Primero de Mayo: Rebelión contra el neoliberalismo

“La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas.”
Eduardo Galeano


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Los abandonados de Al Rashaad

“El sueño de la razón produce monstruos” (Francisco de Goya)
Hoy se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Resulta difícil escribir sobre esta tremenda dolencia sin caer en tópicos ni estigmas. El cerebro es así de complejo. El de los aparentemente sanos y el de lamentablemente enfermos. Recuerdo un hospital psiquiátrico extremo e inusual: El centro Al Rashaad, en Bagdad. Perdonen si les parece obsceno lo que aquí describo. No es mi intención. Sólo pretendo contar cómo viven estos enfermos -como si no existieran- en algunos países de nuestro maravilloso mundo. 
Lo visité en noviembre de 2003, en plena invasión estadounidense. Era el único destinado a preservar la salud mental de una ciudad con más de cinco millones de desesperados. Allí convivían esquizofrénicos, asesinos en serie, disminuidos, necrófilos, zoofílicos y otros tipos de perturbaciones mentales. No había sillas, ni camas ni electricidad. La fotografía muestra la situación. Las ventanas estaban selladas con barrotes de acero. Algunos enfermos perdidos en el delirio voceaban ásperos sonidos tras unos cristales sucios; otros clamaban a un dios ausente que acabara para siempre con el dragón que tenían metido en sus cabezas. Eran decenas de hombres y mujeres convertidos en desechos humanos.

Cuando se desmoronó la dictadura, entre el 8 y el 10 de abril de 2003, un numeroso grupo de saqueadores entraron en tromba en aquel hospital violando repetidamente a todas las mujeres internas, alrededor de 700, y dejando en libertad a todos los demás reclusos, incluidos los criminales. Fue tal el escándalo que la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) recogió evidencias de aquel episodio antes de proclamar su vergüenza.

Una de las víctimas que más ferozmente fue torturada era Ashin, una mujer de no más de 45 años pero que aparentaba 70. La recuerdo cubriéndose del sol bajo una frondosa palmera. Vestía una abaya negra chií, sucia y descosida. Padecía una psicosis depresiva crónica inducida en su día por la persecución y agudizada por la violación en cadena que sufrió por los desalmados asaltantes. Sufría brotes suicidas difíciles de atenuar. Casi no hablaba y cuando lo hacía, sus palabras fluían como una carambola lenta. Sus manos se entrecruzaban cuando no jugueteaban con la basura que recolectaba en su paseo cotidiano por aquel recinto del horror. Había ingresado en el hospital meses antes de mi visita y hasta entonces no había podido ser tratada con ningún medicamento. 
La sanidad iraquí estaba colapsada y la rama psiquiátrica era la principal damnificada. En Irak, igual que en muchos países del mundo, no hay cultura ni información médica sobre las diferentes manifestaciones de la enfermedad psiquiátrica. Son tratados como demonios, como en la Edad Media. Son rechazados por sus familias, por sus tribus, y abandonados a su suerte. La esquizofrenia sigue siendo un estigma social.
Pero no todo era horror en aquel hospital. Un mes antes de mi visita, los internos regalaron a la doctora-jefe del centro una peculiar obra de teatro por el día de su cumpleaños. Se titulaba ‘Esquizofrenia’ y resultó ser una medicina muy valiosa. Con ella desterraron por unas horas el miedo, la indiferencia del resto y el estigma de una enfermedad maldita. El futuro ni se citaba, simplemente porque para ellos, como para muchos enfermos mentales, desgraciadamente no existe.
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España: Nueve millones de pobres

La profunda crisis económica ha incrementado las cifras de pobres en España hasta límites que podrían alcanzar dimensiones históricas en 2012 si alguien o algo no detiene la hemorragia financiera actual. Según los últimos datos de la Fundación FAESSA, 22 de cada 100 españoles carecen de los ingresos económicos básicos para enfrentarse a las necesidades de la vida. Más de nueve millones de personas viven con menos de 530 euros netos al mes —un millón más que hace tres años—, de los que 50.000 han sido arrojados a las llamas de la miseria extrema —10.000 más que en 2007—. Unas cifras desoladoras, las peores en los últimos 30 años.
Una de las personas a las que esta situación le ha alcanzado de lleno es María, baja estatura, flaca y con el rostro arrugado como una nuez. Mira con ojos de agua y habla a solas. Está sentada en el suelo cerca de la Puerta del Sol con una mano flácida extendida pero que no muestra ninguna confianza en la caridad pública. Duerme en un nicho humilde. En un pabellón de cartones apilados a mano bajo la sombra de unos cipreses inmensos y de una buganvilla tan cansada que parece que cualquier día se va a descuartizar.
Nació en Fuenlabrada y es tan vieja que no recuerda su edad. “Estuve trabajando en la limpieza de portales y haciendo camas. Toda la vida. En Madrid, en Munich…”, explica. Tampoco recuerda con exactitud cuándo durmió por primera vez en la calle, “quizá en la Navidad de 2010”, dice. La pobreza palpable como la de María ha comenzado a ser contrarrestada en España con ordenanzas municipales destinadas a convertirla en invisible. 
El alcalde de Madrid y candidato del PP a la reelección, Alberto Ruiz-Gallardón, anunció en abril que propondrá la inclusión en el programa de su partido de cara a  las elecciones generales de 2012 la aprobación de una ley que permita a los ayuntamientos retirar de las calles a los sin techo. Según Ruiz-Gallardón es necesario “abrir una reflexión muy profunda” sobre una problemática que el presidente de la asociación de Comerciantes de Gran Vía de Madrid, una de las más concurridas de la capital de España, Florencio Delgado, considera “desastrosa” para el negocio….

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Las tinieblas de Haití

Cuando no se encuentra una explicación razonable a un hecho presente se tiende a desempolvar los libros de historia. Y los de Haití nos describen el mismo horror que Joseph Conrad percibió en el Congo africano. 
Haití lleva más de 200 años de matanzas ininterrumpidas, de plagas y desastres casi bíblicos ante la indolencia del resto del mundo. Una indiferencia resultante de su nula influencia geopolítica y de la corrupción reinante desde hace siglos. Las estadísticas sitúan a la antigua colonia francesa en el puesto 134 en la escala de desarrollo humano, al mismo nivel de Somalia y Yemen, con una moneda que sufre constantes devaluaciones y una inflación que supera el 50%. Con estas premisas, el caos criminal hace tiempo que se apoderó de las personas y las cosas para devorarlos con capítulos excepcionales de una violencia sobrecogedora. ¿Cómo se ha llegado a esta situación?

Aunque es cierto que buena parte de la desgracia haitiana procede de la etapa colonial francesa, donde la esclavitud fue una máquina infernal de producción azucarera que llegó a convertir a Haití en la posesión gala más rica del Nuevo Mundo, hay quien considera un error mayúsculo cargar toda la culpa de la tortuosa realidad actual en las macabras relaciones del siglo XVII. El catedrático de Historia Económica, Gabriel Tortella, recuerda que Haití fue el segundo país americano, tras EE UU, en romper vínculos con la colonia pero que a diferencia de aquel, “su independencia no fue acompañada de una educación general de sus habitantes ni de la creación de una estructura social mínima” como hicieron otros países de su entorno como Cuba, República Dominicana o Puerto Rico cuando siglos más tarde siguieron idéntico camino. 
La llegada al poder de los primeros libertos negros vino aparejada de un odio brutal hacia el colonizador napoleónico. Un ejemplo de esta inquina se produjo en 1804 cuando el héroe negro Jean Jacques Dessalines entró en Puerto Príncipe precedido por un niño blanco ensartado en una pica a modo de estandarte. El sueño de Dessalines era haber escrito el Acta Constitucional de la primera república negra de América sobre el pergamino de aquella pálida piel, con su calavera como tintero, la bayoneta sirviendo de pluma y la letra teñida con la sangre de los hacendados extranjeros que se lucraron con la vida de los suyos.  Dessalines fue asesinado por sus propios hombres 12 meses después de coronarse emperador. Y es que las ínfulas napoleónicas nunca desaparecieron del alma haitiana. 
Años después, el tirano Henry Christophe, Rey Henry I, se construyó una réplica del Palacio de Versalles de Luis XIV en plena jungla y desde allí profundizó los disparates. La invasión estadounidense de 1915 incendió el germen racista en la isla con políticas segregacionistas, como las del secretario de Estado norteamericano, quien en otra brutal simplificación de la sociedad antillana llegó a afirmar que “la raza africana carece absolutamente de capacidad para organizarse políticamente”. Esta soflama sirvió de excusa para prolongar la ocupación de la isla durante 19 años. Durante este tiempo, EE UU se desinteresó por el desarrollo de instituciones democráticas, volvió a trazar la frontera con la República Dominicana, lo que ocasionó masacres escalofriantes de haitianos por el general dominicano Trujillo, y tejió una mayor dependencia financiera agravada por otra deuda, esta vez de 40 millones de dólares, que el Gobierno de la isla jamás pudo liquidar. 
Este declive empujó sucesivamente hacia el sillón presidencial a 22 tiranos corruptos hasta las cejas. “Los haitianos nunca superaron las heridas del colonialismo, del racismo y de la desigualdad”, concluía en una reciente conferencia Paul Farmer, director médico de la organización humanitaria estadounidense Zanmi Lasante-Partners in Health, después de permanecer 20 años ininterrumpidos en el país antillano. 
El más célebre de todos los autócratas haitianos fue, sin duda alguna, François Duvalier, Papa Doc, un sátrapa que llegó al poder en 1957 para instaurar una dictadura familiar a sangre y fuego apoyado en una guardia personal terrorífica, los tonton macoutes, que depredó económicamente el país. El clan Duvalier -a François le sucedió su hijo Jean-Claude Baby Doc-, destinó la mitad de los ingresos nacionales a sufragar su siniestra policía privada que despachaba a destajo cuellos disidentes para tranquilidad de palacio y complacencia de la oligarquía mulata o afrancesada. Su sanguinaria dominación duró 29 años y sumió a la población en un profundo conjuro de tinieblas, una extraña mezcla explosiva de miedo, racismo, hambre y vudú. 
Abandonada la esperanza
Con un analfabetismo del 70%, legiones de haitianos se aventuraron en pateras rumbo a Estados Unidos o cruzaron la frontera con la República Dominicana para trabajar de macheteros en la zafra de una nación mulata que aborrece su negritud. El cuartelazo de 1986 contra Jean-Claude Duvalier tampoco significó una mejora sustancial del nivel de vida.  La esperanza de vida retrocedió de los 60 a los 53 años y la precariedad laboral aumentó de tal forma que sólo 110.000 de los 8 millones de habitantes tenían un empleo estable antes del demoledor terromoto de 2010.
Este deterioro se mantuvo con Jean-Bertrand Aristide, el primer presidente elegido democráticamente en 1990. Pero Aristide, un ‘teólogo de la liberación’ comprometido, fue derrocado violentamente por Raoul Cédras al año siguiente de llegar al poder, reinstalado por Bill Clinton en 1995 y desalojado, de nuevo, en 2004 con acusaciones gravísimas de asesinatos y todo tipo de corruptelas. Hoy vive en Suráfrica.
Los últimos y dramáticos acontecimientos ocurridos sólo han terminado de destruir lo poco que había en pie en haití. Según la Organización Mundial de la salud, la situación sanitaria es estremecedora: cientos de muertos por el cólera y las tifoideas se unen a los 30.000 haitianos que fallecen de sida cada año. Con este desolador panorama no es díficil imaginar la situación político-social. Un informe anterior al terremoto de Amnistía Internacional daba cuenta de sistemáticas violaciones de los derechos humanos. En Haití, la tortura y la impunidad es más abundante que el oxígeno que se respira. La cooperación internacional se malogra o se roba y la que logra distribuirse entre los millones de necesitados, aproximadamente 130 millones de dólares al año antes del terremoto, es administrada por grupos privados que se lucran a manos llenas. 
La percepción general es la de un Estado que hoy está más debilitado y desestructurado que nunca, donde los chimeres, unas hordas de asesinos a sueldo creados durante el gobierno de Aristide y cuya ferocidad nada tiene que envidiar a los tonton macoutes de la saga Duvalier, siembran el pánico entre una población mísera en el hacinamiento insalubre de Puerto Príncipe, liquidando civiles y extranjeros impunemente. ¿Qué futuro cabe albergar ante semejante panorama?. “Haití es el ejemplo más claro de las contradicciones del sistema económico mundial”, dijo en una ocasión el escritor cubano Alejo Carpentier. Pobreza, enfermedades, desastres naturales apocalípticos, matanzas colectivas, indiferencia mundial. Las tinieblas han echado un manto lóbrego sobre este país y nadie está dispuesto a disiparlo.

La ciudad de los pobres

Nadie sabe dónde está la ciudad de los pobres. No figura en los mapas pero tiene sus habitantes. En España hay nueve millones de ‘necesitados’ oficiales, es decir, casi dos veces la población entera de la ciudad de Madrid. El 22,7 % de la sociedad española. Un ejército a primera vista pero una nimiedad si lo comparamos con los 1.100 millones de seres que sobreviven en el planeta con menos de un dólar al día y los 800 millones que son pobres de solemnidad.
Hoy que lo único que importa es lo inmediato, lo efímero, lo cercano y que ya ni las fotografías de niños avejentados por el hambre impresionan a nadie, nos quedan los gélidos datos para dejarnos una mueca de reprobación congelada en la cara. Ya se encargarán las factorías de información de narcotizarnos de nuevo. Para que no lloremos, para que el mundo, este mundo imperfecto pero aún útil que nos dibujan, no se vaya definitivamente por el desagüe de la Historia.
Los amos de las finanzas son auténticos profesionales del gesto fingido cuando escupen números sobre sus generosas aportaciones al combate de esta pandemia. Aquí somos más decentes que en África aunque el esperpento de ver a un indigente durmiendo en un cajero de cualquier ciudad siga sin servir para invalidar los presupuestos de quienes confían en el progreso del sistema. Entre recortes sociales y bolsas de valores continuamos confiando en las redistribuciones que hacen los dueños del dinero para mantener a la pobreza en unos límites tolerables.
¿Y cuál ese límite? Mantener esta obscenidad alejada de nuestro exitoso mundo o convertir sus despojos en estampa familiar de plazas y esquinas. Es una fórmula útil para desactivar cualquier capacidad de rebelión. Sin embargo, bastaría con pasarse una noche por los soportales del Teatro Real de Madrid y mirar a los ojos a los inquilinos que habitan entre los cartones -cada día más numerosos- que bloquean las puertas. Si así se hiciera, las estadísticas oficiales de lucha contra la pobreza, las que deslumbran pero no iluminan, saltarían por los aires y nos confirmaría que algo no funciona.
El escritor José Luis Sampedro responde a esto que no es que el capitalismo salvaje haya fracasado “sino que está agotado”. Es la paradoja del sistema, de vivir tan bien, de haber construido un Estado del Bienestar que hoy se está liquidando. Las pesadillas que soñó Goya no sólo no se disipan, sino que avanzan.

Homo sapiens

¿Para qué sirve el ser humano? El gran enigma de los tiempos oscuros que corren ya ha sido descifrado. Un grupo de neurólogos de la Universidad de Ohio ha dado con la respuesta. “Para ir de la mano”. Así de claro, así de simple, así de cutre. Puede parecer un chiste pero es tan cierto como que hoy es lunes del demonio. Quizá se ha difundido la noticia por aquello de que quienes lo han descubierto trabajan en el laboratorio de una sesuda universidad estadounidense, casi siempre infalible, financiada con fondos privados, con gente muy responsable y productiva. I+D+I en estado puro, oiga.

Cinco años han tardado en descifrar el misterio. 1.825 largos días entre tubos de ensayo y microscopios electrónicos para concluir que la verdadera utilidad del homo sapiens es caminar, no ya erguido sobre dos patas, sino ¡¡de la mano!!!. Dicen sus iluminados descubridores que este acto produce una activación de las neuronas y desciende el flujo excesivo de adrenalina. Es decir, tranquiliza. Así que cuando alguien vea a un parado desquiciado a la puerta del INEM, sea solidario coño. Agárrele de la manita y acompáñele a dar un paseo por el parque. Igual le da por pensar en un futuro mejor y regresa a un estado inicial de idiocia pensando que el recorte social de Zapatero es un animal de compañía.

No se lo que pensarán las millones de personas que llevan años esperando una vacuna contra la malaria de esas brillantes facultades norteamericanas. O lo que opinan los incontables habitantes de ese país inexistente llamado Hambre. O ese 20% de la población española forzosamente inactiva a los que ya no les quedan nudillos de llamar a puertas laborales que ya no se abren. Esa gente lleva viviendo muchos años agarrados de la mano y sólo derraman lágrimas de fuego.