Grecia, la consigna ha sido difundida

Empleados-municipales-protesta_54377897955_54028874188_960_639

Acabamos de ver el rostro del famoso abismo entre norte y sur del que tanto nos hablaron. Es la realidad. El mundo se maneja bien en la incomprensión. Quizá es la manera pragmática de relacionarse. La única que tiene el éxito garantizado, el reducto para que nadie te tome por un estúpido. ¿Por qué, sino, Wolfgang Schäuble recibe en privado los peores calificativos pero el único que osó levantarle la mano merece el agravio público? En la UE cada uno va a lo suyo y ya han logrado que los pobres y los ricos acepten formar parte de dos mundos paralelos que no se reconozcan, que no se toquen y que no se comprendan.

Y ahora, ¿qué? Pues que Syriza se deshace, que pronto habrá elecciones en Grecia, España y Portugal -tres miembros fundadores del club de los pobres sin derecho al ocio ni a la democracia-, que al moribundo Gobierno que hace una semana nos hacía soñar sólo le queda liquidarse en comandita con la misma oposición a la que derrotó con la táctica de la ingenuidad manifiesta; y, por último, que la sociedad ha vuelto a salir a la calle pero esta vez abatida porque han amputado su esperanza, a pelo, sin anestesia.  ¿Tanto cambia el poder? Yanis Varoufakis acaba de describir su fiera mirada. Ojos astutos sin la más mínima piedad en una noche de niebla.

Cuesta imaginar qué capacidad de maniobra tiene hoy Podemos, con o sin Ahora en Común, ante semejante panorama. ¿Qué decimos a los movimientos sociales que hoy defienden una Europa ciudadana, sin TTIPs ni maniobras orquestales en la oscuridad de la economía comunitaria? ¿Se puede confiar en esta democracia? ¿Qué la lucha por un mundo más justo que el que están construyendo debe continuar? ¿Cuál será su ánimo? ¿Seguirán pensando, de verdad, que aún es viable torcerle el brazo a unas instituciones que han sometido a una democracia sin el más leve cargo de conciencia?

Reproduzco parte de la declaración que, bajo el título “Abrir una brecha”, redactaron los intelectuales Dario Fo, Costa Gavras, José Luis Sampedro y José Saramago en 2003 para validar su compromiso contra el pensamiento único y contra todos los poderes políticos que utilizan la democracia para asentar una plutocracia paralizante.

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más algido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: “pueda este tribunal prevenir el crimen del silencio”? 



¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo? 

¿Dónde están los Stefan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?



¿Dónde están los Henri Curiel, que se negó a abandonar Egipto para resistir al Afrikakorps de Rommel? ¿Los Henri Curiel anticolonialistas encarcelados durante dieciocho meses en Fresnes por su apoyo al FLN?

¿Dónde están los Gandhi, que entregó su vida para acelerar la caída del imperio británico de las Indias? 



¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha en relación con una situación nueva cuyo sentido y exigencias verdaderas acordaron no reconocer las agrupaciones políticas y los diarios de opinión, sea por inercia o timidez doctrinal, sea por prejuicios nacionalistas o morales?’

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses? 

¿Dónde están los pensadores de la dimensión de Foucault, que revolucionó radicalmente la manera de ver la locura, la cárcel, la sexualidad? ¿Dónde están los de la talla de un Bourdieu, que regeneró la sociología sin dejar de defender con obstinación el rol social del intelectual crítico?
¿Dónde están hoy Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Antonio Machado o Federico García Lorca? 

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus.

La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo -cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.
 Algunas mujeres, algunos hombres, continúan, sin embargo, librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico. 

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”. 

Este es un llamado a la movilización contra un sistema corrupto, a la rebelión contra las mentiras y las falsas palabras de una clase política que vive cómoda bajo comportamientos escandalosos como el de Grecia. Que se vanagloria porque en esta guerra de clases que se libra de forma silenciosa, ellos han vuelto a ganar. No lo digo yo. Su autor es Warren Buffett.

Anuncios

Es la desigualdad, estúpido

MADRID. 31-1-15. MARCHA DE PODEMOS. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

Hay palabras que de tanto usarlas difuminan su valor semántico. Por ejemplo, corrupción. Ahí tienen la cadena de nuevos casos que están apareciendo sin que afecte excesivamente a la intención de voto sondeado. Se ha convertido en una rutina ciudadana. Convivimos con la corrupción como con las alergias primaverales. Cada cierto tiempo se produce un brote agudo que nos alarma pero aceptamos su temporalidad para poder dormir sin sobresaltos. Algo similar sucede con el neoliberalismo. Es una expresión más desgastada que un canto rodado en medio de las cataratas del Iguazú. Cuando se trata de culpar al sistema de todos los males sociales que nos molestan sacamos el término y lo entendemos todo. “Eso se debe a la política neoliberal del Gobierno”. Lo mismo sucede con el populismo, el terrorismo, la seguridad y, si apuran, también con el paro. Nos quedamos en la discusión semántica y olvidamos su intención.

Carlos Pereda, un sociólogo con ética superlativa, establece en una entrevista publicada en el último número de La Marea la definición exacta del neoliberalismo sin alhajas, para que podamos calcular bien la dimensión de sus colmillos. “Es un ciclo de tendencia capitalista que tiende a la desigualdad creciente y que se aprovecha de los periodos de crisis para introducir recortes que en época de bonanza serían injustificables”, dice.

Es decir, lo que está sucediendo en España. La política económica del Gobierno de Mariano Rajoy se mueve en esta lógica de manera aplastante. En la acumulación y la desigualdad. No hay una sola mentira cuando nos anuncian que estamos saliendo de la crisis. Es absolutamente cierto que España crece hoy a un ritmo espectacular y que no nos engañan al asegurarnos que las perspectivas son aún mejores. Pero para el capital y el accionariado, no para el asalariado. En Madrid, el 40% de la renta que producen los madrileños se la quedan como beneficios las grandes empresas pero sus salarios no crecen. Y esto mismo sucede en todas las regiones del país. El 30% de los españoles con trabajo tiene un sueldo muy por debajo del salario interprofesional. Está al nivel de 1992 mientras que el 10% de los ricos han incrementado en un billón de euros su patrimonio. Esa es la realidad de España. El dinero fluye para la mayoría trabajadora porque lo aporta ella misma.

¿Cuál es la consecuencia? Que, en realidad, el paro se reduce debido a que gran parte de la gente emigra. Vayan sino a las estadísticas actualizadas de empadronamiento de Alemania y Reino Unido. Este dato está siendo estratégicamente enmascarado porque quienes ostentan el poder sobre la vida son hábiles con los datos.

Y así están ganando esta guerra de clases que hoy sufrimos. Observen el operativo de salvación del régimen de 1978 que han montado. A mi me parece brillante. Elevan hasta la estratosfera a Podemos y en un momento dado lo dejan caer mientras proyectan una imagen ideal de Ciudadanos, un partido con pinceladas racistas realmente peligrosas. El milagro de esta jugada magistral estriba, en mi opinión, en que han salvado un sistema en descomposición. La ciudadanía exigía una profunda limpieza y se está haciendo sin que los centros del poder real pierdan el control social. Aunque nos joda, nos están arrebatando la esperanza. En parte porque hemos vuelto a caer en el señuelo de la socialdemocracia y el equilibrio de las rentas para mantener su Estado del Bienestar. El resultado electoral que se vislumbra es el peor que muchos podíamos imaginar hace dos meses. El PP y el PSOE casi empatados, muy cerca de ellos Podemos y finalmente, Ciudadanos, cuarto. ¿Que le quedaría a la formación de Pablo Iglesias en este escenario? Casi nada.

Por eso creo que la estrategia de Podemos de no renunciar de una vez a su discurso “transversal”, en palabras de Íñigo Errejón, es un error mayúsculo y puede que definitivo para las aspiraciones de muchos ciudadanos de plantear una sociedad diferente . “Más Gramsci y menos Laclau”, dijo hace unos días Carlos Fernández Liria, que es lo mismo que decir menos pragmatismo electoral y más ideología porque estamos enfrascados en una lucha de clases sin cuartel. Y para no aturdirle con tanta vaina si es que usted, estimado lector, ha tenido el coraje de llegar hasta aquí, le confesaré que Syriza es el ejemplo a seguir.

Ellos están en plena batalla, aguantando todo tipo de ofensivas y amenazas por parte de los amos del sistema -las transnacionales y sus serviles medios de comunicación-, sin renunciar a sus objetivos originales. No admiten medias tintas, ni regalan Juego de Tronos, ni rebajan su programa. Con el sistema no se juguetea. Miren la socialdemocracia.

Podemos

Hace unas semanas publiqué este trabajo sobre Podemos en el diario El Correo. Con el vértigo nada despreciable que provocan los ríos de tinta que cada día se publican sobre la formación de Pablo Iglesias, esta doble página debería aportar algo de luz a aquellos que se atreven a escribir vulgaridades y descalificaciones destinadas a provocar miedo en los posibles electores y a desprestigiar públicamente a esta opción política impidiendo la visualización nítida de sus propuestas. No descubro nada con este comentario pero somos testigos del juego sucio que muchos aplican contra Podemos cada día. 
El bipartidismo trabado entre socialistas y populares desde hace tres décadas se resquebraja. Los sondeos colocan a Podemos, una formación surgida en 2013, a la cabeza en intención de voto directo de los ciudadanos y tercera en voto estimado.
El motivo del terremoto es diverso y está a expensas de muchos factores pero la irrupción arrolladora de Podemos es una jugada maestra. Cierto es que parte del trabajo lo ha hecho la realidad misma pero también que sus estrategas políticos han sabido combinar su visibilidad mediática con inteligencia para difundir el mensaje.
Para ello no han dudado en atraer del sangrante flanco del sistema a muchos abstencionistas y a aquellos que protestaron en el 15M y las “mareas”. Y con este material ha comenzado a laminar al resto de partidos. Desde Madrid a Andalucía, Comunidad Valenciana e incluso Cataluña, donde ha empezado a cimentar la enorme grieta abierta entre los dos movimientos tectónicos que han sacudido la política regional durante los últimos años. En el eco sin respuesta de que “la gente está harta del ininteligible bla-bla-bla vacío que se intercambian por turnos gobierno y oposición” es donde brota Podemos.
Pero la realidad es más compleja. El talento ha consistido en abrazar parte de los principios elaborados por dos grandes teóricos del postmarxismo, el argentino Ernesto Laclau (crítica a la ortodoxia de la izquierda y la democracia radical) y Antonio Gramsci, bañarlos de la realidad actual y granjearse el respaldo de los sectores más críticos del mundo universitario. Como recuerda el ensayista Santiago Alba en la campaña de las elecciones europeas “Podemos se definió como una propuesta transversal, al margen de ese eje tradicional izquierda/derecha que ha hecho, por ejemplo, de IU un partido centauro. Es decir, que abarca por arriba –apoyando al régimen actual- pero también por abajo -luchando contra él-”. 
Desde el primer día, Iglesias apoyó el derecho a decidir sobre la economía y sobre el marco jurídico y constitucional; explicó que su partido no ha llegado para sustituir a las organizaciones sociales, y su mantra sigue siendo que “la casta (el gobierno y sus derivados económicos) no tiene el poder garantizado”. Un miembro del movimiento Izquierda Anticapitalista que hoy compone el sector más crítico de Podemos añade que a todo eso también habría que añadir la gran cantidad de “carnaza trasnochada dirigida a los televidentes del sábado por la noche”. Todo un tratado que proyectó a escala nacional cuando su partido logró cinco escaños en las elecciones al Parlamento europeo celebradas en mayo. 
Pero no conviene dejar de lado que todo empezó en la universidad y que los despreciativamente conocidos como “perroflautas” aceleraron los principios de que una cruzada contra la sacrosanta visión de la democracia en vigor había comenzado. Una lucha a muerte contra la política de recortes personificada en el bipartidismo imperante, en opinión del profesor de filosofía de la UCM, Carlos Fernández Liria. “El panorama real de este país está siendo reinterpretado. Hay gente en el PP y en el PSOE que estaba encajonada en una casilla irreal. Podemos les va a abrir los ojos. Y el resultado va a ser muy inesperado”, sostuvo en una entrevista reciente que le realicé.
A la hora de calibrar en qué medida puede producirse un gran cambio en las elecciones municipales de 2015, conviene retener una declaración de Juan Carlos Monedero en febrero de 2013: “Sin liderazgo, sin programa y sin estructuras, aunque tengamos muchas ideas, no vamos a poder solventar todos los problemas que ahora mismo estamos teniendo”, adelantó. 
El genio de la dirección de Podemos ha consistido en seducir en un tiempo récord a miles de personas de todas las clases sociales e inaugurar un periodo inédito de “tripartidismo” en España pero ante el riesgo de presentar candidaturas poco fiables donde carecen de una estructura capaz de filtrar a quienes tratan de aprovecharse del influjo es visto desde la dirección como un riesgo innecesario cuando su objetivo real es La Moncloa. “Una grieta por la que PP y PSOE entrarían a saco”, responden desde la organización. Pero esta decisión ha generado tensiones que aun están sin resolver. “Este debate es extraordinario. La forma en que se ha constituido a sí mismo es una nueva forma de hacer política casi humillante para las otras fuerzas. En un marco como ése necesariamente tenían que salir a la luz las diferencias. Las hay y las habrá”, asegura el ensayista Santiago Alba.
La pregunta es si la formación de Iglesias tiene o no capacidad técnica en sus filas para gestionar la política pública en caso de ganar las elecciones generales y, lo más importante, si posee un programa económico aplicable al mundo actual pese a que aun sigue puliéndose en el laboratorio de los economistas Vicenç Navarro Juan Torres, Alberto Montero, Bibiana Medialdaea y Nacho Álvarez. Muchos son los que opinan que aplicar las fórmulas que algunos de sus dirigentes han esbozado en tertulias y entrevistas sería un riesgo de proporciones inimaginables, tal y como se acaba de explicar desde Barclays. Otros como el economista Antonio Roldán consideran que los pilares de su política económica –auditar la deuda pública, derogar las reformas laborales, reducir la jornada laboral a 35 horas semanales y garantizar la renta básica a los desfavorecidos- lograrían exactamente el efecto contrario al deseado: perjudicarían a los pobres, a los parados y a las pequeñas y medianas empresas. 
Santiago Alba resalta que este bombardeo de críticas responde al miedo que ha brotado en algunos sectores ya que, en su opinión, se trabaja sobre una propuesta keynesiana, es decir, socialdemócrata “que parece ser inasumible para el capitalismo y que adquiere, por eso mismo, una potencia revolucionaria. Hemos llegado a un extremo de control social en el que el “reformismo” es subversivo y se convierte en un poderoso motor de cambio”.
Sin embargo, el profesor Fernández Liria observa que el mayor problema habría que buscarlo en que si, llegado el caso, las manos ocultas del sistema dejarían gobernar a Podemos. La amenaza de Barclays se la toma en serio. “Lo van a intentar todo. Jugarán a todo tipo de chantajes patronales y financieros, alentarán una revolución naranja, movilizarán a sectores ultras de la población para generar violencia en las calles, intentarán generar miedo y amenazarán con el apocalipsis de los mercados”, afirma.
Una de las críticas más feroces contra la formación de Pablo Iglesias es el uso de mensajes populistas. Muchos analistas no tienen dudas, desde la invocación constante de “la gente” al protagonismo del pueblo en nombre de la igualdad. No importan los contenidos, aun siendo positivos si no se venden. “En cambio lo de la “democracia mola”, y hay que apropiarse de la palabra, quitándosela al “enemigo”, lógicamente para imponer el propio producto en el mercado. Para entender a “Podemos”, hay que mirar detrás de la máscara”, escribió hace escasas fechas Antonio Elorza en un incendiario artículo. 
Íñigo Errejón, que no tiene pelos en la lengua y que ha hecho del manoseado concepto materia de investigación académica, considera que “populismo” engloba a “todo lo feo, todo lo impuro de la política plebeya”, una acusación que, en su opinión, nace de la ilusión de que la política sólo puede ejercerse como fruto de una gestión meramente técnica, de negociación: “Populismo es prometer lo que piden los ciudadanos y luego darles lo contrario; eso que también llaman “electoralismo”, la mentira impune incorporada, como normalidad política, a la estructura del bipartidismo hasta ahora dominante”, sentencia Alba. 
Las próximas elecciones no habrá un cambio de marea pero si a las encuestas se le concede un valor esencial como herramienta prospectiva, los dos grandes partidos políticos de España están al borde del despeñadero. Y ninguna pequeña remodelación les sacará del problema.  Ni siquiera una rebaja de la crisis. Para algunos será un sueño y para otros, quizás, una pesadilla.

Pastor versus Iglesias

La cascada de opiniones que ha producido la entrevista que Ana Pastor le hizo el domingo al líder de Podemos Pablo Iglesias me han terminado de convencer para desempolvar el blog y exponer mi percepción al respecto. 
Adelanto: Ana Pastor no me gusta. Sus modos de suficiencia y esa mirada a su interlocutor que, por momentos, se torna desafiante siempre me han provocado una cierta aversión. Demasiados tics, demasiadas ironías triviales. Me impone su artificialidad, como si su fama hubiera sido cincelada a golpe de marketing y estrategia. Sobre Pablo Iglesias no tengo opinión, un día me gusta y al otro me genera dudas, pero él juega a político y yo estoy en la otra acera.
Dicho esto iré sin rodeos a la cuestión: La entrevista no me gustó. Estuvo repleta de tópicos, de los materiales que algunos utilizan para alimentar el fuego de la hoguera donde pretenden asar al rostro mediático de Podemos. Fue más un tercer grado en el que estaba prohibido profundizar ante “la cantidad de preguntas” que Pastor quería realizar, muchas de ellas presentadas con un planteamiento boxístico, que no aportó nada nuevo bajo el sol. Gran parte del tiempo lo pasaron apelando a subjetivos pecados capitales cometidos en el pasado por del líder de Podemos. “Usted dijo esto sobre Chávez, ¿se ratifica?… Usted aseguró esto otro sobre los presos de ETA, ¿mantiene su opinión?”.

Algunos consideran que hubo falta de concreción en las respuestas de Iglesias. “No se mojó”, indican, porque “mojarse”, dicen, significa perder votos.  ¿Cómo que perder votos? O sea, que la audacia de las respuestas, es decir, dar soluciones diferentes a las que estamos acostumbrados a escuchar por parte de quienes han emponzoñado el sistema pueden ser grietas por donde “perder votos”. Decir esto es no entender de qué va la cosa. Aquí se vuelve a la corrupción moral que nos han insuflado, a la autocensura política sobre temas que los grandes medios han laminado sin piedad y a la aceptación inconsciente de que hay un pensamiento único dominante y quien se sale de él es expulsado del mundo de forma irreversible. Yo no lo creo (ni lo veo así) así. 

Y regresando al tema original añado que estoy casi convencido de que muchas de las preguntas formuladas, Iglesias las conoce de memoria porque son las acusaciones que un día tras otro le hacen en tertulias y mentideros de este deficiente país que habitamos. Mismas preguntas de siempre, sólo que a más velocidad para que parezca un pulso decisivo, e idénticas respuestas “no vaya a ser que salga por la tangente, Vicente”. Respecto a Podemos, sigo sin escuchar -porque leer parece imposible- una entrevista en profundidad y diferente con algún miembro de su Consejo Ciudadano. 
Tras una hora de combate es triste es que valoremos más el estilo y la fiereza de la entrevistadora que el contenido real de lo que propuso el entrevistado.

Perder la esperanza

Se que leer alguna historia más sobre Rodrigo Rato, Miguel Blesa y toda esa caterva de carotas que se han forrado a cuenta de muchos ciudadanos puede encajarse como un puñetazo entre los ojos. Pocos son los que no describen a este equipo de desfalcadores profesionales como carne de cañón, abandonados a su suerte, solos y apestados. Es lo que hay en esta España desvencijada de hoy cuando a uno le cazan con las manos en la bolsa. Resulta que Alí Babá y sus 40 ladrones pretenden ahora convencernos de que han entendido el mensaje, de que van a portarse bien y, por lo tanto, que confiemos de nuevo en ellos.
Por todo eso, era de esperar que los fontaneros mediáticos sacaran su caballería para atenuar el inevitable impacto contra el suelo de los partidos políticos, llamémosles, tradicionales. Salvo alguna brillante excepción somos testigos de una medición de fuerzas entre periódicos online y diarios en papel por iluminar o tamizar los rostros que surgen de las sombras del sistema. La jeta de Rato, tan afligido que cuesta pensar que haya roto un plato; la de Blesa, que ya parece una visa oro; la de Rajoy, de no enterarse por donde viene el viento; la de Pedro Sánchez, como Kent esperando a Barbie.


El ébola, el 9-N y el “peligroso” crecimiento de Podemos son los dragones recurrentes que debían despertar al San Jorge del actual sistema político. Es la democracia (o sea, ellos) contra el populismo (es decir, Podemos), dicen. “El pragmatismo frente a la utopía”, escriben algunos tragasables que no saben donde tienen su mano derecha pero opinan de todo. Y así se arma un nuevo debate con su camisita y su canesú. En realidad, son armas arrojadizas que los dueños de las palabras sacan del cajón cuando interesa y lo repiten como un mantra. Ya ocurrió en el pasado con ETA y ahora ha vuelto a suceder. 

Quienes así maniobran son los mismos que retratan la crisis moral que gobierna España como una partida de cartas. E insisten, al final, “él no tomó la decisión (de robar)”. Parecería a comedia bufa si no fuera porque quien escupe semejantes sandeces vive apoltronado en un despacho con el respaldo de una familia (político-económica) protectora detrás. Vamos, catetos como Eduardo Inda que da toda la impresión de tener a la Nintendo por el fin de la historia.

La incompetencia intelectual y formativa de semejantes personajes son demasiado excelsas para reconocerse como voceros de los que aspiran a heredar un poder destartalado. No leen y piensan lo justo, es decir, hasta donde llega la punta de sus zapatos. Más allá sólo hay donuts de chocolate.

Los mesiánicos de la seguridad democrática tienen que ser más elegantes, cojones. Y lo de reirse de los perroflautas con un vaso de cerveza a la sombra de una sombrilla… mmmm… pues muy mal hecho, fascistoides sin conciencia. ¿Qué pueden decir de ustedes que no cejan de descalificar en base a sus exigencias?

Aplíquense, por favor, si quieren meter en vereda a estos desgraciados del 15M. En la batalla de las ideas estáis perdidos. Son ustedes demasiado obtusos aplaudiendo sus propios desvaríos desde hace tanto tiempo. Nos conocemos muy bien. Les aconsejo abrir las compuertas porque insistir con el raca-raca de que los deseos reales de sus oponentes políticos es ganar dinero para vivir sobre la misma miseria moral en la que subsisten ustedes, ya no cala. Perdéis apoyos porque ven lo que vosotros, pobres superficiales, no sois capaces de contemplar cuando os colocáis frente al espejo. Sois carne de subvención y criticáis el gasto público. Qué miseria.

Exigís justicia social bajo las normas que a vosotros os viene mejor. Camuflais la verdad porque habéis fracasado. ¿Puede eso llamarse igualdad de oportunidades? No, por supuesto. 

Lo que pasa es que hay mucho cantamañanas en vuestras filas. Peña que dice que estos perroflautas que protestan son fardos de complicaciones. No me duele España. Lo que me duele de verdad son los tipos con principios fascistas y cara de Snoopy que preguntan por la tragedia de la inmigración y dan consejos contra la crisis mientras comparten hamburguesas en un club de gilipollas. También ponen velas a la virgen en honor de los niños de Haití.

Qué coñazo es perder la esperanza.