Lenguas de glaciar

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Esta idílica fotografía nos muestra uno de la paraísos terrenales en peligro de desahucio. Se trata de la boca de entrada a uno (o lo que queda de él) de los 16 glaciares del Parque Nacional de Glacier Bay, Alaska.

Hasta hace unos pocos años, 12 de ellos lanzaban icebergs a la bahía como máquinas de cubitos de hielo. Uno tras otro, crick-crack-catacroc, pero su portentoso motor comenzó a griparse. Sin cumplirse aún el primer mes de la primavera, el entorno gélido se ha consumido y las aguas son navegables. En 1985, contemplar este cuadro en abril hubiera sido impensable. Pero no todo es culpa de la precocidad primaveral.

Cada año, el estremecedor bramido que provoca el resquebrajamiento de las grandes lenguas del glaciar son un poco más sordos. El paisaje continúa siendo igual de bello, igual de majestuoso, pero está perdiendo la voz.

El calentamiento global del planeta es el propietario de su mordaza. La temperatura media en la zona ha subido los grados suficientes para que los icebergs que antes caían al mar como ídolos en un apocalipsis colosal, hoy se derriten lastimosamente antes de su botadura. Un síntoma más del fracaso humano y de felicidad para los oportunistas rastreadores de grandes negocios.

Desde que el agua no se hiela en invierno, los cruceros cinco estrellas  que navegan por el Parque se han multiplicado como setas tras la lluvia. Unos van, otros vienen. Cualquier día de estos se formará un atasco y los buques, con los turistas encantados de haberse conocido a bordo, harán tocar sus sirenas para exigir un guardia de tráfico o un semáforo. Glacier Bay no se muere todavía, tranquilidad, pero ha comenzado a empolvarse la nariz. Como hacen las estrellas de cine en retirada.

Sus habitantes habituales se preguntarán consternados para que ha servido vivir en un lugar tan bello. A la vista de los datos, pues para que un puñado de dólares lo vacíe por dentro. Una ruina en ciernes. El problema es que cuando deseen subsanar este atropello puede ser tarde. Es la consecuencia del desinterés por las cosas que provoca el consumismo desbocado. Su primera víctima siempre es la armonía.

Huellas

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Lobos. No es muy frecuente encontrar un rastro tan fresco en nuestras montañas pero toparse con estas huellas debió de producir mucho canguelo al autor de la foto. Lo más probable es que tragara saliva pensando que el lobo aguardaba su oportunidad escondido en algún recodo. Un miedo lógico pero fabricado por nuestra cultura. Porque, en realidad, no están claras las causas que empujaron al hombre a asociar a este bello animal con el mal . ¿Superstición? ¿Intereses ganaderos?

Lo cierto es que este depredador que apadrina la cúspide genética de nuestros ingenuos perros no es el mejor cazador ni mata por placer. Para esta última función ya existe una especie más dotada. El lobo se limita a vivir en manadas siguiendo una estricta jerarquía social liderada por dos individuos, la hembra y el macho alfa que, entre muchas cosas, ayudan a resolver las disputas que puedan originarse dentro del grupo. Viajan sin fin y se afanan por mostrar su afectividad mediante juegos colectivos inimaginables.

Su desgracia es que el hombre le persigue y hasta ha construido una criatura tenebrosa entorno a su existencia con la finalidad de provocarnos pesadillas abisales. El aullido que este animal emite las noches de luna llena es otro mito que falsea la verdad. Lo hacen al atardecer, para juntar a la manada o para espantar su incontenible miedo a la soledad.

Ahora volvamos a mirar la imagen y pensemos qué sensación podía tener el animal al descubrir la cercanía de un hombre. Sintiéndose un fugitivo como le ocurre, su pesadilla adoptó la forma del fotógrafo.

Otoño, una pira bestial

 

Hay días que una foto es más que mil colores. También huele. Quizá, si le echamos imaginación, la imagen de arriba podría trasladarnos su aroma de naturaleza viva. El bosque húmedo en otoño es un lujo bestial. El paisaje se enciende como una pira imponente. El poeta Octavio Paz escribió: “En llamas, en otoños incendiados, arde a veces mi corazón, puro y solo. El viento lo despierta, toca su centro y lo suspende en luz que sonríe para nadie: ¡cuánta belleza suelta!”.

Así es. Estamos en el inicio de esta estación multicolor. Momento para abrirse a todo lo que suena y se mueve. Preparados para lo mucho que huele y para todo lo que puede saborearse. Días de luz suave y de humedad, el tiempo nos ofrece una oportunidad para recuperar el sentido de los sentidos, y como dijo el naturalista Joaquín Araujo “serás de la vida como la vida es del tiempo”. Aprovechemos este sol, su luz crepuscular, para acercarnos al invierno gélido.

Sigue brillando diamante loco

La noche del invierno ártico comienza a levantar su gélido telón de hielo. La banquisa retrocederá en los próximos días de forma inusitada y la vida en el Polo Norte iniciará su renacimiento despojándose del ropaje  que exige unas circunstancias extremas. Gota a gota, el océano helado se irá derritiendo hasta dejar a la intemperie pedazos de tierra yerma. En unos días, llamativas franjas de colores iluminarán el cielo glacial por última vez: Son las auroras boreales. 
Aunque tardaron varios siglos en descubrir los motivos de su existencia, los esquimales siempre creyeron que la Aurora Boreal era el camino sinuoso que les conducía a remotas regiones celestiales. Así lo cuentan generación tras generación cada vez que esta misteriosa luz que alumbra la oscuridad de sus noches invernales aparece prendida del cielo. En realidad son millones de partículas cargadas de energía procedentes del sol que al contacto con los gases de la gélida atmósfera, reverberan. La ciencia acabó con la leyenda pero no ha logrado que su intrigante belleza provoque extrañas sensaciones de emoción en quien la contempla.
La fotografía que encabeza el texto fue tomada hace un tiempo desde la Estación Espacial Internacional (ISS), el gran ojo que ve lo que nadie puede. Es el momento exacto del solsticio de invierno, el 21 de diciembre, el instante crucial. El cielo reverbera como si el planeta fuera un imán. La vida en el extremo norte de la Tierra no sentirá calor pero soñará con mundos lejanos, a menudo más amables y sinceros del que ahora estamos fabricando. Quizá las ballenas y los osos polares nos ayuden a encontrar la respuesta a la sinrazón de nuestra destacada obra.
Pink Floyd – Shine On You Crazy Diamond

Tempestades en el Cantábrico

La costa es la frontera entre la tierra y el mar. El más dinámico de los hábitats del planeta. Sus habitantes se enfrentan al reto de los cambios constantes y extremos. A las mareas descomunales. A crecidas espantosas. Sólo con mirar la foto se entienden los motivos. Casi a diario la tierra es azotada por olas que, a veces, adquieren proporciones colosales antes de agredir los promontorios con la fuerza de mil trenes de mercancías. Demasiada energía como para no transformarla en luz.

Cuanto mayor es la altura de las olas, mayor es la cantidad de energía que pueden extraer del viento, de forma que se produce una realimentación positiva y aumenta su velocidad. Y por extraño que parezca, miles de especies, entre ellas el hombre, dependen de estas perturbaciones para vivir o morir. 

Uno de los más espectaculares milagros se produce en las aguas del Mar Cantábrico, uno de las más violentos del planeta. Allí se encuentra el hábitat ideal para cientos de animales que cazan sin cesar desafiando los vientos invernales. 
Algunos pájaros, como la gaviota, se lanzan en picado contra el embravecido mar en busca de peces aunque pocas veces alcancen su objetivo. A otros, como el hombre, no les queda más opción que emprender una lucha agónica contra el oleaje atlántico para alejarse de tierra y pescar. Un esfuerzo titánico que pone los pelos de punta. 
Ahora, la mar lleva varias semanas enfurecida sin tregua. Desde cabo Roncudo en Galicia hasta cabo Higer en Euskadi. Una marea salvaje que los días de borrasca ruge como un león hambriento. Pero en la costa cantábrica, la mar, más que un medio de vida es una vocación. Y cuando no hay pesca o el tiempo se encabrona, no hay ingresos. Ahora, un temporal de tres semanas ininterrumpidas está dejando pegado en acantilados y playas una angustia infinita para miles de familias que dependen de la pesca para subsistir. 
Un marinero de Bermeo me dijo una vez que cuando las gaviotas no comen “cagan blanco y ahora yo cago blanco”. Una forma suave de explicar un futuro negro como la noche, un porvenir de migración que, a no ser que cambien las cosas, le llegará puntual como una marea lunar y sin un euro en el bolsillo.
Hoy, los puertos cantábricos han sido sellados para protegerse de tanta hostilidad marina. Diques rotos, barcos hundidos, media docena de muertos, comercios sumergidos. Cientos de millones de euros en pérdidas de todo tipo. El martes la marea subió enferma de ira. Como una galerna inesperada, tremendos nubarrones tiñeron de gris el fabuloso escenario. Un buque fantasma con miles toneladas de fuel en su interior llamado ‘Luno’ fue arrastrado sin piedad contra la costa vasca y estrujado contra las rocas. El resultado puede apreciarse en la fotografía. Un juguete roto en manos de un Leviatán que al menos perdonó la vida de su tripulación.
Pero la necesidad y la pena comienza a apretar el alma de los vivos. Para la fauna y flora del litoral vivir en un medio tan hostil es algo existencial. No podrían hacerlo en otro lugar. Para ellos, cada amanecer es un éxito y cada anochecer el momento para contabilizar sus naufragios. Exactamente igual que para el hombre del mar.

Albatros, el emperador del viento

Para los marineros, el albatros es un ave legendaria. Sinónimo de buena suerte, de viaje próspero, de felicidad. No es de extrañar porque es el emperador del viento. Sus alas están adaptadas al planeo de forma magistral. Dibuja movimientos en el aire como si fuera un pentagrama dinámico. Imponente. Hay algo inaudito en el vuelo del albatros: la envergadura de sus alas, 3,5 metros, le permite minimizar el esfuerzo.
Para él es un juego infantil pasar repetidamente la frontera entre masas de aire y aprovechar las corrientes como le venga en gana. Se sitúa de cara al viento para ganar altitud y descender en un planeo que hiela la sangre. Más de 20 metros avanzados por cada metro descendido. Dos técnicas para domar el viento. ¿Hay quien lo haga mejor? Pues no, la verdad. 
Y lo que es más sobrenatural: su adaptación al medio es tan perfecto que en vuelo presenta niveles de frecuencia cardíaca similares a los registrados durante los periodos de reposo. Es decir, ni se inmuta durante sus vertiginosos planeos. 
El problema lo encuentra en las calmadas oceánicas. La ausencia de olas y viento son cadenas de acero demasiado pesadas para este aerodinámico caza de los mares. Periodos tormentosos que le mantienen anclado a la superficie del agua y a merced de las bestias abisales. Pero cuando regresa la borrasca despega corriendo sobre la superficie marina como un correcaminos. Es cuando activa el turbo corporal y consume gran parte de su inagotable gasolina vital. Suerte la tuya, estimado albatros, que acoges el mundo bajo tus majestuosas alas con sabor a sal.
Ya te lo dijo el gran poeta, el gran Charles Baudelaire, eres semejante al señor de las nubes, que vives en la tormenta y te ríes del arquero; exiliado en el suelo, abucheado por todos, tus alas de gigante te impiden caminar. 
Vuela pues prodigiosa ave. Queremos sentir vértigo.

El ave del paraíso

Les presento a una de las aves más bellas del mundo: El quetzal. Y también a una de las más esquivas, de las más difíciles de observar, de las más misteriosas. Tanto que durante mucho tiempo, el hombre blanco no creyó en su existencia.

Muchos de los conquistadores españoles veían los dibujos que algunos pueblos originarios de América Central y de México elaboraban con minuciosidad y pensaban que eran deidanes apócrifas, inventadas, soñadas. Un icono de la imaginación salvaje y pecadora. Ni siquiera el plumaje que distinguía los ropajes de los líderes comunitarios servía como prueba. Algo tan hermoso no podía existir, no entraba en sus cabezas invasoras.

Una leyenda guatemalteca cuenta que el quetzal solía cantar armoniosamente antes de la conquista española pero que después se quedó mudo. No es del todo exacto. El quetzal canta, no muy bien, pero canta en el bosque cerrado y nebuloso. Y de la niebla salen y a la niebla vuelven cada día. Tímida. Habitante de la selva montañosa y húmeda, en los bosques de la niebla.

En náhuatl, Quetzal significa “ave de plumaje precioso”. Perfecta descripción en una palabra para un animal bello hasta grados superlativos. Mide escasamente 40 centímetros, como una gallina, pero su cola majestuosa, la del macho, llega a alcanzar hasta dos veces el tamaño de su cuerpo. Su vuelo es singular, ondulante, como el de una gran mariposa. Desde una rama suele dejarse caer hacia atrás para no maltratar su preciado ropaje trasero, frágil como el cristal.

El color de su plumaje, siempre brillante, varía de intensidad según la luz del sol. El azul de la mañana se vuelve dorado al atardecer. Una metamorfosis poética bajo el reino de la luna.

Todo es color en el mundo del quetzal. Hasta los huevos, dos por pareja, poseen un tono azulado. El tono de la selva pertrechada en su manto de niebla. Qué listo es el quetzal, el ave que reina en el paraíso.

Fotografía: ©Ricky López