Irak sigue desangrándose

Serán las cabezas doradas que hacen reverberar el sol invernal, el suelo de mármol que recorría todas las estancias de los palacios presidenciales, el espacioso jardín de la residencial principal en Bagdad, las frondosas palmeras que cancelaban la avidez de los curiosos que en 2003 miraban con descaro lo que les habían ocultado, pero la Irak de 2014 comienza a ser para EEUU el símbolo de un sueño roto en todo el Oriente Próximo. 

Un espejismo para aquella mitad de la población que veía en ese decorado la herencia de un líder innegable que luchó para hacer de Irak un país islámico moderno y culto. Una pesadilla para la otra mitad de los habitantes aplastados por la indolencia de un dictador populista que les sumió en un miedo tan atroz que les impedía pronunciar su nombre. Saddam, ‘Rajoud el Kabir’ –el hombre grande-, como le llamaban los miles de cadáveres vivientes que dejó en las cunetas tras más de 35 años de dictadura, volvió a la superficie para culminar, ocho meses después de su caída, su extraño epitafio. Acorralado y sucio como una fiera, se enfrentó orgulloso a nubes turbias por las acusaciones de matanzas contra miles de iraquíes, chiíes y kurdos en su mayoría. “¿Por qué no acabó con su vida para evitar la humillación de su arresto?”, se preguntaba una ingenua periodista estadounidense. “Porque es árabe y para los árabes el suicidio es un blasfemia contra su pueblo”, le contestaba un comentarista palestino.

La sensación de alivio que supuso su detención variaba de un extremo a otro de un país hecho pedazos donde no hay sentimiento nacional ni nada que se le parezca y el resto –el odio y el afecto hacia el expresidente, hacia las fuerzas de ocupación y hacia el gobierno actual del chií Nuri al-Maliki- se mide con la invisible vara de la procedencia étnica. 
Es una delgada línea roja que separa a quienes veneraron la política de Saddam, es decir, el rico y privilegiado norte de los suníes, y quienes soñaron con asesinarle cada día y cada noche durante los años que duró su dictadura, es decir, el atrasado y masacrado sur de los chiíes. En este tiempo, la violencia que Saddam practicó en Irak llegó a cotas de auténtico paroxismo, como se pudo comprobar en 1994 cerca de Basora donde en el corto espacio de 2 semanas fueron asesinadas más de 10.000 personas a manos de la implacable Dirección General de Seguridad, una de las cinco patas de la gran mesa que el dictador iraquí puso en marcha para asegurarse el poder absoluto en el país.

O las atrocidades cometidas en barrios bagdadíes como Bap al Sheef y Al Zufarania, donde muchos de sus habitantes exhiben ahora las salvajes amputaciones provocadas por la Mujabarat, la siniestra policía secreta del antiguo régimen que funcionó durante largos años como una verdadera maquinaria de picar carne con el apoyo de Occidente. Hombres sin orejas, mujeres con el vientre abierto en canal para sacarles a la fuerza el niño chií que un día llevaron en sus entrañas y evitar, de esta forma, que la población de esta etnia continuara su expansión demográfica en perjuicio de la suní, sus enemigos irreconciliables.

“Es cierto que Saddam cometió muchos errores pero no fue una mala persona, simplemente se rodeó de gente cruel que amaba la riqueza desorbitada que este país es capaz de generar”, aseguraba en una entrevista que realicé para el diario DEIA al exgeneral de las Fuerzas Especiales iraquíes, Ahmed Shakir Al Shammari, un hombre que hasta el fin de la sangrienta guerra contra Irán era uno de los consejeros militares más influyente del régimen. 
Petróleo, mercurio rojo y agua que en Oriente Próximo escasea como la luz en la noche, fluyen casi de forma espontánea en este tablero iraquí que la codicia del mundo convirtió hace dos décadas en un campo de batalla y que aun hoy continúa ante la desidia de un mundo sin memoria. Durante toda la entrevista, Al Shammari no cejó de insistir en las torpezas cometidas por los políticos estadounidenses a la hora de desactivar al viejo Estado iraquí. “La resistencia notará el golpe de la detención o muerte de Saddam en un primer momento pero a medio y largo plazo resultará un acicate contra las fuerzas de ocupación y sus herederos que no entienden aún que el poder del viejo régimen se sostenía políticamente en las familias, en las tribus como la mía”. 
Al Shammari hablaba de un ejército potencial compuesto por 500.000 hombres procedentes del granero político del antiguo presidente iraquí, el denominado ‘triángulo suní’ cuyos vértices lo forman Tikrit, Ramadi y Bagdad, el núcleo de lo que hoy es una guerra sin cuartel contra los suníes supuestamente controlados por ese ente maléfico llamado Al Qaeda. Dentro de esta cuadratura, Saddam era un líder venerado y temido. “Es lógico toda vez que el pueblo suní lleva dirigiendo este país desde hace más de 300 años aunque sólo represente al 30% de la población iraquí. Gracias a él se construyeron autopistas, la gente fue escolarizada y el sistema de salud era relativamente aceptable hasta la llegada del embargo”, sentenciaba Al Shammari. El problema estaba en el sur.
Informes recientes elaborados por organizaciones como Naciones Unidas o Human Rights Watch revelan que en los últimos 8 meses los ingresos de los iraquíes se han reducido a la mitad y en los territorios de mayoría chií, el 60 % del país, la calidad de vida sigue empeorando dramáticamente. “Cada piedra expropiada, cada gesto de arrogancia y de humillación intencionada que realizan las fuerzas de ocupación recrea las ofensas contra el espíritu de los chiíes practicado por Saddam. Hablar de paz en ese contexto es tratar de reconciliar lo irreconciliable”, aseguraba el imán Hurtada al Sadr, el más radical de los clérigos chiíes. Al Sadr dispone de una milicia armada, el Ejército del Madhi, que no tiene rubor en exhibir sus pistolas en público.
Tanta ponzoña enraizada en este desierto de petróleo pone en duda que este conflicto pueda tener fin. En el mercado de Nayaf, donde puede encontrarse desde un burro hasta un barril de gasolina, vi a un tendero cuya mascota era un gallo desplumado con una pequeña medalla de Saddam Hussein atada del cuello. Era el más fuerte. A su alrededor correteaban todas gallinas. El tendero explicó que era la simbología política del país: el dictador horrorosamente pelado con un pueblo a su alrededor sin saber aún que será de su destino. Y menos aún si observan como les despojan de sus inagotables riquezas. Ha pasado una década desde su derrocamiento y la guerra continúa ante la indiferencia de un mundo con demasiados frentes abiertos como para recuperar la memoria de un conflicto tan lejano en el tiempo.
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Un recuerdo borroso

Ayer lunes se celebró el Día Mundial de la Salud Mental. Resulta difícil escribir sobre esta tremenda dolencia sin caer en tópicos ni estigmas. El cerebro es así de complejo. El de los aparentemente sanos y el de lamentablemente enfermos. 
Recuerdo un hospital psiquiátrico extremo e inusual: El centro Al Rashaad, en Bagdad. Perdonen si les parece obsceno lo que aquí describo. No es mi intención. Sólo pretendo contar cómo vivían aquellos enfermos -como si no existieran- y cómo viven en algunos países de nuestro maravilloso mundo. 
Visité Al Rashaad en noviembre de 2003, en plena invasión estadounidense. Era el único destinado a preservar la salud mental de una ciudad con más de cinco millones de desesperados. Allí convivían esquizofrénicos, asesinos en serie, disminuidos, necrófilos, zoofílicos y otros tipos de perturbaciones mentales. No había sillas, ni camas ni electricidad. La fotografía muestra la situación. Las ventanas están selladas con barrotes de acero. Algunos enfermos perdidos en el delirio voceaban ásperos sonidos tras unos cristales sucios; otros clamaban a un dios ausente que acabara para siempre con el dragón que tenían metido en sus cabezas. Eran decenas de hombres y mujeres convertidos en desechos humanos.
Cuando se desmoronó la dictadura, entre el 8 y el 10 de abril de 2003, un numeroso grupo de saqueadores entraron en tromba en aquel hospital violando repetidamente a todas las mujeres internas, alrededor de 700, y dejando en libertad a todos los demás reclusos, incluidos los criminales. Fue tal el escándalo que la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) recogió evidencias de aquel episodio antes de proclamar su vergüenza. 
Una de las víctimas que más ferozmente fue torturada era Hosnia, una quebrada mujer de 25 años que anhelaba estudiar enfermería cuando la vida era visible en aquel país. Sufría de estrés postraumático con brotes suicidas difíciles de atenuar. Había ingresó en el hospital meses antes de mi visita y hasta entonces no había podido ser tratada con ningún medicamento. 
La sanidad iraquí estaba colapsada y la rama psiquiátrica era la principal damnificada. En Irak, igual que en muchos países del mundo, no hay cultura ni información médica sobre las diferentes manifestaciones de la enfermedad psiquiátrica. Son tratados como demonios, como en la Edad Media. Son rechazados por sus familias, por sus tribus, y abandonados a su suerte. La esquizofrenia sigue siendo un estigma social.
A la espera de alguna terapia, se encontraba Ashin, otra mujer de no más de 45 años pero que aparenta 70. La recuerdo cubriéndose del sol bajo una frondosa palmera. Vestía una abaya negra chií, sucia y descosida. Padecía una psicosis depresiva crónica inducida en su día por la persecución y agudizada por la violación en cadena que sufrió por los desalmados asaltantes. Casi no hablaba y cuando lo hacía, sus palabras fluían como una carambola lenta. Sus manos se entrecruzaban cuando no jugueteaban con la basura que recolectaba en su paseo cotidiano por aquel recinto del horror. 
Pero no todo era horror en aquel hospital. Un mes antes de mi visita, los internos regalaron a la doctora-jefe una peculiar obra de teatro por el día de su cumpleaños. Se titulaba ‘Esquizofrenia’ y resultó ser una medicina muy valiosa. Con ella desterraron por unas horas el miedo, la indiferencia del resto y el estigma de una enfermedad maldita. 
El futuro ni se citaba, simplemente porque para ellos, como para muchos enfermos mentales, desgraciadamente no existe.

La vida secreta de las palabras

Se que leer atrocidades a estas horas de la mañana suele encajarse como un puñetazo entre los ojos. Pero es que ayer vi de nuevo la película ‘La vida secreta de las palabras’ de Isabel Coixet, galardonada con cuatro premios Goya en 2005 y volví a recordar a una mujer que conocí en Bagdad. 
Se llama, o quizá se llamaba, Hosnia. Tenía 25 años y anhelaba estudiar enfermería cuando la vida era visible en Irak. Hosnia tenía el pelo negro y revuelto, y sus pupilas eran como dos cuerdas que la aferraban a la realidad. Vivía en el hospital psiquiátrico Al Rashaad, un centro de salud inmundo. Abandonada a su suerte, había sido ferozmente torturada por hordas de miserables sin escrúpulos. Casi no hablaba y cuando lo hacía, sus palabras fluían como una carambola lenta. En medio de su delirio me preguntó si en mi país alguien sería capaz de curarla. Le contesté que sí, que en España teníamos médicos muy buenos. Ella siguió en su mundo, con su sonrisa perdida y sus ojos enormes clavados en aquella sartén de arena y roca que cuando soplaba el viento convertía el polvo en un juego de dardos con las caras de los vivos. 
En Siria hay muchas Hosnias. La carnicería que allí se está produciendo nos está sirviendo para visualizar varias cosas. Por un lado, la hipocresía de occidente a la hora de manejar los problemas de un mundo sin valores ni principios sino regido por la economía y la influencia. Por el otro, que la bandera de la libertad se utiliza en función de intereses partidistas y no por necesidades colectivas. Entonces, ¿qué les espera a los sirios? ¿Deben esperar que el régimen alivie la represión contra la población insurrecta como resultado de las tibias iniciativas internacionales? 
La reportera Mónica García Prieto, un faro obligatorio para acercarse a este conflicto, reflexiona sobre estas cuestiones en un gran artículo y cita al banquero sirio-norteamericano Ehsani: “La premisa es que creo que el régimen no va a entregar o ceder las riendas del poder unilateralmente. Hay tres razones que lo explican: el régimen cree que puede ganar, el régimen cree que ceder poder es como firmar su sentencia de muerte, y el régimen cree que está combatiendo al diablo”. En otras palabras: la represión en Siria sólo acaba de empezar. 

La felicidad y los dogmas

“Cargar sobre vuestros hombros el sufrimiento del mundo”. Este mensaje del Papa a la juventud que le aclama me parece pernicioso. En mi opinión, esta frase es obtusa e hipócrita con los principios que representa porque sólo refleja una imagen sospechosa de la felicidad. Cada vez me quedan menos dudas de que el objetivo del Santo Padre, y de la institución que representa, es neutralizar al hombre como ser libre (o al menos contradecirlo y debilitarlo). Pero esto no es patrimonio del Vaticano. Es el sentido de muchas religiones: prometen mucho pero no cumplen casi nada.


Quizá sea culpa de sus máximos representantes en la Tierra. Y sino, ¿por qué el Papa insiste en que la única manera de cambiar la situación de este mundo es aplicándose en una intensa penitencia? Porque en la enseñanza terrenal que difunde todo depende de la voluntad de Dios. A los hombres sólo nos reserva el rezo para convencerle de que otro mundo es posible. Con esta filosofía de la vida, los culpables del estropicio jamás se sentirán incomodados.

Me resulta confuso escuchar al Pontífice cuando anima a sus fieles a socializar la infelicidad como un estado natural de las cosas (enmascarando el mensaje con cruzadas apocalípticas siempre huecas porque ni el hambre ni otras injusticias evidentes que dice combatir un hombre de su poder e influencia han retrocedido un milímetro, ni por la gracia de Dios ni por su mediación política). Pero lo que me provoca cortocircuitos es que este apóstol del Bien haya borrado de su diccionario la palabra rebeldía ante la opresión del hombre por el hombre. Teólogos como Leonardo Boff y sacerdotes como Camilo Torres, Ernesto Cardenal, Samuel Ruiz, Jon Sobrino o Ignacio Ellacuría, concebían el papel terrenal de la Iglesia católica y los evangelios de otra manera.

Recuerdo un día en Bagdad. Para sus habitantes, aquello sí que era cargar con la cruz del sufrimiento ajeno. Celebraban la fiesta del Aid al Fith, la navidad musulmana, el momento de recuperar la moral perdida durante 25 días de ayuno a base de pan, cordero y verdura. En una escuela de primaria al sur de la ciudad, dos familias cantaban una canción de fiesta que parecía una triste melodía árabe: “¿Dónde crecen las rosas, viejo amigo, si mi jardín ha sido pisoteado? Por favor, tráeme un resquicio para la esperanza”. Y cuando tocaban palmas, era como si los zíngaros expulsados de este mundo resucitaran en la noche iraquí. “Mohamed, Alí, Hussein ya no os vemos en este mundo. ¿Donde estáis?”, recitaban con parsimonia. 
En aquel momento, la capital iraquí se había vuelto enigmáticamente silenciosa. Se escuchaban menos morteros y se veían menos ráfagas de trazadoras iluminando la oscuridad de la noche. De los 26 millones de habitantes que tenía Irak, cerca de 15 habían seguido aquel año el Ramadán. Hambre y sed saciadas con fuego de morteros. El resto, salvo los 10 millones de pobres en vigilia perpetua, pertenecían a otras religiones. 
En una esquina de la calle Karrada, lo que entonces era lo moderno y peligroso de Bagdad, estaba la casa de Hamid. Una tarde, una bomba colocada al paso de un convoy estadounidense, afectó a su puerta. “Explotó a 30 metros, tres minutos después de yo entrara”, me comentó. Al final de un pasillo de 5 metros con techo bajo había un jardín transformado en un trozo de polvo. Sobre el tronco de una vieja palmera, sus invitados esperaban para celebrar el Aid al Fith. Alumbrados por lámparas de aceite, como en la Edad Media, eran simples sombras fumando en la oscuridad. 
Azhar bebía té recostada en una banqueta medio rota. Era una mujer delgada y tenía la cabeza tapada por un pañuelo negro. Su marido había sido ingresado en el hospital psiquiátrico Al Rasheed. Su hijo, enfermo de leucemia, había muerto meses atrás. Ella vivía en una casa de la Calle Damasco pero ya no abandonaba la de Hamid. 
-¿Por qué?-, respondió a una pregunta indiscreta algo indignada, y sacó una foto ajada de su bolsillo sin decir más palabras. El papel mostraba la imagen borrosa de algo que un día tuvo que ser un hogar. La conquista de Bagdad comenzó por su calle y muchas viviendas fueron dinamitadas. “Tengo 35 años pero siento una anciana. Mi pelo está blanco y las rodillas no me sostienen. ¿Para qué rezar, para qué creer, si mi esperanza no depende de Dios sino de mis semejantes”, añadió con voz pausada. Estaba cansada del estigma de las culpas y del dolor.
Hamid le daba alimentos –cordero, pan iraquí y cebollas- pero a cambio le pedía que cantara porque lo hacía muy bien. Era el momento de la sonrisa, leve pero sonrisa dulce y de inmediato, bajaba la mirada. Una niebla de oro teñía aquella tarde el cielo de Bagdad. Las calles estaban vacías y los sonidos de los morteros parecían haber terminado para siempre. Sólo la voz del muecín procedente de una mezquita cercana desgarraba aquel silencio triste iraquí. Es cierto que era un caso extremo en la existencia del hombre pero me sorprendió que todos habían cambiado de fe. Fue como si, de repente, pensaran que su futuro ya no dependía de la providencia, de esquivar el pecado, de cumplir el dogma. El porvenir se había vuelto tan terrenal como las arenas del desierto. 

Las revueltas árabes

El escritor Joseph Conrad fue el retratista literario de África y su novela ‘El corazón de las tinieblas’ un artefacto sobrecogedor. Si el siglo XX empezó mal para el continente negro, el XXI parece discurrir por un sendero convulso, especialmente en los países árabes del norte africano y la parte suroccidental de Asia. Cientos de etnias malviviendo dentro de un territorio de más de 7. 800 kilómetros de extensión (desde La Güera en el Sáhara Occidental hasta la punta más oriental de Omán), partido en 22 estados -más el Sáhara y Palestina- trufados de dictadores y sátrapas sanguinarios, y habitado por casi 350 millones de personas. No es un jeroglífico fácil de resolver. 

Tinieblas demasiado espesas que están devorando a una región estigmatizada por los grupos extremistas, el choque de civilizaciones, la desigualdad social y el petróleo. Y las cifras se empeñan en avalar esta condena. En el espacio de 30 años, esta zona del planeta han padecido continuos enfrentamientos armados que han causado millones de muertos y han lanzado a los caminos a millones de refugiados. Un oscuro panorama cuyo corolario es la violencia extrema que, en algunos casos, como en la invasión estadounidense de Irak o en el irresoluto conflicto palestino-israelí llega a cotas de auténtico paroxismo. Una situación colectiva de estrés permanente que algún día tenía que estallar. 

En el mundo árabe (más Irán) se está librando ahora mismo la primera guerra de liberación del siglo XXI y los dueños del mundo (EEUU, Europa y China) no saben qué hacer. Los pueblos de Egipto y Túnez, dos modelos que debían servir de ejemplo para una convivencia y desarrollo pacífico en la región, han terminado sacando los ojos a los sátrapas que les gobernaban y ahora no se resignan a que potencias indefinidas les impongan nuevos dirigentes. 

En Libia, un dictador como Gaddafi, un personaje que encajaría a la perfección en el reparto espeluznante de papeles que dibujó Conrad en su obra, ha preferido provocar un baño de sangre antes de entregar su omnímodo poder. Yemen, Jordania, Yibuti, Gabón, Argelia e incluso Marruecos, sufren ya duras represiones por parte las temerosas autarquías gobernantes. También en el Sáhara Occidental comienza otra vez a escucharse ruido de sables por un referéndum que yace enterrado en las arenas del desierto. Ya no hay manera de sacar de los focos de la rabiosa actualidad o de malinterpretar los objetivos de una rebelión contra el estado de las cosas como la que está ocurriendo en el Magreb y el Máshreq árabe, más Irán (cuyo problema y futuro da para cien capítulos). 
Ni siquiera la rica Bahréin, donde Fernando Alonso ha ganado en tres ocasiones el gran premio de F-1 entre los aplausos acompasados del rey de España y una retahíla de nobles regionales, se libra del terremoto liberador que se ha puesto en marcha. El pequeño experimento político que lidera desde el fin del protectorado británico en 1971 la satrapía familiar Al Khalifah, Hamad ibn Isa en el puesto de monarca y su tío Khalifa bin Salman en el de primer ministro, es hoy un producto descompuesto moral y físicamente.
Ante este intrigante panorama, Barack Obama, el heredero de quienes gestaron este aluvión de revueltas populares contra los dictadores amigos, acaba de proclamar su “preocupación” por la evolución de los acontecimientos y ha exigido “respeto” a los derechos humanos. Poco más puede decir un hombre atrapado entre las dos formas de concebir el mundo que conviven en su sombra: los que defienden el viejo orden y los que desean sumarse al sentir popular para poder mantener la influencia de EEUU en la zona. 
Los portavoces, más o menos autorizados, de estas revueltas ya han advertido que la solución no es “sustituir un dictador por comercio”. Desde el corazón de las tinieblas árabes se hartan de decir que lo indispensable es democratizar su mundo, autonomía plena de organización según sus costumbres y competir en condiciones menos desfavorables con el resto de potencias. Hay ejemplos esperanzadores: En Egipto, el país más poderoso de la región, la sociedad ha respondido al Ejército que no quiere más imposiciones y que no tolerará un sólo nombre heredado del régimen de Mubarak en el gobierno de transición. 
También hay grandes peligros como Libia, donde un excéntrico ególatra como Gaddafi puede morir matando. El mundo observa con ojos sobresaltados el derrumbe del viejo orden. El temor al cambio desconocido. El conservadurismo genético del hombre. Una llama de protesta contra el consenso neoliberal ya ha prendido en el corazón industrial de EEUU. Algo está pasando. ¿Se disiparán las tinieblas o “la teoría del caos destructivo” que diseñó Washington para justificar su poder se extenderá a otras zonas del planeta?

Shalom, Salam

Un palestino de 21 años fue abatido ayer por soldados israelíes en un control militar en el paso de Bekaot-Hamra, al norte de Cisjordania. El sábado, una palestina murió en un hospital de Ramala a causa de la inhalación de los gases lacrimógenos disparados por militares israelíes durante una manifestación en contra de la ocupación del territorio. Dos cruces más que añadir al mayor relato de la infamia contemporánea.
La historia de Israel y Palestina es un interminable episodio plagado de humillaciones, fracasos y agonías. Incluso el mapa actual de Oriente Medio parece diseñado por un sádico. Las aldeas parecen diminutos hormigueros con las salidas bloqueadas. Una forma lenta y dolorosa de liquidar a sus residentes. Si el poderoso verdugo recurriera a una inundación masiva del territorio, las hormigas apenas tendrían forma de defenderse salvo que otras, más fuertes pero tan humanas como ellas, decidieran tomar cartas en el asunto para impedir su exterminio. Así es Tierra Santa. Cinco millones de judíos y cuatro de palestinos enfrentados a muerte por un pedazo de polvo no más grande que Sicilia. Como hormigas desquiciadas.

Hoja de Ruta. Hasta al camino de la paz le pusieron nombre de pretenciosa guía viajera. ¿Será para que no pierdan el ánimo de vivir?

Paz y territorios. Alcanzar un acuerdo es una tarea difícil si se escarba en la memoria colectiva y se analizan las causas de los fracasos, algunos de ellos cosechados en tiempos menos críticos que el actual. El problema es que los itinerarios diseñados hasta hoy no parecen equilibrar una mesa donde todos parecen guardar su trampa. ¿Cómo creer en la indulgencia de un político como Benjamín Netanyahu que ha flirteado con el crimen y el terror siempre que ha creído necesario? ¿Qué liderazgo puede ejercer una Autoridad Nacional Palestina tan fragmentada como su pueblo? ¿Acaso Barack Obama ha demostrado aptitudes para mediar en conflictos de semejante calibre? Pero dicen que la esperanza es como un beso. Siempre sabe bien.
Es verdad que grupos como Hamas aspiran a destruir el sionismo, a crear una república islámica en toda Tierra Santa y que algún día deberán explicar sus atrocidades ante los familiares de cientos de inocentes judíos que han asesinado pero no es menos cierto que, en la mayoría de los casos, han sido ellos los acusados de provocar los naufragios de la paz. Casi nadie cita nunca a rabinos como Goren de Jericó, que además de kipa y barbas hasta el ombligo reparte fusiles de asalto bien engrasados. Ni al partido derechista Likud, reventador oficial del proceso de paz abierto por el laborista Yitzhak Rabin y Arafat en 1993. 
Al fallecido Premio Príncipe de Asturias a la Concordia 2002, Edward W. Said, le dejaba perplejo la obstinación por presentar al pueblo palestino como la cantera mundial del terrorismo islámico y a Israel como su angustiada víctima. La realidad es que los israelíes han demolido más de 2.000 hogares palestinos en Cisjordania, han expulsado a 750.000 palestinos de sus tierras, han construido casi 300 asentamientos ilegales en Gaza, Cisjordania y los Altos del Golán; han perpetrado matanzas estremecedoras como la de Dueima o Sabra y Shatila, han bombardeado, destruido e invadido países limítrofes hasta el punto de que, en la actualidad, ocupan territorio libanés, sirio y palestino contraviniendo la ley internacional. “¿Puede todo esto jugar algún papel en el ‘odio islámico’ que dicen combatir?”, se preguntaba Said. Tanta ponzoña enraizada en Tierra Santa pone en duda que este conflicto pueda tener fin pese a la insistencia de intelectuales como el famoso Fukuyama.
Con toda esta batería de presión, lo lógico es que la situación en los territorios ocupados navegue dramáticamente a peor, hacia el despeñadero, hacia la asfixia total. Informes elaborados cada año por organizaciones como Naciones Unidas o Human Rights Watch revelan que en los ingresos anuales de los palestinos siguen reduciéndose hacia la nada y la pequeña franja de Gaza se ha convertido en el lugar con mayor densidad demográfica del mundo –2.350 habitantes por kilómetro cuadrado- y con el índice de paro más alto –el 65% de la población activa-. “Cada demolición de casas, cada piedra expropiada, cada gesto de arrogancia y de humillación intencionada revive el pasado y recrea las ofensas contra el espíritu de los palestinos. Hablar de paz en ese contexto es tratar de reconciliar lo irreconciliable”, aseguraba Edward Said, un pensador palestino de calibre largo. 
No cabe duda de que la historia de Oriente Medio sigue sufriendo una de esas extrañas retorsiones que utiliza la política para explicar una mentira.