Yemen en el limbo mundial

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Foto: Reuters

Hay días que piensas que no tenemos remedio. Observas el estado del mundo y sientes una punzada de rebelión contra tu propia especie. La guerra me empuja a ello. Acabo de repasar las portadas de los principales diarios españoles y veo que reflejan la masacre perpetrada hoy en Yemen como si fuera un suceso de otro planeta. Con distancia, frialdad y hasta resignación.

No defiendo el pacifismo porque la guerra es tan profunda como nuestra conciencia. No podemos escapar de ella. Está en nuestra naturaleza. Son los hechos, los hechos indiscutibles, que debemos aceptar si queremos vivir acordes al mundo. Pero quienes denuncian los motivos que empujan a unos contra otros con el fin de su aniquilación física no piensan que la vida es bella y el sol, agradable de mirar. Para nada. Simplemente saben que la guerra da rienda suelta a lo peor del hombre. Y Yemen es una vergüenza mundial.

Prestamos muy poca atención a lo que allí sucede pero dudo mucho que sus habitantes tengan resistencia para asimilar el castigo al que están siendo sometidos durante más tiempo.

Los ultras del fútbol

La imagen que encabeza este post es reflejo de la enfermedad crónica que padece el fútbol. A veces no hay palabras ni citas que puedan resumir lo que sucede en este deporte, sólo en este deporte. A veces lo hacen los medios de comunicación deportivos, lo hacen las investigaciones policiales y la espera a la sentencia de un juez pero, ¿siempre tiene que ser así?. 
Hace unos años, el ex entrenador del Athletic Marcelo Bielsa respondió que la muerte de un seguidor de su equipo tras un pelotazo de la Ertzaintza le había provocado una terrible tristeza y lamentaba que el fútbol es, a veces, un segmento que replica situaciones de otros escenarios sociales.
Quizá el rugby deba de ser el espejo sublime donde se miren muchos de quienes sólo aman el fútbol. Su historia está plagada de ejemplos pero uno irrebatible se produjo hace unos pocos meses en Inglaterra. Como el próximo año se celebra el Mundial en ese país, las autoridades decidieron poner en práctica alguna medidas de seguridad preparadas durante la celebración de la semifinal de la Heineken Cup en Londres, algo así como la Champions del rugby. Jugaban Saracens y Clermont, ingleses contra franceses, y el tenso ambiente del inicio dio paso a una fiesta apoteósica con ambas aficiones mezcladas y disfrutando de la previa, de las dos partes, del famoso tercer tiempo y si me apuran hasta de un cuarto y de un quinto si los hubiera. 
¿Podría hacerse algo para que dentro de 20 años sucediese algo similar en el fútbol? 
La visita de los equipos vascos al Vicente Calderón son una auténtica tortura. Sus jugadores son insultados de manera generalizada con adjetivos que acompañan a su origen. En Bilbao también se crucifica al contrario poderoso, al Ronaldo altivo, al soberbio Maradona, al descarado Cruyff. Pero el instinto ultra que se respira en estadios como el Calderón está más arraigado. Es más primario, generalizado y agresivo. Conozco a seguidores de este club que pensaban que los monstruos no existían en su equipo hasta que supieron que llevaban toda la vida conviviendo con varios que cada domingo acudían a su estadio. 
¿Y del resto de escuadras qué? ¿Cuánto tiempo tendremos que seguir mirando hacia el abismo  de este deporte? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que somos incapaces de recuperar la honestidad que nos quita este enfrentamiento grosero, repleto de vejaciones al rival, que aplaudimos con las orejas? ¿Y si habláramos con los padres del niño de la foto de arriba?
Bielsa lamenta la proyección de las peores frustraciones sociales al mundo del deporte pero se revuelve contra su aparente inevitabilidad. Para mi, a veces no hay palabras ni citas que puedan resumir lo que pienso de esa parte apolillada del fútbol. A veces un partido, simplemente termina.

Mujeres golpeadas

Fotografía: ©Rocío Pina

Miremos a esa mujer que se enamoró de un beso. Al chaval que acariciaba los pechos de su amada tras los muros reservados de una casa.  Observemos ahora aquellos inviernos que llegaron después, tan huérfanos de estrellas, fríos como el metal, tan muertos como una madera violada. Recordemos aquel día de sangre para el que nadie se encuentra preparado. Una mañana oscura. Una mano rocosa que súbitamente rompe nuestra cara y arranca la ingenuidad del alma. 
Aturdidos, tratamos de cubrirnos el cuerpo pero no sirve de nada. Y ahora, golpeados por el espanto, por el dolor y la culpa, los sentidos envilecen las palabras, como si aceptáramos que tras esa violencia hay una sola explicación. 
Desprecio, escucha: hablemos pues de tus muertas, de los racimos de mujeres que habéis lanzado contra el suelo. Hablemos del dolor eterno. De ellas, las agredidas, las crucificadas. Ellas vuelven a estar de luto, enterradas en un camino amoratado, el de la muerte de toda esperanza. ¿Acaso puede ser el tiempo un antídoto para las heridas del alma? No, siempre perduran aunque cubramos la cordura con cicatrices por si el dolor se rebaja.
Palabras. Grabados de corazones destripados para vencer al mal, para extraer del hielo de la violencia una lumbre que temple esta violencia perpetua. Por eso, miremos a las sombras de los cerezos. ¿Acaso no son bonitos? ¿Y no veis que la esperanza, como la sexualidad y la amistad, tiene nombre de mujer?
El sábado 2 de julio dos mujeres fueron asesinadas por sus ex parejas en las localidades de Hernani y Zaragoza. Estas muertes elevan el número de víctimas por la violencia de género en España a 31. 

Lucha en la calle

“Si hay violencia en nuestros corazones, es mejor ser violentos que ponernos el manto de la no violencia para encubrir la impotencia” (Gandhi)

Fotografía: ©Ramón, en Periodismo Humano

Alguien debería de alertar a los políticos que mensajes como el que lanzó el miércoles Artur Mas sobre la ‘línea roja’ y el uso legítimo de la violencia contra los indignados ni siquiera son originales. Vivimos en una especie de pacifismo de Estado, donde cualquier brote de violencia popular es considerado una afrenta a la democracia y motivo sobrado para ilegalizar otras grandes aventuras. 

Comprendo (y añado que lo comparto) que a determinadas personas moleste que en un movimiento tan sosegado y autocontrolado como el 15M se hayan encendido unas pequeñas brasas de odio como una muestra puntual de su tenaz rebeldía. Es denunciable a nivel interno pero recuerdo que después de 31 días de pacífica protesta, los Indignados sólo han recibido del poder político indiferencia, algún que otro apoyo oportunista (Cayo Lara), declaraciones desafiantes (Esperanza Aguirre), dos cargas monumentales (Madrid y Barcelona), la constitución de ciertos ayuntamientos y Cortes  repleta de imputados en casos de corrupción y envueltos en rancios juramentos bajo palio (Valencia), y aprobaciones presupuestaria absolutamente hirientes para los principios de justicia social que defienden desde su nacimiento (Cataluña). ¿No estábamos todos de acuerdo en que vivimos una crisis tan profunda que se necesita de todos para un cambio estructural? 
Si esto es así será porque nuestros ojos, los de quienes entendemos que es el progreso del Hombre lo que está en juego, aún reconocen que el objetivo final es la profundización de la democracia pese a tanto cinismo inventado en los palacios de invierno que mueven los hilos de esta sociedad. ¿Qué decían los programas electorales de CIU y el PP sobre los recortes en educación, en sanidad y en otros servicios públicos? Absolutamente nada.
Hace un año, el europarlamentario de Los Verdes, Daniel Cohn-Bendit, metía el dedo en la llaga del problema al referirse a la situación de Grecia, cuya crisis de valores es extrapolable a otros países como el nuestro: “No existe una identificación con el Estado. Existe el ‘cada cual a lo suyo’ y eso es lamentable”. Y se pregunta: “¿No deberíamos convencerles con prácticas y no con decretos? El consenso hace falta crearlo porque la culpa es de todos”. El resto del discurso de Cohn-Bendit no tiene desperdicio. Aquí lo dejo para que lo escuchen con detenimiento y saquen sus conclusiones.

Con todo, lo más grave de las insinuaciones vertidas por el President Mas es que deja en el aire cuál es, a partir de ahora, la diferencia entre un acto de indignación y un delito. Esto es un grave error. Siento repetirme como el ajo pero es que temo que la clase política ha comenzado a cerrar el círculo de las libertades y considere que ha llegado la hora de explicar a palos quien manda aquí. Es decir, mano dura no vaya a ser que la tribu de los perroflautas (una generalización errónea) pongan en entredicho la democracia en vigor (y el objetivo de sus políticas restrictivas). 
Es probable que de esta forma acaben con la sensación de inseguridad de sus señorías, incluso que expandan el miedo al desafío pero no neutralizarán la incertidumbre. ¿Qué deben hacer los ciudadanos para canalizar su desencanto, para participar, para aportar, para ayudar? ¿Votar cada 4 años a políticos que sirven intereses especulativos, que pueden hacer trampa en cualquier momento? Sin proponérselo, Franz Kafka comienza a ser rescatado de las sombras. Provoca vértigo observar cómo su novela ‘El Proceso’ toma cuerpo real. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Poco a poco.