Sí, yo estuve allí. Yo he jugado a rugby

Reconozco que fui admirador de Serge Blanco. Admito que veía los partidos de Francia por él, un zaguero con visión universal del juego, de esos que parecen haber nacido bajo una conjunción cósmica que les hace portentosos. Su equipo, plagado de estrellas como Sella, Lagisquet, Charvet, derrotaba a rivales con la complacencia de quien se bebe una copa de champagne. Blanco era venezolano, negro y jugaba a rugby con Francia.

Hoy que empieza el torneo VI Naciones, el más emocionante del mundo, merece la pena recordarlo. Como también lo que significa este deporte para alguien que lo que ha practicado. Por ejemplo, no sé bien quien escribió la leyenda de que el rugby es un deporte de bestias jugado por caballeros. Es falso. El rugby es un juego de bestias practicado por bestias que dirimen su condición física en un ambiente hostil. Es una batalla descomunal que dura 80 minutos. Una diversión con los valores deportivos sublimados a la propia vida, a la amistad verdadera.

Quien haya estado alguna vez en una melé, en un ruck, en un agrupamiento, quien haya logrado concluir una carrera de 20 metros sin ser placado y haya conseguido un ensayo, conoce el orgullo al que me refiero. “Sí, yo estuve allí. Yo he jugado a rugby”. Si existe un momento para dejar de practicar este deporte es antes de empezar, nunca después. Se lo aseguro.

Y hoy, pasada ya mi hora de esplendor, es un día perfecto para mirarme dentro y exaltar la utopía que me empuja a regodearme en cuánto me gusta todavía. El rugby es una experiencia profunda, una felicidad que no me la ha aportado ningún otro deporte. Basta con eso. Así sentimos. Así vivimos.

 

Striptease

Hace tiempo escribí lo que hoy me cuesta escribir. Mucho. Quería terminar una historia en la que ando pero no me llegan las ideas. Lo que ayer era el tema, hoy me parece algo lejano. Cuando se produce el cortocircuito entre mi cabeza y las manos sólo me queda el esfuerzo de superarme. Escribo porque vivo, pienso, y como estoy vivo escribo con el mismo ánimo que pondría en ascender una pendiente odiosamente vertical. Todo es más lento al principio y el teclado me parece la obra de un fakir. Duele apretar las teclas, queman. 
Vivo en Bilbao de tránsito y reconozco que algunas veces dudo si nacer tan cerca del arco de San Mamés fue una decisión acertada. Muchos dicen que tuve suerte. Mi abuela me lo repetía cuando era niño. Para ella, buena suerte era salir en bicicleta con otros niños y que todos regresaran heridos menos yo. O, como un día clamó mi padre con las manos extendidas al cielo: Suerte es que te despidan del trabajo y al día siguiente alguien te reclame para proponerte algo mejor.
Mala suerte es que te mueras de un cáncer fulmimante cuando comienzas a sentirte plenamente realizado, o tener un accidente de coche cuando vas a trabajar. Así se fue un buen amigo este año. Nos conocimos en el equipo de rugby del pueblo y eso deja huella.  
Me apasiona el rugby. A veces sueño que vuelvo a jugar pero mi sobrino ya me gana. Me entran sudores frios y entonces me despierto. Tengo el tabique nasal un poco torcido. Me la cinceló un cabrón que jugaba en el Ordizia de un puñetazo, aunque ya no me acuerdo de su puta cara. Olvido con facilidad ese tipo de caras y estoy contento de su obra.
Se olvidan los malos momentos. En una ocasión, los curas del colegio donde estudiaba llamaron a mis padres muy preocupados. “Su hijo se olvida de estudiar y tiene mucha inventiva. No sirve para esto”, les dijeron. El disgusto inicial fue colosal. Debía de tener unos 12 años. Con el tiempo reflexionaron y no se resignaron. Me sacaron de aquel centro que para mi era un antro de intrigas palaciegas. Es verdad que veces se me ocurren ideas pero pocas veces aportan beneficios. Soy un desastre para los negocios, lo reconozco, tengo la mesa de mi escritorio llena de papeles desordenados y pierdo en los juegos de azar. Mañana, por cierto, tengo apalabrada un partida al Risk. 
Las balas que matan son las que no oyes pasar. Las que hieren suenan como el chasquido de un alambre en el aire. A Abel Ruiz de León casi le vuelan la cabeza en Bagdad por transmitir una crónica en directo para el programa de Gabilondo. Todos apostados en la otra acera gritándole que se tirara al suelo y él, nada, más erguido que un chopo a ver si le acertaban. Hoy prefiere no contar aquello. Lo ha borrado de su mente. 
Hay un cuento de Lord Dunsany en que los personajes dicen a modo de despedida: “Hasta que el recuerdo vuelva al corazón del hombre”. Yo recuerdo que mi padre se compró un coche verde. Era su sueño y lo disfrutamos todos. Al poco tiempo de estrenarlo, le detectaron cáncer. Cuando ya no pudo conducir me lo cedió y el primer día el volante miré el cuentakilómetros: 483 km. Me pareció que el destino trampeaba con él. Eso tampoco se olvida. La vida posee un cincel imaginario que graba mensajes en la corteza del alma. Pocas semanas después de aquello mi padre falleció pero tuvo un entierro de rey, al aire libre, con las golondrinas jugando con el viento y un cielo turbulento que parecía un óleo de Turner. Un día de realismo mágico inolvidable. Y eso es lo que hay.
Epílogo. Algún día iré a Nueva Zelanda y este striptease mental me ha sentado de maravilla.
“Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido. En el caso de una tragedia requiere, inexcusablemente, la labor del duelo, que es del todo independiente de que haya o no reconciliación y perdón. (…) El duelo no es ni siquiera cuestión de recuerdo: no corresponde al momento en que uno recuerda a un muerto, un recuerdo que puede ser doloroso o consolador, sino a aquel en que se patentiza su ausencia definitiva. Es hacer nuestra la existencia de un vacío”
Carlos Piera, a Tomás Segovia. En el libro de Alberto Méndez, Los girasoles ciegos


Los ultras del fútbol

La imagen que encabeza este post es reflejo de la enfermedad crónica que padece el fútbol. A veces no hay palabras ni citas que puedan resumir lo que sucede en este deporte, sólo en este deporte. A veces lo hacen los medios de comunicación deportivos, lo hacen las investigaciones policiales y la espera a la sentencia de un juez pero, ¿siempre tiene que ser así?. 
Hace unos años, el ex entrenador del Athletic Marcelo Bielsa respondió que la muerte de un seguidor de su equipo tras un pelotazo de la Ertzaintza le había provocado una terrible tristeza y lamentaba que el fútbol es, a veces, un segmento que replica situaciones de otros escenarios sociales.
Quizá el rugby deba de ser el espejo sublime donde se miren muchos de quienes sólo aman el fútbol. Su historia está plagada de ejemplos pero uno irrebatible se produjo hace unos pocos meses en Inglaterra. Como el próximo año se celebra el Mundial en ese país, las autoridades decidieron poner en práctica alguna medidas de seguridad preparadas durante la celebración de la semifinal de la Heineken Cup en Londres, algo así como la Champions del rugby. Jugaban Saracens y Clermont, ingleses contra franceses, y el tenso ambiente del inicio dio paso a una fiesta apoteósica con ambas aficiones mezcladas y disfrutando de la previa, de las dos partes, del famoso tercer tiempo y si me apuran hasta de un cuarto y de un quinto si los hubiera. 
¿Podría hacerse algo para que dentro de 20 años sucediese algo similar en el fútbol? 
La visita de los equipos vascos al Vicente Calderón son una auténtica tortura. Sus jugadores son insultados de manera generalizada con adjetivos que acompañan a su origen. En Bilbao también se crucifica al contrario poderoso, al Ronaldo altivo, al soberbio Maradona, al descarado Cruyff. Pero el instinto ultra que se respira en estadios como el Calderón está más arraigado. Es más primario, generalizado y agresivo. Conozco a seguidores de este club que pensaban que los monstruos no existían en su equipo hasta que supieron que llevaban toda la vida conviviendo con varios que cada domingo acudían a su estadio. 
¿Y del resto de escuadras qué? ¿Cuánto tiempo tendremos que seguir mirando hacia el abismo  de este deporte? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que somos incapaces de recuperar la honestidad que nos quita este enfrentamiento grosero, repleto de vejaciones al rival, que aplaudimos con las orejas? ¿Y si habláramos con los padres del niño de la foto de arriba?
Bielsa lamenta la proyección de las peores frustraciones sociales al mundo del deporte pero se revuelve contra su aparente inevitabilidad. Para mi, a veces no hay palabras ni citas que puedan resumir lo que pienso de esa parte apolillada del fútbol. A veces un partido, simplemente termina.