Maldito fuego

 

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Llevamos semanas asistiendo consternados a una concatenación de incendios en la península ibérica que han arrasado 35.000 hectáreas de bosque y matorral.

Dicen que el tiempo cura este tipo de heridas. No estoy de acuerdo. Las heridas perdurarán. Con el tiempo, la naturaleza se cubrirá de cicatrices pero el dolor causado nunca desaparece del todo cuando el fuego se alimenta de lo vivo. El de Portugal, por ejemplo, se cobró la vida de 64 personas. Por fortuna, Doñana corrió mejor suerte. Aquí, no hubo muertos pero sí imágenes emocionantes donde las víctimas mostraban la alegría inconmensurable de quien vuelve a nacer.

Una de ellas la tienen ustedes en la foto superior. Es una de las hembras de lince que los responsables del Centro de Cría de El Acebuche lograron rescatar cuando las llamas iban a su encuentro.

Para los bomberos y voluntarios, fueron tres días de batalla sin cuartel contra el fuego y la gasolina del viento. Un sinfonía pavorosa de chasquidos de maderas consumidas y gritos estremecedores de personas, animales y plantas atrapadas en un feroz incendio orquestado, al parecer, por un hombre embrutecido, el pirómano.

Qué paradoja de tribu. Unos luchando contra el fuego y otros excitándose viendo un bosque arder. El desastre de la cultura, el desarraigo de una mente trastornada.

Pero volvamos a la escena. Entre la premura por escapar de la densa y asfixiante niebla que les cercaba, un operario de El Acebuche escuchó un lamento. Se giró y vio a esta hembra de lince aterrada en una esquina, cubriendo con su lomo a varios cachorros. No se lo pensó dos veces. Metió a las crías en una bolsa, agarró entre sus brazos a la paralizada madre y salió de aquel infierno. Con cuidado, para que el estrés no reventara su pequeño corazón como había sucedido minutos antes con ‘Homer’, su prima-hermana en la delicada función de preservar el futuro de esta amenazada especie.

Una vez puestas madre y cachorros a buen recaudo, el operario continuó con su tarea durante varias horas más hasta localizar a los 13 ejemplares restantes, los que aterrados por el ruido y el calor habían huido de aquella ardiente encerrona.

Tras varias noches sin tregua, el incendio logró ser sofocado el martes con los primeros rayos de sol. Un amanecer carbonizado en Doñana. Cansado, el operario se sentó para reponer fuerzas y beber, y probablemente hastiado de las incongruencias que comete el hombre con su propio destino.

El fuego no sólo había acabado con Homer y con un número incalculable de crías de lince que viven en libertad. También fulminó espacios tan mágicos como el Abalario y el Asperillo, donde existen estanques cristalinos, dunas móviles de litoral y densos bosques de pinos donde anidan las sabinas y el enebro costero. Aves únicas como el alcaraván, la culebrera europea, el milano negro, el águila calzada, la totovía o la cogujada montesina buscan a estas horas un lugar donde rehacer sus vidas.

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Lenguas de glaciar

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Esta idílica fotografía nos muestra uno de la paraísos terrenales en peligro de desahucio. Se trata de la boca de entrada a uno (o lo que queda de él) de los 16 glaciares del Parque Nacional de Glacier Bay, Alaska.

Hasta hace unos pocos años, 12 de ellos lanzaban icebergs a la bahía como máquinas de cubitos de hielo. Uno tras otro, crick-crack-catacroc, pero su portentoso motor comenzó a griparse. Sin cumplirse aún el primer mes de la primavera, el entorno gélido se ha consumido y las aguas son navegables. En 1985, contemplar este cuadro en abril hubiera sido impensable. Pero no todo es culpa de la precocidad primaveral.

Cada año, el estremecedor bramido que provoca el resquebrajamiento de las grandes lenguas del glaciar son un poco más sordos. El paisaje continúa siendo igual de bello, igual de majestuoso, pero está perdiendo la voz.

El calentamiento global del planeta es el propietario de su mordaza. La temperatura media en la zona ha subido los grados suficientes para que los icebergs que antes caían al mar como ídolos en un apocalipsis colosal, hoy se derriten lastimosamente antes de su botadura. Un síntoma más del fracaso humano y de felicidad para los oportunistas rastreadores de grandes negocios.

Desde que el agua no se hiela en invierno, los cruceros cinco estrellas  que navegan por el Parque se han multiplicado como setas tras la lluvia. Unos van, otros vienen. Cualquier día de estos se formará un atasco y los buques, con los turistas encantados de haberse conocido a bordo, harán tocar sus sirenas para exigir un guardia de tráfico o un semáforo. Glacier Bay no se muere todavía, tranquilidad, pero ha comenzado a empolvarse la nariz. Como hacen las estrellas de cine en retirada.

Sus habitantes habituales se preguntarán consternados para que ha servido vivir en un lugar tan bello. A la vista de los datos, pues para que un puñado de dólares lo vacíe por dentro. Una ruina en ciernes. El problema es que cuando deseen subsanar este atropello puede ser tarde. Es la consecuencia del desinterés por las cosas que provoca el consumismo desbocado. Su primera víctima siempre es la armonía.

Yasuní ITT, el paraíso amenazado

Podría haber elegido a un bracero cortando un tronco milenario o a un bombero sofocando las llamas de un incendio provocado. Podría mostrar el testimonio directo del horror, revelar lo pavoroso, destapar la herida.
Sin embargo, he decidido ilustrar la selva amazónica con la esencia pura de esta región única del planeta aunque para nosotros resulte un tanto idílica e irreal. Esto que ven arriba es el Yasuní, un paraíso húmedo del Ecuador donde los colores agotan el espectro y miles de olores confluyen hasta reventarnos los sentidos. Bajo la cúpula verde habitan 5.000 especies de plantas conocidas, cientos de miles de insectos, 2.274 de árboles y arbustos, 596 tipos de aves, 271 de anfibios y reptiles, 499 de peces y 204 de mamíferos. Es el hogar de las dos últimas tribus no contactadas de Ecuador:  los tagaeri y taromenane.
Pero el deseo del hombre por extraer sus recursos ocultos en el subsuelo es muy poderoso. Quieren cargárselo y convertir este pedazo de jungla intrincada en un inmenso cuadro de naturaleza muerta. En un Eurovegas petrolero. Está empeñado en ello. Y presionan como depredadores hambrientos.
El Gobierno de Quito lucha a brazo partido por impedirlo. Su proyecto Yasuní ITT pretende salvaguardarla con la ayuda de todos, especialmente de los Estados poderosos a los que un día se les llenó la boca con frases vacías en la Cumbre del Milenio. Yasuní es de Ecuador pero su preservación depende de todos.  En la ONU están los detalles de este proyecto único de conservación natural pero los ricos han decidido congelarlo. No quieren contribuir a mantenerlo alejado de las garras del consumo desmedido, quizá porque les queda demasiado lejos de sus casas, quizá porque no saben hacer otra cosa que poseer y destruir. 
A su alrededor, más de 6 millones de kilómetros cuadrados van mermando cada minuto como si un cíclope se alimentara a mordiscos de esta tierra para reforzar su poder omnímodo. Es la amenaza. Quizá sea por envidia ante tanta belleza natural que disfrazamos de codicia. Mercado es la palabra maldita.
Quien fuera ministro de Educación del expresidente brasileño Lula, Chico Buarque, fue interpelado un buen día por un estudiante en EEUU sobre su posición ante la presión del “lobby” maderero -mayoritariamente estadounidense- para que se internacionalice la gestión de este rincón de la Tierra. Su respuesta, que podría ser también la de miles de ecuatorianos, fue contundente: 
“Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro. Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás, que es de suma importancia para la humanidad. Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser internacionalizada, hagamos lo mismo con las reservas de petróleo del mundo entero. El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio. Y de la misma forma el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado. Quemar esta selva es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales. No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación”. 
Creemos que estas palabras resumen bien muchas opiniones que hoy en día se han convertido en bandera de una gran indignación internacional. Yasuni ITT, un gran proyecto para el planeta. 
Aquí les dejo un gran documental, ganador de un Premio en el Festival de Cannes.

Galápagos: Los titanes de la Tierra

Como titanes de piedra, estas tortugas de casi 300 kilos arrastran su enorme caparazón por las laderas de las Islas Galápagos, Ecuador. Con extrema lentitud. En una hora sólo son capaces de recorrer 250 metros. Insuficiente para escapar por patas. Estos grandotes y nobles reptiles son los campeones del mundo en parsimonia. Prehistóricas criaturas que observándolas detenidamente parecen haber salido victoriosas de su rivalidad con los dinosaurios. El premio fue el control del tiempo. 
Charles Darwin quedó boquiabierto al verlas por primera vez durante su visita al archipiélago en 1835, y decidió que sobre su concha calcárea debía de armonizar uno de los argumentos sólidos de la teoría de la evolución de las especies. Un paraíso natural que espero conocer muy pronto.
Por eso, la tranquilidad con la que estas tortugas se toman los paseos no entraña imprudencia en un mundo de bestias. Están muy acostumbradas. Cualquiera que las desafíe corre el riesgo de perder la dentadura. Están acorazadas. He aquí uno de los motivos de su gusto por las caminatas matutinas, de su obstinación con el frescor del amanecer. Es el momento de caza para las alimañas. 
Pero para estas tortugas sólo hubo un depredador implacable: el hombre. Antes de la colonización española, las islas Galápagos eran su paraíso. Había 250.000. Hoy sólo sobreviven 15.000. Colosos de sangre fría. Casiopeas gigantes en guerra con los ladrones del tiempo que quieren acabar con Momo. Hasta pronto, señoras.