La Santa Alianza

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El sacrosanto rotativo del neoliberalismo financiero en España ha decidido saltar al ruedo de las negociaciones políticas apretando las clavijas en su propia trinchera para neutralizar disidencias. Sólo queda agradecer a la cabecera económica del lobby mediático Unidad Editorial por iluminar el camino que nos conduce a culminar la Gran Obra. Lo necesitábamos en estas oscuras horas que nos ha llenado de dudas -espirituales, se entiende- tras esos esquivos resultados salidos de las urnas. Era el reclamo de quienes se dejaron el alma por reflotar esta patria que se hundía en manos de incapacitados para tan trascendental tarea. El legado Plus Ultra heredado del Sacro Imperio Romano adquiere hoy un nuevo dinamismo.

Gracias de corazón, estimada cabecera, por tamaña gallardía editoral, por guiarnos a través de los vestigios tenebrosos que nos dejaron un puñado de votantes y pedir, no, ¡exigir!, la formación de una Santa Alianza que salve a España de las llamas de una anarquía devastadora. Tanta sinceridad suya, nos abruma. Ustedes representan el pragmatismo científico que reclamábamos.

Sublime circunloquio el suyo para enjugar las ubérrimas lágrimas de desesperanza que vertimos con nuestra sangre derramada por una propuesta arrebatada. Pues a por la siguiente clamamos, santo Dios, que en la lucha siempre encontraremos la manera de esquivar la hoguera que las manos ignorantes ya han comenzado a prender: Tomad entonces Pacto de Estado, sepultureros, que no somos los “viejos partidos” sino los dignos salvadores de ese populacho desaprensivo y codicioso -el enésimo y nunca el último desafío que el señor pone en este camino de espinas para probar nuestra fe- que sólo siembra corrupta desolación.

Nosotros somos los meritorios y tenemos la razón porque así lo quiso Dios cuando disipó las tinieblas de este mundo. Defendemos la Santa Alianza desprendida de tentaciones inmorales hacia un cambio incierto. Asumimos con ardor y honor nuestro destino manifiesto que nos pide, aunque ustedes no lo crean, que somos los elegidos para aplacar las fantasías de un pueblo que se cree libre pero que ha empezado a enloquecer.  Sólo nos queda añadir: ¡Viva el Capitán Trueno!

Podemos

Hace unas semanas publiqué este trabajo sobre Podemos en el diario El Correo. Con el vértigo nada despreciable que provocan los ríos de tinta que cada día se publican sobre la formación de Pablo Iglesias, esta doble página debería aportar algo de luz a aquellos que se atreven a escribir vulgaridades y descalificaciones destinadas a provocar miedo en los posibles electores y a desprestigiar públicamente a esta opción política impidiendo la visualización nítida de sus propuestas. No descubro nada con este comentario pero somos testigos del juego sucio que muchos aplican contra Podemos cada día. 
El bipartidismo trabado entre socialistas y populares desde hace tres décadas se resquebraja. Los sondeos colocan a Podemos, una formación surgida en 2013, a la cabeza en intención de voto directo de los ciudadanos y tercera en voto estimado.
El motivo del terremoto es diverso y está a expensas de muchos factores pero la irrupción arrolladora de Podemos es una jugada maestra. Cierto es que parte del trabajo lo ha hecho la realidad misma pero también que sus estrategas políticos han sabido combinar su visibilidad mediática con inteligencia para difundir el mensaje.
Para ello no han dudado en atraer del sangrante flanco del sistema a muchos abstencionistas y a aquellos que protestaron en el 15M y las “mareas”. Y con este material ha comenzado a laminar al resto de partidos. Desde Madrid a Andalucía, Comunidad Valenciana e incluso Cataluña, donde ha empezado a cimentar la enorme grieta abierta entre los dos movimientos tectónicos que han sacudido la política regional durante los últimos años. En el eco sin respuesta de que “la gente está harta del ininteligible bla-bla-bla vacío que se intercambian por turnos gobierno y oposición” es donde brota Podemos.
Pero la realidad es más compleja. El talento ha consistido en abrazar parte de los principios elaborados por dos grandes teóricos del postmarxismo, el argentino Ernesto Laclau (crítica a la ortodoxia de la izquierda y la democracia radical) y Antonio Gramsci, bañarlos de la realidad actual y granjearse el respaldo de los sectores más críticos del mundo universitario. Como recuerda el ensayista Santiago Alba en la campaña de las elecciones europeas “Podemos se definió como una propuesta transversal, al margen de ese eje tradicional izquierda/derecha que ha hecho, por ejemplo, de IU un partido centauro. Es decir, que abarca por arriba –apoyando al régimen actual- pero también por abajo -luchando contra él-”. 
Desde el primer día, Iglesias apoyó el derecho a decidir sobre la economía y sobre el marco jurídico y constitucional; explicó que su partido no ha llegado para sustituir a las organizaciones sociales, y su mantra sigue siendo que “la casta (el gobierno y sus derivados económicos) no tiene el poder garantizado”. Un miembro del movimiento Izquierda Anticapitalista que hoy compone el sector más crítico de Podemos añade que a todo eso también habría que añadir la gran cantidad de “carnaza trasnochada dirigida a los televidentes del sábado por la noche”. Todo un tratado que proyectó a escala nacional cuando su partido logró cinco escaños en las elecciones al Parlamento europeo celebradas en mayo. 
Pero no conviene dejar de lado que todo empezó en la universidad y que los despreciativamente conocidos como “perroflautas” aceleraron los principios de que una cruzada contra la sacrosanta visión de la democracia en vigor había comenzado. Una lucha a muerte contra la política de recortes personificada en el bipartidismo imperante, en opinión del profesor de filosofía de la UCM, Carlos Fernández Liria. “El panorama real de este país está siendo reinterpretado. Hay gente en el PP y en el PSOE que estaba encajonada en una casilla irreal. Podemos les va a abrir los ojos. Y el resultado va a ser muy inesperado”, sostuvo en una entrevista reciente que le realicé.
A la hora de calibrar en qué medida puede producirse un gran cambio en las elecciones municipales de 2015, conviene retener una declaración de Juan Carlos Monedero en febrero de 2013: “Sin liderazgo, sin programa y sin estructuras, aunque tengamos muchas ideas, no vamos a poder solventar todos los problemas que ahora mismo estamos teniendo”, adelantó. 
El genio de la dirección de Podemos ha consistido en seducir en un tiempo récord a miles de personas de todas las clases sociales e inaugurar un periodo inédito de “tripartidismo” en España pero ante el riesgo de presentar candidaturas poco fiables donde carecen de una estructura capaz de filtrar a quienes tratan de aprovecharse del influjo es visto desde la dirección como un riesgo innecesario cuando su objetivo real es La Moncloa. “Una grieta por la que PP y PSOE entrarían a saco”, responden desde la organización. Pero esta decisión ha generado tensiones que aun están sin resolver. “Este debate es extraordinario. La forma en que se ha constituido a sí mismo es una nueva forma de hacer política casi humillante para las otras fuerzas. En un marco como ése necesariamente tenían que salir a la luz las diferencias. Las hay y las habrá”, asegura el ensayista Santiago Alba.
La pregunta es si la formación de Iglesias tiene o no capacidad técnica en sus filas para gestionar la política pública en caso de ganar las elecciones generales y, lo más importante, si posee un programa económico aplicable al mundo actual pese a que aun sigue puliéndose en el laboratorio de los economistas Vicenç Navarro Juan Torres, Alberto Montero, Bibiana Medialdaea y Nacho Álvarez. Muchos son los que opinan que aplicar las fórmulas que algunos de sus dirigentes han esbozado en tertulias y entrevistas sería un riesgo de proporciones inimaginables, tal y como se acaba de explicar desde Barclays. Otros como el economista Antonio Roldán consideran que los pilares de su política económica –auditar la deuda pública, derogar las reformas laborales, reducir la jornada laboral a 35 horas semanales y garantizar la renta básica a los desfavorecidos- lograrían exactamente el efecto contrario al deseado: perjudicarían a los pobres, a los parados y a las pequeñas y medianas empresas. 
Santiago Alba resalta que este bombardeo de críticas responde al miedo que ha brotado en algunos sectores ya que, en su opinión, se trabaja sobre una propuesta keynesiana, es decir, socialdemócrata “que parece ser inasumible para el capitalismo y que adquiere, por eso mismo, una potencia revolucionaria. Hemos llegado a un extremo de control social en el que el “reformismo” es subversivo y se convierte en un poderoso motor de cambio”.
Sin embargo, el profesor Fernández Liria observa que el mayor problema habría que buscarlo en que si, llegado el caso, las manos ocultas del sistema dejarían gobernar a Podemos. La amenaza de Barclays se la toma en serio. “Lo van a intentar todo. Jugarán a todo tipo de chantajes patronales y financieros, alentarán una revolución naranja, movilizarán a sectores ultras de la población para generar violencia en las calles, intentarán generar miedo y amenazarán con el apocalipsis de los mercados”, afirma.
Una de las críticas más feroces contra la formación de Pablo Iglesias es el uso de mensajes populistas. Muchos analistas no tienen dudas, desde la invocación constante de “la gente” al protagonismo del pueblo en nombre de la igualdad. No importan los contenidos, aun siendo positivos si no se venden. “En cambio lo de la “democracia mola”, y hay que apropiarse de la palabra, quitándosela al “enemigo”, lógicamente para imponer el propio producto en el mercado. Para entender a “Podemos”, hay que mirar detrás de la máscara”, escribió hace escasas fechas Antonio Elorza en un incendiario artículo. 
Íñigo Errejón, que no tiene pelos en la lengua y que ha hecho del manoseado concepto materia de investigación académica, considera que “populismo” engloba a “todo lo feo, todo lo impuro de la política plebeya”, una acusación que, en su opinión, nace de la ilusión de que la política sólo puede ejercerse como fruto de una gestión meramente técnica, de negociación: “Populismo es prometer lo que piden los ciudadanos y luego darles lo contrario; eso que también llaman “electoralismo”, la mentira impune incorporada, como normalidad política, a la estructura del bipartidismo hasta ahora dominante”, sentencia Alba. 
Las próximas elecciones no habrá un cambio de marea pero si a las encuestas se le concede un valor esencial como herramienta prospectiva, los dos grandes partidos políticos de España están al borde del despeñadero. Y ninguna pequeña remodelación les sacará del problema.  Ni siquiera una rebaja de la crisis. Para algunos será un sueño y para otros, quizás, una pesadilla.

Lucha de clases

La fotografía nos muestra un paisaje turbador. Bajo un cielo en llamas se observa una fábrica camuflada entre nubes industriales con perfume oxidado. El gigante telúrico parece haber devorado el resto de las cosas entre el intenso color del horizonte y un cielo despejado que casi se puede tocar con los dedos. Alguna vez llegamos a pensar que el progreso era todo esto. Pero no. Aquí es difícil vivir, pese a los estragos del paro y las promesas de desarrollo.

Con una aguda crisis global inducida por los grandes banqueros, esta imagen podría parecer un deguerrotipo lejano. Lo que en el siglo pasado simbolizaba el trabajo y el progreso es hoy el cementerio de almas perdidas. Un espejismo. Aquí ya no funden hierro sino miles de sueños. Son tantas las quemaduras económicas provocadas por el sistema neoliberal que tratan de imponer que la esperanza escuece. Entre el paro galopante (más de 6 millones en España), la falta de escrúpulos de sacrosantas instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el contubernio vergonzoso creado entre la dócil prensa y gobiernos infelices como el español o el griego, la ciudadanía no termina de armar una alternativa global que neutralice la expansión de la plutocracia neoliberal por el mundo. Vivimos una versión modernista de ‘El proceso’ de Kafka. 
Me provoca vértigo observar las similitudes que los supuestos amos de la realidad actual tienen con los siniestros personajes que el escritor checo dibujó en su novela. Y así, de la misma forma que por las fauces de este dragón siderúrgico de la fotografía fluye CO2 sin que aparentemente nada suceda, espesas sombras seguirán extendiéndose hasta que el hastío de la ciudadanía se manifieste como un puño cerrado.
EE UU continua difundiendo que su mundo libre es el mejor de los mundos posibles para camuflar que su presidencialismo es un poder real en manos de sombras que defienden Guantánamo y envían sus drones a guerras lejanas como ángeles del cielo. Japón sufre una deuda pública colosal,  y las potencias emergentes se las apañan para desmontar un sistema económico global que les ha golpeado sin piedad durante siglos y ahora se empeña en seguir golpeándoles si osan desafiar al mercado libre y desigual. Pero el gran asunto es Europa. La economía del Viejo Continente se desangra lentamente sin remedio y sin fin. 

La semana pasada, la filósofa estadounidense Susan George metía el dedo en el ojo de la opinión pública al detripar la falacia del antídoto contra la ruina que hoy venden los gobiernos europeos a sus aterrados ciudadanos al asegurar que la austeridad impuesta no es la primera piedra para reactivar la economía sino el germen “de más desigualdad social, de más depresión y de más crisis”. La autora de “El informe Lugano” coincide con el inversionista estadounidense y gran conspirador del neoliberalismo global al asegurar que la tensión que se vive en todas las áreas de la vida  “es un capítulo más de la lucha de clases” desatada por la clase eletista de Davos -que pretende gobernar el mundo- contra los estados sociales y de derecho. La diferencia entre ambos estriba en que mientras Buffett se vanagloria en público de que los esbirros de los bancos están ganando la partida, George clama por la lucha de los pueblos como reacción frente a las agresiones. Ustedes eligen.

La Banca, la Recesión y la omertà política

Creo que fue en la primavera de 2007 cuando la burbuja inmobiliaria en España mostró los síntomas evidentes de un sistema económica asolado por una enfermedad terminal. Por aquel entonces trabajaba en la revista La Clave. Durante dos semanas me dediqué a recopilar opiniones de expertos en macroeconomía, de agencias de calificación, de bancos e, incluso, de políticos que aun hoy siguen en activo. En público, ninguno de los consultados, salvo honrosas excepciones, quiso pronunciar la palabra “Recesión”. Simplemente no entraba en sus planes, bien por precaución o por el encantamiento que entonces les provocaba el crecimiento interno del país. Sin embargo, las apreciaciones cambiaban en privado. 
El miedo a una explosión de la economía con consecuencias imprevisibles para los ciudadanos hervía a fuego lento entre cerveza y cerveza, como una posibilidad real que algún día llegaría. La sorpresa es que hoy lo he leído, cinco años después de escribirlo, y me cuesta entender que nadie se encuentre procesado por la estafa cometida, por la omisión de las predicciones o sencillamente por la incompetencia del personal ante el gran robo que se estaba cometiendo y que ahora debemos subsanar los ciudadanos.  
Un año antes de escribir el reportaje sobre la peligrosa situación económica que vivía la España del ladrillo, en septiembre 2006, este país tenía el mayor parque de viviendas de la UE —más de 23 millones, una por cada dos habitantes—, el ritmo de construcción más alto —cuatro millones de casas nuevas en diez años, tantas como Reino Unido, Alemania y Francia juntos— y también los precios más desorbitados —1.956,7 euros el metro cuadrado—. En el cielo de las finanzas, el ladrillo no sólo era el buque insignia de las cotizaciones en Bolsa, sino que suponía entre el 15% y el 25% del crecimiento en PIB nacional y el 30% del empleo que se generaba en el país. 
La experiencia sufrida en EEUU y los datos sectoriales aportados en el primer trimestre de 2007 por el Ministerio de Vivienda, entonces dirigido por María Antonia Trujillo, en medio de una situación tan prometedora, indicaron que el valor de los pisos comenzaba a ralentizarse con crecimientos inferiores a dos dígitos, un 9,8% frente al 18,4% de 2004. Algunos descubrieron que aquel cordero inmobiliario empezaba a mostrar patas de lobo por debajo de la puerta pero nada de hablar de que o se iniciaba un profundo cambio productivo o el único escenario que nos esperaba era la Recesión invitable. El debate se centró en el grado de la disminución de los precios y obvió su impacto sobre la economía nacional. 
“¿Y no hay riesgo de Recesión?”, preguntaba. El pronóstico que transmitían algunos analistas es que había margen para enderezar los desajustes que venían, porque la normalización de la construcción todavía tardaría en llegar algún tiempo, ya que su mercado era mucho más lento que el de valores. Mientras tanto, bancos como Bankia, continuaban animando la burbuja inmobiliaria con hipotecas cada vez más largas y tentadoras, especialmente a los jóvenes que comprometían su vida laboral fascinados por la atrayente inversión. Eran las mismas entidades que en privado admitían sin ambages la posibilidad de la llegada de una recesión en dos años. Y sobre esa hipótesis trabajaban en secreto. 
Un agente de el agente de Gestconsult llamado David Ardura aseguró: “Hay pocas probabilidades de sufrir una crisis porque el aterrizaje del sector inmobiliario se está produciendo de forma escalonada, con fusiones empresariales que se anticipan al pico del ciclo. Además, se está abriendo a otros mercados, como el de Europa del Este, donde existen muchas posibilidades de expansión”. 
El propio secretario de Estado de Economía en 2007, David Vegara, no veía motivos para la alarma ya que el dinamismo que mostraba la inversión en bienes de equipo y el aumento de las exportaciones impedían renunciar al sueño de que, con o sin ladrillos, la máquina de la economía española continuaría bufando de éxito. Premeditadamente o accidentalmente, es obvio que se equivocó lo que no ha supuesto una cortapisa para que hoy ocupe un cargo destacado en el Consejo de Administración de una multinacional española. 
Pero una minoría ya sostenía en 2007, sin mucho éxito de público y demasiada displicencia por parte de los voceros del sistema, que la recesión era virtualmente inevitable. El efecto más inmediato —y también el menos discutido— que argumentaban era la disminución del grado de incidencia del sector inmobiliario sobre el sistema productivo español. “Es que no hay otro”, repetían. Las cifras que manejaban estos agoreros eran demoledoras: En 2007, el ladrillo empleaba a 1.057.396 personas frente a las 272.000 en el de servicios.
“Un estancamiento de este sector puede ser catastrófico para la economía española porque incrementará la tasa de parados, a no ser que otros sectores absorban parte del flujo excedente —empleo e inversión—en lugar de dedicarse a acumular capital”. Los derrotistas aventuraban un escenario negro como la noche. Su argumento es que en la España de 2007 había tantos ciudadanos con deudas hipotecarias que la propia economía acabaría convirtiéndose en rehén del crédito, por lo que una incontenible variación al alza de los tipos de interés —y es lo que ocurrió, ya que el control ya no estaba en manos del Banco de España sino que son fijados por el BCE en función de la situación económica comunitaria— abría la posibilidad a una inestabilidad financiera aguda. 
De nada sirvió que el entonces comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Joaquín Almunia, advirtiera de que “la situación de la economía española será cada vez menos sostenible” si el endeudamiento familiar seguía creciendo al ritmo de 2007, lo que, según sus cálculos, alcanzaría el 130% de la renta disponible en 2008. Una temeridad, si se tenía como referente las repercusiones financieras que tuvo en EE UU una evolución parecida. Entonces, el primer perjudicado fue el consumidor. 
Consultada al respecto la empresa Goldman Sachs, el Sancta Sanctorum de las bancas de inversión y valores del mundo, se limitaba a negar esta hipótesis y cuantificar la colisión en función de la reacción de los consumidores que “suele ser positiva”. Es decir, minimizaron la conexión entre hipotecas y consumo. Así de simplón era el análisis de esta empresa nacida del vientre del neoliberalismo salvaje. Un informe de la JPMorgan, otra de las firmas de inversión que hoy sigue campando por sus respetos por este intrincado mundo de las finanzas, indicaba que en EE UU también se produjo una cancelación de las deudas sin consecuencias demoledoras para el equilibrio financiero del país porque, en realidad, aseguraban entonces “la conexión es más débil de la esperada, por lo que la caída de los precios de la vivienda sólo puede tener un efecto moderado sobre el gasto del consumidor”. Es decir, confeti para la economía nacional. 
Los positivistas como JP Morgan o Goldman Sachs coincidían al indicar  que la elevada liquidez existente en 2007 ya había comenzado a buscar refugio en otros sectores y la inmigración debería tomar el relevo en cuanto a la adquisición de vivienda. “Esta conjunción de factores sostendrá los precios”, afirmaron. Los pesimistas silenciados (que no salían en la prensa) creían, al contrario, que una bajada repentina de los precios de la vivienda intimidaría al ciudadano, que se encontraría pagando hipotecas por unos activos sobrevalorados que ya no podría colocar en el mercado por su valor original. 
Es decir, de poder utilizar sus casas como gigantescos avales para conseguir dinero, se pasaría a la asfixia que supone hacer frente a créditos bancarios de 400.000 euros por pisos que nadie compraría por más de 300.000. Además, como el ahorro proseguía su lenta caída —aquel año no superó el 16,17% del PIB, medio punto menos que en 2006— el desahogo financiero del consumidor sólo llegaría retirando las hipotecas… o no pagándolas. El problema es que, cuando esto ocurre, el consumo hace tiempo que estaba muerto. Y de ahí a la recesión sólo hay un paso. 
No resultaba complicado que con la previsión al alza de los tipos de interés, con el aumento de la deuda y de la carga financiera de las familias registrado, el escenario que se vislumbraba en España era de un ajuste imprevisiblemente demoledor. Sólo el Servicio de Estudios Económicos del BBVA me comentó que no importaba en absoluta que la situación empresarial gozara en ese instante de una fortaleza admirable, ni que el paro en 2007 hubiera caído a los niveles más bajos desde 1979 o que la Bolsa no parara de revalorizarse semana tras semana. 
“Empezamos a desconfiar del futuro inmediato”, concluyeron. España vivía en septiembre de 2006 en el cénit de un artificial proceso de crecimiento inmobiliario iniciado una década antes, cuando los tipos de interés bajaron considerablemente para contener la ‘lluvia radioactiva’ que se cernía sobre la económica y que alentó la petición de préstamos hipotecarios de forma tan masiva que el espíritu especulativo se trasladó de los parqués bursátiles al suculento sector naciente.
Recuerdo que el economista Gregorio Izquierdo, del insigne Instituto de Estudios Económicos, me abroncó en medio de una entrevista por utilizar el término ‘burbuja inmobiliaria’ para referirme a la situación de 2007 y me sugirió el uso de “una subida de los precios en función de la demanda demográfica, por el empuje del empleo y por las buenas condiciones financieras”.  
“El ladrillo es la religión de España”, escribió por aquellas fechas Ed Hart, un experto en mercadotecnia del periódico económico estadounidense Financial News, al analizar la desorbitada dimensión alcanzada por la vivienda en el Estado. Los datos lo confirmaban. Según las cifras del Ministerio de Trabajo, sólo en 2006 se crearon en España 170.000 nuevas empresas relacionadas con la construcción, 100.000 más que en 2000, lo que elevaba a un millón el número total de compañías que trabajaban este sector. Y los bancos estaban involucrados hasta las cejas.
¿Qué repercusiones puede tener la contención de un sector económico tan colosalmente disparado a las alturas?, pregunté a Julio Leal, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense y especialista en morfología urbana. “Partiendo de las prospecciones de población y sectoriales realizadas, observo que puede producirse un grave problema”, sentenció. Lo que la mayoría de los expertos ocultaron a la opinión pública española es que en 2006 ya percibían los primeros indicios de agotamiento del sistema de crecimiento y que presentaba idénticos síntomas que los que padecieron economías como la estadounidense: Los volúmenes de las ventas empezaban a moderarse, las demandas de hipotecas se calmaron y el número de casas sin vender se incrementó. 
Con estos precedentes, los expertos ocultaron que la desaceleración iba a repercutir sobre el equilibrio de la economía nacional. Porque si al descenso de la productividad se le añade la caída de la revalorización y la desaparición de las autoexcitación especulativa —que explica la parte irracional de este mercado—, los constructores (y sobre todos ellos, los bancos) pretendían seguir siendo los reyes del mambo de la economía nacional. Estas mismas personas hoy nos cercenan grandes sumas de dinero destinado a la inversión pública y aseguran que no lo devolverán .
Y para ello han logrado que PSOE, PP y CiU firmen un pacto de no agresión sobre el escándalo de Bankia. A esto se conoce como omertà. Y es un rasgo distintivo de la mafia.

La democracia tiembla en España

“Y así paso la noche yaciendo al lado de mi querida; mi querida, mi vida, mi novia. En su sepulcro junto al mar; en su tumba a orillas del mar” (Edgar Allan Poe)

Sopla un viento reaccionario en España (y en el mundo) que acojona. La estrategia es muy fácil: comenzamos haciendo concesiones a los voraces mercados y terminamos recibiendo una reforma laboral para que el empresariado pueda sellar el control político del país. Luego llegan los recortes sociales, el copago sanitario. Las grandes vergüenzas de un país socialmente en liquidación. Los neocons están encantados de conocerse y dibujan, sin ambages, sonrisas de satisfacción en sus orgullosas caras de vendedores de patrimonio. Qué asco, oiga.

Tenemos un gobierno que reúne todos los atributos para convertirse en los traficantes de ideas del nuevo Contrato Social: ambiciosos por el capital, devotos religiosos, leales al mercado y lucen bellas gestos de arrogancia cada vez que hablan de derechos sociales o laborales. En un excelente artículo, Pere Rusiñol explicaba no hace mucho tiempo los ocho derechos que el PP ha puesto en el despeñadero.
La idea de modernidad que nos venden los neocons en el poder (y el PSOE por abdicación de sus principios progresistas) es una estocada salvaje al valor práctico de las teorías de Jean-Jacques Rousseau. Y no hay nada más sencillo que comenzar por reducir los derechos de los ciudadanos y aumentar sus deberes. 
La monumental indignación que hoy prolifera camuflada de miedo por las esquinas de Europa, por corrillos y tertulias alejadas de los escenarios mediáticos, en barricadas griegas, es directamente proporcional a la rapidez con la que los tecnócratas vacían el sentido público de la política y el valor de la democracia. A los ciudadanos europeos nos están marcando con el hierro incandescente del neoliberalismo salvaje. ¿Cómo entender sino este rocambolesco giro hacia las cavernas de las relaciones laborales, del derecho a la huelga, de la responsabilidad social corporativa?

Porque el PP no habla jamás de los excesos del mercado, de las maniobras orquestales en la oscuridad de la economía global de especuladores sin escrúpulos, de los aviesos intereses secretos de las agencias de calificación, de la fuga de talentos al servicio público que se está produciendo en España, de la desigualdad creciente que padecemos. Dirigentes como Sáenz de Santamaría hablan de un peligro de intervención externa que está al acecho y ponen de referente a Grecia y los países latinoamericanos que han dicho no a las recetas de crecimiento de instituciones como el FMI.

No es de extrañar, por lo tanto, que pretendan liquidar buena parte de los bienes que el Estado, como equilibrador social, destinaba al bienestar de los necesitados, a la cultura, a la sanidad y a tantas otras áreas de la vida. Y es que lo que bajo ningún concepto van a poner en peligro, como se encargan de decirnos cada minuto estos especialistas del capital, es el modelo de vida actual sin que que pueda entreverse críticas a su discurso arrogante y vacío. Cualquier disidencia es convertida automáticamente en enemiga de la libertad, del progreso y de la recuperación económica.

Y para evitar que les lluevan piedras utilizan el “razonamiento” de la necesidad de las reformas para el desarrollo de la humanidad porque fuera de la sociedad de mercado -de un mercado sin rostro humano donde serán las grandes corporaciones  las que dicten las normas políticas o se las salten a la torera- no hay vida. Nada de sucios partidismos. En ese escenario estamos: en el despliegue de un nuevo modelo de desarrollo basado en la privación paulatina de derechos para gran parte de la población en edad de trabajar. Un mal que dibujan como necesario en estos tiempos negros de recesión o depresión pero que en realidad es la situación ideal para que los dirigentes actuales puedan mantenerse en el poder. La crisis es aliada de gente como Sánz de Santamaría, De Guindos o Rajoy. El problema es que este maximalismo revestido de miedo que nos obsequian cada vez que abren la boca también  devora parte de la verdad.

Ya lo advirtió George Orwell: el nuevo fascismo aparecerá invocando la libertad. Libertad para culpabilizar de los males a quienes no comulguen con las ruedas de ese molino neoliberal que están edificando. Esto demuestra que no hay mérito en ser intolerante siendo conservador. Lo que tiene valor de verdad es protestar en las plazas de España. A quien logre desafiar esta cruzada neoliberal en curso deberían condecorarle.

PD: Todo el apoyo del mundo para el canal de televisión local de Vallecas TeleK y Canal 33, dianas de la intolerancia de Esperanza Aguirre

La gran trampa

La fórmula para salir de la crisis que nos venden corre el riesgo de provocar un pavoroso incendio social. Dice Alfredo Pérez Rubalcaba sobre esta contrarreforma constitucional que “es necesaria y razonable porque nada hipoteca más a un país que una deuda que no se puede pagar”. La sensación que produce, si se analiza con frialdad, es que vivimos en un sistema concebido como un gran supermercado. Respuestas como las del candidato socialista sólo incrementan la zozobra de que nada está en nuestras manos. Ansiedad que se acumula ante la ausencia de un proyecto realista que llene de significado un proceso de reconstrucción económica, que no es una cuestión de obligar a que todos nos apliquemos en pagar lo que consumimos sino que se trata de consumir lo necesario. Es decir, la coherencia es asumir de que la clave contra la crisis no es proteger al insaciable mercado sino solidarizar la cultura ciudadana actual.


La reforma constitucional debería sancionar las amenazas veladas de quienes en nombre de la libertad de mercado acumulan enormes cantidades de riquezas. Me refiero a que resulta inquietante escuchar a un empresario de éxito censurar una supuesta subida de impuestos a las grandes rentas pero aun es más hiriente observar sus negativas a declarar la guerra a los paraísos fiscales. Su respuesta es banal: el Gobierno que aplique estas medidas corre el riesgo ruinoso de provocar la huida de quienes consideren que estos privilegios son amenazados. ¿Y si se les limitara los derechos constitucionales por semejante intimidación?

El debate de la reforma constitucional ha abierto el litigio sobre qué queremos hacer con nuestra economía. Y la fórmula elegida –a tenor de los discursos de unos y otros- confirma dos cuestiones. La más clara es que por el procedimiento del pacto entre los dos principales partidos se intenta neutralizar una discusión que pueda debilitar a la criatura. Este método tiene mucho que ver con la presumible indiferencia con que los ciudadanos deberían seguir este tipo de procesos enmarañados. Es fácil. Se aprueba y ya se puede patalear en la calle lo que se quiera, que el artículo no lo cambia ni dios.
El otro mecanismo puesto en marcha para mitigar la impacto negativo de la reforma constitucional está en los grandes medios de comunicación. Ante el miedo a que un referéndum deje al bipartidismo imperante en situación comprometida, nada mejor que montar un debate preventivo ante al ojo catódico que todo lo ve. Que bien. El debate se ha organizado porque al PP le convenía y al PSOE le parece bien. Mismo tiempo de exposición de ideas para cada uno, dos políticos amortizados para sus causas frente a frente y allá en su horizonte, el 20 de noviembre. La democracia liberal se ha estancado en las tinieblas mientras prepara el camino hacia una fase en la que las meninges ciudadanas serán estigmatizas de violentas y antisistema. 
Quizá si se lograra una oportunidad para los demás, la cosa cambiaría porque las minorías suelen ser el espejo del pueblo. Ya lo dijo Rousseau. Ellos cuadran el círculo. Son el voto útil porque hablan de la pluralidad al estar excluidos del debate; discuten de la diversidad, el respeto y la vertebración de las diferentes culturas porque están obligados a vivir en la periferia del monoteísmo político imperante, es decir, del mercado. Es decir no pillan nada. ¿Se dan por aludidos? Me temo que no. La monedas sólo tienen dos caras y hablan idiomas parecidos.
El otro día escuché las explicaciones de Rajoy y Rubalcaba. Casi me duermo. Una compañera de fatigas me contó al menos diez bostezos en 15 minutos de telediario. Creo que entré en una especie de ensoñamiento en el que estaba atrapado en una habitación a oscuras ambientada con las voces de ambos políticos. Me desperté empapado en sudor y llamando a mi madre para que me salvara del ‘Hombre del saco’. Uno de ellos (o los dos) pusieron a dios por testigo que España no volverá a pasar hambre. Unos artistas en la representación magistral de un papelón de cuidado y ríanse ustedes de la Scarlett O’Hara en ‘Lo que el viento se llevó’. El problema es que luego regresas a la realidad y te deprimes.
Olvidaba decir que lo que ahora está en juego en la calle es la voluntad del pueblo. Para la clase política tiene un valor capital porque se juegan su prestigio. ¿Y para los ciudadanos? Las cifras, que son gélidas pero que a veces sirven de candelas, indican que más del 60% de quienes viven en España creen que esta crisis es un buen negocio para los banqueros y una pesadilla para los pobres. Dicho de otro modo que a base de críticas a las reformas constitucionales y recortes sociales terminaremos convertidos en enemigos de España. Vamos, que ayer pregunté a un taxidermista amigo qué va a votar el 20N y me respondió que en blanco porque incluir la Autodeterminación en la Constitución no le mola pero quiere dar caña al límite del déficit.

Elecciones: Vencedores y derrotados

Los pájaros cantan tras la tormenta ¿por qué no va a poder la gente deleitarse con la poca luz que les quede?” (Rose Kennedy)

Nada como el día siguiente de unas elecciones para calzarse el casco de la victoria (o de la derrota, da igual) para guiarnos en la gran Misión: salvarnos a todos del desplome del sistema en el que habitamos. Nada de actos de contrición sobre los excesos del capitalismo deshumanizado que nos llevado al desfiladero, de esa mayoría absolutista que representan PP y PSOE (el bipartidismo pactado) que tanto apabulla, contamina y descalifica a esas versiones soñadoras de la vida que tanta gracia les hace. Ha cambiado el color del país pero no el objetivo.

Todos buscan a estas horas por el bosque de las palabras aquellas expresiones que les permitan presentarse como los dueños de la razón práctica. La consigna ha sido difundida: El pueblo ha hablado y fuera del camino marcado, el que a muchos nos parece cleptómano y falsificador, no hay vida.

Los guías de la mercadotecnia dicen que la crisis económica es la que ha contribuido inmejorablemente a ese cambio de color peninsular. Pero hete aquí que viene Karl Popper, el gran liberal de ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, y les recuerda a quienes ayer ganaron y perdieron que no hay seguridad sin libertad. ¿Y qué significa eso en medio de este escenario político de ganadores y perdidos? Pues una impertinente reflexión que debería insuflar en el disco duro de la sociedad el veneno de la memoria activa frente a la suspensión de las conciencias, frente al virus de la indiferencia. 
Para desaliento de los que esperaban una sacudida del ánimo por el voto de castigo al partido que mal gobierna España, las primeras perspectivas no confirman sus soporíferas previsiones. Me temo que esta vez el éxito no será dejar que las cosas sigan su rumbo, es decir, permitir que el linchamiento del enemigo (es decir, de Zapatero y su descentrada visión del mundo) se convierta en la fiesta popular mientras los políticos a sueldo de los intereses de los especuladores continúan golpeando a una sociedad a la que tienen agarrada del cuello.
¿Qué hacer? Los perdedores llorar ante semejante fracaso y, si lo creen conveniente, preparar una catarsis colectiva que sirva para emborronar la cara a quienes sólo ven la causa de su derrota en “la difícil coyuntura que nos ha tocado vivir”. Pienso en Samuel Johnson y observo la clarivendencia de esta frase en la conducta del Gobierno: “Casi todo el absurdo de nuestra conducta es el resultado de imitar a aquellos a los que no podemos parecernos”.

Los ganadores están encantados de haberse conocido. Felicidades, pues. Toca escuchar sus carcajadas, sus deseos, su triunfo inapelable. Volverán a intentar anular cualquier esperanza de cambio real porque ya han comenzado la reconquista de aquella mayoría que les fue robada. No escuches eso, no pienses aquello, no pidas nada. No.

Nada hay más efectivo en este bonito cuento que apelar a la responsabilidad económica para justificar la prohibición de preguntas. Y, claro, ante el dilema de la bolsa o la vida que nos presentan como única forma de salvación general, las personas responsables eligen la bolsa. Todo sea por el bien de su esperanza.