Breve carta a Javier Maroto

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Sr. Javier Maroto:

Escuchar sus declaraciones agota mi vocabulario. Como estoy convencido de que jamás leerá lo que ahora quiero dedicarle, y si lo hiciera le importaría un bledo, me gustaría decirle que tras escuchar sus palabras alertando al pueblo sobre la presencia de yihadistas entre los 350.000 refugiados que piden cobijo a Europa, no tengo duda de que usted es una mala persona. Seré muy breve.

Maroto

Sabe usted mejor que nadie que comentarios como los que ha vertido sobre miles de ciudadanos, en su mayoría sirios, es condenarles a la estigmatización y al rechazo por un sector de la población europea y española xenófoba y racista. Incluso pueden ser utilizados para justificar comportamientos indecentes como el de la triste periodista húngara Petra Laszlo en la frontera. Su argumento es indigno y le retrata aunque no debería encajar en una persona nacida, criada y educada en los valores de la libertad y la opulencia como usted. Por lo tanto, también puede considerarse una anomalía social.

Me avergüenza pensar que en sus manos de vicesecretario general del PP reposan decisiones complejas sobre temas complejos. Y me aterra. Me da miedo que así sea. Desde luego, me espanta más su condición directiva que la presencia de uno, dos o tres refugiados sirios frente a la puerta de mi casa. Es el miedo irracional a delegar en políticos de su corta talla la dirección de modelos de comportamiento en deterioro y que usted degrada como la convivencia, la solidaridad y la justicia. El respeto al diferente, en definitiva. Disfrace ahora sus palabras con cualquier vestidito que encuentre a mano porque todo es inútil. Ya no me fío de sus intenciones ni de sus objetivos ni de sus ideas. En tres palabras: No le creo.

Sr. Maroto, con usted al mando no me siento ni más libre ni más seguro. Al contrario. Pensar en su poder me provoca incertidumbre y desazón porque considero que un idiota al frente de una tropa es más peligroso que un sádico. Las guerras están llenas de fosas por decisiones de generales que pensaban y hablaban como lo hace usted.

Quiero decirle, por último, que a partir de ahora no le tomaré en serio porque aprecio más a los bufones de verdad, a los mordaces, a los que son capaces de hacer reír a los puritanos miembros de una Corte cuando, en realidad, es él quien se ríe de ellos.

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Sospechosos habituales

En la plácida tarde de ayer, la policía intentó detener a Abdoulay Sek, un vendedor ambulante de nacionalidad senegalesa. Según los agentes,había motivos sobrados para hacerlo: Sek se había colado en el metro sin billete. Según los vecinos lo cazaron a lazo, porque su negritud exhala una sospechosa imagen de ilegalidad, el recelo de ser un inmigrante sin papeles. La cosa se está poniendo fea para los extranjeros que llegan del otro lado del “telón de acero” que hemos construido. Estos son, principalmente, africanos y latinoamericanos aunque también hay asiáticos y algún que otro oceánico. 
Hace unos meses, tres fotógrafos españoles inauguraron una exposición que lleva por título Fronteras invisibles. En ella se revela la historia de los que llegaron escapando de la miseria. Un recorrido por almas angustiadas cuyo mayor delito -y único, en la mayoría de los casos- es no tener papeles. La exposición muestra cómo los inmigrantes indocumentados son tratados como ganado.
Para muchos, todo esto es tan abstracto como las matemáticas. La idea de que estos inmigrantes nos quitan el trabajo, roban a la gente decente, trafican con droga y hasta pueden tener una mala borrachera y liarse a hostias está grabándose a fuego en el subconsciente de esta sociedad sin orden ni concierto. Para muchos, los negros, marroquíes y latinos son los parias de la Tierra. Lo triste es que esta reflexión tiene una lógica implacable —la brutalidad de la emigración— pero también una lógica de mierda —aceptar lo inaceptable, es decir, el estigma—: Aquel ciudadano de piel oscura siempre será más sospechoso que aquel otro blanquito que lleva la camiseta de Ronaldo. Lo vemos cantidad de veces. 
Sin ir más lejos, hace unas semanas en la salida del metro de Legazpi, en Madrid. De entre todos los usuarios, la policía sólo detuvo a unos chavales magrebíes para identificarlos. Entonces se activó la lógica implacable y me dije que la mejor manera de localizar a delincuentes sin papeles es pedírselos a todos aquellos con pinta de no ser españoles ni europeos. Sin embargo, nada ocurrió y tras media hora de registro, de preguntas y de espera, ambos chavales siguieron en libertad. Es posible que llegaran tarde a una cita o a un trabajo. Pero es lo de menos. Nos empieza a parecer normal. Lo importante es que la razón de mierda que todos llevamos dentro nos asiste y justifica. Las llamas del racismo no retroceden. Avanzan.