Nombre de mujer

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Podríamos hablar de mil historias de mujeres. Se me ocurre la de Emmeline, una chica anónima guardada en la biblioteca de la vida por el feminismo mundial. Emmeline fundó la Unión Política y Social de las mujeres británicas en 1874 para luchar por el derecho al voto femenino. Eran momentos duros y dolorosos para todos pero especialmente para ellas. De ahí que los respetables mandamases de su tiempo, presos de un pánico atroz, se sacaron de la chistera una siniestra ley para encarcelar a todas sus seguidoras, a las que vergonzosamente llamaron ‘Las histéricas’. En 1929, un año después de la muerte de Emmeline, se instauró el sufragio universal en el Reino Unido.

Pero hoy me he fijado en esta fotografía. Lo que se ve en el cielo estrellado es la ‘Nube de Magallanes’, dos galaxias enanas que sólo pueden ser contempladas durante las noches sin luna austral. Una pirotecnia celeste bajo el cielo raso. Su descubridor fue un astrónomo persa llamado Abd Al-Rahman Al Sufi y Fernando de Magallanes el primero en estudiarlas durante su viaje de circunnavegación alrededor de la Tierra.

Sin embargo, lo que no sabía es que esta explosión estelar fue explicada por una mujer silenciada por el hombre. Se llamaba Henrietta Swan Leavitt y murió en 1921 con 58 años en Massachusetts dejando todo el trabajo hecho para que sus dos superiores, Edward Pickering y Edwin Hubble (el del famoso telescopio), le robaran la gloria. Dijeron que la pagaban por trabajar, no por pensar, como si ambas virtudes fueran incompatibles. Leavitt dio sentido a estas dos gigantescas constelaciones compuestas por millones de estrellas que brillan a intervalos. Las descifró como si se trataran de un morse celestial.

Los astrónomos las conocen como Cefeidas, nombre femenino y plural. Hoy, día internacional de la mujer, Henrietta Leavitt se merece un homenaje por doble motivo: por ser una gran astrónoma y por haber sido víctima de la ignominia machista en un mundo donde la inteligencia no suele ser sinónimo de éxito.

Leavitt dejó un mísero legado. Ni siquiera unas notas de su testamento enterradas en el jardín. Sólo 344 dólares que heredó su madre. Un matemático sueco intentó rescatarla del valle de los olvidados proponiéndola candidata a Premio Nobel. Pero llegó tarde. El cáncer ya había hecho su perverso trabajo.

Durante las siguientes décadas, la comunidad científica trató de purgar su vergüenza: Un cráter lunar y el asteroide 5383 llevan el nombre de esta ingeniosa dama.

Ahora que las mujeres van conquistado el mágico reconocimiento de la paridad como objetivo retórico y que el hombre está dispuesto a ceder a regañadientes su poder político en todas aquellas actividades que no cotizan en el PIB -asuntos sociales, igualdad, dependencia- sólo nos queda observar el futuro con una cierta reserva. Algo se está moviendo en el inexorable camino de la igualdad. Pero si analizamos algunas encuestas que probablemente hoy no habrán sido publicadas veremos en qué gastamos el dinero a nivel mundial. Ellas lo hacen en alimentación y educación. Ellos, en cambio, prefieren las bebidas y las armas. Curiosa forma de generalización planetaria.

Así que no estaría mal terminar esta carta como debería haberla empezado: “Estimada Henrietta, mujer trabajadora y viajera. Aunque la historia escrita (por el hombre) te desterrara al eclipse del olvido, tu nombre siempre encumbrará los prados de estrellas”.

Loreena McKennitt “The old ways”

La Santa Alianza

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El sacrosanto rotativo del neoliberalismo financiero en España ha decidido saltar al ruedo de las negociaciones políticas apretando las clavijas en su propia trinchera para neutralizar disidencias. Sólo queda agradecer a la cabecera económica del lobby mediático Unidad Editorial por iluminar el camino que nos conduce a culminar la Gran Obra. Lo necesitábamos en estas oscuras horas que nos ha llenado de dudas -espirituales, se entiende- tras esos esquivos resultados salidos de las urnas. Era el reclamo de quienes se dejaron el alma por reflotar esta patria que se hundía en manos de incapacitados para tan trascendental tarea. El legado Plus Ultra heredado del Sacro Imperio Romano adquiere hoy un nuevo dinamismo.

Gracias de corazón, estimada cabecera, por tamaña gallardía editoral, por guiarnos a través de los vestigios tenebrosos que nos dejaron un puñado de votantes y pedir, no, ¡exigir!, la formación de una Santa Alianza que salve a España de las llamas de una anarquía devastadora. Tanta sinceridad suya, nos abruma. Ustedes representan el pragmatismo científico que reclamábamos.

Sublime circunloquio el suyo para enjugar las ubérrimas lágrimas de desesperanza que vertimos con nuestra sangre derramada por una propuesta arrebatada. Pues a por la siguiente clamamos, santo Dios, que en la lucha siempre encontraremos la manera de esquivar la hoguera que las manos ignorantes ya han comenzado a prender: Tomad entonces Pacto de Estado, sepultureros, que no somos los “viejos partidos” sino los dignos salvadores de ese populacho desaprensivo y codicioso -el enésimo y nunca el último desafío que el señor pone en este camino de espinas para probar nuestra fe- que sólo siembra corrupta desolación.

Nosotros somos los meritorios y tenemos la razón porque así lo quiso Dios cuando disipó las tinieblas de este mundo. Defendemos la Santa Alianza desprendida de tentaciones inmorales hacia un cambio incierto. Asumimos con ardor y honor nuestro destino manifiesto que nos pide, aunque ustedes no lo crean, que somos los elegidos para aplacar las fantasías de un pueblo que se cree libre pero que ha empezado a enloquecer.  Sólo nos queda añadir: ¡Viva el Capitán Trueno!

Solsticio de Invierno

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Aunque esta noche haya sido la más larga del año, estos dos oseznos pardos se decidieron a salir de su guarida para dar un paseo por el campo. Bien juntitos, tomados de la zarpa, como cachorros bien educados en el invierno boreal. Probablemente, su madre no ande lejos y así continuará hasta que los dos benditos de la fotografía cumplan un año y medio de vida. Entonces, cada cual se irá por su cuenta, en soledad, a buscarse la vida por los bosques canadienses o las zonas inaccesibles de Suecia y Noruega, su gran paraíso. Pero aun es pronto para pensar a tan largo plazo.

El tiempo de los plantígrados, como el del hombre de hoy, también se mide en horas, en días, en minutos, a veces también en segundos, y no permite albergar esperanzas. Los protagonistas de la imagen nacieron en marzo, en la osera que su preñada madre preparó para hibernar. Ahora se acicalan para encarar con garantías un nuevo invierno, frío y seco, en Sprucedale, Ontario, Canadá, donde un grupo de conservacionistas ha creado un estupendo santuario para la rehabilitación de estos imponentes animales.

Y mientras su sufrida madre se devana los sesos para llenar la despensa corporal que les servirá de escudo invernal, los dos ingenuos ositos siguen como si nada, ajenos a la lucha a brazo partido de su progenitora contra los elementos y la huella del hombre. Ellos dos jugarán y jugarán hasta que caigan rendidos. Sin embargo, hacerlo es para ellos un ejercicio necesario. Así aprenden a cazar, desarrollan los impresionantes músculos de la mandíbula y, lo más importante, agudizan un instinto olfativo implacable para la búsqueda futura de alimento. La vida es sueño, o juego, según se mire. Aunque visto desde otras latitudes, por ejemplo Europa, resulta cada día más difícil mirar con ojos benevolentes el devenir de los tiempos.

La vida se ha tornado mercadería y el invierno, que a partir de hoy camina confiado hacia su fin, nos anima a postrarnos en una profunda hibernación.

Café Unión, una vida plena

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Jorge fue uno de esos personajes imaginarios que un día se sentó en la silla de una taberna y se quedó toda la vida. Cuando aterrizó en Madrid, hace más años de los que quiere recordar, se encontró con una ciudad áspera e indescifrable. Un amigo de la infancia, el profesor Antúnez, le explicó que no se consternara, que llegaría un día en que no podría pasar sin ella, que descubriría los insondables misterios que este emporio de algarabía urbana encierra y, entonces, algo cambiaría de repente.

No tardó en ocurrir. Una noche le invitaron a cenar a una casa en el barrio de los Austrias. Había vino pero no cervezas. Eran más de las doce, pero eso no amilanó a Jorge que se echó a la calle y empezó a recorrer sus estrechas callejuelas. Arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que encontró lo que buscaba. Después de salvar barricadas sonoras y resistir las embestidas de algún músico noctámbulo, se topó con el Café Unión escondido en una esquina con aroma a pizza recién horneada.

El Café Unión resultó ser como el bar de Casablanca, donde músicos, profesores, periodistas, pintores, vagos, escritores, carniceros, taberneros, vividores, políticos y espontáneos de toda laya aprovechaban, sin duda, para regresar al interior de un espejo imaginario, como el de Alicia, el que nunca debieron abandonar. Allí tomaban cócteles extravagantes o simples cervezas -“tercios”, gritaban los embriagados-, y reían y reían mientras sembraban las paredes de palabras.

Entre la sorpresa y un cierto espanto, Jorge creyó en su buena fortuna al encontrar aquella cueva mágica en medio de una ciudad enorme como Madrid, que primero hay que entenderla si después se desea conquistar. Y aunque es cierto que en el Café Unión nunca hubo un piano ni una Ingrid Bergman que dijera “tocalá otra vez, Sam”, todos los que aquí bebían se lo imaginaron en más de una ocasión. No había duda. “Ponte otra, Fernando”. Jamás faltó una voz dulce a la cita.

El Café Unión subsistió presa de una voluntad febril y de barra de madera que multiplicaba las risas y saldaba las lágrimas que a lo largo de sus 34 años de historia pudieron verter sus insignes bebedores. Hablo en pasado del Café, querido lector, porque desde hoy se ha mudado al infierno. Una víctima más de está crisis exterminadora que, además de borrachos, produce penas. Era el lugar del eterno deseo, el rincón donde los aspirantes sentían que la vida, a veces, puede colmarse de gloria. Fuego para el gélido ambiente crepuscular que muchas noches después, cuando la soledad quema, también acompañó a Jorge.

Es por todo esto que el Café Unión habría sido un lugar ideal para que Tennesse Williams hubiera encontrado la escuela para su Blanche en ‘Un tranvía llamado deseo’. Reconfortaba, sin duda, comprobar cómo la gente consolaba aquí a los desconocidos. Tal vez ésta sea una razón de peso, la más importante al menos, para que sus puertas no se cierren nunca. Al menos no en mis recuerdos. Porque ahora que ya no quedan Palacios de Invierno que asaltar y que las palabras razonables las disuelven los vientos de guerra, si un día abriera la bodega de su memoria muchos, como Jorge y como yo mismo, nos entregaríamos gustosos a la misma locura que atacó al Ulises de Kafka, la del silencio de las sirenas.

El cáncer, ese enemigo

Pocos deben de ser los afortunados que no han recibido el impacto de esta temible enfermedad. En vuestra familia, en nuestro propio cuerpo. El cáncer se ha convertido en un compañero maldito de nuestra existencia. En el enemigo a batir. En algunos casos no sólo destruye sino que también estigmatiza. Sacude nuestra condición de personas hasta dejarla casi fuera de combate. Por eso nos resulta emocionante observar la dignidad con la que muchas personas libran su batalla. 
Recuerdo hace unos años a la diputada Uxue Barkos subir al estrado de oradores del Congreso armada con un pañuelo pirata y un cuchillo imaginario entre los dientes. Cubría con dignidad las cicatrices del alma y con una sonrisa, los estragos de la enfermedad. Una guerrera de la vida. Hoy ahí sigue, en primera línea entre la legión de ciudadanas alegres que combaten bajo la misma bandera: la de la vida. Puede resultar complejo entenderlo cuando la fortuna nos ha mantenido alejados de esta sima abisal. 

Hoy celebramos el día mundial contra el cáncer, y el de mama como el de útero, páncreas o pulmón, conforman una de los más devastadoras enfermedades a nivel mundial. Ataca directamente a la condición del ser humano acorralando los deseos de vivir. De ahí el valor de la resistencia y la fuerza interior. Se piensa en la quimioterapia y en la cirugía. En lo peor. 
Pero entre tanta espesura de pavor, cada día hay más esperanzas. Por eso hoy coloco una hermosa foto, sensual, aquilatada, sugerentemente táctil y hasta parece que desprenda un aroma a fresa. No podía ser de otra manera cuando lo que insuflamos hoy a todas las mujeres y hombres con esta celebración son ánimos para seguir luchando por ellos mismos porque haciéndolo también lo hacen por todos.

¿Qué es el progreso?

Esta foto muestra un paisaje turbador. Bajo un cielo en llamas se observa una fábrica camuflada entre nubes industriales con perfume oxidado y color de caramelo. El gigante telúrico parece haber devorado el resto de las cosas entre el tenebroso color del horizonte y un cielo despejado que pugna por ganar la batalla. Alguna vez llegamos a pensar que el progreso era todo esto. Pero no. Aquí es difícil vivir. Pese a los estragos del paro, pese a las promesas de desarrollo para sobrevivir. 
Con una crisis inducida y aguda como la que hoy nos sacude sin piedad, una imagen como esta es todo un signo de esperanza. De trabajo y consumo garantizado. Pero sólo es un espejismo. Como las chimeneas humeantes de este bucólico amanecer. No funden hierro sino sueños. 
Son tantas las quemaduras económicas que la esperanza escuece. El paro galopante, la falta de liquidez financiera y el derrumbe del sentimiento de clase han entregado el timón del mundo a extraños conductores que juzgan, deciden y ejecutan sin que los demás lleguemos a entender las normas que rigen este nuevo juego. Una versión modernista de ‘El proceso’ de Kafka.
Provoca vértigo observar las similitudes que los amos de la realidad actual comienzan a encontrar con los siniestros personajes que el genial escritor checo dibujó en su novela. Y así, de la misma forma que por las fauces de este dragón siderúrgico sale CO2 a la atmósfera sin que aparentemente nada suceda, espesas sombras seguirán extendiéndose por el mundo hasta que el hastío de la gente se manifieste como un puño cerrado.

Quien no llora, no mama

El autor de esta fotografía es Himanshu Vyas y fue tomada no hace mucho cerca de la ciudad de Jodhpur, Rajastán, estado situado al noroeste de India. 
El relato que hacen de los hechos podría ser el argumento de un cuento para niños: Vyas salió de casa con su cámara en la mano en busca de un rumor que corría como la pólvora. La noticia sin confirmar daba cuenta de que un cervatillo huérfano había sido rescatado de una muerte segura por una mujer Bishnoi, una comunidad regida bajo unas firmes creencias ecológicas. El animal gozaba de los mismos privilegios que todos los miembros de su familia adoptiva. Comía, bebía, se limpiaba, dormía y jugaba cuando lo reclamaba. Como un niño más. Nada sorprendente en Jodhpur.
Suponemos que a Vyas le pudo la curiosidad de ilustrar la intimidad de esta relación familiar y, de paso, registrar en su cámara los momentos esenciales de aquella peculiar convivencia. Tras unos días de rastreo, los encontró.
La mujer habitaba en una choza de barro, rodeada de hijos que jugaban con un pequeño ciervo. La sorpresa fue que cuando la prole sentía las punzadas del hambre, ella los amamantaba a todos ellos sin pudor, incluído al cervatillo, con la naturalidad de un personaje arrancado de un relato de Kipling más que de Steinbeck. Los Bishnoi no combaten al hambre como a una maldición sino como a otra necesidad colectiva. Todo se reparte por el bien común.
La imagen resulta impactante por estos lares. Es normal. La moral occidental nos impide mezclar manzanas con peras, y menos a un cervatillo con un niño a la hora de la merienda. Vemos al animal como carne de cañón, alimento para hoy, algo con corazón pero sin alma.

Para los Bishnoi es todo lo contrario. Curiosa comunidad en tiempos de uvas de la ira. 

Este pueblo indio mantiene intacto un modo de vida estricto basado en el cumplimiento de 29 normas entre las que se encuentran la higiene personal y la salud, la de cuidar de las mujeres y bebés colectivamente tras el parto, pensar bien lo que se dice antes de hablar y, por encima de todos ellos, concebir en el mismo plano de respeto la preservación natural y la convivencia ecológica.
Un ejemplo de esta tenacidad medioambiental sucedió en el año 1730 cuando se enfrentaron al poder político de entonces para salvar un bosque. Un grupo de mujeres se ató a los árboles y aunque muchas fueron sacrificadas por los guardianes del régimen, las que sobrevivieron de la sangrienta carnicería lograron salvar aquel precioso entorno de las hachas de los leñadores. Después de aquella batalla alimentar así a un cervatillo es únicamente un pequeño acto de compasión natural. Una detalle sin importancia, una tradición ancestral.
Según narra el propio Himanshu Vyas, la mujer de la foto aflojó su “saree” y descubrió sus pechos. Primero acercó al niño. Luego al cervatillo. Sus dedos se movieron entre el pelo de su hijo y acariciaron con delicadeza la cabeza del animal. Levantó la vista y descubrió al fotógrafo enfocándola con su cámara. No hubo reacción de sorpresa. Sus labios se juntaron y le regaló el dibujo de su sonrisa hermosa. Bajó la mirada y continuó con su tarea crucial.