Mentiras piadosas

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El ministro de Defensa, Pedro Morenés, recibe al rey de Arabia Saudí, Salman bin Abdulaziz

La política se ha transformado en propaganda. Y los políticos, junto a otros que simulan no serlo, suelen desplegar campañas demoledoras sabedores de la efectividad que tienen sobre la opinión pública. Esa frase de “repítelo que algo queda” tiene más sentido del que queremos creer. Es la táctica defensiva. Un ejemplo es la omisión del nombre de Bárcenas en todas las comparecencias del Gobierno y su sustitución obsesiva por pronombres personales. La estrategia no era solamente mostrarnos el rostro victimista de quien se siente estafado por un bandolero escondido en las montañas. Lo que pretenden es enredar todo lo que puedan esa compleja trama de corrupción para aturdir al ciudadano que, aburrido y superado, termina olvidándolo todo para no enloquecer.

La maniobra de ahora se ha vuelto ofensiva. Quiero decir que van al ataque con todo lo disponible. Ahí está Venezuela, el dragón de su cuento, esa dictadura ominosa que saca a los niños de la cama a medianoche para fusilarlos al amanecer. Utilizan al país caribeño para mostrarnos su perfil patriótico más superlativo maquillado con algunos éxitos económicos. Como si los españoles fuéramos estúpidos.

Pero hagamos de Freud durante un instante para avanzar en la singular psicología de estos políticos y de un cierto sector de la prensa, especialmente de la televisión que es la que más daña a la verdad. Si se hurga en la llaga, veremos que esta ofensiva se alimenta de un victimismo primitivo basado en la permanente amenaza que, al final, suele tener éxito. Ellos, los políticos y sus seguidores, acaparan el Bien, un valor religioso, y por lo tanto están obligados a defender la identidad y la independencia de todos los ciudadanos. Por altruismo, se entiende.

Venezuela es la personificación del Leviatán en el imaginario publicitario de los medios de comunicación en España. Una especie de prodigio abisal que si lograra desplegar su tenebrosa sombra sobre nosotros y no estuvieran ellos para defendernos, sólo nos quedaría morirnos de terror en ese mismo instante, o mordernos las venas y aullar de pavor como maniacos.

Todo esto se realiza en sincronía coral con el Gobierno, algo inédito en la prensa de Europa. No importa el ridículo realizado por el ABC con su portada de Varoufakis y el infame titular que acompaña a la fotografía. De lo que no hablarán es de la hipocresía que encierra su súbita preocupación por los ciudadanos y los derechos humanos. Excepto medios digitales como La Marea y algún otro, se omite otra vez que el PP y el gobierno de España sigan haciendo suculentos negocios con el mismo país que hoy tratan de degradar hasta límites depravados. Por cierto, utilizan la misma artillería lingüística que cuando hablan de ETA. Lo mismo hicieron con Libia y Túnez mientras negociaban con dictaduras islamistas como Arabia Saudí y países como Bahrein, entre otros. Pero esto es bueno. Es el Bien.

¿Cómo creer a los periódicos?

Entre enfadado y decepcionado me he sentido al leer los titulares de la prensa española que hoy se vendían en los quioscos pero es que la entrevista concedida por Rajoy a Tele5 me ha rematado, me ha hecho revolverme en mi asiento.
Reconozco que ando caliente de tanta simpleza y descrédito. Ningún país europeo tiene una prensa tan análoga en docilidad, tan plana de contenidos, tan marcadamente partidista, como la que hoy existe en España. ¿Cuánto tiempo hemos esperado para que algún diario impreso plantee que la monarquía puede ser discutida desde muchas vertientes? ¿Alguno ha reflejado que los procesos independentistas que existen en España, como el de Cataluña o el País Vasco, pueden tener un fundamento ideológico en el mundo cambiante en el que nos encontramos más allá del aburridísimo juego electoral de miedos y fantasmas al que nos han llevado? ¿Sabemos cuál es el pensamiento de quienes reclaman la independencia, sin prejuicios preparados? ¿Qué conocemos de ellos, cuáles son los argumentos? 
Ahora en el plano internacional ha vuelto a ocurrir. ¿Por qué es populista Syriza y un motivo de reflexión general? ¿Acaso no lo es que la mitad de los griegos hayan perdido el 50% de su riqueza, que la pobreza infantil ronde el 40%, que los suicidios se hayan disparado hasta cotas inimaginables, que, en definitiva, millones de personas hayan sido reducidos por una economía de guerra, cuando no han sufrido ninguna, y que su deuda continúe creciendo hasta el 170% del PIB? ¿Puede denominarse a esto tranquilizador? ¿Son esos datos el resultado de una política responsable? ¿Alguien lo dice?
¿Por qué se aplican para destruir la reputación de un tipo que cobró una beca de aquella manera cuyo valor ascendía a ¡¡1800 euros!!!? ¿Y hay motivos para sentenciar de por vida a otro por cobrar 500.000 euros, también de aquella manera, mientras hacen lo imposible para que olvidemos el fraude, por ejemplo, de Bankia, de la Gurtel, de Valencia? Ningún medio dice ya que uno de los verdaderos sinvergüenzas de todo este descrédito usaba tarjeta black, fue vicepresidente del Gobierno, anda suelto y se llama Rodrigo Rato. 
¿Hemos olvidado que Rajoy escribió en serio aquel washapp para animar a su tesorero encarcelado y quienes hoy no encuentran calificativos para matarlo pusieron sus manos en el fuego por su honradez? ¿Que pruebas más se necesitan para procesar a estos políticos, para decir que ellos son el peligro, que ellos son los populistas y radicales? ¿Acaso alguien puede pensar que con semejantes antecedentes son gente responsable, de fiar? 
Y la prensa, ¿qué nos vende de ellos? ¿Cómo se escribe en España sobre una fuerza política que promete acabar con esta cleptocracia? ¿Hay miedo a contar la historia desde todos los frentes? ¿A ser despedido si se olvida quién ocupa el piso de arriba?
¿Por qué Otegi sigue en la cárcel? ¿Por qué Chávez era un Leviatán para el mundo? No son opiniones lo que busco, algo que pertenece al ámbito de mi privacidad o de la del director de un periódico. 
Hablo del periodismo, del estandarte de la libertad de pensamiento, no de esa muleta que utiliza el poder para imponer su criterio como algo absoluto. Lo que es correcto, cómo debemos comportarnos, lo que debemos temer, lo que nos beneficia. Esto pasa en nuestra prensa pero no en toda la que se imprime en Francia, en Italia, en Alemania, en Reino Unido, en Portugal ni en Grecia. Al menos no con tanto descaro coincidente. 
Tanta unilateralidad ha empujado a muchos a buscar prensa extranjera para completar su percepción sobre un hecho noticioso. Agradezco la cortesía porque he mejorado mi inglés y he avanzado un poco con el francés y el italiano. 
En esos países puedes encontrar periodistas que siguen bajando al infierno de vez en cuando para contarnos cómo les va allá abajo.

Perder la esperanza

Se que leer alguna historia más sobre Rodrigo Rato, Miguel Blesa y toda esa caterva de carotas que se han forrado a cuenta de muchos ciudadanos puede encajarse como un puñetazo entre los ojos. Pocos son los que no describen a este equipo de desfalcadores profesionales como carne de cañón, abandonados a su suerte, solos y apestados. Es lo que hay en esta España desvencijada de hoy cuando a uno le cazan con las manos en la bolsa. Resulta que Alí Babá y sus 40 ladrones pretenden ahora convencernos de que han entendido el mensaje, de que van a portarse bien y, por lo tanto, que confiemos de nuevo en ellos.
Por todo eso, era de esperar que los fontaneros mediáticos sacaran su caballería para atenuar el inevitable impacto contra el suelo de los partidos políticos, llamémosles, tradicionales. Salvo alguna brillante excepción somos testigos de una medición de fuerzas entre periódicos online y diarios en papel por iluminar o tamizar los rostros que surgen de las sombras del sistema. La jeta de Rato, tan afligido que cuesta pensar que haya roto un plato; la de Blesa, que ya parece una visa oro; la de Rajoy, de no enterarse por donde viene el viento; la de Pedro Sánchez, como Kent esperando a Barbie.


El ébola, el 9-N y el “peligroso” crecimiento de Podemos son los dragones recurrentes que debían despertar al San Jorge del actual sistema político. Es la democracia (o sea, ellos) contra el populismo (es decir, Podemos), dicen. “El pragmatismo frente a la utopía”, escriben algunos tragasables que no saben donde tienen su mano derecha pero opinan de todo. Y así se arma un nuevo debate con su camisita y su canesú. En realidad, son armas arrojadizas que los dueños de las palabras sacan del cajón cuando interesa y lo repiten como un mantra. Ya ocurrió en el pasado con ETA y ahora ha vuelto a suceder. 

Quienes así maniobran son los mismos que retratan la crisis moral que gobierna España como una partida de cartas. E insisten, al final, “él no tomó la decisión (de robar)”. Parecería a comedia bufa si no fuera porque quien escupe semejantes sandeces vive apoltronado en un despacho con el respaldo de una familia (político-económica) protectora detrás. Vamos, catetos como Eduardo Inda que da toda la impresión de tener a la Nintendo por el fin de la historia.

La incompetencia intelectual y formativa de semejantes personajes son demasiado excelsas para reconocerse como voceros de los que aspiran a heredar un poder destartalado. No leen y piensan lo justo, es decir, hasta donde llega la punta de sus zapatos. Más allá sólo hay donuts de chocolate.

Los mesiánicos de la seguridad democrática tienen que ser más elegantes, cojones. Y lo de reirse de los perroflautas con un vaso de cerveza a la sombra de una sombrilla… mmmm… pues muy mal hecho, fascistoides sin conciencia. ¿Qué pueden decir de ustedes que no cejan de descalificar en base a sus exigencias?

Aplíquense, por favor, si quieren meter en vereda a estos desgraciados del 15M. En la batalla de las ideas estáis perdidos. Son ustedes demasiado obtusos aplaudiendo sus propios desvaríos desde hace tanto tiempo. Nos conocemos muy bien. Les aconsejo abrir las compuertas porque insistir con el raca-raca de que los deseos reales de sus oponentes políticos es ganar dinero para vivir sobre la misma miseria moral en la que subsisten ustedes, ya no cala. Perdéis apoyos porque ven lo que vosotros, pobres superficiales, no sois capaces de contemplar cuando os colocáis frente al espejo. Sois carne de subvención y criticáis el gasto público. Qué miseria.

Exigís justicia social bajo las normas que a vosotros os viene mejor. Camuflais la verdad porque habéis fracasado. ¿Puede eso llamarse igualdad de oportunidades? No, por supuesto. 

Lo que pasa es que hay mucho cantamañanas en vuestras filas. Peña que dice que estos perroflautas que protestan son fardos de complicaciones. No me duele España. Lo que me duele de verdad son los tipos con principios fascistas y cara de Snoopy que preguntan por la tragedia de la inmigración y dan consejos contra la crisis mientras comparten hamburguesas en un club de gilipollas. También ponen velas a la virgen en honor de los niños de Haití.

Qué coñazo es perder la esperanza. 

España secuestrada

Creer en las palabras grandilocuentes de un gobierno es un gesto de educación. El presente es tan hiriente que cualquier éxito debería traernos un beneficio colectivo, un respiro laboral, por muchas diferencias conceptuales que podamos tener. Ya lo dijo el dramaturgo rumano Eugène Ionesco: “Las ideologías nos separan, los sueños y la angustia nos unen”. 
Sin embargo, los cineastas, el mundo de la ciencia, la sociedad de la información y de la tecnología, el famoso I+D+I, la juventud, los pequeños empresarios, los autónomos, los parados, los jubilados y un sinfín de sectores clave llevan varios años estupefactos en España ante las resoluciones de las quinielas político-sociales del jefe de Gobierno y su ejecutivo. 
La eliminación de gasto público y el incremento de los costes de la vida con triquiñuelas de trileros desvergonzados, léase el recibo de la luz por ejemplo, siembra de dudas el trabajo de miles de personas que aguardaban silenciosos una fumata blanca favorable con el que dar salida a angustias personales que en muchos casos están terminando en desesperación cuando no en suicidio. Léanse también las estremecedoras cifras que acaban de ser publicadas
No ha supuesto una sorpresa. En el lenguaje del actual partido en el Gobierno de España, la competitividad siempre se ha utilizado como sinónimo de reforma laboral y de moderación salarial. Neoliberalismo de matriz neoclásica. La inversión en educación, cultura y desarrollo es una tarea privada y, por lo tanto, inestable ante los vaivenes de los mercados. 
Los esfuerzos públicos en este tipo de áreas son vistas como inversiones escasamente rentables a corto plazo. No cotizan en bolsa. Quizá tengan razón y resulte mejor apoyar sin remilgos a empresas que mejoran las prestaciones de seguridad de misiones de “paz” como la que se produjo la semana pasada en Ceuta contra inmigrantes subsaharianos. Parece que entramos en un periodo en el que la clave está entre la bolsa y la vida. Quizá estemos confundidos pero lo que parece evidente hoy es que, por mucho que se esfuercen los dueños de las palabras, la vida en esta España secuestrada es insalubre y nada esperanzadora. Cierro comillas.

El cinismo de los guerreros (actualizado)

Cuando yo uso una palabra -dijo Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

-La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda aquí…, eso es todo.

Nunca tantas personas han creído menos en la política. El mundo está cambiando y algunos soñamos con un regreso a la Ilustración, a que la transformación radique en la ironía del lenguaje y no en la inventiva lingüística, en las pedradas del pensamiento único que más que combatir el terror del pueblo, lo incrementa. La política es cada vez más confusa, extravagante y peligrosa. Decía Ryszard Kapuscinski refiriéndose al periodismo, que el cinismo es una actitud antihumana, que aleja automáticamente de este oficio a quien la cultiva porque le aparta de la gente corriente. Eso mismo podríamos decir de la política.

La idea más generalizada en la calle es que vivimos sumergidos en un régimen de intereses económicos tan poderosos que a los ciudadanos sólo nos queda adaptarnos al poder del mercado para no ser expulsados de ese nuevo mundo en construcción. Es decir, ser cínicos e individualistas. 
Pero, ¿qué hay más separado del pueblo que los reduccionistas de lo social, que los usurpadores de la política que sólo consideran a la plebe material imprescindible cada cuatro o seis años, que los economistas que ignoraron los factores clave de esta crisis que hoy padecemos o, lo que es peor, que intuyendo lo que venía prefirieron ignorar los fallos del sistema para favorecer agendas políticas destinadas a laminar derechos y libertades de la ciudadanía? 
Parafraseando a Kapuscinski, la pobreza, la frustración que provoca las distintas formas de presentarse la necesidad y la desaparición paulatina de prestaciones sociales, se manifiesta cuando la ciudadanía siente que antes había esperanza y hoy ha desaparecido. La política ha capitulado ante el fundamentalismo del mercado y está despojando silenciosamente a los individuos del placer de sentirse protagonistas. El cinismo de los guerreros. La globalización ha dilatado la grieta que separa a ricos y pobres a pesar de que hoy nos brinden la posibilidad de ser testigos directos de las injusticias del planeta casi de forma inmediata. 
La regresión de la democracia aborta las esperanzas de un mundo mejor, al menos menos hipócrita y más trasparente. Como decía Marcel Mauss, “las formas humanas de intercambio no son reductibles a la ideología utilitarista”, a perder los sueños. 
La economía debería cambiar porque ha revelado enormes fisuras pero no hacia donde la dirigen los timoneles de este modelo de desarrollo basado en lo efímero, en el mercado, en la indiferencia. Contradiciendo a los pagados dirigentes actuales, un viejo liberal estadounidense llamado Henry Thoreau escribió que el pensamiento auténtico “es un caballo que cuando llega la primavera deja todo su pienso atrás y se lanza a galope a buscar hierba fresca”. 
Quizá aun somos capaces de demostrarnos, de manera ilustrada, que los más de 5 millones de parados no somos ni tan estúpidos como nos pintan ni tan vagos como algunos nos suponen. Va por usted, jodida señora Andrea Fabra, por ser tonta del bote.

Trabajar gratis, la última carcajada

Para no entrar en dilemas existenciales como el fútbol o la caza de elefantes, hablemos de la crisis y los políticos. Cada día amanecemos con la misma cantinela de que sólo en los recortes públicos está la salvación pero leemos que España se hunde cada hora un poco más en el lodo de la Recesión (con mayúscula, como Depresión o Guerra Civil) Lo único real de este curioso país es que mantenemos a salvo un aceptable sentido del humor.

La última carcajada me la acaba de proporcionar una reflexión emanada del nuevo pensamiento capitalista laissez-faire. “Quienes trabajan gratis tienen más ambición, más hambre que aquellos que perciben un salario”, dice el periódico Expansión. Vamos que eso no lo firma ni el guardián de la ortodoxia neoliberal en curso, el Wall Street Journal. Ya les adelanto que sugerencias laborales como esta que han leído será artillería fina para disparar contra todo aquel que se oponga a tan excelsas pretensiones de crecimiento aunque para ello tengan que rescatar la Ley de vagos y maleantes de 1954 y modificar la Carta Magna.

Alguien se preguntaba en el twitter la semana pasada: “¿Qué es eso de la resistencia pasiva?” Otro le respondía: “Pues carne de subvención, que comen tapas de boquerones y se ponen morados a fino en las plazas de las ciudades”. Ya puestos a ser graciosos podríamos añadir que lo de la desigualdad social en España es un cuento chino que se ha inventado la izquierda para hacerles la pelota a los ricachones del barrio, que son los que tienen la panoja. O que los ancianos son unos beneficiados de cuidado, no te jode.

Al menos tenemos la certeza de que el Gobierno comienza a hablar claro de una vez. Para ellos, una cosa son los aparcacoches de la Maestranza y otra muy distinta que la Sanidad esté dirigida por Médicos sin Fronteras que como se pasen de la raya corren el riesgo de sufrir la misma política que la inmigración irregular, es decir, se les corta la asistencia médica de raíz y se acabó el problema. Y luego añaden que la gente carga injustamente todas las culpas sobre el PP. No importa que se postularan para guiarnos en la salida de una crisis de la que ahora no saben si saldremos algún día.

No les duele España, señores. Lo que les duele de verdad son los pelmazos que ocupan las bancadas de la oposición en el Parlamento -con alguna excepción- que ponen cara de Snoopy cuando les preguntan por el cambiazo que han realizado con el Estatuto de la radiotelevisión pública o por la amnistía fiscal a los grandes y numerosos defraudadores que habitan en este país. Nos aconsejan ser positivos, reír, bailar, discutir de fútbol, ver la nueva y divertida televisión.

Bastante tienen ellos con digerir esta maldita democracia que han heredado. Media España pone velas a los republicanos asesinados en la Guerra Civil y ¿qué pasa? Nada de nada. Eso es democracia. Por eso ahora repiten como un mantra que aquí todo está muy exagerado y lo que se necesita de verdad es gente como Mariano Rajoy, que todo lo resuelve a la velocidad de un parpadeo pero en plan guiñol. Desde luego España es un país del sur de Europa donde la mayoría -la que no voto al PP- siempre tiene la culpa. Pues eso.

España, telón púrpura

España ya está sumergida en el sueño crepuscular de la Semana Santa. Una modorra adorable para un país que busca resguardarse de su vejez inminente en la frialdad de sus entrañas. Cuanto más vacío y silencioso se encuentran sus calles más vital me parece. Alguien me sugirió ayer que escribiera de la Semana Santa como antídoto contra la crisis. Llevaba tiempo sin sentir tanta nostalgia. Gris y húmeda noto a España, neutra como Rajoy pero con un punto de dureza metálica. Así son siempre estos días de pasión y desgarro. 
No se qué enseñanzas estarán aportando estas fiestas de sacrificio humano a los viajeros que nos visitan por primera vez. “Frío. Este país es hoy un congelador”, escuché decir por teléfono a un pasajero de autobús alarmado. “Gélido, che, muy gélido”, recalcó. Efectivamente, lo está siendo. Supongo que de tenerme a tiro, los comerciantes me lanzarían piedras por exaltar la borrasca económica que nos asola, por ser pesimista en tiempos lluviosos en los que se nos pide buena cara con la que mantener el rostro cálido de un país deprimido que atraviesa ufano la niebla roñosa de otra época. 
Pero lo que no admite discusión es que España es el escenario ideal para las luctuosas manifestaciones religiosas a poco que sus ciudadanos se afanen en desgarrar el aire con llantos callejeros vestidos de nazarenos en lugar de humanizar las rutas del vino. Buenos tiempos para evocar recuerdos del pasado.