desafío que congela el alma, en medio de súbitos cambio de tiempo y de traicioneras sorpresas. Hasta los años 80 a los escaladores les bastaba con llegar a la cima de esta enorme mole de piedra caliza. Los primeros en lograrlo -Anderl Heckmair, Ludwig Vörg, Heinrich Harrer y Fritz Kasparek- tardaron tres días en doblarle al Eiger su dura mano. Luego vinieron más.
Heckmair por delante de Vörg, Harrer y Kasparek en la primera ascensión norte en 1938
El gran Messner llegó arrastrándose tras 10 horas zigzagueando por osarios de vientos. A partir de entonces, el alpinismo de élite en el Eiger se convirtió una carrera de bólidos por saber quién era el más rápido…. 4 horas y 40 minutos… 3 horas y 54 minutos… La locura al filo del precipicio. El récord se selló en 2 horas, 47 minutos y 33 segundos cuando lo normal es invertir dos días. El honor de tan extraordinaria proeza pertenece al montañero suizo Ueli Steck, un portentoso escalador de 35 años que meses después firmó una memorable ascensión relámpago en el Annapurna para rescatar a Iñaki Ochoa de Olza… pero esto es otra historia.
Ascensión del Eiger realizada por Ueli Steck

Corvara Alta Badia

Hay días preciosos. Como este amanecer en el corazón de los Dolomitas, la cordillera de roca que separa Italia de Austria. Es el gran paraíso de esta Europa económicamente en llamas. La imagen muestra la Marmolada, el pico más alto de la cadena con más de 3.000 metros de altitud, vista desde Corvara Alta Badia, un pueblito de 1.700 habitantes construido en la ladera de un inmenso valle iluminado ahora por un sol estival de muchos quilates. 
Aquí ni se habla italiano ni alemán sino que los auténticos corvarenses, pastores de altísimo nivel adquisitivo gracias a un turismo anual de élite, hablan ladino, una lengua “retorromance” que se ha desarrollado debido al aislamiento de los valles montañosos en el que se utiliza. 
Las posibilidades son máximas. Desde hacer senderismo o escalada hasta tomar el sol en el lago di Carezza que parece un mar interior. También se pueden visitar pequeñas ciudades de pizarra como Arabba, Bormio, Canazei o Pozza di Fassa. Estamos en el Trentino. Una región que de haberla conocido James Barrie, hubiera sacado fuego a los ojos de Peter Pan. Como si fueran chiribitas. El lugar provoca palpitaciones y eriza el vello de la nuca. He aquí un edén de valkirias.
Esta fotografía fue la más visitada la semana pasada por los amigos de Más que Ciencia: 1.441 lecturas