Refugiados

“Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, no alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correctos, ni impide que los hombres hagan las cosas que siempre han hecho. Si una historia parece moral, no la creáis (…)”

Tim O’Brian: (Worthington, Minnesota, 1946) “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”

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Quiero denunciar la decisión tomada ayer por la Unión Europea sobre los miles de refugiados, de perseguidos, que aguardan una oportunidad para la vida en Turquía, Grecia, en cualquiera de los países del grupo de Visegrado y en el resto del continente. No me siento representado por ustedes, políticos corrompidos. Me rebelo contra su decisión de ahogar en dinero el grito de desesperación, desobedezco sus irresponsables órdenes, denuncio su hipocresía manifiesta, confronto la decadencia a la que nos quieren arrastrar, doy la espalda a sus deseos y a sus principios, menosprecio su ideología ultra, combato su codicia e incumplo su peligroso comportamiento, que sólo alienta la desesperación. Desde mi función.

Davenports and kettle drums
and swallow tail coats
table cloths and patent leather shoes
bathing suits and bowling balls
and clarinets and rings
and all this radio really
needs is a fuse
a tinker, a tailor
a soldier’s things
his rifle, his boots full of rocks
and this one is for bravery
and this one is for me
and everything’s a dollar
in this box
Cuff links and hub caps
trophies and paperbacks
it’s good transportation
but the brakes aren’t so hot
neck tie and boxing gloves
this jackknife is rusted
you can pound that dent out
on the hood
a tinker, a tailor
a soldier’s things
his rifle, his boots full of rocks
oh and this one is for bravery
and this one is for me
and everything’s a dollar
in this box
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La vida secreta de las palabras

Se que leer atrocidades a estas horas de la mañana suele encajarse como un puñetazo entre los ojos. Pero es que ayer vi de nuevo la película ‘La vida secreta de las palabras’ de Isabel Coixet, galardonada con cuatro premios Goya en 2005 y volví a recordar a una mujer que conocí en Bagdad. 
Se llama, o quizá se llamaba, Hosnia. Tenía 25 años y anhelaba estudiar enfermería cuando la vida era visible en Irak. Hosnia tenía el pelo negro y revuelto, y sus pupilas eran como dos cuerdas que la aferraban a la realidad. Vivía en el hospital psiquiátrico Al Rashaad, un centro de salud inmundo. Abandonada a su suerte, había sido ferozmente torturada por hordas de miserables sin escrúpulos. Casi no hablaba y cuando lo hacía, sus palabras fluían como una carambola lenta. En medio de su delirio me preguntó si en mi país alguien sería capaz de curarla. Le contesté que sí, que en España teníamos médicos muy buenos. Ella siguió en su mundo, con su sonrisa perdida y sus ojos enormes clavados en aquella sartén de arena y roca que cuando soplaba el viento convertía el polvo en un juego de dardos con las caras de los vivos. 
En Siria hay muchas Hosnias. La carnicería que allí se está produciendo nos está sirviendo para visualizar varias cosas. Por un lado, la hipocresía de occidente a la hora de manejar los problemas de un mundo sin valores ni principios sino regido por la economía y la influencia. Por el otro, que la bandera de la libertad se utiliza en función de intereses partidistas y no por necesidades colectivas. Entonces, ¿qué les espera a los sirios? ¿Deben esperar que el régimen alivie la represión contra la población insurrecta como resultado de las tibias iniciativas internacionales? 
La reportera Mónica García Prieto, un faro obligatorio para acercarse a este conflicto, reflexiona sobre estas cuestiones en un gran artículo y cita al banquero sirio-norteamericano Ehsani: “La premisa es que creo que el régimen no va a entregar o ceder las riendas del poder unilateralmente. Hay tres razones que lo explican: el régimen cree que puede ganar, el régimen cree que ceder poder es como firmar su sentencia de muerte, y el régimen cree que está combatiendo al diablo”. En otras palabras: la represión en Siria sólo acaba de empezar.